Navidad

Nimrod, Semíramis, Tamuz y la Navidad.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Mientras que la iglesia tradicional ha elaborado una fantasiosa y sobre elaborada versión del relato navideño, muchos cristianos evangélicos, en su intento por ir en sentido contrario a la religión tradicional, han abrazado su propia mitología anti navideña. Poco les importa a muchos evangélicos si lo que dicen se basa en hechos reales o en puros inventos nacidos del fanatismo religioso. Lo único que parece importarles es atacar una festividad que les parece ofensiva: La Navidad. En esta complicada mitología evangélica 3 personajes resaltan como principales: Nimrod (el personaje bíblico), Semíramis (la casi mitológica reina asiria) y Tamuz (el mitológico dios pagano de la fertilidad).

El mito anti navideño promovido por la iglesia evangélica, y que asocia a Nimrod, Semíramis y Tamuz, enseña que Nimrod nació precisamente el 25 de diciembre. Dicho hombre se unió con su madre que se llamaba Semíramis, de esta unión nació un hijo que se llamó Tamuz. Cuando Nimrod murió, su “madre-esposa” fue quien lo sepultó. Pero Semíramis quiso mantener el poder en Babilonia y afirmó que Nimrod había ascendido al cielo y se había convertido en el sol. Desde este momento, el culto al sol se transformaría en el más antiguo del mundo.

Pero la historia no terminaría ahí. Al paso del tiempo creció un árbol en donde Nimrod había sido sepultado. Semíramis comenzó a enseñar que su “hijo-esposo”, había encarnado en ese árbol y cada día de su natalicio visitaba su tumba y llevaba un sinnúmero de dones, colgándolos en ese árbol. Esta doctrina se propagó por todos los pueblos, siendo uno de ellos Babel y la tierra de Sinar, que posteriormente se llamó Babilonia. De esta forma vino a existir el “árbol” del natalicio de Nimrod. Según dicha enseñanza, lo que hoy se hace en el mes de diciembre es recordar indirectamente el nacimiento de este hombre que fue un malvado y pecador. Los defensores del mito señalan que, cierto o no, en el solsticio de invierno (que por cierto es el 21 de diciembre, no el 25), el árbol sagrado era cortado en memoria de la muerte de Nimrod y decorado, como un rey se adornaría. Así que, el árbol representaría a Nimrod y decorarlo es un símbolo de adoración al dios pagano.

Pero la trama de esta leyenda no concluye ahí. Una vez en el poder, Semíramis quedaría embarazada y afirmaría que los rayos del sol habían concebido al hijo que esperaba (una imitación de la concepción virginal de Cristo), y cuando nació, Semíramis afirmó que su hijo Tamuz era la reencarnación de su esposo Nimrod. Tamuz habría nacido exactamente en el solsticio de invierno, el 25 de diciembre en el calendario babilónico. Semíramis y Tamuz serían adorados como dioses, y con ello se instauraría uno de los cultos más antiguos de la humanidad, el culto a la madre y al hijo. Con el tiempo, Semíramis sería adorada como “Ishtar”, diosa de la fertilidad, y proclamada como “la reina del cielo”.

Así pues, según estos teóricos evangélicos de la conspiración, la Navidad es un invento macabro ideado en el mismo infierno para llevar a muchos hacia la adoración disimulada al Sol (Nimrod), a Tamuz (según ellos hijo de Nimrod y Semíramis) y a Ishtar (Semíramis), dioses paganos. Tal forma de pensar cuenta con muchos adeptos entre los evangélicos, principalmente latinoamericanos, así como en sectas como los testigos de Jehová, los cuales niegan la encarnación de Cristo, la segunda persona de la Trinidad. También puede observarse tal enseñanza en algunos grupos cristianos judaizantes, los cuales buscan etiquetar como pagano todo aquello que no sea judío en su origen.

Es de por sí evidente que toda esta enseñanza, de principio a fin, se basa en suposiciones, mitos e interpretaciones de mitos antiguos. Nimrod apenas es mencionado en la Biblia, Semíramis simplemente no aparece en el texto bíblico y el nombre Tamuz es mencionado una sola vez en los profetas, sin conexión alguna con los otros dos personajes. Esto resulta contradictorio viniendo del sector evangélico, el cual dice basar únicamente en la Biblia sus enseñanzas. La biblia, en cambio, nos manda no fundamentar nuestras ideas y doctrinas en los mitos:

“Llegará el tiempo en que la gente no escuchará más la sólida y sana enseñanza. Seguirán sus propios deseos y buscarán maestros que les digan lo que sus oídos se mueren por oír. Rechazarán la verdad e irán tras los mitos. Pero tú debes mantener la mente clara en toda situación.” (2 Timoteo 4:3-5, Nueva Traducción Viviente).

“Cuando partí hacia Macedonia, te rogué que te quedaras ahí en Éfeso y que frenaras a esas personas cuyas enseñanzas son contrarias a la verdad. No dejes que pierdan el tiempo en debates interminables sobre mitos y linajes espirituales. Esto solo conduce a especulaciones sin sentido alguno, que no ayudan a que la gente lleve una vida de fe en Dios” (1 Timoteo 1:3-4, Nueva Traducción Viviente).

“Pero nada tengas que ver con las fábulas profanas propias de viejas. Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad” (1 Timoteo 4:7, La Biblia de las Américas).

“Repréndelos con severidad para fortalecerlos en la fe. Tienen que dejar de prestar atención a mitos judíos y a los mandatos de aquellos que se han apartado de la verdad” (Tito 1:13-14, Nueva Traducción Viviente).

“Porque cuando os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, no seguimos fábulas ingeniosamente inventadas, sino que fuimos testigos oculares de su majestad” (2 Pedro 1:16, La Biblia de las Américas).

Esto debería ser aleccionador para los creyentes evangélicos que han fundamentado toda una doctrina anti navideña en puros mitos, leyendas, fábulas y cuentos paganos. Tristemente, muchos prefieren ignorar las palabras arriba mencionadas. Entender como surgió este modo de pensar nos ayudará a entender los errores de este.

SEMIRAMIS, EL MITO Y LA REALIDAD.

La famosa obra Las Dos Babilonias: La adoración papal prueba ser la adoración de Nimrod y su esposa, escrita por Alexander Hislop puede considerarse como el génesis del mito anti navideño. El libro de Hislop influyó mucho en el pensamiento protestante posterior. Dicha obra fue publicada como folleto en 1853 y, luego de numerosas revisiones y ampliaciones, fue publicada como libro en 1858. Aunque es popular en círculos evangélicos conservadores, dicho libro ha sido calificado por los eruditos como “propaganda de teorías conspiracionales producto de la mezcla de conocimientos rudimentarios sobre la antiguo Medio Oriente y una vívida imaginación” (Bill Ellis Raising the Devil, p. 135, University Press of Kentucky 2000).

Hislop afirma en su libro que la Iglesia católica es en realidad una religión de misterio babilónica, pagana, y que sólo los protestantes adoran al verdadero Jesús y al verdadero Dios. Según Hislop, las prácticas religiosas católicas serían en realidad prácticas paganas incorporadas al cristianismo por el emperador Constantino. Los elementos de la religión pagana de Roma (incluyendo la adoración de la “madre y el hijo”) habrían sido transferidas al cristianismo mediante la fusión de personajes cristianos con personajes de la mitología romana. De esta manera la “diosa-madre” se habría convertido en la “Virgen María” y el “niño-dios Júpiter” en el “niño-dios Jesús”. Según la teoría de Hislop, el origen de la veneración católica la Virgen María se remontaría a la antigua babilonia, a una mujer llamada Semíramis, quien habría originado el culto a la diosa-madre. Dicho culto posteriormente se habría diseminado por el mundo y por la historia tomando el nombre de Ishtar en Babilonia, Isis en Egipto, y Venus, Hestia y Juno en Grecia y Roma. Diferentes nombres, pero siempre desempeñando un lugar principal en los cultos basados en la religión de misterio babilónica.

Respecto a Semíramis, Hislop afirma en su libro que habría sido esposa de Nimrod (fundador de la antigua Babilonia y su religión). Una mujer extraordinariamente hermosa que dio a luz, mediante una concepción pseudo-virginal, a un hijo al que llamó Tammuz. Hislop califica este alumbramiento como un presagio diabólico del nacimiento de Cristo tramado por Satanás. Según Hislop, cuando Nimrod fue asesinado durante el embarazo de Semíramis esta afirmó que su hijo Tammuz era en realidad Nimrod reencarnado, originando el culto a la diosa-madre. Hislop afirma en su libro que, aunque Constantino declaró haberse convertido al cristianismo, en realidad siguió siendo pagano. Bajo la influencia de Satanás, Constantino habría cambiado los nombres de los dioses paganos por nombres cristianos, fusionando ambas creencias con la finalidad de sacar ventajas políticas.

Siendo honestos, debemos decir que Hislop no era un erudito en historia, arqueología o algún área afín. Hislop era un humilde ministro de la Iglesia Libre de Escocia, que se hizo famoso por su abierta crítica contra la Iglesia católica. Fue hijo de Stephen Hislop (fallecido en 1837), de oficio albañil y anciano de la Iglesia Presbiteriana Unida de Escocia. A pesar de su poca erudición en el tema, su obra influyó grandemente en el pensamiento protestante y evangélico posterior. Sus ideas fueron copiadas al pie de la letra por otro ministro protestante llamado Ralph Woodrow, quien popularizó las ideas de Hislop en el evangelicalismo del s. XX.

Ralph Woodrow, un ministro evangélico, conferencista y autor de catorce libros sobre doctrina bíblica y vida cristiana, en su libro “Babilonia, Misterio Religioso” (muy popular aún hoy en varios países de Latinoamérica, por ser su obra más difundida), sostuvo también la tesis propuesta en el siglo XIX por Alexander Hislop, sin embargo, lo que muchos pastores ignoran es que posteriormente, debido a los errores históricos y de sistema de investigación cometidos tanto por Hislop como por él mismo, Woodrow se retractó de sus afirmaciones anteriores en otro libro titulado: The Babylon Connection? (¿La Conexión Babilonia?, 1997). Tristemente, los errores se hicieron doctrina y sus ideas son defendidos hoy en día a capa y espada por muchos pastores y creyentes latinoamericanos principalmente, debido al contexto anticatólico del evangelicalismo en América Latina.

¿QUIÉN ERA REALMENTE SEMÍRAMIS?

