Teología, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Analfabetismo bíblico en las iglesias

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En cierta época de su vida William Tyndale, famoso por realizar la primera traducción de la Biblia al inglés directamente del griego y el hebreo, trabajó en casa de sir John Walsh como preceptor de sus hijos. Durante las comidas que ofrecía Walsh, el joven Tyndale y los clérigos del lugar solían entablar combates dialécticos. Tyndale, erudito en la Palabra como pocos de su época, desafiaba con toda naturalidad las opiniones de estos abriendo la Biblia y mostrándoles textos. Con el tiempo, a los Walsh les convenció lo que decía Tyndale, y a los clérigos cada vez se les invitaba con menos frecuencia y se les recibía con menos entusiasmo. Como es natural, los eclesiásticos se resintieron más con Tyndale y sus creencias. Un alto jerarca eclesiástico afirmó: “Mejor nos iría sin la ley de Dios que sin la del Papa”, a lo que Tyndale respondió con sus famosas palabras:

“Yo Desafío al Papa y todas sus leyes. Si Dios me hace merced de seguir vivo, de aquí a no muchos años lograré que el muchacho que guía el arado sepa más de la Escritura que vos”. Más adelante Tyndale afirmaría: “La experiencia me enseñó que era imposible afianzar a los laicos en la verdad, a menos que se les presentara con claridad la Escritura en su lengua materna para que pudieran percibir la esencia, el orden y el significado del texto”.[1]

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La pasión de Tyndale por el estudio de las Escrituras y su deseo de que todos pudieran conocerla y estudiarla en su lengua materna fue una característica distintiva del protestantismo inicial. De hecho, el grito de guerra de la Reforma fue “Sola Scriptura”. Los primeros protestantes creían, y aún hoy afirman, que solo la Biblia es la palabra de Dios autoritativa e inspirada, por consiguiente, la única fuente de autoridad, y que es accesible para todos, es decir, que es capaz de ser entendida con claridad, y se puede auto interpretar por medio de ella misma. Está de más decir que, cualquier iglesia evangélica que se precie de enseñar la sana doctrina, afirmará sin duda alguna que las Escrituras, tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento, son verbalmente inspiradas por Dios y son la revelación de Dios al hombre, la regla infalible e inapelable de fe y conducta (2 Timoteo 3:15-17; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Pedro 1:21).[2]

En vista de lo anterior nos preguntamos: ¿Sigue teniendo la iglesia evangélica el mismo celo por el estudio de la Palabra? ¿Por qué entonces presenciamos hoy en día un creciente “analfabetismo” bíblico en las iglesias evangélicas? ¿Por qué el conocimiento de los hechos y las doctrinas más básicas de nuestra fe evangélica es cada vez más escaso en las nuevas generaciones, e incluso en los ministros de la Palabra?

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HEMOS FALLADO EN PASAR LA ANTORCHA DE LA FE A LAS NUEVAS GENERACIONES

La teología cristiana busca comprender a Dios tal como Él es revelado en la Biblia. Su meta es profundizar en la Palabra de Dios para descubrir lo que Dios ha revelado acerca de Sí Mismo. Una sana teología es de vital importancia, puesto que una teología equivocada y una comprensión errónea y superficial de Dios sólo hará que nuestras vidas sean peores, en vez de traernos el consuelo y la esperanza que tanto anhelamos. Tristemente, pareciera que la teología, como correctivo de tendencias nefastas en el seno de las iglesias, no ha desempeñado su papel de forma suficiente. Divagando entre un intelectualismo incomprensible para el creyente común y un simplismo infantil y superficial, la teología ha hecho poco últimamente para fortalecer a los creyentes. Esto se debe en parte a que los teólogos han sido incapaces en la mayoría de los casos de transmitir una visión vibrante, apasionada e inspiradora para los creyentes. Para muchos cristianos de hoy, la sola mención de la palabra “teología” despierta cansancio y aburrimiento.

Es doloroso admitirlo, pero la Iglesia evangélica, en términos generales, ha fracasado en su intento de transmitir sus creencias a las nuevas generaciones. En cambio, hemos preferido sobreenfatizar la experiencia personal, descuidando al mismo tiempo la educación cristiana. Pareciera que nuestra historia es similar a la de los israelitas tras la muerte de Josué:

“También toda aquella generación fue reunida a sus padres. Y se levantó otra generación después de ellos que no conocía al Señor, ni la obra que Él había hecho por Israel.” (Jueces 2:10, LBLA).

