Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Sin categoría

Arminianismo, credos, confesiones y catecismos

𝙋𝙤𝙧 𝙁𝙚𝙧𝙣𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙀. 𝘼𝙡𝙫𝙖𝙧𝙖𝙙𝙤

Ante los ataques de sus enemigos que lo acusaban de pelagianismo, Jacobo Arminio siempre insistió en que sus enseñanzas se enmarcaban dentro de los límites de los credos de la iglesia reformada, particularmente del Catecismo de Heidelberg y la Confesión Belga. No obstante, y a pesar de tal adhesión, de todos es conocido que Arminio jamás vio tales confesiones como infalibles. Arminio se opuso a la idea de que las normas doctrinales escritas por los hombres pudieran tener autoridad sobre el sistema de predicación y creencia de la iglesia.

Las objeciones de Arminio a los documentos confesionales se basaban en su convicción de la autoridad exclusiva de las Escrituras. Arminio afirmaba que, puesto que la Escritura es “la regla de toda verdad divina, de sí misma, en sí misma y a través de sí misma”, es imprudente exigir interpretaciones que se ajusten al “significado de la confesión de las iglesias.” Así pues, Arminio creía que era perfectamente legítimo examinar la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg y que rechazar tal examen era una “afirmación irreflexiva”.

Arminio afirmó que “Es tiránico y papista atar las conciencias de los hombres con escritos humanos e impedir que sean sometidos a un examen legítimo” (James Nichols, The Works of James Arminius, D.D. [Auburn and Buffalo: Derby, Miller and Orton, 1853] 2:479, 480). Para Arminio, la resistencia al examen era sinónimo de reverencia indebida “respetando alguna composición humana” que es “susceptible de tener errores entremezclados con su contenido”. Según el padre del arminianismo tales composiciones nunca deben “ser consideradas como indudables” (Ibid. 1:269).

OBJECIONES TEOLÓGICAS DE ARMINIO A LA CONFESIÓN BELGA Y AL CATECISMO DE HEIDELBERG

Aunque defendió hasta la muerte su adherencia a la doctrina reformada, y de forma especial al Catecismo de Heidelberg y la Confesión Belga, Arminio percibía cierto error en tales documentos en todo aquello relacionado con la doctrina de la predestinación. Su comprensión personal de la predestinación le llevó a rechazar o modificar varias doctrinas relacionadas con el sistema de pensamiento que rodeaba la enseñanza de la elección incondicional. Su objeción no era sólo a la versión supralapsariana, sino a cualquier punto de vista que estableciera la determinación de Dios de salvar y dotar de fe a algunas personas en particular, y de condenar a otras y no dotarlas de fe. Arminio dijo: “No me atrevo a mantener, con la conciencia tranquila, ninguna de las opiniones anteriores”. Puesto que la predestinación a la salvación siempre implicaba, de alguna forma, la reprobación de otros a la condenación, Arminio se centró en ese tema como una reflexión negativa tanto sobre el amor como sobre la justicia de Dios. En la comprensión arminiana cualquier doctrina que refleje negativamente estos atributos de Dios debe ser falsa, particularmente porque todos los intentos de explicar la reprobación hacen que Dios sea finalmente el autor del pecado. Si la reprobación, por lo tanto, es falsa, entonces la predestinación a la vida, es decir, la elección incondicional, también debe ser falsa.

El rechazo de Arminio hacia la idea calvinista de la doble predestinación afectó de manera irremediable su concepto de la elección incondicional. Para Arminio el error calvinista era evidente: Si el número de los elegidos es particular, y la muerte de Cristo es un elemento del sistema de gracia, entonces la reprobación implica una particularidad en la muerte de Cristo. Arminio, por el contrario, afirmaba una expiación general. Arminio dijo: “El precio de la muerte de Cristo fue dado por todos y por cada uno” (Ibid. 1:316).

El entendimiento calvinista de la predestinación implica una gracia irresistible para llevar a los pecadores a un punto de fe. Esto, si embargo, viola el sentido claro de la Escritura, que muestra ocasiones en las que la obra del evangelio del Espíritu Santo fue resistida (Hechos 7:51) o recibida en vano (2 Corintios 6:1). Arminio, en contradicción a los credos reformados, pero fiel a la Palabra, afirmó que “la gracia se mezcla tanto con la naturaleza del hombre, que no destruye en él la libertad de su voluntad, sino que le da una dirección correcta, corrige su depravación y le permite al hombre poseer sus propias voluntades”. Para Arminio, el concepto calvinista de la gracia irresistible era antibíblico, pues una gracia que opera según un decreto anterior y un poder invencible “introduce una especie de gracia que quita el libre albedrío y dificulta su ejercicio” (Ibid. 1:262-264). Arminio afirmó la necesidad de una gracia que cooperara continuamente, no abandonando al hombre a la corrupción de su voluntad en el estado caído. Dicha gracia energiza, o restaura a la vida, algo que aún reside en la voluntad tanto para el comienzo como para el sostenimiento de la salvación. Así pues, la taxonomía de la salvación de Arminio es un proceso verdaderamente sinérgico, no un autootorgamiento monergístico. La gracia no es un poder que funciona eficazmente, sino uno que ayuda a un poder residual, o universalmente restaurado, en la voluntad humana. Dicho poder, sin embargo, puede y es, a menudo, resistido por el hombre (Ibid. 1:262-264).