I.- LA SEMIRAMIS MITOLÓGICA:

Según una de las muchas leyendas, Semíramis fue hija de una diosa siria llamada Derceto, de rostro de mujer y cuerpo de pez, que la abandonó en el desierto para que pereciese. Unas palomas la cuidaron y alimentaron y un pastor llamado Simas la recogió. Años después, fue la fundadora del reino babilónico. Cuando tuvo la edad suficiente se casó con Oannes, oficial de Nino y gobernador de Siria, a quien siguió en la campaña emprendida por aquel monarca. Determinó por su valor la toma de Bactres y poco tiempo después se casó con el mismo Nino, de quien se libró más tarde haciéndole asesinar. Dueña absoluta del imperio asirio, fundó o reedificó en los pantanos del Éufrates la más bella y célebre ciudad de Oriente y del mundo, Babilonia, a la que rodeó de muros y de fortificaciones inmensas y adornó con palacios suntuosos y jardines colgantes que se han colocado entre las maravillas del mundo. Enseguida, dieron comienzo sus famosas conquistas y las expediciones que parecían una marcha triunfal a través de Asia. Media, Persia, Armenia y Arabia, países ya subyugados por Nino pero que habían recobrado su independencia, fueron sometidos de nuevo. Poco tiempo después incorporó a su reino Egipto, Libia y toda el Asia hasta el Indo, y después de un reinado glorioso de cuarenta y dos años renunció a la corona en favor de su hijo Ninias, que se lo disputaba, y desapareció del mundo, siendo transportada al cielo en forma de paloma.

II.- LA SEMIRAMIS HISTORICA:

Es difícil decidir si Semíramis fue leyenda o realidad, pero lo cierto es que la mayoría de los historiadores especialistas en Asiria y Babilonia conceden a la reina un lugar preponderante entre los personajes históricos, remontando su reinado al siglo IX a. C. De acuerdo con estas doctas opiniones, primero habría existido la mujer, que pasaría después a ser divinizada. Sus hazañas, al menos en parte, son legendarias, pero existió una reina asiria llamada Shammuramat (Semíramis), esposa de Shamshi-Adad V, y a la muerte de su esposo fue regente en nombre de su hijo. Sus victoriosas campañas militares, y el hecho poco común de que fuera una mujer quien gobernara tan vasto imperio, hizo surgir en torno a su nombre el adorno de mil leyendas. Las excavaciones arqueológicas recientes nos permiten conocer un poco sobre su historia. Semíramis nació en Ascalón, que era una ciudad situada en la costa mediterránea en la zona sirio-palestina. Sobre sus padres y su nacimiento existen numerosas leyendas, que no merecen la pena contar porque todas responden a fábulas. Su nombre Semíramis viene de un término asirio que significa “paloma”.

En la ciudad asiria de Asur, que había sido capital de Asiria se descubrieron una serie de estelas que nos aportaran datos muy importantes para conocer la vida de Semíramis. En una de ellas, dice “Sammuramat, dama del palacio de Samsi-Adad, rey del universo, rey de Asiria, madre de Adad-nirari, rey del universo, rey de Asiria, nuera de Salmanasar, rey de las cuatro regiones”. Gracias a esta estela podemos fijar con precisión cronológica la vida de Semíramis. Fue la esposa del rey asirio Samshi Adad IV que gobernó del 823 al 811 a.C. Semíramis fue la madre de Adad-nirari que gobernó del 810 al 783 a. C.

Hay otra estela dedicada al rey asirio Adad Nirari III, al Dios ADAD, donde se puede concluir que durante los cuatro primeros años de su reinado 810-807 a. C Semíramis había actuado como regente, pues el rey se encontraba en expediciones militares. El que una mujer fuera regente, es muy importante, pues no había hasta ese momento una mujer que hubiera detentado el poder, siendo la primera que de una forma documentada posee el poder y que además lo hace por un espacio de tiempo prolongado. Sin embargo, parece ser, que el papel de Semíramis en Asiria fue muy escaso a pesar de las abundantes leyendas existentes. En aquella época histórica en Asiria, el poder real era ejercido por los hombres, pues la reina no era más que una mujer asociada, por matrimonio o maternidad a los reyes.

A Semíramis se le atribuyó la construcción de la fabulosa ciudad de Babilonia. La realidad nos indica que no fue así. Si seguimos a Beroso, un sacerdote greco-babilónico del siglo III a.C., en su libro “Historia Caldea” criticó a los escritores griegos por creer erróneamente que Babilonia fue fundada por Semíramis de Asiria, y “por haber cometido el error de escribir que esas maravillosas obras fueron construidas por ella”. Todos los estudios arqueológicos y epigráficos actualmente desarrollados nos dicen que la fundación de la última ciudad de Babilonia fue obra de Nabucodonosor II en el siglo VI a. C., es decir, casi dos siglos después de la vida de Semíramis.

Los descubrimientos arqueológicos desvirtúan también el mito creado por Hislop de que Semíramis era esposa de Nimrod, ya que Nimrod vivió (de acuerdo con el registro bíblico) entre el año 1480 a. C. y el 1450 a. C., mientras que Semíramis, la real e histórica, fue la esposa del rey asirio Samshi Adad IV que gobernó del 823 al 811 a.C. varios siglos después. Además, Semíramis tampoco fue la madre de Tamuz. El hijo de Semíramis fue Adad-nirari que gobernó del 810 al 783 a. C., mucho tiempo después de lo que pretende Hislop en su obra. Nimrod y Semíramis jamás se conocieron.

EL NIMROD BÍBLICO Y EL MITOLÓGICO.

Nuestro segundo personaje es Nimrod. La mención que en la Biblia se hace de Nimrod es bastante limitada; sin embargo, sobre un cimiento tan pobre se ha edificado una complicada mitología evangélica. Como ya se mencionó, Moisés, autor del libro del Génesis, sitúa a Nimrod entre el año 3480 a. C. y el 3450 a. C. Es descrito como hijo de Cus, nieto de Cam, bisnieto de Noé; y como “el primer poderoso en la tierra” y un “vigoroso cazador delante de Jehová” (Génesis 10:8-9). De Nimrod se dice que fue el fundador del primer reino formado después del Diluvio universal y, por ende, el primer rey que existió. El Génesis señala que edificó Babel, Erec, Acad y Calne en la región sur de Mesopotamia, y Nínive, Resén, Rehobot y Cala en el Norte (Génesis 10:10-12). Aunque la Biblia no lo menciona directamente, la tradición ha considerado a Nimrod como el constructor de la Torre de Babel, pero esto no puede ser probado por fuentes bíblicas. Dado que la torre fue edificada en su territorio y durante su reinado, se asume que fue bajo su dirección que la construcción se inició (Génesis 10:10-12), lo cual no dice el texto bíblico. Para peor, las fuentes extrabíblicas señalan lo contrario, alegando que Nimrod no se encontraba en la región de Sinar cuando la construcción comenzó. También se menciona en 1 Crónicas 1:10 y en Miqueas 5:6.

De acuerdo con tradiciones hebreas, Nimrod era descendiente de Mizraim por línea materna, pero su padre fue Cus hijo de Cam, de quien heredó su primera posesión territorial, que pronto extendió. Su nombre se volvió proverbial como un poderoso cazador en oposición a YHWH. Josefo escribió:

“…Fue Nimrod quien los incitó a tal afrenta y menosprecio hacia Dios. Él era un nieto de Cam, el hijo de Noé, un hombre atrevido y de gran fortaleza de manos. Los persuadió de que no le atribuyeran a Dios, como si fuera por medio de él que habían obtenido felicidad, si no a creer que fue su propio esfuerzo lo que les alcanzó esa felicidad. Fue cambiando gradualmente su gobierno en una tiranía, al no hallar otra manera de apartar la gente del temor de Dios, que induciéndolo a una tonta dependencia de su poder… Ahora la multitud estaba más que lista para seguir la determinación de Nimrod, y a considerar una muestra de cobardía el someterse a Dios; y construyeron una torre, sin reparar en dolor, ni siendo en lo más mínimo negligente con el trabajo: y, a causa de la multitud empleada en ello, creció muy alta, más rápido de lo que ninguno hubiera esperado; pero su anchura era tal, y estaba tan fuertemente construida, que a pesar de su gran altura parecía, a la vista, ser menor de lo que realmente era. Fue construida con ladrillos cocidos, pegados con mezcla hecha con brea, de manera que no permitiera el paso del agua. Cuando Dios vio que actuaron tontamente, Él no quiso destruirlos completamente, puesto que no crecieron más sabios por la destrucción de los pecadores anteriores; pero Él causó un tumulto entre ellos, produciendo en ellos idiomas diversos, y causando con esa multiplicidad de idiomas, el no poderse entender unos con otros. El lugar donde construyeron la torre ahora se llama Babilonia, debido a la confusión de esa lengua, la que entendían fácilmente antes; y para los hebreos por la palabra Babel, confusión…” (Josefo, Antigüedades Judías).

En cuanto a la muerte de Nimrod, una tradición extrabíblica sugiere que a Nimrod lo mató un animal salvaje. Otra leyenda afirma que Sem lo mató por hacer que la gente adorara a Baal. Luego descuartizó el cadáver y repartió sus pedazos para desalentar a otros idólatras. Pero su mujer recogió los pedazos y los unió, y luego proclamó que había vuelto a vivir, pero que se había convertido en un dios, muy parecido a la leyenda de Isis y Osiris en la mitología egipcia. Hay otra mención de Nimrod que está en el libro apócrifo de Jaser 27:7, que atribuye su muerte a Esaú (nieto de Abraham), quien supuestamente lo decapitó.

Los mitos y leyendas alrededor de Nimrod son muchos. Algunos de ellos lo colocan viviendo al mismo tiempo que Abraham, en franca contradicción con el texto bíblico, pues la Biblia no menciona ningún encuentro entre Nimrod y Abraham. Tal cosa es poco probable, pues hay una diferencia de siete generaciones entre ellos. Abraham nació alrededor del año 2000 a. C., mientras que Peleg, de quien menciona la Biblia nació poco después de que Dios confundiera las lenguas en la Torre de Babel (Génesis 10:25), nació unos 200 años antes que Abraham. Nimrod era bisnieto de Noé, en tanto que Abraham está separado de Noé por diez generaciones (Génesis 10:11). Sin embargo, tradiciones judías tardías los ponen enfrentándose. Estas tradiciones aparecen por primera vez en los escritos de Pseudo-Philo (Van Der Toorn y Van Der Horst 1990, p. 19), continúa en el Talmud y va a través de escritos rabínicos de la Edad Media, y aún en nuestros días, rabinos contemporáneos siguen añadiendo a estas tradiciones. En general, estas versiones presentan a Nimrod como un hombre opuesto a Dios. Algunas señalan que se autoproclamó un dios y que fue adorado por sus súbditos. En algunas ocasiones su leyenda se entremezcla con la de Nino, el mítico fundador de Nínive.

