Neopentecostalismo, Paganismo, Pentecostalismo, Sincretismo

Ritos sincréticos en iglesias evangélicas

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

Todos quizá hemos sido testigos, en más de alguna ocasión, de cómo hermanos sinceros han realizado la práctica del ungimiento con aceite siendo aplicada en cosas y en personas. Hemos visto, por ejemplo, como en ciertas iglesias se unge con aceite sobre la frente a algunos creyentes con el fin de consagrarlos al Señor para el servicio. En otras ocasiones, también quizá hayamos visto como hermanos sinceros rociaban aceite con un atomizador en sus manos para orar por cada petición de los creyentes en una iglesia, no siendo limitada al caso de enfermedades, sino también hasta peticiones de trabajo. Aun peor, el ungimiento con aceite, como si se tratase de un amuleto protector a prueba de todo colocado en automóviles, siendo aplicado en pinturas, en puertas, en patios y en ventanas; contra espíritus inmundos y sobre endemoniados, o como cerco de protección en una iglesia o casa. En situaciones más extremas se utilizan helicópteros y avionetas para rociar aceite sobre la ciudad, el estado o el país, esto con el propósito de declararlo como “Conquistado para Jesucristo”. Pero ¿Es necesaria la unción con aceite sobre los hermanos creyentes para consagrarlos a la obra? ¿O aún como medio de protección o dedicación para el Señor? ¿Tiene el uso del aceite poderes milagrosos? ¿O aumenta un nivel más la santidad del creyente?

EL USO DEL ACEITE EN TIEMPOS BÍBLICOS

En tiempos biblicos el aceite tenía diversos usos, principalmente relacionados con la higiene personal. Existen dos términos en hebreo para describir la acción de ungir. Uno de ellos es «suk», el cual implica la acción de ungir el cuerpo después del aseo. Es el equivalente al griego «aleiphõ» empleado en el Nuevo Testamento, y que comúnmente denota la práctica entre los orientales de ungir el cuerpo, o sus partes, para comodidad, presencia, amistad, medicación u honras funerarias. Así vemos, por ejemplo, que el aceite era usado para el aseo ordinario (Rut 3:3; 2 Samuel 12:20; 2 Crónicas 28:15; Mateo 6:17) y que su descuido era señal de duelo (2 Samuel 14:2; Daniel 10:3). Ungir con aceite era entendido también como acto de cortesía (Lucas 7:46; Juan 12:3). Se creía que el aceite poseía propiedades medicinales, de modo que se ungía a los enfermos (Marcos 6:13; Santiago 5:14) y se usaban aceites aromáticos para ungir los cadáveres (Marcos 14:8; 16:1). El aceite de oliva era considerado de tal importancia que se tenía por maldición divina que los olivos no dieran aceite para la unción (Deuteronomio 28:40; Miqueas 6:15).

El otro verbo hebreo empleado para describir el acto de ungir es «mashach», y su equivalente griego «chrinõ», de donde provienen los términos “Mesías” (hebreo) y “Cristo” (griego). Dichos verbo tienen un carácter más serio e implican el acto de ungir para un cargo. Así pues, se ungían los reyes: Saúl, David, Salomón, Joás, Jehú y Hazael son ejemplos de ello. También eran ungidos los profetas (Salmo 105:15; 1 Reyes 19:16). Ahora bien, para la unción de los sacerdotes se empleaba un aceite especial preparado según las instrucciones divinas (Éxodo 30:30; 40:13). Con este mismo aceite fueron ungidos también el tabernáculo y sus utensilios (Éxodo 40:9, 10). Algunas ofrendas también incluían aceite. La ofrenda de flor de harina, por ejemplo, era amasada con aceite (Levítico 2:1, 4) y los leprosos, en caso de ser sanados, también eran ungidos con aceite (Levítico 14:17, 18).


LA CONSAGRACIÓN DE PERSONAS MEDIANTE LA UNCIÓN CON ACEITE

En algunas congregaciones se acostumbra el uso del aceite para ungir a personas que serán consagradas al ministerio. Esta práctica, sin embargo, no puede hallar sustento en el Nuevo Testamento o en la costumbre aceptada de la iglesia primitiva. En la época del Antiguo Testamento, por otro lado, era una práctica común y aceptada. En Éxodo 30:22-31 se nos dice:

“Habló más Jehová a Moisés, diciendo: Tomarás especias finas: de mirra excelente quinientos siclos, y de canela aromática la mitad, esto es, doscientos cincuenta, de cálamo aromático doscientos cincuenta, de casia quinientos, según el siclo del santuario, y de aceite de olivas un hin. Y harás de ello el aceite de la santa unción; superior ungüento, según el arte del perfumador, será el aceite de la unción santa. Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes. Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones”.