Si la gracia puede ser resistida, tanto antes como después de la conversión, de esto se desprende que el creyente puede caer de la gracia. Arminio afirmó que “es posible que algunos individuos por negligencia abandonen el comienzo de su existencia en Cristo [y puedan] aferrarse de nuevo al mundo maligno actual”, declinar de la sana doctrina, perder una buena conciencia y “hacer que la gracia divina sea ineficaz” (Ibid. 1:254). Así, Arminio y sus seguidores finalmente afirmaron firmemente que la gracia una vez recibida podría perderse. De hecho, después de su muerte, algunos ministros, teólogos y figuras políticas adoptaron y formalizaron la doctrina de Arminio. Cristalizaron cinco puntos a partir de los cuales trabajar para lograr cambios en los documentos confesionales de la iglesia reformada. Sus esfuerzos fueron rechazados por el Sínodo de Dort, el cual rechazó las ideas arminianas, estableciendo la doctrina reformada en cinco puntos: depravación total o corrupción radical, elección incondicional, expiación limitada, llamamiento eficaz (o gracia irresistible) y perseverancia de los santos. Estas doctrinas, descritas en el documento final llamado Cánones de Dort, son también conocidas como los Cinco puntos del Calvinismo, y aunque difaman el carácter de Dios son llamadas, irónicamente, las “Doctrinas de la Gracia”. Tras este sínodo, Johan van Oldenbarnevelt y otros dirigentes principales del arminianismo fueron ejecutados por órdenes de los “pastores”, teólogos y líderes calvinistas reunidos en Dort, mientras que otros muchos prominentes arminianos, entre los que se encontraban Hugo Grocio y Simón Episcopius, tuvieron que exiliarse para seguir con vida.

MÁS ALLÁ DE LOS CINCO PUNTOS DEL CALVINISMO

Las diferencias entre la teología arminiana y las confesiones de fe reformadas no se limitan al área soteriológica. Para los arminianos la unión de la iglesia y el estado es vista como una relación comprometedora, dañina, destructiva y no bíblica. Dicha relación impide el verdadero flujo de la discusión teológica y otorga al gobierno una autoridad que solo le corresponde a la iglesia. El magistrado no debe tener nada que ver con el establecimiento del ministerio de la verdad en la iglesia. Lastimosamente, ni luteranos ni reformados entendieron originalmente este principio. En lugar de ello, se aliaron a los poderes terrenales y usaron la espada del magistrado civil para silenciar la disidencia de sus filas. Los arminianos, en cambio, siempre hemos creído que el Estado y la iglesia deben permanecer separados.

Otro punto que separa la teología arminiana de las confesiones de fe reformadas puede hallarse en la sobrevaloración que los reformados le conceden a sus confesiones y catecismos. Aunque los arminianos creemos que se debe valorar el lugar de las confesiones en la iglesia, creemos también que estas jamás deben considerarse irreformables o infalibles. El principio de la sola scriptura es verdaderamente la única autoridad para el cristiano y la iglesia. Una confesión de fe es solo un testimonio de la confianza que una denominación de cristianos tiene en la claridad, convicción y coherencia de la revelación bíblica. Sobre esa base, puede y debe definir sus parámetros de comunión según la verdad así confesada. No obstante, ninguna confesión o catecismo está por encima de la Escritura. Y aunque ninguna iglesia reformada diría abiertamente que consideran infalibles sus confesiones de fe, vemos en la práctica todo lo contrario pues jamás estarían dispuestos a revisarlas. Arminio invitó a los reformados a reformarse. Estos solo probaron que no estaban dispuestos a hacerlo.

Mientras los arminianos consideramos el pasado con respeto y reconocemos el valor de los credos,confesiones, declaraciones y catecismos de antaño, reconocemos también que nuestro compromiso final no es hacia ninguno de ellos, sino hacia la Sola Scriptura. Nuestro llamado es a declarar con claridad esa “fe que fue entregada de una vez por todas a los santos”, y por la gracia de Dios que sella estas verdades en nuestros corazones.

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