En relación con Abraham, cuentan las leyendas que una señal en los astros anunció a Nimrod y a sus astrólogos el nacimiento de Abraham, quien pondría fin a la idolatría. Así que Nimrod ordenó matar a todos los niños recién nacidos. Sin embargo, la madre de Abraham escapó y dio a luz secretamente. Algunas versiones la sitúan dando a luz en el campo, donde pasta el ganado, otras, en un establo. Al crecer Abraham se enfrentó a Nimrod y le instó a que desistiera de su idolatría, por lo que Nemrod mandó que fuera quemado. Algunas versiones dicen que se recogió madera durante cuatro años para quemar a Abraham en la hoguera más grande que jamás se hubiera visto. En todas las leyendas Abraham es echado al fuego y sale caminando. En algunas versiones, Nimrod entonces declara la guerra a Abraham. Nimrod se presenta mandando un enorme ejército, pero Abraham trae un ejército de insectos que destruye el de Nimrod. Algunas versiones dicen que un mosquito entró hasta el cerebro de Nimrod volviéndole loco (lo mismo dice la tradición judía que sucedió con Tito, el emperador romano que destruyó el Templo de Jerusalén).

En algunas versiones Nimrod se arrepiente y acepta a Dios, ofreciendo cuantiosos sacrificios, que Dios rechaza. Otras versiones dicen que Nimrod dio a Abraham, como obsequio de reconciliación, el siervo Eliezer, de quien algunas versiones dicen era el propio hijo de Nimrod. Sin embargo, en la Biblia se dice que Eleazar era de Damasco, ciudad siria, y no de Asiria ni de Babilonia, territorios sobre los que gobernó Nimrod. En suma, las leyendas judías sobre Nimrod son abundantes y contradictorias (algunas imitan situaciones que aparecen en otros lugares de la Biblia), pero casi siempre citan a Abraham como su principal antagonista. La misma confrontación se presenta extensivamente en el Qur’an islámico. Pero ya sea que lo presenten como arrepentido al final o no, Nimrod permanece en la tradición hebrea e islámica como un personaje malvado emblemático, y un arquetipo de idolatría. En los escritos rabínicos, incluso los de hoy en día, se hace referencia a él casi invariablemente como “el malvado Nimrod” (en hebreo, נמרוד הרשע‎), y para los musulmanes es “Nimrod al-Taghi” (Nimrod el tirano).

En contraposición a la extensa mitología que sobre él se ha elaborado, la Biblia calla acerca de Nimrod y se limita a mencionarlo apenas en 3 ocasiones, todas ellas brindando escasa información sobre él y sus obras. La biblia no menciona nada sobre la esposa de Nimrod ni se le atribuye ningún hijo. Todo lo que de él se dice fuera de la Biblia son puramente mitos sin fundamento.

TAMUZ EL DIOS DE LA FERTILIDAD.

Nuestro tercer personaje es Tamuz. Tamuz (תַּמּוּז; del acadio du-muzu) es el nombre del dios de la fertilidad extensamente adorado en Mesopotamia, Siria y Palestina; equivalente a Osiris en Egipto y Adonis entre los griegos. Su consorte era la diosa Ishtar (Astarté). Su culto involucraba ritos licenciosos. Se suponía que Tamuz había sido muerto por un jabalí mientras cuidaba sus rebaños. Su esposa lo rescató del averno. Su muerte representaba el principio del invierno. La prolongada estación de sequía era interrumpida por las lluvias de la primavera cuando Tamuz volvió a la vida.

El nombre Tamuz es dado también al décimo mes del calendario hebreo moderno, que comienza su cómputo a partir del mes de Tishrei con la Creación del mundo, y el cuarto mes según el ordenamiento de los meses en la Biblia (junio-julio), que comienza por Nisán, en conmemoración de la salida de los hebreos de la esclavitud en Egipto. El nombre otorgado al mes de Tamuz en la Biblia es simplemente “el cuarto mes”, siguiendo la numeración ordinal, al igual que el resto de los meses del año hebreo en la Torá: “A los nueve días del cuarto mes prevaleció el hambre en la ciudad, hasta que no hubo pan para el pueblo de la tierra” (2 Reyes 25:3). Su nombre actual, Tamuz, tiene sus orígenes en los nombres de los meses de la antigua Babilonia, provenientes del idioma acadio, y de aquí fueron adoptados por los judíos allí desterrados entre 586 a. C. y 536 a. C., luego de haber sido llevados al exilio por el rey Nabucodonosor II.

Tamuz no es recordado en la Biblia como nombre de este mes, sino al nombrar a la deidad homónima, el dios de la primavera y el florecimiento, que, según la mitología babilónica, reinaba durante los tres meses de primavera (Nisán, Iyar y Siván) mientras que en Tamuz, al llegar el verano, Tamuz moría. La única mención de Tamuz en la Biblia aparece en conexión con la costumbre de mujeres que hacían duelo por él (Ezequiel 8:14).

Tamuz no es una persona real, sino mitológica. Se le considero esposo de Ishtar (Astarté), quien también era su hermana. Al morir Tamuz, Ishtar descendió a los infiernos para arrancarle a su hermana, la terrible Ereškigal, el poder sobre la vida y la muerte. Después de darle instrucciones a su sirviente Papsukal, de ir a rescatarla si no regresaba, descendió a la tierra de las tinieblas, Irkalla. Comenzó valiente y desafiante, gritando al portero que abriera la puerta antes de que la echase abajo. Pero en cada una de las siete puertas era despojada de una de sus prendas, y con ellas se iba despojando de su poder, hasta que llegó desnuda e indefensa ante Ereškigal, que la mató y colgó su cuerpo en un clavo. Con su muerte, todo el mundo comenzó a languidecer. Pero el fiel Papsukal llegó hasta los dioses y les pidió que creasen un ser capaz de entrar en el mundo de los muertos y resucitase a Ishtar con la comida y el agua de la vida. Así es como Ishtar volvió a la vida. Tamuz también es resucitado, pero tenía que pagar el precio: durante seis meses al año, Tammuz debe vivir en el mundo de los muertos. Mientras está allí, Isthar ha de lamentar su pérdida; en primavera, vuelve a salir y todos se llenan de gozo.

Si, como supone el mito anti navideño, Tamuz es hijo de Semíramis, ¿Por qué entonces los mitos sobre Tamuz ya existían antes del siglo IX a.C., fecha en que vivió la auténtica Semíramis? Algo simplemente no encaja en el cuento de Hislop. Debe recodarse que el mito de Ishtar y Tamuz procede no originalmente de los babilonios, sino de la cultura sumeria o acadia (Inanna y Dumuzi), la cual floreció muchos siglos antes de la época de Semíramis. Simplemente no existe relación alguna entre Semíramis, Tamuz y Nimrod, por lo menos ninguna de carácter histórico.

¿QUÉ DEBEMOS CREER?

Los creyentes deberíamos dejar de lado las teorías de conspiración y enfocarnos en la Biblia y en la comunión los unos con los otros. No hay razón alguna para depositar nuestra confianza en mitos antiguos, dándolos por ciertos y asociándolos con eventos actuales. La navidad real, la celebrada por los verdaderos cristianos, no puede ser relacionada de forma alguna con el mito creado por Hislop.

Si los paganos adoraban a Tamuz e Ishtar, si veneraban al Sol o si adoraban a los árboles es su problema. Pero el árbol en particular, el 25 de diciembre como fecha de la celebración o la Navidad en su totalidad, no tienen porqué ser malos. Si los israelitas fornicaron debajo de los árboles frondosos y sus mujeres hacían tortas para la Reina del cielo y endechaban a Tamuz ¿Qué tiene que ver eso con nosotros los cristianos del s. XXI? La Navidad es una fiesta cristiana si los celebrantes son cristianos y hacen de la encarnación de Cristo el centro del festejo. Los cristianos haríamos bien en dejar de criticarnos unos a otros en este tema. Es Cristo y reconocerlo a Él en todo como Señor lo que verdaderamente importa:

“Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor. El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios… Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué lo menosprecias?” (Romanos 14:5-7, 10).

Colocar o no el árbol, celebrar o no la Navidad, no significa mayor o menor compromiso con los valores enseñados por Jesús. Hacer una u otra opción debe quedar en la libertad cristiana para decidir sobre asuntos que permiten pluralidad de posibilidades, ya que elegir una de esas posibilidades no contraviene normas fundamentales del ser cristiano. Los que han concluido no hacerlo están en su derecho, lo verdaderamente inquietante es cuando son misioneros de la anti-Navidad y su decisión la quieren hacer válida para los demás y miden la fidelidad al Evangelio con lo que se hace o deja de hacer el 25 de diciembre.

Hemos sido llamados a enseñar la verdad, a predicar de Cristo y de este crucificado, no a difundir mitos paganos y querer asociarlos con alguna festividad del cristianismo. El efecto logrado por los creyentes anti-Navidad no ha sido el de destruir la Navidad, sino más bien poner en duda todo el marco histórico y doctrinal del cristianismo. En su intento por destruir una fiesta, han logrado sembrar duda entre los inconversos, quienes no sólo ven nuestra división en este tema, sino que también llegan a pensar que el cristianismo como religión se fundamenta en mitos paganos. Necesitamos ser más inteligentes de lo que hemos sido hasta ahora. Pero, sobre todo, menos fanáticos.

Navidad

Biblia y Navidad ¿Se oponen?

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

Muchos cristianos argumentan que, puesto que la Biblia no nos ordena celebrar la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo, ya que no es bíblico. Tal premisa es reduccionista y rudimentaria. Primero habría que dilucidar qué comprenden por bíblico. Porque si a su lógica nos atenemos tampoco Jesús mandó realizar actividades que estoy seguro los adversarios evangélicos de la Navidad sí realizan: viajar en avión, usar calcetines, comunicarse por teléfonos celulares, usar las redes sociales para difundir mensajes, acompañar los cantos con instrumentos que no se describen en el Nuevo Testamento y un largo etcétera. Considero un desatino afirmar que exclusivamente los seguidores y seguidoras de Jesús tenemos permitido hacer lo expresamente ordenado por Jesús. El Evangelio no es un manual en el que estén normadas todas y cada una de las acciones que debemos llevar a cabo. Lo que sí está claro es el espíritu de amor, servicio y compasión que debiera caracterizar nuestras conductas cotidianas, que ellas reflejen el Espíritu de Cristo en lugar de andar de fiscales de conductas de los demás.

 

JESÚS NOS DIO EL EJEMPLO.

