Legalismo, Pentecostalismo

¿Son nuestras iglesias legalistas en el vestuario?

Por Fernando E. Alvarado

¿Enseñan denominaciones pentecostales como las Asambleas de Dios y otras denominaciones pentecostales reconocidas el legalismo en el vestir? A veces pareciera que sí, y aunque este debería ser un tema ya superado en nuestras iglesias, lo cierto es que muchas de nuestras congregaciones locales y pastores insisten en presentar como “doctrinas importantes” lo que no son más que normas de vestuario inventadas por los hombres o modeladas por la cultura local.

Tales prohibiciones, a menudo, son impuestas casi exclusivamente sobre las mujeres, a quienes se les enseña que, si no visten de tal o cual manera, o si no dejan de usar esta o aquella prenda de vestir, joyería, maquillaje o corte de pelo, no podrán agradar a Dios y, lógicamente, ser salvas. Esta tendencia, sin embargo, no representa la línea general de la denominación ni mucho menos la enseñanza bíblica.

Acerca del legalismo en el vestir, las Asambleas de Dios afirman:

“Las Asambleas de Dios resueltamente afirma que las Escrituras enseñan una vida de “santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Pero considerando que el sincero compromiso con la vida de santidad a veces resulta en marcadas diferencias de opinión entre los creyentes respecto a asuntos debatibles de conciencia personal, las Asambleas de Dios desaprueba la práctica de imponer en otros estos asuntos debatibles de conciencia personal (Romanos 14:1-4).”[1]

También nos advierten sobre el peligro de añadir condiciones a la salvación:

“Las Asambleas de Dios resueltamente afirma que la salvación se recibe por el arrepentimiento ante Dios y la fe en el Señor Jesucristo (Efesios 2:8,9). Por lo tanto, las Asambleas de Dios desaprueba cualquier enseñanza o práctica que aparentemente añada condiciones a la salvación (Gálatas 3:1–5).”[2]

Esas añadiduras a la salvación incluyen todas esas reglas absurdas de vestuario que inventamos en las iglesias como requisito para ser «santo» y ser considerado un auténtico cristiano. Y ojo, que no estoy invitando a nadie a vestir inmodestamente, pero, mi querido hermano o hermana en Cristo, tú necesitas entender lo siguiente:

Usar o no pantalones, maquillaje, joyas o algún tipo específico de corte o color de cabello, no te va a hacer más o menos salvo que otro. Tampoco más santo, pues la santidad no es, ni por cerca, una cuestión de apariencias. Ni la salvación depende de tus obras o preferencias de vestuario. A muchos les sorprenderá saber que la Biblia no contiene ningún mandamiento que regule las prendas de vestir específicas que debe llevar una mujer. Ningún pasaje menciona los vestidos, las faldas o los pantalones como obligatorios o prohibidos. El tema en las Escrituras es la modestia, al igual que la distinción de género. (Deuteronomio 22:5; 1 Timoteo 2:9-10).

Tristemente, nuestras congregaciones están llenas de “policías de la modestia”, esos hermanos que, en nombre de la “santidad”, fungen como jueces y verdugos de aquellos que, a su juicio, visten por debajo del estándar por ellos creado. Quizá ya te hayas dado cuenta, pero muchos pastores, maestros y líderes cristianos enfatizan que los hombres nos estimulamos por lo que vemos y que, por lo tanto, a las mujeres les corresponde ser las “guardianas” de la pureza masculina y de la propia, evitando vestirse de tal manera que puedan incitar a sus hermanos cristianos a pecar y pueda hacerlas caer en pecado sexual a ellas mismas.

Así pues, el tema de la modestia y la santidad en muchas iglesias (sobre todo pentecostales) se reduce a la pregunta de cuál es la mejor forma de ayudar a los hombres a evitar la tentación: ¿Qué tan corto es muy corto? ¿Qué tan apretado es muy apretado? ¿Qué tan transparente es demasiado transparente? ¿Cuánta piel es demasiada piel? Curiosamente, en esta área las mujeres pueden ser las peores críticas unas de las otras.

Pero la verdadera modestia no es un asunto exclusivo de las mujeres. Solo unos pocos versículos después de instruir a las mujeres a vestirse de una manera decorosa y prudente, Pablo instruye a los obispos a ser decorosos y prudentes (1 Timoteo 3:2). El comportamiento decoroso y la prudencia (y aquí entra en escena el dominio propio) son rasgos que deben mostrar todos los que aman a Cristo (Romanos 13:13; Gálatas 5:23), no solo las mujeres.

UN MENSAJE A LOS HOMBRES

Varones, nosotros también necesitamos recordar algo:

Es cierto que la mujer debe, en honor a la virtud cristiana y en consideración a los débiles, vestir con pudor y modestia para no ser motivo de tropiezo a nadie. Sin embargo, «tapar» a la mujer no elimina la raíz del pecado. Honestamente, he empezado a desconfiar de los que se presentan tan estrictos en sus exigencias del vestuario femenino porque a veces, en realidad, esconden intenciones inadecuadas y deseos ocultos.

La enfermedad no está en el aspecto atractivo de la mujer, sino en la vista corrupta de los hombres que quieren apropiarse de ella. Jesús lo expresó con claridad: “Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28) y “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz; pero si tu ojo es maligno, todo tu cuerpo estará en tinieblas.” (Mateo 6:22). Por eso, “Si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti.” (Mateo 5:29).

Es hipocresía apuntar al atractivo de las mujeres como causa del problema. Ese atractivo lo creó Dios, no el diablo. El verdadero problema es la mirada corrompida del hombre, que pasa del mero reconocimiento de la belleza al deseo de apropiación. Es normal ver algo que otro posee y admirarlo, e incluso decir ‘¡Qué bonito es!’, pero es miserable y pecaminoso querer apropiarte de él.

Hombres, “tapar” a las mujeres no es la solución al problema ¡Hay que arrancarnos el ojo! el ojo de lascivia y apropiación, el que antepone el deseo propio a la dignidad de la mujer. El problema no es de vestuario, es del corazón.

FUENTES:


[1] Constitución y Reglamentos del Concilio General De Las Asambleas De Dios, Actualización del 59no Concilio General Orlando, Florida, 3–6 de agosto, 2021, p. 56.

[2] Ibid..

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