Con base en este pasaje, muchos maestros religiosos (sobretodo del movimiento apostólico, profético y de guerra espiritual), pretenden dar validez al ungimiento sobre personas como acto de consagración y protección espiritual. Muchos aducen no sólo la legitimidad del uso del aceite para ungir, sino también la calidad misma de aquel aceite. Algunas iglesias han creado elaborados ritos de consagración del aceite, requisitos sobre la composición del mismo (incluso han intentado imitar la composición del aceite santo de la unción cual se describe en Éxodo) o establecido normas sobre el origen del mismo (algunas iglesias solo aceptan aceite de oliva extravirgen procedente de Israel). Esto resulta problemático si se tiene en cuenta que la advertencia de Dios sobre quienes intentaran reproducir aquel aceite fue clara y contundente:

“Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros” (Éxodo 30:32).


Además, es un grave error calcar un viejo rito del pacto de la Ley porque, al no vivir nosotros bajo el Antiguo Pacto en nuestros días, sino bajo el Pacto del Nuevo Testamento, es claro que cuando dice: “y por santo lo tendréis vosotros” (Éxodo 30.32), se está haciendo clara referencia única y exclusivamente al pueblo de Israel, a los judíos que vivieron bajo el Antiguo Testamento, no a nosotros los cristianos. De manera que al intentar en nuestros días usar un aceite cuya composición revelada por Dios fue exclusiva para Su pueblo del Viejo Pacto, no siendo parte de los destinatarios legítimos de aquella ordenanza, caeríamos entonces en la categoría de “extraños,” cuya sentencia divina era ser cortados de entre su pueblo. El pasaje en cuestión nos dice:

“Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo” (Éxodo 30:33).

Pretender ungir a otras personas (sobre todo gentiles, o incluso judíos que no pertenecen al linaje de Aarón) con el mismo aceite destinado a la consagración de los sacerdotes del Antiguo Pacto, es un acto de desobediencia a lo establecido por Dios, quien decretó: “sobre carne de hombre no será derramado” (Éxodo 30:32).

¿QUÉ NOS DICE AL RESPECTO EL NUEVO TESTAMENTO?

En el Nuevo Testamento la unción con aceite se usaba con fines medicinales de forma natural (Marcos 6.13; Santiago 5.14). No se usaba para consagrar u ordenar a ministros. La práctica válida para la consagración al ministerio en el periodo neotestamentario era la imposición de manos. Hechos 6:3-6 nos dice:

“Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra. Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás prosélito de Antioquía; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”.

En 1 Timoteo 4:14 Pablo nos confirma este punto:

“No descuides el don que hay en ti, que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio”.

Nótese que no hay en todo el texto mención alguna de ungir con aceite para la ordenación a los ministros de la Iglesia de Cristo. Esta práctica no estaba vigente ni era de uso regular entre los Apóstoles. La unción ritual sólo era administrada en el tiempo del Antiguo Testamento.

Actualmente los considerados “súper ungidos” de la Nueva Reforma Apostólica y la Confesión Positiva (que no son otra cosa que falsos profetas y falsos apóstoles), argumentan que la práctica del ungimiento con aceite también se aplica a los cristianos hoy en día. Como no pueden sustentar sus afirmaciones en la Palabra escrita de Dios (la Biblia), aluden a las supuestas revelaciones extras que el Señor les ha mostrado. Revelaciones que, por no apegarse a la Biblia, son completamente falsas e irrelevantes.

¿POR QUÉ LOS CRISTIANOS NO NECESITAMOS SER UNGIDOS CON ACEITE?