Ya no hay conocimiento sólido y real de Dios y su Palabra, solo emociones, experiencias místicas, pero sin fundamento bíblico. La vida espiritual ha llegado a ser, por lo tanto, no algo que se aprende sino una pura cuestión de experiencias o tradiciones. Esto se refleja, por ejemplo, en la manera como se predica. Los sermones son cada vez más terapéuticos y menos educacionales. Y la relevancia de lo que hacemos en el culto los domingos por la mañana se basa sobre todo en lo que sentimos y cada vez menos en lo que pensamos. Horas y horas son dedicadas al canto, las dramatizaciones y al espectáculo y poco, o nada, se le concede al estudio de la Palabra.

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Hemos llenado a nuestra juventud con entretenimiento de todo tipo: escultismo, campamentos, conciertos, caminatas, juegos y dinámicas; pero los hemos privado de lo único que realmente necesitaban: Conocimiento de Dios y su Palabra. Hemos olvidado que “Esto es lo que deben hacer, sin dejar de hacer lo otro” (Mateo 23:23, DHH), pues la diversión no está mal, ya que todo tiene su tiempo y su lugar (Eclesiastés 3:1). El problema reside en que hacemos de todo por retener a los jóvenes en nuestras iglesias, pero ¿Retenerlos a qué? ¿Nos causa tanto placer tener números altos en nuestras reuniones de la iglesia al punto que nos importa tan poco la vida espiritual de los congregados? ¿Qué pasará cuando la diversión se acabe o el mundo les ofrezca algo más divertido? Sin fundamentos un edificio colapsa ¡Cuánto más la vida espiritual! Y al igual que el rey David yo me pregunto:

“Si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?” (Salmo 11:3).

HEMOS ABANDONADO LA PALABRA Y LA HEMOS SUSTITUIDO POR ESPECTÁCULO Y RUIDO

Es doloroso admitir que nos hemos equivocado, pero es necesario si queremos corregir el error cometido. Muchas iglesias evangélicas han abandonado la exposición de la Biblia y han dejado de enseñar teología. La exégesis histórica se ha convertido en un arte perdido en el púlpito. En vez de explicar el contexto histórico de un pasaje, el texto se convierte en la base de reflexiones devocionales. Pasajes bíblicos son sacados de su contexto, ya que el predicador está buscando aquellas historias que provocan las respuestas o actitudes deseadas entre la gente. No se expone el texto. Se busca un texto para pretexto de lo que el predicador de turno quiere decir. En consecuencia, los sermones hoy en día se han reducido a charlas breves y reflexiones cargadas de emociones, gritos y espectáculo ruidoso (sobre todo en nuestras iglesias pentecostales).

En otros casos, se ha reducido la exposición de la Palabra a largos e interminables discursos de predicadores gritones que cuentan sus anécdotas e historias personales, confundiendo decibeles, pataletas, gemidos extraños, contorsiones y abundante mímica con el poder de lo alto. Quizá logremos con ello cultos emotivos, excitar el ánimo de los asistentes, pero ¿Qué pasa cuando el culto termina? ¿Pueden los griteríos transformar las vidas? ¿Habrán logrado acercar a los oyentes más a Dios? O, por el contrario, ¿Se perderá todo en el olvido? Muchos pentecostales dirán que tal ambiente emotivo es un distintivo de su fe, y quizá tengan razón, pero ¿De qué sirve todo eso si la Palabra de Dios no es predicada en su pureza, si Cristo no es glorificado y si el Espíritu Santo es sustituido por gritos, emocionalismo y pantomimas?