Quienes argumentan que no debemos celebrar la Navidad, ya que la Biblia no manda su celebración ignoran felizmente que, en el evangelio de Juan, vemos a Jesucristo mismo celebrando una fiesta que no era mandada en las Escrituras. Leemos lo siguiente: “En esos días se celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús andaba por el templo, en el pórtico de Salomón” (Juan 10:22-23). ¿Qué hacía Jesús en el templo? Celebrando, por supuesto. Se celebraba la fiesta de la dedicación, la cual no estaba autorizada por las Escrituras Hebreas; era una institución relativamente reciente. Esta fiesta se había este intuido en el periodo entre los dos testamentos, para marcar la re-dedicación del templo después de ser profanado por Antíoco Epifanes en el 164 a.C. (New Bible Commentary: 21st Century Edition (ed. D. A Carson et al.; Downers Grove: InterVarsity Press, 1994), 1047).

La fiesta de la dedicación era celebrada por los judíos ya que era algo digno de celebrarse. Jesucristo, siendo judío, la celebró. Nosotros no somos judíos, así que no tenemos por qué celebrar esta fiesta (además, el Nuevo Testamento es claro en el libro de Hebreos que toda celebración del Templo, con sus rituales y fiestas, se han cumplido por y en Jesucristo). Sin embargo, encontramos este principio: que la Biblia admite (por el ejemplo de Jesucristo mismo) el derecho a celebrar algo digno de celebrarse. La pregunta correcta sería: ¿Es la encarnación y el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo algo digno de ser celebrado? Definitivamente sí.

 

LA BIBLIA CELEBRA EL. NACIMIENTO DE CRISTO.

Por otro lado, la objeción de que no debemos celebrar la navidad porque la Biblia no lo manda explícitamente es más teológica que histórica. Preguntémonos; ¿Dios, realmente, nos ordena adorarle por la encarnación? Sí y no. No hay ningún mandamiento bíblico específico que diga: “Adorarás al Señor tu Dios por la encarnación”, pero la Biblia sí hace resaltar una y otra vez que debemos agradecer a Dios por todo (encarnación incluida). Si leemos el relato de la Navidad registrado en los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas, notaremos algo sorprendente: Mucha gente alaba a Dios por la Encarnación. He aquí una breve lista de las personas que la Biblia menciona: los sabios de Oriente, María, los pastores, los ángeles, Elizabeth, Zacarías y el anciano hermano Simeón. Sólo Dios sabe cuánta gente lo alabó por el nacimiento de Jesús y en ninguna parte de la Biblia dice que Dios les reprendió por hacerlo. Es algo espiritual alabar a Dios y si la Navidad nos motiva a agradecer a Dios por su desbordante gracia y bondad, entonces, ¡hagámoslo de todas las maneras posibles! Dios no puede ser ofendido por tal adoración. Así que no. No es pecado agradecer a Dios por la encarnación, aunque en ningún lugar se nos ordene. Pablo mismo nos da el ejemplo al agradecer, celebrar y adorar a Dios por la encarnación de Cristo. 1 Timoteo 3:16 nos dice:

“E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.”

 

EL MUNDO TAMBIÉN CELEBRA LA NAVIDAD ¿ACASO ESTO LA CONVIERTE EN UNA FIESTA PROHIBIDA PARA LOS CRISTIANOS?

Algunos cristianos piensan que, puesto que el mundo celebra la Navidad, los cristianos no deberían hacerlo. Pero este mismo es el argumento usado por falsas religiones que niegan totalmente a Cristo, al igual que ciertos cultos como los Testigos de Jehová, quienes niegan Su deidad. La lógica misma se impone ante este argumento. No todo lo que haga un inconverso es malo por el simple hecho de no ser cristiano. Por ejemplo: El hecho de que los paganos usen el dinero no significa que los cristianos deban dejar de usar el dinero. Y sólo porque los paganos lean libros, eso no significa que los cristianos deban dejar de leer libros. De la misma manera, sólo porque algunos falsos adoradores glorificaron a sus dioses (hace siglos ya) en un día que coincide con nuestra celebración de Navidad, eso no significa que los cristianos deban dejar de adorar a Jesús en tal fecha. Aquellos cristianos que sí celebran la Navidad tienden a ver en ello, la oportunidad para proclamar a Cristo como “la razón de la celebración” entre las naciones y para aquellos cautivos en falsas religiones.

Si aquellos que usan este argumento desean ser consistentes, deberían hacer un cambio cultural extremo. No sólo abstenerse de celebrar la Navidad, sino también dejar de celebrar otras festividades o practicar costumbres y hábitos nacidos fuera de la comunidad cristiana. Además, tampoco podrían hacer cosas tan sencillas como ver Tv, estudiar en la universidad, usar ropa de marca, salir de paseo, ir a la playa, comer ciertas cosas, etc., ya que el mundo también lo hace. ¿Hasta qué punto serían capaces de llegar?

 

EN CONCLUSIÓN.

Celebrar o no celebrar la Navidad no significa mayor o menor compromiso con los valores enseñados por Jesús. Hacer una u otra opción debe quedar en la libertad cristiana para decidir sobre asuntos que permiten pluralidad de posibilidades, ya que elegir una de esas posibilidades no contraviene normas fundamentales del ser cristiano. Los que han concluido no celebrar Navidad están en su derecho, lo verdaderamente inquietante es cuando son misioneros de la anti-Navidad y su decisión la quieren hacer válida para los demás y miden la fidelidad al Evangelio con lo que se hace o deja de hacer el 25 de diciembre. Las narraciones de los Evangelios sobre la natividad de Jesús hablan en sentido festivo, jubiloso, sobre la promesa que fue cumplida al irrumpir la luz en las tinieblas, al nacer Emmanuel, Dios con nosotros. Esto debería ser suficiente para nosotros.

Navidad

La Navidad y el protestantismo.

Por: Fernando Ernesto Alvarado.

Antes de la Reforma nadie se cuestionaba la validez de la Navidad; sin embargo, la Reforma Protestante trajo consigo una diversidad de opiniones acerca de la Navidad. De hecho, los tres principales reformadores protestantes (Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino) tenían perspectivas diferentes en cuanto a la celebración de la Navidad que siguen con nosotros hasta el día de hoy.

MARTÍN LUTERO.

A Lutero, el más fogoso y carismático de los reformadores, le encantó celebrar la Navidad y predicó muchas veces sobre el nacimiento de Cristo cuando se acercaba el 25 de diciembre. Puesto que Lutero se aferró al principio normativo en la adoración, esto es, que se acepta todo lo que la Escritura no prohíbe, el alemán se sintió enteramente justificado a la hora de celebrar la encarnación de manera especial una vez al año. Lejos de gastar su tiempo en discusiones estériles sobre la fecha o el origen de la Navidad, Lutero aprovechó las fechas especiales para dar a conocer las buenas nuevas del Evangelio. De hecho, en su famoso sermón ‘Un niño nos es nacido’ (predicado el día 26 de diciembre, 1531) Lutero hizo hincapié en la perfecta justicia de Cristo, la cual nos salva a través de la sola fe en su Evangelio. Este, para Lutero, era el verdadero mensaje de la Navidad.

Martín Lutero jugó también un papel importante en la instauración de otra tradición navideña: El árbol de navidad. Aunque el primer árbol de Navidad en la historia moderna fue erigido en una plaza pública en la ciudad de Tallin (Estonia) en 1441 y Riga (Letonia) en 1510, la tradición del árbol de Navidad dentro del protestantismo data del Siglo XVI, cuando Martín Lutero decoró con luces por primera vez un árbol dentro de su hogar . Pero no todos los reformadores pensaron como Lutero. Al otro lado del espectro evangélico estuvo Ulrico Zuinglio.

ULRICO ZUINGLIO.

Sin lugar a duda Zuinglio era el más radical de los tres reformadores magistrales; no obstante, los protestantes más radicales (los anabaptistas) acabaron apartándose del reformador de Zúrich por dos razones: Zuinglio seguía bautizando a los niños y no creyó que la Iglesia tuviese que ser independiente del Estado. Zuinglio rechazó todos los días festivos eclesiásticos en Zúrich (Van Dellen, Idzerd y Monsma, Martin, The Church Order Commentary; Grand Rapids: Zondervan, 1941, p. 273. Citado en Williams, G.I., ¿Is Christmas Scriptural?).

Dado que Zuinglio creyó en el principio regulativo de la adoración, a saber, la idea de que las iglesias deben hacer solamente lo que las Escrituras enseñan y exigen que hagan, se opuso a cualquier celebración que no fuese explícitamente mencionada en el texto bíblico. Fue esa misma convicción tocante al principio regulativo la que llevó a los presbiterianos escoceses y a los puritanos ingleses a rehusar celebrar la Navidad. De hecho, mientras el protestante Oliver Cromwell sirvió como Lord Protector de Inglaterra, Escocia e Irlanda entre 1653-58, llegó a prohibir la Navidad a nivel nacional.

JUAN CALVINO.

Juan Calvino asumió una posición intermedia. Aunque Calvino aceptase el principio regulativo de Zuinglio y no el principio normativo de Lutero, creía que cada congregación local podía determinar cómo mejor celebrar (o no celebrar) la Navidad. A pesar de que algunos aseveren que Calvino se opuso a la Navidad, el reformador escribió dos cartas específicas (enero 1551 y marzo 1555) para aclarar su postura al respecto. En la carta de enero 1551, explica que las autoridades de Ginebra ya habían abolido la celebración de los días festivos antes de que él llegara a la ciudad. Y dice en términos explícitos que él mismo –a nivel personal- sí celebró “el nacimiento de Cristo”. En la segunda carta, Calvino se opone a aquéllos que critican a ciertas iglesias que deciden conmemorar fechas especiales. Según el francés, estas cuestiones son “asuntos de indiferencia”. Cada iglesia puede tomar la decisión que sea después de haber meditado sobre el tema. En otras palabras, una iglesia tiene libertad en Cristo para celebrar la Navidad o para no celebrarla. Pero no tiene porqué meterse con otras congregaciones que hacen lo contrario (Selected Works of John Calvin, Tracts and Letters’ (Henry Beveridge and Jules Bonnet, ed.), Vol. 6, Letters, Part 3, 1554-1558, pp. pp. 162-169).

Estas tres corrientes siguen con el pueblo evangélico hasta el día de hoy. Así que no hay ninguna postura rotundamente evangélica en cuanto a la Navidad. La postura de Calvino, sin embargo, parece la más madura, sensata y pastoral y la más afín a las palabras del Apóstol Pablo ¿Por qué?

EL APÓSTOL PABLO.

