Arminianismo Clásico, LEGALISMO Y TENDENCIAS JUDAIZANTES, Pentecostalismo Clásico

Atrapados entre la santidad y el legalismo

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

La mayoría de las iglesias latinoamericanas, especialmente las pentecostales, fueron influenciadas por el movimiento de santidad originado en los Estados Unidos, a fines del siglo XIX. Este movimiento puso énfasis en la santidad personal como medio para agradar a Dios, y si bien esta enseñanza es correcta, se hace en desmedro de otra doctrina que otrora fue el pilar del mensaje evangélico, la mecha que encendió la Reforma del siglo XVI y a la cual el apóstol Pablo dedicó una parte central en sus cartas: la salvación por gracia. Somos salvos, no porque hayamos impresionado a Dios con nuestra conducta “santa”, sino por los méritos de Cristo en la cruz, y a esta salvación por gracia se accede sólo por medio de la fe (Romanos 1:17; Efesios 2:8-9). La santidad es una consecuencia de la obra del Espíritu Santo en el creyente, no un requisito para que éste obre. Sin embargo, el movimiento de santidad influyó en el naciente pentecostalismo de principios del siglo XX para que pusiera énfasis en la santidad en desmedro de la gracia.

Dicho énfasis ha hecho que el evangelio se predique desde una especie de pedestal de superioridad moral, se espera de un cristiano que está llamado a ser más santo que el resto de los mortales, pasando por alto que seguimos siendo pecadores. Este énfasis es notorio cuando en el punto de predicación recitamos el texto de 1 Timoteo 1:15 “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores…” y omitimos la última parte del versículo: “De los cuales yo soy el primero”. O sea, Pablo seguía considerándose pecador aún después de su conversión, pero a nosotros parece que nos avergüenza reconocerlo públicamente.

Este énfasis en la santidad personal en desmedro de la gracia, hace que los pastores prediquen un “estándar de santidad” que ha convertido al Evangelio en un conjunto de reglas morales que debemos cumplir para alcanzar la santidad “sin la cual nadie verá a Dios”. Buscar la santidad no es incorrecto, pero ¿Qué ha pasado con la cruz de Cristo? Pues ha pasado a ser “una más” de las tantas doctrinas de la Biblia que se dan por sabidas.

A todo eso, sumemos el hecho de que la moralidad o santidad se entienden, no necesariamente según la Biblia, sino según los usos y costumbres de la época en que nuestros ancianos conocieron el evangelio, esto es, la primera mitad del siglo XX. Por lo tanto, todos los cambios sociales y culturales ocurridos después son considerados pecaminosos, inmorales o mundanos, ya sea que vayan o no en contra de lo que la Biblia enseña. Por el sólo hecho de ser “novedosos”, son merecedores de la mayor sospecha, para que “el mundo no entre a la iglesia”. Sin quererlo, en nuestras iglesias la Biblia dejó de ser nuestra norma de fe y conducta, para ser reemplazada por los usos y costumbres de la sociedad conservadora de mediados del siglo XX. La Escritura la usamos solamente para justificar nuestras ideas preconcebidas respecto de lo que culturalmente entendemos como santo o impuro.

¿Cuál es el efecto de esto? Muchos de nuestros amados y valiosos jóvenes, llegados a cierta edad, deciden salir de sus congregaciones, y no por una rebeldía sin causa: muchas veces ni siquiera es una rebeldía contra Dios o contra el evangelio, sino contra un sistema religioso, una estructura eclesiástica que oprime y aísla a quienes no encajan en la subcultura evangélica.

PONIENDO SAL EN LA HERIDA.