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HEMOS PERMITIDO EL SINCRETISMO, CONTAMINANDO NUESTRA FE EVANGÉLICA

Muchos evangélicos han aceptado y combinado tantas ideas de otras creencias y filosofías que han creado su propio sistema de fe. Uno completamente distinto al Evangelio de Jesucristo. En muchas de las iglesias de nuestros días raras veces hay tiempo para hablar sobre asuntos teológicos o doctrinales con la Biblia abierta. Si preguntamos a nuestros pastores contemporáneos si se enseña sistemáticamente doctrinas bíblicas, la respuesta es por regla general negativa. Los cultos de estudio bíblica han sido eliminados. Simplemente no hay tiempo para ello. O no se ve la importancia. Lo mismo es infelizmente cierto en la escuela dominical de los niños (donde todavía la hay).

La fe cristiana ya no se edifica sobre el fundamento firme de enseñanzas y argumentos que han probado su validez a través de los siglos, sino sobre emociones y experiencias personales, o ideologías que vienen directamente del secularismo rampante de nuestros tiempos: El feminismo agresivo, la ideología de género, el aborto, la eutanasia, el consumo de drogas, el sexo prematrimonial, la apertura al movimiento LGBTIQ, el matrimonio entre personas del mismo sexo, etc. Todas ellas son promovidas y aceptadas hoy por muchos creyentes aún cuando estén en franca y abierta contradicción a la Palabra. ¿Por qué? Porque nos hemos abierto a todo, menos a la verdad revelada en la Biblia.

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Las ideas de la Nueva Era inundan nuestros sermones, más parecidos a discursos motivacionales y de autosuperación que a la Palabra de Dios. La Confesión Positiva, con su “declárelo”, “decrételo”, es hoy emblema de una fe firme y símbolo de poder espiritual, y esto a pesar de contradecir abiertamente la Palabra de Dios. Abrazamos modas judaizantes, danzas y estilos de adoración antibíblicos, ¿Por qué? ¡porque están de moda! Y lo hacemos sin pensar en lo que la Biblia dice al respecto o, peor aún, torciendo la Palabra a nuestra conveniencia. Pero esto no es todo: Prácticas fetichistas como el uso de aceites benditos, agua bendita, pañuelos milagrosos, amuletos cristianos, etc., han sido incorporados a nuestra fe, al punto que los ritos de muchas iglesias no difieren mucho de las de algunos magos y brujos blancos. Simplemente aceptamos todo de todos, menos de Dios y su Palabra revelada.

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HEMOS DEJADO QUE LA TERRIBLE INFLUENCIA DE FILOSOFÍAS Y OPINIONES SECULARES INUNDEN NUESTRAS IGLESIAS Y SEMINARIOS TEOLÓGICOS

El racionalismo mundano inunda la mente y el corazón de muchos cristianos de hoy. Ellos, al igual que la gente de este mundo, “a pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios” (Romanos 1:21-22, NVI). Este racionalismo teológico enseña que la Biblia simplemente es un producto humano que habla de experiencias personales, pero no una revelación divina. De esta manera, se opone frontalmente a la doctrina de la inerrancia bíblica, la deidad de Cristo, la realidad de Satanás la redención y otras doctrinas claves de la fe cristiana. El existencialismo y su énfasis sobre la experiencia humana hace que la gente mire a sí misma y no a Dios o las Escrituras para encontrar la verdad. El postmodernismo ha convencido a muchos de que no existe una verdad universal. Incluso entre aquellos evangélicos que se consideran creyentes nacidos de nuevo son pocos los que todavía creen en la existencia de verdades absolutas en el campo de la moral.

Muchos evangélicos aceptan elementos de estas filosofías materialistas y pensamientos secularizantes sin tan siquiera darse cuenta de ello. La fe de muchos creyentes de hoy no es una fe basada sobre la Biblia, sino más bien una fe sintética y sincretista. Muchos de aquellos que se consideran a sí mismos creyentes nacidos de nuevo, han asumido y aceptado elementos del budismo, hinduismo, judaísmo, islam, de los mormones, la cienciología, el unitarismo y de la ciencia cristiana sin darse cuenta de que acaban por crear su propia fe. Un nuevo Evangelio ajeno a la fe bíblica. Consultan a médiums y dicen creen en Cristo. Practican el yoga (una disciplina religiosa hindú) mientras afirman ser discípulos de Jesús. ¿Es todo esto coherente? No lo es. Sin embargo, el postmodernismo ha convencido a muchos de que no hay una verdad universal. ¿Cuál ha sido el resultado? Lo que la iglesia de hoy predica está lejos de ser un Evangelio sano y completo. Por un lado, algunos predican un cristianismo vacío, hueco, pasivo, que no es ni sal ni luz de este mundo, sino amigo de este. Por otro lado, otros predican una fe sensacionalista, manipuladora, ególatra, superficial y mercantil. Urge un cambio de dirección.