Para empezar, tanto si la unción es aplicada sobre personas o sobre cosas, y tanto si el aceite es especialmente preparado como si es común, lo que tipifica es invariablemente la santificación y el poder del Espíritu Santo. No se ordena la unción con aceite para la consagración a ningún cargo a los creyentes en la dispensación cristiana porque han sido ya ungidos con el Espíritu Santo y ya son sacerdotes para Dios. Juan le recordó esto incluso a los «hijitos» o recién conversos a la fe, los cuales ya poseían la unción del Santo. La unción (el mismo término, «chrisma») permanece en ellos (1 Juan 2:20, 27). Así, de la misma manera en que en el Antiguo Testamento los reyes, profetas y sacerdotes eran ungidos como consagrados para Dios, así el cristiano es santificado para Dios por el Espíritu Santo, tanto en cuanto a su posición como con respecto a su servicio. El aceite, o cualquier otro tipo de unción humana, es innecesaria.

¿QUÉ HAY CON EL USO QUÉ, APARENTEMENTE, SE LE DA EN LA BIBLIA AL ACEITE RESPECTO A LOS OBJETOS Y SU CONSAGRACIÓN O DEDICACIÓN?

Uno de los pasajes básicos usados para avalar la unción con aceite sobre objetos se encuentra en Éxodo 40:9-10 en donde se manda a Moisés: “Y tomarás el aceite de la unción y ungirás el tabernáculo, y todo lo que está en él; y lo santificarás con todos sus utensilios, y será santo. Ungirás también el altar del holocausto y todos sus utensilios; y santificarás el altar, y será un altar santísimo”.

Es importante destacar que el aceite de la unción para el tabernáculo es el mismo que se utilizó para ungir a Aarón y a sus hijos: “Con él ungirás el tabernáculo de reunión, el arca del testimonio, la mesa con todos sus utensilios, el candelero con todos sus utensilios, el altar del incienso, el altar del holocausto con todos sus utensilios, y la fuente y su base. Así los consagrarás, y serán cosas santísimas; todo lo que tocare en ellos, será santificado. Ungirás también a Aarón y a sus hijos, y los consagrarás para que sean mis sacerdotes” (Éxodo 30:26-30).

Tomando en cuenta la revisión del contexto del pasaje de Éxodo 30.22-31, este mandamiento de ungir con aceite a los objetos era sólo para el pueblo de Israel, no para los gentiles y dentro de los términos y ordenanzas del Antiguo Pacto. Además, el tabernáculo era un lugar santo en el que reposaría la presencia de Dios en medio de Su pueblo. Por medio de los preparativos para la construcción del tabernáculo y sus accesorios, se pretendía grabar en la mente de los israelitas que el tabernáculo no sería un lugar cualquiera, sino que en él habitaría la Gloria de Dios y que reflejaría el carácter de Su santidad. Por lo cual ninguna cosa inmunda entraría en él, a no ser para ofrecer legítimamente y de la forma prescrita los sacrificios necesarios para la purificación.

El aceite de la unción manejado por los sacerdotes era exclusivo para santificar el tabernáculo, emblema del viejo pacto; hoy en día su uso no está vigente para esos propósitos. El persistir en la enseñanza judía de que para todo hay que ungir los objetos, casas, edificios de culto, mobiliario, ropa, etc., sólo provoca en la mente de los creyentes la idea de que el aceite es una especie de amuleto o sustancia con algún tipo de poder mágico, convirtiéndolo en un objeto idolátrico indispensable, un medio milagroso o una reliquia. Estos versículos, Éxodo 40.9-10, en realidad, sólo le recuerdan al hombre su condición pecaminosa y su separación de un Dios tres veces santo.

¿EVANGELIO, RELIGIOSIDAD POPULAR, SUPERSTICIÓN O MAGIA BLANCA?

Ni Éxodo 40.9-10, ni ningún otro pasaje bíblico, habla de ungir objetos como un medio de protección contra peligros naturales (como accidentes) y sobrenaturales (como ataques demoníacos) como algunos falsos maestros afirman. La Biblia tampoco nos habla de dedicar objetos, casas y ciudades para santificar o para agilizar la conversión de los incrédulos. De todos es sabido que algunos creyentes usan incluso avionetas para rociar aceite desde los aires sobre ciudades enteras con el fin de tomar posesión de ellas, dedicarlas o “ablandarlas” ante la predicación del Evangelio. Muchos otros creen que ungiendo sus casas las liberarán de posesiones demoníacas o que ungiendo sus automóviles u otras posesiones estas serán benditas y tendrán la protección de Dios contra accidentes, desastres naturales, etc. Sin embargo, el uso de objetos ungidos no es mencionado en ninguna parte en el Nuevo Testamento. Si se quiere convertir a incrédulos el único medio es la predicación fiel de la Palabra y la obra interna del Espíritu Santo. Ningún rito mágico puede hacer la obra que sólo le corresponde a la Palabra de Dios y al Espíritu de Gracia.