Antes de proseguir quiero aclarar algo: No estoy promoviendo que nos olvidemos de la santidad para irnos a un libertinaje sin ley, sino que aprendamos a armonizar la santidad y la gracia; que son complementarias; pues sin la gracia, la santidad es imposible. No debemos olvidar que la ley de Dios nos fue dada como parte de la gracia, y no como algo contrario a ella. No debemos abandonar el extremo del legalismo para irnos al extremo opuesto del antinomianismo.[1] Debemos vivir en el justo equilibrio del evangelio, y recordar que nuestra única regla de fe y conducta es la Biblia y no el contexto cultural en que la aprendimos. Lamentablemente, pareciera que muchas congregaciones pentecostales hemos caído en dos graves errores:

  1. Hemos olvidado la doctrina de la salvación por gracia por medio de la fe, para terminar predicando un mensaje moralista de salvación por la buena conducta.
  2. No sabemos distinguir entre el evangelio y el contexto cultural en que nuestros antecesores en la fe lo aprendieron, lo cual hace que terminemos enseñando los usos y costumbres de principios o mediados del siglo XX, en vez del evangelio mismo.

Estos dos gravísimos errores nos muestran como un mal entendimiento teológico puede llevar a una mala práctica que es dañina para la iglesia. Como pastores y líderes eclesiásticos, llamados a velar por las almas de nuestro rebaño, debemos exponer las deficiencias de un sistema religioso que no da toda la gloria a Cristo, ni pone a su evangelio en el lugar que se merece, causando con ello mucho daño a las congregaciones.

¿QUÉ ES EL LEGALISMO?

Hablar del legalismo en la cristiandad no es fácil, pues suele causar crispación entre los mismos creyentes. Por eso, antes de definir lo que es el legalismo, es necesario aclarar lo que no es. Para empezar:

  1. Procurar crecer en santidad diariamente no es legalismo: La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Tesalonicenses 4:3), pues la meta del cristiano es ser perfecto en Cristo (Colosenses 1:8). El apóstol Juan afirma: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Juan 3:3).
  2. Vivir una vida piadosa, que toma seriamente la ley de Dios y la ética cristiana, no es legalismo. Jesús lo expresó así: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). No obstante, recordemos cómo resumió Jesús toda la ley: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” y «amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37-40).
  3. Limitar mi libertad por amor al hermano no es legalismo. Pablo lo explicó claramente: “Por consiguiente, ya no nos juzguemos los unos a los otros, sino más bien decidid esto: no poner obstáculo o piedra de tropiezo al hermano.” (Romanos 14:13).

Entonces ¿Qué es el legalismo? El legalismo es una posición doctrinal que enfatiza un sistema de reglas y reglamentos, para alcanzar tanto la salvación como el crecimiento espiritual. Los legalistas creen que es necesaria la estricta adherencia literal a esas reglas y reglamentos. Doctrinalmente, es una posición esencialmente opuesta a la gracia. Aquellos que sostienen una postura legalista, pueden fallar aún en ver el propósito real de la ley, especialmente el propósito de la Ley de Moisés en el Antiguo Testamento, el cual es el ser nuestro “ayo” o “tutor” para traernos a Cristo (Gálatas 3:24).

Aunque los practicantes de dicha posición doctrinal no puedan verlo, el legalismo es el intento por parte del hombre de ganar el favor de Dios por medio de la obediencia estricta a una serie de normas o leyes. Dicho de otra forma, es el intento de ser justificado y salvado (Romanos 3:20; 9:31-32) o de crecer en santidad por medio de la obediencia a la ley. Respecto a nuestra disposición, el legalismo es lo opuesto a ser compasivo, y así, aún los creyentes pueden ser legalistas.

EL LEGALISMO JAMÁS NOS HARÁ SANTOS, EN VEZ DE ESO NOS SEPARA DE CRISTO.

A pesar de las afirmaciones de los creyentes legalistas, seguidores de una falsa santidad anti bíblica, la Palabra de Dios jamás nos enseña que nuestra santidad, justificación o redención dependen de la obediencia de la ley. Por el contrario, la Biblia afirma:

“Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado.” (Romanos 3:20, NVI)

“Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe, y no por las obras que la ley exige.” (Romanos 3:28, NVI)

Si las obras no pueden justificarnos ante Dios, entonces, ¿De qué depende nuestra justificación, santificación y redención? La Biblia también responde a esta pregunta:

“Dios los ha unido a ustedes con Cristo Jesús. Dios hizo que él fuera la sabiduría misma para nuestro beneficio. Cristo nos hizo justos ante Dios; nos hizo puros y santos y nos liberó del pecado.” (1 Corintios 1:30, NTV).