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¿CÓMO PODEMOS SUPERAR EL ANALFABETISMO BÍBLICO?

El desconocimiento de los elementos básicos de la Biblia por parte de aquellos que profesan ser cristianos es una triste realidad que va en aumento. Pero hay esperanza. De hecho, la solución para este problema está en la propia Biblia. El Salmo 119, y particularmente los versos 97–104, nos da la clave para superar el analfabetismo bíblico que está destruyendo a la iglesia:

(1.- DEBEMOS APRENDER A AMAR A LA PALABRA DE DIOS.

El versículo 97 nos dice: “¡Oh, ¡cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación”. El salmista expresa un profundo sentimiento de estima, valor y placer hacia las Escrituras. Él aprendió a amar la revelación de Dios pues esta nos dice cómo es Dios y lo que él piensa. El cristiano del siglo XXI necesita dejar de ver la Biblia como un manual de reglas, historias antiguas y cosas raras. Dicha visión equivocada de la Biblia ha provocado un desamor. Tal concepción de la Biblia la descalifica, la rebaja a un status indigno de su valor. Para que la Palabra recupere su lugar de honor en la iglesia de hoy es necesario que esta se enamore de la Palabra. Por eso Salmo 119:97 apunta a una consecuencia natural del amor: la meditación frecuente. Aquello que enamora domina toda la vida del enamorado. El tema o actividad que te encanta te mueve a una intensidad en la relación, resultando en un dominio completo del objeto de su amor en la mente del que ama. Por eso, la meditación diaria y constante en la Palabra no es producto de un legalismo frío, de una pesada obligación que uno se impone o un tipo de castigo, todo lo contrario: es la misma expresión del placer y alegría. Es por esta razón que él dice: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca” (Salmo 119:104).

¿Por qué el analfabetismo bíblico abunda en nuestras iglesias? Porque es, en gran parte, producto de la falta de amor a Dios, que se expresa por la falta de amor a su Palabra, resultando en la ausencia de placer en conocerla y estudiarla. Si queremos dejar de ser analfabetos bíblicos, debemos entender que no podemos amar al Dios de la Palabra sin amar a la Palabra de Dios.

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(2.- DEBEMOS RECONOCER LA EFICACIA DE LA PALABRA DE DIOS

En Salmo 119:98-100 leemos: “Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos, Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, Porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido, Porque he guardado tus mandamientos.” Dichos versículos nos llevan a descubrir otra causa para el analfabetismo bíblico es la ignorancia en cuanto a sus efectos. El escritor sagrado quiere destacar que el amor por la Palabra de Dios no es solamente un amor ciego que nos mueve a desear un constante contacto con la Biblia. Amar la Palabra implica además el descubrimiento de que ella es sumamente eficaz para nuestra vida diaria.

El creyente necesita comprobar de forma personal cómo la constante meditación y obediencia a los mandamientos de Dios puede llevar su vida más allá de lo ordinario, pues la Palabra de Dios es capaz de cambiar nuestra vida. Si analizamos los versículos 98-100 notaremos que el salmista dice que Dios le hizo más sabio que sus enemigos, apuntando a que el constante considerar y tomar en cuenta la Revelación de Dios frente a los problemas de la vida le dio victoria. Esta verdad necesita ser redescubierta, pues lamentablemente muchos cristianos, por desconocer la Palabra de Dios, fracasan en su vida cristiana y ministerio. Al ignorar la relevancia de la Biblia frente a los problemas de la vida, fracasan de manera más vergonzosa, y no por falta de recursos para salir de dicha situación, sino porque, que pese a tenerlos, los desconocen. Da pena decirlo, pero el analfabetismo bíblico ha producido toda una generación de cristianos inmaduros y fracasados y, pero aún, una generación de cristianos desconectados de su misión. Al ignorar la Palabra de Dios y desconocer sus enseñanzas, muchos creyentes han fracasado también en su tarea de ser sal y luz en la vida diaria. Muchos parecen ignorar felizmente que la Palabra de Dios nos hace mejores profesionales, mejores científicos, mejores académicos, porque nos permite tener una visión más amplia de la realidad: la perspectiva del creador. Al tener una cosmovisión bíblica de la vida, los cristianos hemos terminado aceptado una cosmovisión sin Dios, puramente secular. Así pues, el analfabetismo bíblico ha producido toda una generación de cristianos mediocres, sin impacto real en el mundo, cristianos que son cola y no cabeza.