En Marcos 16:15 Jesús no nos mandó a ungir ciudades ni a practicar ritos extraños. El dijo:

“Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Hemos de orar por respaldo divino y poder espiritual durante la predicación, pero nunca recurrir a ritos inútiles que sólo causan oprobio y ponen en vergüenza el verdadero Evangelio. Efesios 6:18-19 nos dice:

“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos; y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio”.

NO HAY PROTECCIÓN ESPIRITUAL O FÍSICA ALGUNA EN EL USO DE FETICHES, AMULETOS Y RITOS VACÍOS

Jamás debemos caer en el error de convertir la fe cristiana en una mezcla sincrética de judaísmo y ritos supersticiosos de los pueblos donde el Evangelio sea predicado. Lastimosamente nuestra América Latina, tan acostumbrada al ritualismo de la religión tradicional, a las prácticas espiritistas, la brujería y el sincretismo religioso, es presa fácil del engaño. El analfabetismo bíblico lleva a muchos creyentes y ministros a decir “amén” e incorporar en su fe y liturgia todo tipo de prácticas ridículas, antibíblicas y hasta blasfemas. Esto no puede ni debe seguir así.

No existe ritual mágico o sustancia material que tenga poder sobre las huestes espirituales de maldad que gobiernan este mundo caído. Si así fuera, Dios lo hubiera mandado directamente en Su Palabra. Cabe notar que la “Armadura de Dios” descrita en Efesios 6:10-20 no hace ninguna mención de la unción con aceite como arma legítima en la lucha contra Satanás y sus huestes. La importancia, más bien, radica en el sometimiento al Señor: “Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:10-11).

EL ACEITE COMO ELEMENTO USADO EN LAS SESIONES DE LIBERACIÓN ESPIRITUAL O POSESIÓN DEMONÍACA

En cuanto a la liberación de poseídos por espíritus impuros, sólo existe una instrucción de parte del Señor Jesucristo al respecto y que, por supuesto, no incluye el uso del aceite: “Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (Marcos 10:7-8). Marcos 16:17 añade: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas”. No se trata de aceite, se trata de autoridad. Lucas 9:1 nos dice: “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades”. Fue eso, la autoridad del Nombre de Jesús, y no el aceite o el uso de otra sustancia, lo que echó fuera a los demonios. De ello dan fe las palabras de los setenta: “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre” (Lucas 10:17). ¿Qué más pretenden agregarle los falsos maestros a esto? ¿Hay algo superior al Nombre de Jesús? ¿Respetarán los demonios algo más que la sangre del Cordero?

¿ES BÍBLICO EL USO DE LA SAL EN RITUALES CRISTIANOS Y EXORCISMOS?

¿Qué hay con la sal? ¿Por qué algunos la usan al realizar exorcismos? ¿Posee algún poder milagrosa al emplearla en ritos cristianos? No, ¡Absolutamente no! El uso de la sal por parte de algunos grupos evangélicos es una burda imitación de viejas prácticas católicas. En el cuarto siglo de nuestra era la iglesia imperial adoptó la práctica de poner sal en la boca de los miembros recién bautizados como símbolo de purificación. El bautismo mismo era seguido en esa época por una unción con aceite.


En el libro “Sancta Missa: Rituale Romanum” de 1964, encontramos algunas instrucciones sobre cómo se usó y se usa la sal dentro del rito católico:

(1.- Primero, el sacerdote bendecía la sal con la siguiente oración: “Dios todopoderoso y eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, mira con favor a tus siervos a quienes te ha complacido llamar a este primer paso en la fe. Libéralos de toda ceguera interior. Corta todas las trampas de Satanás que hasta ahora los ataron. Abre, Señor, a ellos la puerta de tu amor paternal. Que el sello de tu sabiduría los penetre, que deseche todas sus inclinaciones impuras y sucias, y dejen entrar la fragancia de Tus elevadas enseñanzas. Para que así sirvan con gusto en Tu Iglesia y sean cada día más perfectos. Y una vez que hayan probado la propiedad medicinal de la sal, que sean aptos para acercarse a la gracia de su bautismo; por Cristo nuestro Señor.”