Debemos hacernos tres preguntas respecto al texto anterior: ¿Gracias a quién estamos unidos a Cristo Jesús? Gracias a Dios. No a la ley. ¿Qué nos hace justos, puros y santos ante Dios? Cristo. No la ley. ¿Qué nos libera del poder del pecado? Cristo. ¡No el cumplimiento de la ley! No hay nada que podamos hacer para que Dios nos ame más, ni nada que podamos hacer para que Dios nos ame menos. El amor de Dios es incondicional, esto significa que no depende de los méritos del hombre. Si hemos sido justificados, si Dios nos considera uno de sus santos, y si un día disfrutamos de la vida eterna en toda su plenitud, habrá sido únicamente por los méritos de Jesucristo en favor nuestro, para que, como está escrito: “Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor” (1 Corintios 1:31). Si no entendemos esto, entonces no entendemos el evangelio. Lamentablemente, muchos que se hacen llamar “evangélicos” desconocen el evangelio.

Esta actitud legalista estaba ya presente en los primeros años de la iglesia. Tanto es así que el apóstol Pablo escribe su carta a los Gálatas con la intención de refutar las enseñanzas legalistas dentro de la iglesia. En aquella iglesia, un grupo de “maestros” insistían en que la salvación y la santidad de los creyentes dependían de la observancia de ciertos ritos y leyes. Es probable que algunos de estos maestros tuvieran buenas intenciones al enseñar; sin embargo, para el apóstol esto constituía una gravísima amenaza al verdadero evangelio, pues violaba las enseñanzas del evangelio de la gracia. El disgusto de Pablo queda más que evidenciado en su tempestuosa introducción a la carta:

“Me maravillo de que tan pronto hayáis abandonado al que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente; que en realidad no es otro evangelio, sólo que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Pero si aún nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema. Como hemos dicho antes, también repito ahora: Si alguno os anuncia un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema. Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.” (Gálatas 1:6-10).

Parafraseando al apóstol en un lenguaje más moderno y coloquial, diría:

“¡No puedo creerlo! Vosotros, que fuisteis llamados por la pura gracia de Dios, ahora predicáis y enseñáis un evangelio lleno de reglas del tipo: “No gustes, no comas, no toques, no te pongas, no te pintes…”. Los que tal hacen están corrompiendo y malinterpretando el evangelio, haciendo un evangelio totalmente diferente y falso. Pero si el pastor que tanto aprecias y tiene tantos años de experiencia o incluso un ángel te predica un evangelio que pretenden justificarte o hacerte más santo por las obras, considéralo un maldito. ¿Buscas agradar a tu pastor o a los hombres religiosos? ¿O buscas agradar a Dios? Pues si tu deseo de agradar a cualquier hombre está por encima de tu deseo de agradar a Dios, entonces, no eres digno de llamarte servidor de Cristo”.

Pablo, el apóstol que condena las obras como un modo de justificarse o de agradar a Dios es el mismo que se describe así mismo, antes de su conversión a Cristo, como un observador y cumplidor irreprensible de la ley (Filipenses 3:6). ¡Él sabía de lo que hablaba!

Tristemente, este tipo de legalismo aún continúa dándose en muchas congregaciones. En un legítimo y bienintencionado deseo de luchar contra el pecado y procurar la santidad, algunas congregaciones pueden caer sutilmente en el legalismo. ¡Que Dios nos ayude a disfrutar de las riquezas de su gracia!

IDENTIFICANDO A UN LEGALISTA.