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(3.- DEBEMOS ENTENDER EL PROPÓSITO DE LA PALABRA DE DIOS

En Salmo 119: 101–102 leemos: “De todo mal camino contuve mis pies, Para guardar tu palabra. No me aparté de tus juicios, Porque tú me enseñaste.” En dichos versículos el autor destaca, como consecuencia de la meditación en las Escrituras, el propósito de la lectura y meditación bíblica: hacernos más santos. Y es que la Biblia está no solo para ser conocida, sino que también obedecida. Ella es normativa, y está hecha para conozcamos a Cristo y andemos según su voluntad. No obstante, muchos cristianos terminan por dar nuevos propósitos para la Biblia, como: sentirse bien consigo mismo, resolver problemas puntuales o como simple texto religioso leído solamente en ceremonias religiosas. El problema que esto ocasiona es que la vida de muchos cristianos no tiene como proposito el ser más santo cada día. Si no entendemos el propósito por el cual nos fue dada la Biblia nuestra relación con la Palabra será bastante irregular e infructífera.

El escritor sagrado es claro al afirmar que, como consecuencia lógica del aprendizaje de la Palabra de Dios, él contuvo sus pies de los malos caminos. Fue a través del estudio y la meditación continua de la Ley de Dios que el autor de este salmo aprendió a hacer y ser como Dios quiere. Así, el autor apunta en estos versos que la Biblia nos capacita a vivir vidas más santas. El analfabetismo bíblico, por otro lado, ha producido toda una generación de cristianos carnales.

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CONCLUSIÓN

El analfabetismo bíblico debe ser erradicado, pero esto no pasará mientras los ministros del Evangelio lideremos la indiferencia hacia la misma. Tan solo piensa: Si otras profesiones demandan preparación ¿Cuánto más el ministerio de la Palabra? Sin embargo, pareciera que hoy día ser ministro del Evangelio se toma a la ligera. ¿Te has preguntado alguna vez qué tanto sabe tu pastor de la Biblia y sus enseñanzas? Para muchos la respuesta quizá resulte deprimente. Pero, ¿Qué hay de ti como creyente? ¿Eres de los que dice “amén” a todo lo que oye desde el púlpito, aunque lo que oigas sea una herejía? ¿O eres como los creyentes de Berea que cuestionan todo a la luz de la Palabra? De ellos se dice:

“Estos eran más nobles que los de Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando diariamente las Escrituras, para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11, LBLA).

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La iglesia necesita eliminar el analfabetismo bíblico, pero para ello debe revalorizar la Palabra. Colocarla en el sitio de honor que merece. La iglesia necesita recordar que la Biblia no es un libro obscurantista, que demanda fe ciega en temas absurdos, sino que es un documento liberador que capacita al lector a una obediencia consciente e inteligente. Los creyentes de hoy necesitan comprender que la Biblia no es un libro obsoleto, utilizado solamente para ceremonias religiosas y por personas privadas de un saber más amplio, sino que es la clave para una vida plena en todos los sentido. La razón por la que muchos cristianos viven vidas mediocres y carnales es la baja estima que tienen por la Palabra de Dios, el poco valor que dan a ella y el poco amor que tienen por Dios. ¡Necesitamos volver al primer amor! ¡necesitamos redescubrir las raíces de la fe! Enamorémonos de nuevo y definitivamente de la Palabra de Dios, pues es ahí donde encontramos a nuestro Creador.

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REFERENCIAS:

[1] Fuente: https://citas.in/autores/william-tyndale/

[2] Véase: https://ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/Inspiration-Inerrancy-Authority-of-Scripture

ANALFABETISMO BÍBLICO

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