El apóstol Pablo y sus enseñanzas nos inspiran a considerar la Navidad como un asunto de conciencia para cada cristiano; un asunto en el cual nadie está autorizado a juzgar a sus hermanos por celebrar o no celebrar estas fiestas. El apóstol Pablo es muy práctico. Pero su práctica está basada en teología profunda. En Romanos y Corintios escribe principios similares (aunque la situación en las dos ciudades no era idéntica). El debate en cuanto a celebrar ciertas fechas, comer o abstenerse de ciertas comidas es resuelto de la siguiente manera: “… El que guarda cierto día, para el Señor lo guarda. El que come, para el Señor come, pues da gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y da gracias a Dios. Porque ninguno de nosotros vive para sí mismo, y ninguno muere para sí mismo. Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Por tanto, ya sea que vivamos o que muramos, del Señor somos. Porque para esto Cristo murió y resucitó, para ser Señor tanto de los muertos como de los vivos. Pero tú, ¿Por qué juzgas a tu hermano? O también, tú, ¿Por qué desprecias a tu hermano? Porque todos compareceremos ante el tribunal de Dios…” (Romanos 14:6-10). Pablo nos recuerda lo que en verdad importa: Glorificar a Dios. Independientemente de si celebras o no celebras, no eres mejor o peor creyente. Dios ve tu corazón (algo de mucho peso).

CONCLUSIÓN.

Dios no se centra en si celebras, sino por qué celebras. Algunos hermanos, por razones legítimas, deciden abstenerse de celebrar la Navidad. Esa es una libertad que la Biblia otorga. Hay buenos ejemplos de hermanos en Cristo que se han abstenido de la celebración navideña, como los Puritanos. Pero de igual manera, hay libertad para celebrar la Navidad, y la gran mayoría de la iglesia por 1800 años (aproximadamente) ha celebrado el nacimiento de Jesucristo. Así que si celebras, ¡Hazlo para la gloria de Dios! Que quien celebra no juzgue a quien no lo hace, y quien no celebra no desprecie a quien lo hace.

Navidad

¿Es la Navidad un invento de Roma?

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

Antes de apresurarte a llamar pagana la Navidad y a quienes la celebramos, quiero invitarte a examinar la historia. Muchos culpan al emperador Constantino El Grande de haber impuesto la Navidad e introducir una festividad pagana disfrazada dentro del cristianismo ¿Es esto cierto?

CONSTANTINO Y LA NAVIDAD.
Constantino El Grande es probablemente uno de los personajes más controversiales de la historia del cristianismo. Algunos dudan de que haya experimentado una auténtica conversión, mientras otros han llegado a considerarlo el “último de los apóstoles”. Aunque se dice que su madre Elena era una mujer cristiana, Constantino había sido criado dentro de la religión pagana y la adoración al dios Sol (Sol Invictus). La historia narra que tuvo una visión por medio de la cual Dios le hacía el llamado a conquistar el poder absoluto del imperio con el signo de la cruz. Así que en el año 313 d.C. Constantino emitió el edicto de Milán, que ponía fin a la persecución del cristianismo en el imperio. Por este hecho algunos autores atribuyen a la Navidad orígenes paganos. Pero el Edicto no mandó a los cristianos a adorar a Mitra ni al dios Sol, sino que contrapuso la celebración de la Navidad a los cultos paganos. Lo único que hizo el emperador Constantino fue oficializar la fecha de una costumbre ya arraigada entre los cristianos del segundo siglo para comenzar a desmantelar todo el sistema religioso pagano. Constantino hizo lo mismo con el día domingo. Los que sostienen que la Navidad tiene origen pagano, deben entonces hacer la misma afirmación con respecto al día del Señor, celebrado desde el alba del cristianismo pero afirmado también por Constantino. Después de la libertad otorgada a la Iglesia por Constantino con el edicto de Milán de 313, el cristianismo se convierte prácticamente en la única religión del imperio, incluso en Oriente, viéndose entonces con claridad que Constantino no había hecho más que reconocer un hecho consumado y terminar con la ficción del paganismo que estaba en franca decadencia. Si la Navidad se hubiese originado del paganismo, este habría subsistido y fortalecido, pero como el fenómeno fue al revés, fue el culto cristiano el que se fortaleció y expandió.

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EN VEZ DE ATACAR LA NAVIDAD, DEVOLVÁMOSLE SU ORIGEN Y SIGNIFICADO CRISTIANO.
Nadie puede negar que dentro de las celebraciones navideñas se encuentran prácticas profanas y en ocasiones hasta pecaminosas. Contra estas prácticas resultan legítimas no solamente las críticas, sino la resistencia misma a participar de ellas. Pero de eso a atribuirle orígenes paganos a la Navidad hay una distancia enorme, no solamente de carácter histórico, sino conceptual. La Navidad es absolutamente contraria a las prácticas paganas y, por lo mismo, no participa de su misma naturaleza. Además, el argumento del origen pagano desata un sin número de preguntas para quien lo sostiene. Por ejemplo: ¿Qué hacemos con los nombres de los días de la semana, que tienen orígenes paganos? ¿Qué hacemos con la tradición de soplar las velas del pastel de cumpleaños? ¿Qué hacemos con el hecho de que las argollas de matrimonio datan desde la Roma antigua, Grecia, y hasta el antiguo Egipto? ¿Será que quienes los usan son “paganos”? Incluso, “evangelio” es una palabra que se utilizaba en las culturas antiguas paganas para anunciar la victoria y conquista en una guerra. Entonces, ¿dónde trazaremos la línea?

RECUERDA…
La celebración misma de la Navidad es en sí un recordatorio tangible de que el cristianismo venció a las religiones paganas, no lo opuesto. Si la Navidad se hubiese originado del paganismo, este habría subsistido y fortalecido, pero como el fenómeno fue al revés, fue el culto cristiano el que se fortaleció y expandió.

Navidad

¿Importa la fecha exacta del nacimiento de Cristo?

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado

Los cristianos que prefieren ignorar la Navidad indican el hecho de que la Biblia no proporciona la fecha del nacimiento de Cristo. Esto es cierto. Cristo no nació el 25 de diciembre. El 25 de diciembre puede no estar ni siquiera aproximado a la fecha en que nació Jesús. Es más, hay sobrados motivos para pensar que el nacimiento de nuestro Señor no ocurrió en esta fecha.

¿CUÁNDO NACIÓ JESÚS REALMENTE?

La Biblia nos proporciona evidencia segura de que Jesús no nació en diciembre, época de invierno en Palestina. En primer lugar, el censo decretado por el emperador romano César Augusto, quien mandó que se empadronara a todos. Todo el mundo tuvo que inscribirse en su propia ciudad, lo cual implicó para José y María hacer un viaje de una semana o más (Lucas 2:1-3). Independientemente de la época del año, a la gente no debió agradarle tener que cumplir con dicho decreto, que quizá tenía el objetivo de fijar impuestos y reclutar hombres para el servicio militar. Pero es poco probable que Augusto hubiera querido agravar la situación obligando a sus súbditos a hacer un largo y difícil viaje en pleno invierno.

Los rebaños de ovejas y los pastores proporcionan otra evidencia de que Jesús no nació en diciembre. La costumbre pastoril en época de primavera y verano en la antigua Palestina era la de hacer pastar a los rebaños en corrales de campo con pasturas en las noches de temperatura templada o suave. En esos días no guardaban a sus ovejas en el establo que usaban en otoño, invierno y días inclementes  La Biblia dice que los pastores vivían a campo raso y guardaban las vigilias de la noche sobre sus rebaños (Lucas 2:8). Los rebaños se quedaban al aire libre desde la semana antes de Pascua a finales de marzo y no volvían hasta mediados de noviembre. Pasaban el invierno resguardados en las majadas, y ese detalle basta para probar que la fecha tradicional de Nochebuena en invierno tiene pocas probabilidades de ser exacta, puesto que el Evangelio nos dice que los pastores estaban en los campos. Porque estaban afuera, cuidando el rebaño de los lobos, los pastores vieron a los ángeles cantando la buena noticia de que un Salvador había nacido en la ciudad de David. Por lo tanto, puede inferirse que el nacimiento de Cristo sólo podría haber ocurrido entre el 21 de marzo, fecha en que inicia la primavera en el hemisferio norte, y el 21 de septiembre, que es cuando comienza el otoño en esa región. Incluso podríamos suponer que Jesús nació tan lejos como en octubre del año 4 a.C.. ¿Cómo lo sabemos? Se puede calcular la temporada en que nació Jesús haciendo una cuenta regresiva a partir de su muerte, que tuvo lugar en la primavera, en la fecha de la Pascua el 14 de nisán, aproximadamente el 6 ó 7 de abril según nuestro calendario (Juan 19:14-16). Jesús tenía unos 30 años cuando comenzó su ministerio, el cual se supone duró tres años y medio. Eso significa que nació a principios de otoño, quizá en octubre (Lucas 3:23).

ALGO MÁS QUE UN DÍA EXACTO…

Llevemos esto un poco más lejos. Cristo no solo no nació el 25 de diciembre, sino que tampoco nació en el año en que se nos ha dicho que nació. Se calcula que Jesús nació algo antes de la muerte de Herodes el Grande, en el año 4 antes de la Era Cristiana. Una fecha entre el 6 y el 4 antes de la Era Cristiana concordaría con esa información histórica, como asume el relato de Mateo del nacimiento, y con lo relatado por Lucas (Lucas 3:23) de que Jesús tenía unos 30 años en el decimoquinto año del emperador Tiberio, estimado el año 27 o 28 de la Era Cristiana. Así pues, Cristo habría nacido en la segunda mitad de septiembre o a principios de octubre del año 4 a.C. y muerto entre el 6 y el 7 de abril del año 30 d.C.

Esto nos lleva a concluir lo siguiente: Rechazar la Navidad por no concordar con la fecha exacta es de por sí ridículo, ya que aún nuestro propio calendario y la numeración misma de nuestros años es incorrecta. Habría que modificar completamente nuestro sistema de contar los años, nuestro calendario en su totalidad. Puesto que la Biblia no nos da una fecha exacta, es obvio que para Dios no es tan importante cuándo ocurrió, sino el suceso en sí: La Encarnación de Cristo. Cristo no nació el 25 de diciembre ¿Y qué? Lo importante es que nació y se convirtió en nuestro Salvador. Lo importante es recordar, celebrar y honrar su nacimiento. Si el 25 de diciembre se eligió como la fecha para hacerlo ¿Cuál es el problema?

Con nuestro propio cumpleaños ocurre algo semejante: Celebramos el día en que nuestra madre nos dio a luz como el día en que nuestra vida inició, y a partir de ahí decimos que tenemos X, Y ó Z años de vida, pero eso no es cierto. Nuestra vida inició meses antes, al momento de la concepción. ¿Quién recuerda celebrar eso? ¿Nos molesta acaso cuando en nuestro cumpleaños se celebra una fecha que no es del todo correcta como el inicio de nuestra vida? ¡Para nada! Entonces, ¿Por qué exagerar el tema de la fecha exacta del nacimiento de Cristo?

¿POR QUÉ ENTONCES DICIEMBRE?