Pero ¿Cómo puedes identificar a un creyente legalista mi iglesia? O mejor aún ¿Cómo puede identificar si yo mismo soy un legalista? El creyente legalista posee ciertas características distintivas, entre ellas:

(1) EL CRISTIANO LEGALISTA ENFATIZA LOS CAMBIOS EXTERNOS, NO LOS INTERNOS.

En su lucha contra el pecado, reducen la vida cristiana a una cuestión de conducta externa. Por ejemplo, para no caer en lujuria, prohíben a las mujeres usar pantalones o faldas por encima de la rodilla, maquillarse, pintarse las uñas, etcétera; para no caer en adulterio prohíben ir a la playa; para evitar la vanidad prohíben llevar aretes, pendientes, anillos o relojes. La consecuencia es que uno será mejor o peor cristiano en la medida en que acate con mayor fidelidad todos estos preceptos. Si diezmas, usas faldas por debajo de la rodilla, no vas a la playa ni usas cualquier tipo de cosmético, entonces, estarás agradando a Dios. Esto implica que aquellas mujeres –por continuar con el ejemplo– que usan pantalones, se maquillan y llevan colgantes y anillos están siendo menos santas o directamente rebeldes y desagradables a Dios.

El problema de enfatizar los cambios externos es que esto no soluciona el verdadero problema, que es interno; el corazón. A los fariseos que tanto cuidaban la fachada, es decir, lo externo, Jesús les llamó “Sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia” (Mateo 23:27). Se nos olvida que incluso las mejores obras a los ojos de los hombres pueden ser las que procedan del corazón más sucio a los ojos de Dios. Con todo, Jesús nos enseña constantemente que el cristianismo es asunto del corazón. Nada más empezar su ministerio terrenal expresó: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8) ¿Quiénes verán a Dios? ¿Los que guardan preceptos externos? No, sino los limpios de corazón. En tiempos de Cristo, si los religiosos se jactaban de no haber cometido adulterio y de cumplir así la ley, Jesús les decía: “El que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Si alguno creía que estaba cumpliendo con Dios asistiendo legalistamente al “culto” (sinagoga) y cantándole con la boca, Jesucristo les reprochaba: “Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mí”. Jesús siempre apunta al corazón. En cambio, el legalista apunta a lo externo. Según Jesús, todos los pecados y malas acciones de los hombres provienen del interior, no de lo externo: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.” (Marcos 7:21-23). Todo lo que contamina al hombre, toda impureza, todo pecado del tipo que sea, procede del corazón. Por tanto, si queremos conseguir cambios auténticos en nuestra propia vida o en la vida de otra persona o congregación, debemos apuntar y trabajar siempre con el corazón, no con lo externo. Las congregaciones que imponen normas humanas y prescripciones pesadas a sus feligreses en aras de buscar la santidad, en realidad están corriendo en la dirección contraria. Quizá sus pretensiones sean de buena fe, pero no producirán nunca cambios auténticos en el corazón; por tanto, cualquier cambio externo será solo de apariencia, para agradar a los hombres, pero no para agradar a Dios. Tales personas están haciendo la puerta estrecha más estrecha de lo que es, atando pesadas cargas en las espaldas de los demás que ni ellos mismos pueden llevar. Ya advirtió Jesús de los tales: “¡Ay también de vosotros, intérpretes de la ley!, porque cargáis a los hombres con cargas difíciles de llevar, y vosotros ni siquiera tocáis las cargas con uno de vuestros dedos” (Lucas 11:46).

