Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Cristianismo

Jacobo Arminio, el teólogo reformado

𝙋𝙤𝙧 𝙁𝙚𝙧𝙣𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙀. 𝘼𝙡𝙫𝙖𝙧𝙖𝙙𝙤

¿Sabías que Jacobo Arminio vivió y murió considerándose a sí mismo un fiel reformado? Jacobo Arminio es el más conocido fundador de la escuela “anticalvinista” en la teología protestante reformada, de tal modo que su nombre dio origen al arminianismo como denominación que representaba su ideología, aunque al principio sus seguidores eran llamados “remonstrants”, debido al célebre documento de cinco puntos en el que disentían con Calvino, llamado Remonstratioe (1560).

Durante su vida, Arminio escribió muchos tratados teológicos, aunque no se publicaron hasta después de su muerte. Estos incluyen los extensos ensayos sobre Romanos 7 y 9, una larga correspondencia con Francisco Junius (1545–1602) y su obra póstuma Setenta y Nueve Discusiones Privadas. Sin embargo, el pensamiento de Arminio es muy poco conocido en la actualidad. Son más conocidas las obras de algunos de sus seguidores posteriores que interpretaron y siguieron desarrollando su pensamiento. Parte de los escritos de Jacobo Arminio han sido recopilados en Las obras de Arminio, que constan de más de 1500 páginas en las que se puede leer de primera mano su pensamiento.

Lo que sorprendería a muchos, sin duda, es saber que Arminio jamás pretendió formar una iglesia independiente y separada de la Iglesia Reformada. Él más bien buscaba “reformar” dicha iglesia y corregir lo que él consideró excesos teológicos en el calvinismo de su época. De hecho, Arminio afirmó en varias ocasiones adherirse doctrinalmente a la Confesión Belga y al Catecismo de Heidelberg, dos de las Tres Formas de la Unidad de las Iglesias Reformadas. Pero, ¿De qué tratan dichos documentos?

LA CONFESIÓN BELGA

La Confesión Belga es un documento doctrinal, escrito por Guido de Brès, que es clave en la historia e identidad de las iglesias reformadas. Este documento es el más antiguo de los estándares doctrinales de las iglesias reformadas de los Países Bajos. Se escribió en el siglo XVI, en medio de una terrible persecución desatada contra los protestantes. Constituyó un bosquejo aclaratorio de la doctrina reformada que buscaba darla a entender y lograr tolerancia hacia ella.

La Confesión Belga consta de 37 artículos escritos por Guido de Brès (1522-1567), un pastor ambulante reformado de los Países Bajos del sur que fue alumno de Calvino en Ginebra. Aunque de Brès fue el autor principal de la Confesión Belga, otros pastores y teólogos reformados contribuyeron a la edición final. Entre estos está incluido Francisco Junius, que más tarde se convertiría en un conocido profesor reformado en la Universidad de Leiden. Se conoce comúnmente como la confesión “belga” porque surgió de las iglesias reformadas de habla francesa en las “Tierras Bajas” del sur o “Países Bajos” (hoy Bélgica). Históricamente ha servido como uno de los tres símbolos confesionales de las iglesias reformadas holandesas, junto con el Catecismo de Heidelberg y los Cánones de Dort. El afecto hacia esta confesión se deriva, tanto de las conmovedoras circunstancias sufridas por su autor original y sus suscriptores, como de su rica declaración de la fe reformada.

La Confesión belga no es una declaración confesional como los cánones de Dort, que fueron escritos para abordar un tema doctrinal particular. Al igual que sus precursoras, la Confesión Ginebrina de Calvino y la Confesión Galicana, ambas completadas en 1559, la Confesión Belga ofrece una declaración completa de la fe cristiana y reformada. A grandes rasgos, el contenido de los treinta y siete artículos que componen la confesión se distribuye según los tres artículos del Credo de los Apóstoles. Comienza con varios artículos introductorios que exponen el punto de vista de la Reforma sobre la inspiración y autoridad de las Escrituras canónicas (Art. 1-7). Luego, en una sección primaria, afirma la verdad de la Trinidad y de las obras de creación y providencia de Dios (Art. 8-13). La sección central establece la enseñanza bíblica con respecto a la persona y obra de Cristo, distinguiendo el entendimiento de la Reforma sobre la salvación por gracia solamente a través de la fe, de la enseñanza católica romana medieval (Art. 14-23). La sección final ofrece una declaración resumida de la persona y obra del Espíritu Santo, que incluye varios artículos sobre la iglesia y los sacramentos, así como un artículo específico sobre el nombramiento divino y el ministerio del magistrado civil (Art. 24– 37).

EL CATECISMO DE HEIDELBERG

El Catecismo de Heidelberg es un documento confesional protestante para uso en la enseñanza de la doctrina cristiana reformada. Es un documento de fe extraordinariamente cálido y personal. La fuerza y el atractivo de este catecismo es el hecho de que es práctico y devocional, más que intelectual, dogmático o polémico. Es considerado por muchos el más personal y devocional de los credos y confesiones de la era de la Reforma. Fue escrito en 1563 en Heidelberg, la actual Alemania, por dos jóvenes teólogos: uno que había sido alumno de Juan Calvino, y el otro que lo fue de Felipe Melanchton, cercano colaborador de Lutero. Los nombres de los autores son Zacharius Ursinus y Gaspar Oleviano.

Al igual que otros catecismos, el Catecismo de Heidelberg usa un formato de preguntas en segunda persona y respuestas en primera persona. Además, las respuestas a esas preguntas son generalmente cortas y cuidadosamente estructuradas. Algunas incluso tienen un ritmo poético con el objetivo de que ser memorables y útiles para instruir a las personas en las verdades básicas de la fe. El Catecismo de Heidelberg se dividió en tres partes principales: nuestro pecado y miseria, nuestra liberación del pecado y nuestro agradecimiento a Dios por tal liberación. Fue diseñado para leerse en 52 semanas, de forma que se podía estudiar en la iglesia durante un año.

NO SIN RESERVAS

Sin embargo, y a pesar del aprecio y reverencia que como teólogo reformado sentía hacia dichas confesiones de fe, en algún momento de su vida, Arminio se encontró incapaz de defender sin reservas dichos documentos teológicos oficiales de la tradición reformada. Se cansó de estos compromisos polémicos y en 1608 comenzó a hacer declaraciones públicas de sus puntos de vista y a defenderlos de acuerdo con las Sagradas Escrituras y los lugares comunes de la teología protestante.

Los puntos de crítica de Arminio se pueden resumir en dos grandes cuestiones. Primero, Arminio se opuso a la idea de que las normas doctrinales escritas por los hombres pudieran tener autoridad sobre el sistema de predicación y creencia de la iglesia. En segundo lugar, su comprensión personal de la predestinación le llevó a rechazar o modificar varias doctrinas relacionadas con el sistema de pensamiento que rodeaba la enseñanza de la elección incondicional.

Entonces, ¿Hasta qué punto podemos los arminianos de hoy aceptar y convalidar la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg? En próximos post analizaremos el Catecismo de Heidelberg y cómo este encaja o no en la teología arminiana.

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