A pesar del dato anterior, todavía queda una interrogante: ¿Por qué, entonces, la Navidad se celebra en diciembre? la historia secular y las tradiciones de la época nos dan la respuesta. La información de una fiesta próxima a la Navidad es la del 18 de diciembre, cuando se celebraba el solsticio de invierno. Dicha festividad recibía el nombre de “Sol Invictus”, un culto al sol proveniente de la antigua Babilonia. Es bien sabido que el típico sincretismo del Imperio Romano los llevaba a incorporar rituales de las culturas propias de los países que dominaban. Ese día era propicio para sus orgías, en las que el sentido común y la razón eran adormecidos. También es sabido que al emperador romano se lo llamaba “Sol” y que así se le veneraba. Más adelante, por decreto imperial se obligó a los ciudadanos a adoptar la fe de los cristianos, a quienes antes el emperador perseguía y masacraba por millares. Posteriormente, se hizo coincidir la festividad del “Sol Invictus” con el día (cierto, pero no conocido) del nacimiento del Hijo de Dios; pero moviendo la festividad una semana adelante, el 25 de diciembre. Así pues, la Navidad comenzó a celebrarse el 25 de diciembre a partir del siglo IV. Tal cambio pretendía resaltar la prevalencia de Cristo sobre el sol: Cristo es el verdadero sol invicto (Malaquías 4:2) Los cristianos del siglo cuarto pretendían con ello cristianizar a los paganos y resaltar la victoria de Cristo sobre los distintos dioses de las naciones. Sólo Cristo merecía ser adorado. Y sólo su nacimiento recordada. El culto a Mitra, Tammuz o cualquier otro dios pagano debía ser exterminado. Asignarle a la Navidad la fecha del 25 de diciembre para su celebración fue el instrumento para lograr dicho objetivo.

LA NAVIDAD YA SE CELEBRABA ANTES.

A pesar de la adopción, en el siglo IV, del 25 de diciembre como fecha oficial para recordar el nacimiento de Cristo, cabe destacar que dicha festividad ya era celebrada antes del siglo IV aunque en otra fecha diferente (el 6 de enero) por las iglesias cristianas orientales de Alejandría, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla, Armenia y otras regiones, las cuales denominaban a esta fecha ‘Hagia Phota’ o ‘La Santa Luz’, es decir, la Navidad.

Es innegable que el día exacto del nacimiento de nuestro Señor no ha quedado taxativamente registrado en la Biblia; tampoco en la historia secular. Simplemente la Biblia no nos dice cuando nació Cristo. Algunos ven en ello la prueba de que Dios no desea que celebremos Su nacimiento, mientras que otros ven en esta omisión de la Biblia una tácita aprobación.

Lo cierto es que la omisión bíblica de la fecha exacta del nacimiento de Jesús no es motivo suficiente para “satanizar” la Navidad. Lo importante, en realidad, no es conocer la fecha exacta del nacimiento de Cristo. Tampoco es importante lo que los romanos, griegos o babilonios hacían milenios atrás en la misma fecha. Lo que importa es anunciar y celebrar que Dios se hizo Hombre para salvar al mundo. Importa anunciar y celebrar que Dios envió a su Hijo al mundo, para que todo aquél que en Él crea tenga vida eterna.

Pablo nos enseñó que las fechas exactas y la observancia o no de días sagrados es irrelevante en el Evangelio. Es Cristo y reconocerlo a Él en todo como Señor lo que verdaderamente importa:

“Por tanto, que nadie los critique a ustedes por lo que comen o beben, o por cuestiones tales como días de fiesta, lunas nuevas o sábados. Todo esto no es más que la sombra de lo que ha de venir, pero la verdadera realidad es Cristo. No dejen que los condenen esos que se hacen pasar por muy humildes…” (Colosenses 2:16-18, DHH).

“Hay quien considera que un día tiene más importancia que otro, pero hay quien considera iguales todos los días. Cada uno debe estar firme en sus propias opiniones. El que le da importancia especial a cierto día, lo hace para el Señor. El que come de todo, come para el Señor, y lo demuestra dándole gracias a Dios; y el que no come, para el Señor se abstiene, y también da gracias a Dios… Tú, entonces, ¿por qué juzgas a tu hermano? O tú, ¿por qué lo menosprecias?” (Romanos 14:5-7, 10).

Navidad

La Navidad, emblema de una sana Cristología.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

La Navidad es más que una fiesta y adornos coloridos. La Navidad nos invita a reflexionar en una de las grandes verdades teológicas de la fe cristiana. Junto con el gran teólogo y filósofo Anselmo de Canterbury nos hacemos la pregunta: ¿Cur deus homo? ¿Por qué el Dios-Hombre? Cuando miramos la respuesta bíblica a esa pregunta, vemos que el propósito detrás de la encarnación de Cristo fue cumplir su obra como el mediador establecido por Dios. Dice en 1 Timoteo 2:5-6, “Porque hay un solo Dios, y también un solo Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús hombre, quien Se dio a sí mismo…”. Nuestro único Mediador, quien es el agente que reconcilia a Dios con el hombre, es aquel que participa tanto de la deidad como de la humanidad. En el Evangelio de Juan leemos que fue el eterno Logos, el Verbo, quien se hizo carne y habitó entre nosotros. Fue la segunda persona de la Trinidad quien tomó en sí mismo una naturaleza humana para obrar nuestra redención. Cristo posee dos naturalezas distintas: divina y humana. Él es “vere homo” (verdaderamente humano) y “vere Deus” (verdaderamente divino, o verdaderamente Dios). Estas dos naturalezas se unen en el misterio de la Encarnación. En Cristo, la naturaleza divina es completamente Dios, y la naturaleza humana es completamente humana.

Nuestro Señor Jesucristo, quien tomó sobre sí ambas naturalezas —divina y humana—, está perfectamente preparado para ser el Mediador entre Dios y nosotros. En su rol como Mediador y como el Dios-Hombre, Jesús tomó el oficio del segundo Adán, lo que la Biblia llama el último Adán. Jesús entró en una solidaridad corporal con nuestra humanidad, siendo el representante así como el primer Adán. Pablo, por ejemplo, en su carta a los Romanos, nos da el contraste entre el Adán original y Jesús como el segundo Adán. En Romanos 5:15 dice, “Porque si por la transgresión de uno murieron los muchos, mucho más, la gracia de Dios y el don por la gracia de un Hombre, Jesucristo, abundaron para los muchos”. Aquí observamos el contraste entre la calamidad que vino a la raza humana por la desobediencia del Adán original, y la gloria que viene a los creyentes por la obediencia de Cristo. Pablo continúa diciendo en el verso 19: “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de Uno los muchos serán constituidos justos”. Adán hizo función en su rol como mediador y falló miserablemente en esa labor. Esa falla fue rectificada por el éxito perfecto de Cristo, el Dios-Hombre. Leemos en la Carta de Pablo a los Corintios las siguientes palabras: “Así también está escrito: ‘El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente’. El último Adán, espíritu que da vida. Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los que son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son celestiales. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial” (1 Corintios 15:45-49). Vemos entonces el propósito de la primera venida de Cristo. El Logos tomo en sí mismo una naturaleza humana, el Verbo se hizo carne para efectuar nuestra redención al cumplir el rol del perfecto Mediador entre Dios y el hombre. El nuevo Adán es nuestro campeón, nuestro representante, quien satisface las demandas de la Ley de Dios por nosotros, y gana para nosotros la bendición de Dios prometida a sus criaturas si obedecemos su Ley. Como Adán, fallamos en obedecer la Ley, pero el nuevo Adán, nuestro Mediador, ha cumplido la Ley perfectamente por nosotros, y ganó por nosotros la corona de la redención. Esta es la base del gozo en el nacimiento de Cristo.

La navidad fue, y continúa siendo aún hoy, un recordatorio tangible de la ortodoxia cristiana en relación con la deidad de Cristo, la Trinidad y el plan de salvación. A finales del s. IV, probablemente a fines del año 379 o del año 380, un viejo cristiano llamado Gregorio Nacianceno o Gregorio de Nacianzo, predicó un famoso sermón sobre la natividad. Un sermón que aún continúa resonando fuertemente en nuestros oídos.

El carácter de dicho sermón no fue casual, lógicamente porque se preparó para la festividad que le da nombre, pero sobre todo porque fue escrito en un contexto de particular tensión en la historia de la Iglesia, en el cual estaba en cuestión nada menos que la naturaleza misma de Cristo. De modo que, aunque su tiempo poco tiene que ver con el nuestro, no puede desconocerse su aporte imperecedero a la comprensión de aquello que celebra la fiesta llamada navidad: el nacimiento de Cristo, o natividad.

GREGORIO DE NACIANZO Y LA NAVIDAD.

Gregorio de Nacianzo fue declarado Doctor de la Iglesia y apodado «el teólogo» (título que comparte con el apóstol san Juan), por la habilidad con que defendió la doctrina cristiana. Nació hacia el año 329, en Arianzo de Capadocia. Era hijo de Nona y Gregorio el Mayor. Su padre era un antiguo propietario y magistrado que, después de convertirse al cristianismo junto con su esposa, sirvió como obispo de Nacianzo. Con el tiempo, Gregorio mismo fue llamado al obispado cristiano.

Gregorio vivió una época turbulenta dentro de la iglesia. El arrianismo amenazaba con pervertir de forma absoluta el cristianismo, despojando a Cristo de su divinidad y negando la doctrina de la Trinidad. La Iglesia de Constantinopla era, sin duda, la que se hallaba en peor estado, ya que estuvo sometida a la influencia de los arrianos, durante treinta o cuarenta años, y no tenía una sola iglesia para reunir a los que habían permanecido fieles al cristianismo ortodoxo. Un consejo de ancianos invitó a Gregorio a encargarse de la restauración de la fe en Constantinopla. Este, cuyo temperamento sensible y pacífico le hacía temer aquel remolino de intrigas, corrupción y violencia, se negó al principio, pero finalmente aceptó. Sus pruebas empezaron desde que llegó a Constantinopla, pues el populacho, acostumbrado a la pompa y al esplendor, recibió con recelo a aquel hombrecillo mal vestido, calvo y prematuramente encorvado. Gregorio se alojó al principio en casa de unos amigos, que pronto se transformó en iglesia, y le dio el nombre de «Anastasia», es decir, el sitio en que la fe iba a resucitar. En aquel reducido santuario se dedicó a predicar e instruir al pueblo. Allí fue donde predicó sus célebres sermones sobre la Trinidad que le merecieron el título de «el teólogo», por la profundidad con que captó la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Poco a poco creció su fama y la capacidad de su iglesia resultó insuficiente. Por su parte, los arrianos y los apolinaristas no dejaban de esparcir insultos y calumnias contra él. En una ocasión llegaron incluso a irrumpir en la iglesia para arrastrar a Gregorio a los tribunales. Pero Gregorio se consolaba al saber que, si la fuerza estaba del lado de sus enemigos, la verdad, en cambio, estaba de su parte; si ellos poseían las iglesias, él tenía a Dios; si el pueblo apoyaba a sus adversarios, los ángeles le sostenían a él. Gregorio se convirtió en su época en un heraldo de la verdad bíblica. En una época donde la divinidad de Cristo era negada o malinterpretada, Gregorio Nacianceno utilizó la Navidad como instrumento para defender la doctrina cristiana ortodoxa.