Esta es la razón por la que la Escritura nos enseña una y otra vez que los cambios genuinos y sinceros deben producirse internamente, en el corazón. Y, posteriormente, esta purificación interna se manifestará hacia lo exterior progresivamente por la obra del Espíritu de Dios. La Biblia nos enseña cómo Dios trabaja en el hombre: “Entonces les rociaré con agua limpia y quedaréis limpios; de todas sus inmundicias y de todos sus ídolos les limpiaré. Además, les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo dentro de ustedes; quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré corazón de carne. Pondré dentro de ustedes mi espíritu y haré que anden en mis estatutos, y que cumplan cuidadosamente mis ordenanzas.” (Ezequiel 36:26-27) El trabajo de Dios siempre comienza con el corazón, no con lo externo. El texto no dice: “Cumplan mis estatutos y, entonces, tendrán un nuevo corazón”, como si la obra debiera hacerse de afuera hacia dentro. Por otra parte, ¿qué o quién hará que andemos en los estatutos y ordenanzas divinas? El texto dice claramente que esa será una obra divina ejercida en favor del hombre, resultado natural de un cambio de corazón. La razón por la que este cambio externo debe ser llevado a cabo por Dios es porque el ser humano está totalmente incapacitado para arreglar su depravado corazón, aunque se imponga a sí mismo toda una serie de estrictas ordenanzas. Con razón Jesús condenaba a los legalistas que insistían en lo externo: “Resulta que ustedes los fariseos -les dijo el Señor-, limpian el vaso y el plato por fuera, pero por dentro están ustedes llenos de codicia y de maldad.” (Lucas 11:39, NVI).

(2) EL LEGALISTA LUCHA CONTRA EL PECADO POR MEDIO DE PROHIBICIONES DEL TIPO: “NO TOQUEN ESTO”, “NO COMAN ESO”, “NO PRUEBEN AQUELLO”, “NO UTILICEN ESTO OTRO”.

El legalismo trata de conseguir el favor de Dios por medio del esfuerzo humano. En cambio, el cristiano que ha entendido el evangelio lucha contra el pecado no guiado por leyes, sino por el Espíritu. Sus armas son la Palabra de Dios, la fe, la coraza de justicia, el evangelio de la paz, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu (Efesios 6:10-17). Pablo advirtió a la iglesia de Colosas contra el legalismo de su entorno. “Ustedes están unidos a Cristo por medio de su muerte en la cruz, y ya no están sometidos a los espíritus que gobiernan este mundo. Entonces, ¿por qué se comportan como si todavía estuvieran bajo su dominio? ¿Por qué obedecen a quienes les dicen “no toquen esto”, “no coman eso”, “no prueben aquello”? Esas reglas no son más que enseñanzas humanas, que con el tiempo van perdiendo su valor.” (Colosenses 2:20-22, NVI).

(3) EL LEGALISTA LUCHA CONTRA EL PECADO CON MOTIVACIONES EQUIVOCADAS.

Mientras el cristiano que ha entendido el evangelio lucha contra el pecado porque ama a Dios con todo su corazón y no desea desagradarle, no quiere contristar al Espíritu que habita en él y porque la gracia de Cristo en favor suyo le enseña a renunciar a toda impiedad; el legalista lucha contra el pecado para salvaguardar su reputación religiosa o su imagen pública, para tener una conciencia más tranquila consigo mismo, para dar una apariencia de piedad, en definitiva, para agradar al ojo humano. La Biblia enseña que el legalista se gloría en cumplir leyes: “El Fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos” (Lucas 18:1). En cambio, el creyente que entiende el evangelio se gloría en vivir a Cristo: “para que, como está escrito: “Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor”” (1 Corintios 1:31).

(4) EL LEGALISTA TIENE UNA VISIÓN EQUIVOCADA DE LA LEY.

El creyente legalista está convencido de que cumplir rigurosamente los mandamientos y normas le ganarán no solo la aprobación de Dios, sino también todas sus bendiciones. La obediencia a la ley se convierte así en un fin en sí mismo. En contraste, las Escrituras nos enseñan que ningún ser humano será justificado por la obediencia a la ley y que el propósito de la ley es sacar al descubierto nuestro propio pecado e incapacidad para agradar a Dios; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado (Romanos 3:20). Pablo advierte: “Aquellos que tratan de ser justificados por la ley, han roto con Cristo; han caído de la gracia.” (Gálatas 5:4, NVI). De acuerdo con la Biblia, la ley no fue dada como un fin en sí mismo, sino como un medio para descubrir algo más importante y fundamental, a saber, la absoluta impotencia del hombre para agradar a Dios por sí mismo y la necesidad que este tiene de una transformación interna.