(2.- Luego el sacerdote decía una oración de exorcismo sobre la sal: “Criatura de Dios, con sal, expulso el demonio de ti, en el nombre de Dios Padre Todopoderoso, en el amor de nuestro Señor Jesucristo y en la fuerza del Espíritu Santo. Te purifico por el Dios vivo, el Dios verdadero, el Dios santo, por Dios que te creó para ser un preservador de la humanidad, y te mandó que seas santificado por sus ministros para el beneficio de las personas que están a punto de aceptar la fe. En nombre de la Santísima Trinidad, conviértete en un signo salvador habilitado para ahuyentar al enemigo. Por tanto, te suplicamos, Señor, nuestro Dios, que santifiques y bendigas a esta criatura, con sal, proporcionando así un remedio perfecto para todos los que la reciban, uno que impregne su ser más íntimo. Te lo pedimos en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que vendrá a juzgar tanto a los vivos como a los muertos y al mundo por fuego.”

(3.- El sacerdote luego ofrecía otra oración, y después, tomando una pizca de “sal bendita” la ponía en la boca de la persona, diciendo: “Toma esta sal en señal de sabiduría. Que sea para ti también una señal que presagie la vida eterna.”


Nos preguntamos: ¿De dónde tomó la iglesia tradicional este rito? ¿De la Biblia? Ciertamente no, sino de las costumbres paganas que inundaba el imperio romano. De hecho, la sal era tan importante para los pueblos antiguos que incluso llegó a ser la divisa con la que se pagaba a los trabajadores. En español, por ejemplo, nuestra palabra salario procede del latín ‘salarium’, que a su vez procede de ‘sal’. Pero más allá de su valor monetario, la sal era usado con fines mágico-espiritista. A los rituales con sal se les atribuía una gran efectividad en trabajos de limpieza de energía, expulsión de demonios, protección y purificación. En la antigüedad, los magos utilizaban la sal para deshacer maldiciones y en la realización de hechizos para atraer riqueza y prosperidad. La iglesia imperial adoptó tales supersticiones incorporando la sal a sus rituales bautismales y exorcismos. Antiguamente incluso las campanas de las iglesias eran limpiadas con sal y agua para bendecirlas. Justificaban el uso de la sal como elemento ritual y purificador en pasajes como Mateo 5:13. Sin embargo, Jesús nunca quiso enseñar tal cosa.

CONCLUSIÓN

Muchos creyentes le atribuyen al rito de la unción con aceite, al uso de la sal y a otras prácticas semi-espiritistas ciertos atributos del tipo milagroso. Esto no difiere mucho de la enseñanza de sectas heréticas como el grupo brasileño “Pare de Sufrir” (hoy conocida como Iglesia de Oración al Espíritu Santo), con sus ventas de objetos pseudo-milagrosos. Sin embargo, la Escritura no enseña que el aceite, la sal o cualquier otra sustancia u objeto tuviese tales propiedades para provocar sanidades instantáneas, proteger de males, echar fuera demonios, etc. Eso es más bien un vestigio de brujería y superstición. Una creencia espiritista introducida en el cristianismo evangélico, sobre todo pentecostal.

No podemos sacar de su contexto histórico la práctica de ungir con aceite y su significado. Desde la antigüedad es común en la cultura judía que las personas fuesen ungidas con aceite. Era una de sus costumbres. Una muy apreciada por ellos (Proverbios 27:9, Amós 6:6). Dentro del marco bíblico, y del contexto cultural judío el aceite era usado como un refrescante para el cuerpo (2 Crónicas 28:15), como un ungüento medicinal (Marcos 6:13; Santiago 5:14) y para sanar heridas (Isaías 1:6; Lucas 10:34). Es cierto que se le dio un valor ritual y simbólico en el Antiguo Testamento, sin embargo, todo eso tenía que ver con un pueblo terrenal que se movía en medio de las sombras (símbolos) de las cosas celestiales. Ahora que tenemos la plena realidad de esas cosas, no tenemos razón de regresar a lo que eran las sombras, las figuras (Hebreos 8:5), y aún más, en lo que concierne a la Iglesia, no vemos ninguna ordenanza de esta índole.


Como creyentes bíblicos, practicantes de la sana doctrina, abogamos por un pentecostalismo sano, libre de sincretismo, sin elementos de religiosidad popular, libre de superstición, prácticas heterodoxas y elementos espiritistas disfrazados de cristianismo. La Biblia y solo la Biblia debe definir nuestra fe y prácticas.