LA NAVIDAD COMO EMBLEMA DE LA ORTODOXIA CRISTIANA.

Gregorio Nacianceno escribía en una época en que los cristianos habían alcanzado aceptación en el Imperio Romano. Pero, al mismo tiempo, la iglesia enfrentaba internamente una de las disputas teológicas más importantes de la historia del cristianismo: la lucha entre quienes afirmaban la trinidad de Dios, y quienes no lo hacían. Entre quienes afirmaban que Cristo era Dios, y quienes sostenían que su naturaleza era inferior a la de Dios Padre. En un contexto así, predicar sobre la navidad iba necesariamente a ser una declaración teológica sustantiva. Y la argumentación del Nacianceno no podía ser menos que un robusto posicionamiento a favor de la deidad de Cristo.

Gregorio de Nacianzo, fundamentando su sermón en la festividad de la Navidad, inicia su homilía proclamando dos características de Cristo: su eternidad y su encarnación.  Cristo no es un ser creado, es el verbo de Dios que habita en comunión trinitaria desde la eternidad. Cristo tampoco es una forma de Dios, es el verbo de Dios que se hizo carne. Así, niega el arrianismo (doctrina practicada actualmente por grupos religiosos como los Testigos de Jehová) por considerar éste que Cristo es un ser creado e inferior al Padre, y niega al modalismo (enseñado hoy en día por el Movimiento Jesús Solo) por pensar que Cristo es una forma de Dios Padre.

Bajo cualquiera de los dos paradigmas a los que nuestro autor se opuso, la natividad no tiene gran importancia. Para unos, sería el nacimiento de un ser creado más; para otros, el nacimiento de un modo en que Dios se ha expresado. Lo que hace de la navidad una fiesta tan importante, es que se proclama algo que estas dos comprensiones no estaban dispuestas a asumir: que una de las personas que componía la trinidad, eterna, infinita e impasible, podía hacerse carne.

La homilía inquiere en el misterio de la encarnación con un agudo sentido poético. Se dice que “quien era celeste se hizo terreno” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 45), que “la tiniebla se disuelve, de nuevo se anuncia la luz” (ídem), que “el pueblo [Israel] que permanece en la oscuridad de la ignorancia, vea la gran luz del conocimiento” (ídem), que “la letra cede, el espíritu es superior” (ídem) y que “las sombras declinan, amanece la verdad” (ídem). Todas estas bellas metáforas conducen a una sola conclusión: que Cristo es la revelación suprema. Que está sobre la ley, aquella maldición y ayo de Pablo. Que es la luz, esa que ilumina al mundo, tal como dijo Jesús de sí. Cristo es el cielo en la tierra, ese Reino de Dios que está entre nosotros como se dice en Lucas. Es la verdad que conduce al Padre. Es el conocimiento que también les hacía falta a los judíos que habían creído en él, como bien se dice en Juan.

En esta festividad, “Dios se mostró a los hombres” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 46). El incognoscible, que estaba oculto de los hombres, se hizo cercano. Por eso dice el de Nacianzo que “esto celebramos hoy: la venida de Dios a los hombres para que nosotros nos acerquemos a Dios o, más propiamente, para que volvamos a Él” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 47). De este modo, la navidad es una invitación de Dios a volver a que nos acerquemos a él. En ella no se habla ya más de la enfermedad que nos vino en Edén, el pecado, sino de su curación; no se habla tanto de la creación caída, sino de su restauración por medio de la obra de Cristo: “Siendo Dios se presentó con una naturaleza humana, un solo ser formado de dos naturalezas contrarias, carne y espíritu, de las que una era divina y la otra estaba divinizada. ¡Oh, inaudita mezcla! ¡Oh, extraña unión! El que es, nace; se ha creado quien no lo es; el infinito se hace extenso merced al alma racional que hace de mediadora entre la divinidad y la gravedad de la carne. El que enriquece mendiga. Se empobrece tomando mi carne para que yo me enriquezca con su naturaleza divina” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 59).

Expresiones como estas difícilmente han sido superadas en la historia del cristianismo por otras mejores. Todos quienes mediten seriamente en el significado de la encarnación del verbo de Dios, hallarán en ella un misterio incomprensible, insondable. Esto es natividad: una revelación que se presenta abierta a ser respondida, y a la cual los cristianos han contestado con su fe.

EL MENSAJE NACIANCENO Y SU RELACIÓN CON LA IGLESIA ACTUAL.

Nuestras navidades no son necesariamente cristianas. Y aunque son bastante distintas a las que podía haber en el tiempo de Gregorio, en el suyo también había navidades no cristianas. Después de todo, ¿cómo habían de celebrar la fiesta aquellos cuya cristología no reconocía el elemento más profundo de fórmulas tan decisivas como las juaninas (Juan 1:1-14)?

Así que, tenemos eso en común. Pero hay más. Gregorio contraponía la celebración de la natividad con las fiestas griegas. Estas últimas eran ocasión para vanidades, orgías, lujos, glotonería, borracheras y, en fin, todo tipo de vicios. Al mismo tiempo, tenían por contraste que todo ello ocurría “mientras otros, formados del mismo barro nuestro y con nuestra misma composición, pasan hambre y fatiga a causa de su pobreza” ((Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 48). Para Gregorio, la navidad cristiana se contraponía a las festividades paganas ciertamente por su significado, pero también porque dicha significación era honrada con sencillez, meditación y gozo en la palabra divina.  De modo que, quien pretende celebrar navidad con sentido cristiano, pero no honra su significado con una sobria devoción, no la celebra en absoluto.

Gregorio se opuso no sólo a la herejía arriana y modalista, sino también a la paganización de la festividad cristiana de la Navidad. La vanidad de la fiesta pagana a la cual Gregorio criticó también puede compararse con la vanidad de la navidad consumista. ¿Cuánto lujo, gasto y vicios varios se exhiben, en ocasiones, incluso entre cristianos? ¿Cómo aquello podría honrar las sublimes expresiones del nacianceno cuando sostiene que Cristo es el cielo en la tierra, la luz en las tinieblas, el conocimiento contra la ignorancia, el espíritu sobre la letra de la ley, la verdad sobre las sombras?

Al parecer, tanto en su tiempo como en el nuestro, hizo falta una mayor preocupación por inquirir en lo que se celebra en navidad. No solo se debe evitar el consumismo devorador, ni tampoco conformarse únicamente con las tareas asistenciales que inspira la ocasión. Es necesario dar un paso más, un paso cristiano. Meditar en aquel misterio tan bellamente expresado por este sabio cristiano capadocio, para quien “Dios es inabarcable y difícil su contemplación. Únicamente podemos percibir su infinitud” (Nacianceno, Gregorio; Homilías sobre la natividad. Madrid: Ciudad Nueva, 1992, p. 51). No sea otra cosa, sino esa eternidad encarnada que es Cristo, lo que inspire nuestra navidad.

¿CÓMO CELEBRAMOS NOSOTROS LA NAVIDAD?

Es diciembre y las tiendas comerciales están cuidadosamente engalanadas con pinos, coronas y todo tipo de adornos, al mismo tiempo que se atestan de consumidores. Es diciembre y, en vista que se acerca navidad, hay quienes se motivan por hacer de la noche buena una buena noche para personas en situación de vulnerabilidad. No resulta complicado describir, en líneas generales, lo que la navidad es hoy en nuestra sociedad. Una ocasión para la compra compulsiva, un desborde de materialismo en el que se piensa que la festividad consiste prácticamente en el intercambio de regalos. Por otra parte, una ocasión que, por cierta comprensión de su dimensión simbólica, invita a realizar obras asistenciales en favor de personas en situaciones difíciles. Dejando de lado aquellos para quienes la festividad no es más que un par de días libres, es evidente que aun cuando una de las dos formas de entender esta festividad sea más provechosa que la otra, ambas adolecen del sentido cristiano de la navidad. O, para ponerlo en otros términos: Hay navidad cristiana y navidad no cristiana.

Puede parecer desconcertante que se diga “sentido cristiano de la navidad”, porque en principio se asume que la navidad es esencialmente cristiana. Lo cierto es que es entendible que tal cosa se diga de la sociedad en general, porque sus miembros no cristianos evidentemente pueden buscar modos diversos de resolver el significado de la festividad. No obstante, la situación es distinta cuando se habla de los propios cristianos. Porque, de hecho, es diciembre y las congregaciones empiezan a organizar la obra teatral más esperada del año, se organizan cenas de todo tipo, se colocan pesebres en casas y templos. Y, sin embargo, esto no significa que se esté celebrando navidad cristianamente.

El distintivo de la fiesta no está meramente en lo que se hace o lo que no se hace. Porque, de hecho, se puede ser cristiano y celebrar la navidad como consumista, del mismo modo que se puede no ser cristianos y consumista y, con todo, no comprender la significancia de la festividad.

 

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Distorsionando la Fe Pentecostal: La Confesión Positiva.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN:

Desde siempre, el pentecostalismo ha reconocido la importancia de una vida de fe.  Dicho énfasis se fundamenta en que las Escrituras mismas le han dado tal importancia.  El escritor a los Hebreos señala que sin fe es imposible agradar a Dios.  Luego describe la fe como creer dos cosas acerca de Dios: que Dios existe, y que Él recompensa a los que lo buscan (Hebreos 11:6). Los pentecostales entendemos que todas las bendiciones que Dios tiene para su pueblo se reciben por fe.  La salvación (Hechos 16:31), el bautismo en el Espíritu Santo (Hechos 11:15-17), la preservación divina (1 Pedro 1:5), la herencia de las promesas que incluyen sanidades y provisión de las necesidades materiales (Hebreos 6:12), y la motivación para testificar (2 Corintios 4:13) son algunas de las muchas provisiones de la gracia de Dios. Las Escrituras nos instan a ser fuertes en la fe (Romanos 4:20-24) y a protegernos contra cualquier cosa que pueda debilitarla o destruirla.  La Palabra de Dios nos manda orar para que la fe se aumente (Lucas 17:5) y constantemente se nos invita a cultivarla por medio de la lectura de la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Los pentecostales sabemos por experiencia que una vida de fe es una vida de victoria (1 Juan 5:4). Lamentablemente, a través de la historia de la Iglesia, muchas personas han adoptado posiciones extremas en cuanto a las grandes verdades bíblicas, yendo más allá de las enseñanzas de la Palabra de Dios. Tales desviaciones solo han perjudicado la causa de Cristo. La confesión positiva es un ejemplo claro de este tipo de desviaciones teológicas.