(5) LOS ESFUERZOS DEL LEGALISTA SE CENTRAN EN LUCHAR CONTRA EL PECADO EXTERNO.

Los esfuerzos de quien entiende el evangelio consisten en revestirse de Cristo. El primero tiene siempre su mirada en el pecado; el segundo tiene siempre su mirada en Cristo. Entretanto que el primero trata de encontrar satisfacción evitando el pecado visible, el segundo buscará su satisfacción escondiéndose en Cristo. Sabe que cuanto más satisfecho esté en Cristo, menos buscará la satisfacción en el pecado. El apóstol Pablo enseña que los esfuerzos del cristiano deben concentrarse en revestirse de Cristo y no tanto en el pecado, que es la consecuencia de no estar revestido de Él: “Más bien, revístanse ustedes del Señor Jesucristo, y no se preocupen por satisfacer los deseos de la naturaleza pecaminosa.” (Romanos 13:14, NVI).

(6) EL LEGALISTA USA EL TEXTO BÍBLICO PARA APOYAR SUS IDEAS PERSONALES.

El creyente legalista se va a las Escrituras con una postura tomada que hay que demostrar y defender a ultranza. Empero, la Biblia enseña que nuestras ideas deben someterse a la Palabra de Dios, no viceversa. El principal error del legalista es que no enseña las Escrituras expositivamente, esto es, exponiendo únicamente lo que el texto bíblico dice en su contexto original y sometiéndose a lo que este enseña para nosotros hoy, sino que añade sus normas particulares de cómo ese texto debe obedecerse actualmente, según él, sumando su punto de vista al texto y presentando todas estas normas humanas como divinas o como parte misma del Evangelio. Algo similar ocurría ya en tiempos de Jesús. Los maestros de la ley, quizá con buenas intenciones, añadían mandamientos de hombres que pretendían situarse a la misma altura que los mandamientos expresados directamente por Dios. Nuestro Señor dijo a los tales: “Así que los fariseos y los maestros de la ley le preguntaron a Jesús: — ¿Por qué no siguen tus discípulos la tradición de los ancianos, en vez de comer con manos impuras? Él les contestó: —Tenía razón Isaías cuando profetizó acerca de ustedes, hipócritas, según está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas». Ustedes han desechado los mandamientos divinos y se aferran a las tradiciones humanas. Y añadió: — ¡Qué buena manera tienen ustedes de dejar a un lado los mandamientos de Dios para mantener sus propias tradiciones!” (Marcos 7:5-9, NVI). Ninguna persona tiene el derecho a crear restricciones que Dios no ha restringido. Quien hace esto está jugando a ser “dios”.

(7) EL LEGALISTA CONVIERTE LA VIDA CRISTIANA EN TODA UNA SERIE DE REGLAS Y PRINCIPIOS MORALES.

Reducen la vida cristiana a normas del tipo: “puedes hacer esto”, pero “no puedes hacer aquello”. Olvidan que la vida cristiana es una relación personal con un Dios que nos ha adoptado como hijos y que nos permite acercarnos a Él como a un Padre. Como toda relación, la base es el amor, que nos lleva a honrar y respetar a la otra persona. Por eso toda la ley se reduce en: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). El verdadero amor nos mueve a evitar todo aquello que pudiera desagradar a Dios. ¡No necesitamos ordenanzas cuando la relación se basa en el amor sincero y apasionado! Si las normas se hacen necesarias, este es un indicativo de que no hay verdadero amor.

(8) EL LEGALISTA SIEMPRE VERÁ A LOS QUE NO ESTÉN DE ACUERDO CON SUS REGLAMENTOS COMO LIBERALES O REBELDES.

