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Pentecostés, o la democratización de los dones del Espíritu

Por Fernando E. Alvarado.

En Números 11:29, Moisés nos comparte un deseo profundo: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta, que el Señor pusiera su Espíritu sobre ellos!» En ese contexto, dos hombres, Eldad y Medad, habían recibido el Espíritu de Dios y profetizaban en el campamento, lo que preocupó a Josué. Sin embargo, Moisés, lejos de verlo como algo negativo, expresó su anhelo de que todos los israelitas pudieran experimentar la presencia y el poder del Espíritu de Dios. Para nosotros, ese ideal de Moisés refleja el anhelo de una comunidad carismática, donde todos podamos ser partícipes del Espíritu divino (Números 11:29). Este deseo de Moisés es la anticipación del sueño de Dios para su pueblo: una comunidad donde todos estén capacitados por el Espíritu, y no unos pocos privilegiados.[1]

Si bien este deseo no se cumplió durante la vida de Moisés, lo vemos realizado en el día de Pentecostés, tal como se describe en Hechos 2. En ese día, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos de Jesús, llenándonos y capacitándonos para hablar en diferentes lenguas y profetizar. Este evento marcó el nacimiento de la Iglesia como una comunidad carismática, donde todos los creyentes tenemos acceso al Espíritu Santo y podemos ser usados por Dios para edificar a otros. El nuevo Israel, la iglesia, finalmente se convirtió en esa comunidad carismática soñada (Hechos 2:1-4). Así pues, la venida del Espíritu Santo en Pentecostés no solo marca el inicio de la Iglesia, sino también el comienzo de una nueva era, en la cual todos los creyentes están llamados a participar activamente en el ministerio del Espíritu.[2]

La conexión entre el deseo de Moisés y Pentecostés es significativa, pues nos muestra la continuidad del plan de Dios a lo largo de la historia bíblica. Desde nuestra perspectiva pentecostal, Pentecostés es un evento crucial que marca la democratización de los dones espirituales. El Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y otros creyentes, capacitándonos con diversos dones, como el hablar en lenguas y la profecía, lo cual sigue siendo un elemento fundamental en nuestra fe hoy en día (Hechos 2:17-18). Como lo expresa Jürgen Moltmann, «Pentecostés inaugura una era en la cual los dones del Espíritu se distribuyen sin discriminación, permitiendo a todos los creyentes ser profetas y testigos».[3]

Esta democratización de los dones implica que todos los creyentes, sin importar género, edad o estatus social, tenemos acceso a los carismas del Espíritu. Pentecostés estableció el paradigma básico del pentecostalismo: los dones del Espíritu Santo no están reservados para una élite, sino que están disponibles para todos. Así, la promesa de Joel 2:28-29, citada por Pedro en Hechos, se cumple cuando Dios derrama su Espíritu sobre toda carne (Joel 2:28-29). El Espíritu de Dios no discrimina en la distribución de sus dones; todos los que están en Cristo son receptores potenciales de sus manifestaciones».[4]

Además, esta democratización trae consigo una diversidad de dones al servicio de la iglesia. Como se menciona en 1 Corintios 12:7-11, el Espíritu Santo distribuye dones como sabiduría, conocimiento, fe, sanidades, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas y la interpretación de lenguas. Cada uno de nosotros recibe dones específicos para el beneficio común y para edificar el cuerpo de Cristo, lo que nos recuerda la importancia de trabajar en unidad (1 Corintios 12:7-11), así como también que los dones del Espíritu son regalos dados para el bien común, no para elevar el estatus de los individuos, sino para fortalecer la comunidad.[5]

Con esta diversidad de dones, el Espíritu nos equipa para el servicio, no como un signo de mérito o superioridad, sino como herramientas para avanzar en la misión de la iglesia. Estamos llamados a cumplir con la Gran Comisión de predicar el Evangelio y hacer discípulos en todas las naciones, un empoderamiento que no se limita a los líderes, sino que se extiende a todos los miembros del cuerpo de Cristo (Mateo 28:19-20). El llamado a la misión es universal y el empoderamiento del Espíritu es para todos los que siguen a Cristo, no solo para unos cuantos.[6]

Aunque hay una diversidad de dones, todos provienen del mismo Espíritu y están destinados a trabajar en conjunto para el bien común. Esto fomenta la unidad dentro de nuestra comunidad, ya que cada uno de nosotros contribuye con dones únicos para el funcionamiento armonioso de la iglesia (1 Corintios 12:12-27). Cada creyente tiene un papel importante en fortalecer y animar a otros en su fe, ya que los dones no son dados para beneficio personal, sino para la edificación mutua. La diversidad de dones no fragmenta a la iglesia, sino que contribuye a su unidad cuando cada miembro usa sus dones para el bien de todos.[7]

Al manifestarse en todos nosotros, los dones espirituales sirven como un testimonio poderoso del poder y la presencia de Dios en nuestras vidas, atrayendo a otros al Evangelio. Pentecostés, por lo tanto, no solo marca el nacimiento de la iglesia, sino también la distribución equitativa de los dones espirituales, empoderándonos a todos para participar activamente en la misión de Dios (Hechos 2:38-39).


BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:

[1] Stott, J. (2006). The message of Acts: The Spirit, the church & the world. InterVarsity Press, p. 124.

[2] Fee, G. (1996). God’s empowering presence: The Holy Spirit in the letters of Paul. Hendrickson Publishers, p. 34.

[3] Moltmann, J. (1992). The Spirit of life: A universal affirmation. Fortress Press, p. 112.

[4] Yong, A. (2005). The Spirit poured out on all flesh: Pentecostalism and the possibility of global theology. Baker Academic, p. 89.

[5] Grudem, W. (1994). Systematic theology: An introduction to biblical doctrine. Zondervan, p. 1016.

[6] Escobar, S. (2003). La misión y el Espíritu Santo. Kregel Publications, p. 203.

[7] Volf, M. (1998). After our likeness: The church as the image of the Trinity. Eerdmans, p. 67.

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