Los fariseos acusaron numerosas veces a Jesús y a sus discípulos de quebrantar las tradiciones y mandamientos (Marcos 7:1-23; 15:1-20). ¡Consideraban a Jesús un revolucionario y rebelde a la ley de Dios! Según ellos, Cristo incumplió una y otra vez el obligado día de descanso al sanar al hombre de la mano seca (Lucas 6:6); a la mujer encorvada (Lucas 14:2); al ciego de nacimiento (Juan 9:1); al paralítico de Betesda (Juan 5:8), y un largo etcétera. ¡Qué paradoja! El creador del universo y dador de las leyes fue condenado por las leyes de los hombres. Los judíos le respondieron: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios.(Juan 19:7). Resulta curioso que el grupo que más se enoja con Jesús a lo largo de su ministerio terrenal es el grupo que, al menos externamente y a ojos de los hombres, más rigurosamente cumplía la ley.

(9) EL LEGALISTA PRONTO SERÁ DOMINADO POR EL ORGULLO Y LA HIPOCRESÍA.

Mantener una apariencia de piedad externa puede servir para encubrir la podredumbre interna. Insistir en lo externo promueve que las personas finjan una santidad externa que esconde problemas internos. Sutilmente, la santidad será sinónimo de religiosidad externa o devoción superficial. Aquellos que se sujeten a las normas establecidas (por absurdas que sean) serán considerados más santos y fieles que aquellos que no lo hagan. Esto provocará una competencia por demostrar a los demás quien es el más puro y santo de todos, produciendo así orgullo en los corazones y menosprecio al mirar a los demás. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.(Lucas 18:11).

CONCLUSIÓN.

Debemos tomar muy enserio las duras críticas que el Hijo de Dios hizo a los legalistas: “Hipócritas”, “sepulcros blanqueados”, “necios”, “serpientes”, “raza de víboras”, etc. Aquel que dijo de sí mismo que era “manso y humilde de corazón” no titubeó en proferir tales calificativos contra los legalistas. Indudablemente, el legalismo es un grave pecado, que atenta directamente contra el Evangelio de la gracia. Si has caído alguna vez en el legalismo, te ruego en nombre del Señor Jesucristo que te reconcilies con Dios, pues has caído de la gracia: “Aquellos de entre ustedes que tratan de ser justificados por la ley han roto con Cristo; han caído de la gracia.” (Gálatas 5:4; NVI). Seguir un evangelio legista no es seguir el evangelio en absoluto: “Todos los que viven por las obras que demanda la ley están bajo maldición, porque está escrito: «Maldito sea quien no practique fielmente todo lo que está escrito en el libro de la ley»” (Gálatas 3:10, NVI).

El legalismo crea un falso sentido de santidad y, peor aún, lleva a sus practicantes a la intolerancia hacia otros creyentes que piensan o viven su vida cristiana de forma diferente. Fue Tertuliano, el célebre teólogo cristiano nacido en África en el siglo II, quien llevado por un arrebato de legalismo e intolerancia expresó en cierta ocasión: “Todos los que no piensan como nosotros están locos”. La actitud de Tertuliano parece describir el sentir y el pensar de muchos creyentes pentecostales y de otras denominaciones que han caído en el legalismo. Aunque a Tertuliano se le reconoce por fomentar el desarrollo de la teología sistemática para la naciente iglesia cristiana y ocupa un puesto destacado en la historia de la misma, tuvo también sus desaciertos: Dio claras muestras de ser una persona intransigente y legalista. Con sobrada razón, este que fuera uno de los más grandes apologetas cristianos, fue considerado de “espíritu legalista y autoritario”.[2] ¡Qué Dios nos guarde de caer en el mismo legalismo y perder toda compasión, amor y consideración hacia el prójimo!

REFERENCIAS:

[1] El antinomismo, o antinomianismo, es, propiamente, un movimiento cristiano del siglo XVI considerado herético que defendía que la fe lo llenaba todo y era lo único necesario, y que como la ley de Moisés era inútil para la salvación, es indiferente que un creyente “persevere en pecado para que la gracia abunde”.

[2] Christopher Dawson. Los orígenes de Europa (1991), pp. 5-6.

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