La confesión positiva es la práctica de decir en voz alta lo que uno desea que pase con la esperanza de que Dios lo haga realidad. Esta enseñanza es popular en muchos círculos pentecostales y carismáticos, los cuales afirman que las palabras tienen poder espiritual y que, si decimos en voz alta las palabras correctas con la fe correcta, podemos obtener riquezas y salud, atar a Satanás, y lograr cualquier cosa que queramos. Confesar positivamente es decir palabras que creemos o queremos creer, haciéndolas realidad. Esto se opone a la confesión negativa, que consiste en reconocer dificultades, pobreza y enfermedad y, por lo tanto, (supuestamente) aceptarlas y rechazar la comodidad, riqueza y salud que Dios ha planeado para nosotros. Esto se debe a que los seguidores de esta doctrina dividen la confesión en aspectos negativos y positivos.  Los negativos son el reconocimiento de pecado, enfermedad, pobreza, u otras situaciones no deseadas.  La confesión positiva es reconocer o poseer las situaciones deseadas. La conclusión es que lo desagradable se puede evitar al abstenerse de las confesiones negativas. Lo agradable se puede disfrutar al hacer confesiones positivas. Según esta perspectiva, el creyente que evite el reconocimiento de lo negativo y siga afirmando lo positivo estará asegurándose circunstancias agradables. Podrá dominar la pobreza y la enfermedad. Se enfermará solamente si confiesa que está enfermo. Esta perspectiva arguye que Dios quiere que los creyentes se pongan la mejor ropa, manejen los mejores coches, y tengan lo mejor de todo. Los creyentes no tienen que sufrir problemas financieros. Lo único que necesitan hacer es decirle a Satanás que quite las manos de su dinero. Con sólo decirlo, el creyente puede tener resuelta cualquier cosa que desee, ya sea una necesidad espiritual, física, o financiera. Se enseña que la fe obliga la acción de Dios.

Según esta perspectiva, lo que una persona diga determinará lo que recibirá y lo que llegará a ser.  Por tanto, las personas son instruidas a empezar a confesar, aunque lo que quieren quizá no haya sido realizado. Si una persona quiere dinero, debe confesar que ya lo tiene aun cuando no sea cierto.  Si una persona quiere ser sanada, debe confesarlo, aunque sea obvio que no es el caso.  Las personas aprenden que pueden tener cualquier cosa que digan, y de ahí la gran importancia que se atribuye a la palabra hablada.  Proclaman que la palabra hablada, si se repite suficientemente, con el tiempo resultará en fe que obtendrá la bendición deseada.

¡CUIDADO! ¡HEREJÍA A LA VISTA!

Lo más peligroso con la confesión positiva es la creencia de que las palabras tienen una especie de poder mágico espiritual, que podemos utilizar para conseguir lo que queremos. La práctica no se obtiene de verdades bíblicas, sino de un concepto de la Nueva Era llamado la “ley de la atracción”, según la cual una declaración o pensamiento positivo atraerá una reacción positiva. Todo está impregnado de cierta presencia o poder espiritual, pero no de Dios como el creador omnipresente, sino de un “dios” en una forma hinduista/panteísta. El resultado claro es la idea de que nuestras palabras tienen el poder para obligar a Dios que nos dé lo que queremos (una creencia herética). Adicionalmente, los resultados que se atribuyen a la confesión positiva son empoderados por la fe de la persona. Esto conduce a la antigua creencia de que la enfermedad y la pobreza son un tipo de castigo por el pecado (en este caso, la falta de fe). Juan 9:1-3 y todo el libro de Job refutan esto.

La confesión positiva (casada de forma indisoluble con el “evangelio de la prosperidad”) malinterpreta las promesas de Dios. En un sentido bíblico, “confesión” es estar de acuerdo con lo que Dios ha dicho; “la confesión positiva”, en cambio, le exige a Dios el cumplimiento de deseos humanos. En otras palabras, la confesión positiva le roba a Dios su soberanía y lo convierte en el “genio de la lámpara”, siempre dispuesto a concederle sus deseos y caprichos a sus amos humanos. Ese dios, no es el Dios de la Biblia. Las personas que impulsan la confesión positiva dicen que la práctica es simplemente reafirmar las promesas de Dios como fueron dadas en la Biblia. Sin embargo, ellos no diferencian entre las promesas universales que Dios hizo a todos Sus seguidores (por ejemplo, Filipenses 4:19) y las promesas personales hechas a los individuos en un momento determinado para un propósito en particular (por ejemplo, Jeremías 29:11). Ellos también tergiversan las promesas que Dios nos da, negándose a aceptar que el plan que Dios tiene para nuestras vidas no necesariamente debe coincidir con el nuestro (Isaías 55:9). Una vida libre de preocupaciones y perfecta, es la antítesis de lo que Jesús dijo que la vida cristiana sería y las vidas que Sus seguidores vivieron. Jesús no prometió prosperidad; Él prometió dificultades (Mateo 8:20). Él no prometió que todos nuestros anhelos serían cumplidos; Él prometió que tendríamos lo que necesitáramos (Filipenses 4:19). Él no promete paz en una familia; prometió que las familias tendrían problemas sabiendo que algunos decidirían seguirlo y otros no (Mateo 10:34-36). Y Él no prometió salud; prometió llevar a cabo Su plan para nosotros y la gracia en las dificultades (2 Corintios 12:7-10).

La confesión positiva comete otro error teológico monumental al afirmar que, si hacemos una “confesión negativa” (es decir, si reconocemos que estamos en problemas, que si confesamos estar en necesidad, o que si admitimos tener una enfermedad o crisis), tal cosa nos sobrevendrá. Eso no es cierto. No somos dioses y nuestras palabras no poseen el poder de crear realidades más allá de la voluntad soberana de Dios. Es más, la Biblia es muy clara en que “la confesión negativa” carece de poder para negarnos o alejar de nosotros las bendiciones de Dios. Los Salmos están llenos de clamores a Dios para obtener liberación, y en el Salmo 55:22 y 1 Pedro 5:7 se nos exhorta a seguir ese ejemplo. Incluso Jesús fue ante el Padre celestial con claridad sobre la situación y solicitando una ayuda (Mateo 26:39). Ni el Señor ni los escritores sagrados atribuyeron significado mágico alguno a las palabras. La confesión positiva pretende convertir al Dios de la Biblia no en un ser soberano, sino más bien en un Santa Claus cósmico (Santiago 4:1-3) esclavo de los caprichos de sus criaturas. Sin embargo, la Palabra de Dios nos enseña que Dios es un Padre amoroso que quiere estar involucrado en las vidas de Sus hijos, en lo bueno y en lo malo. Solo cuando nos humillamos a nosotros mismos y le pedimos ayuda, es que Él nos liberará de las circunstancias o nos da la fortaleza para atravesarlas.

¿ENSEÑANZA BÍBLICA O MERA PSICOLOGÍA?

En cierto modo, la confesión positiva tiene más que ver con la psicología que con el evangelio. Es bien sabido que aquellos que confían en que pueden resolver un problema, generalmente están más relajados y son más creativos. Se ha demostrado que un estado de ánimo optimista mejora la salud. Y las personas felices suelen tener suficiente distancia emocional entre ellos mismos y los demás para darse cuenta de pistas sutiles que podrían conducir al éxito de las operaciones comerciales y personales. Además, cuando alguien expresa constantemente los objetivos, estos se mantienen a la vanguardia; aquellos que constantemente piensan en conseguir más dinero, actuarán como corresponde. Los beneficios emocionales de la confesión positiva son evidentes, pero atribuirles a nuestras palabras un poder mágico cuasi divino es pervertir el evangelio. En otras palabras, es una herejía. En este sentido, los peligros de la confesión positiva superan ampliamente los beneficios. Todas las ventajas que hemos enumerado son psicológicas y de alguna manera fisiológicas, no espirituales. El único beneficio espiritual que se tiene es el hecho de que las personas que esperan que Dios se mueva, son más propensas a ver la mano de Dios en las situaciones. Pero las palabras no son magia. Nuestra función con nuestro Padre Celestial no es exigirle, sino pedirle ayuda, confiar y darnos cuenta de que nuestras bendiciones no dependen de la fortaleza de nuestra fe, sino de Su plan y Su poder.

LO QUE LA BIBLIA EN SU TOTALIDAD TIENE QUE DECIRNOS ACERCA DE LA CONFESIÓN POSITIVA.

Se entiende por qué a algunas personas les gustaría aceptar la enseñanza de la confesión positiva:  Promete una vida libre de problemas, y sus defensores parecen apoyarla con pasajes de las Escrituras.  Los problemas se desarrollan, sin embargo, cuando los pasajes bíblicos son aislados del contexto y de lo que el resto de las Escrituras dicen acerca de este asunto. Resultan los extremos que tergiversan la verdad y al final perjudican a los creyentes como individuos y la causa de Cristo en general.

El apóstol Pablo dio un principio importante para interpretar las Escrituras que llama a “acomodar lo espiritual a lo espiritual” (1 Corintios 2:13).  El énfasis básico de este principio es la importancia de considerar todo lo que dice la Palabra de Dios acerca de un asunto para poder establecer una doctrina.  Solamente la doctrina basada en una perspectiva completa de las Escrituras se conforma a esta regla bíblica de interpretación. Cuando la enseñanza de la confesión positiva indica que confesar la debilidad es aceptar la derrota, confesar la necesidad financiera es aceptar la pobreza, y confesar la enfermedad es impedir la sanidad, entonces está yendo más allá y contradice la armonía de las Escrituras. Por ejemplo, el rey Josafat confesó que no tenía poder para enfrentar la alianza del enemigo, pero Dios le dio una victoria maravillosa (2 Crónicas 20).  Pablo confesó debilidad y entonces dijo que cuando él era débil, era fuerte porque la fuerza de Dios se perfeccionaba en su debilidad (2 Corintios 12:9,10).

Fue después de que los discípulos reconocieron que no tenían lo suficiente para dar de comer a la multitud y estuvieron dispuestos a admitirlo, que Cristo proveyó milagrosamente una abundancia de comida (Lucas 9:12,13).  Fue después que los discípulos admitieron que no habían pescado nada que Jesús los dirigió a una situación muy exitosa (Juan 21:3-6). Estas personas no recibieron instrucciones de reemplazar sus confesiones negativas con confesiones positivas contrarias a la realidad.  Declararon las condiciones exactamente como eran en vez de fingir que eran otra cosa. Sin embargo, Dios intervino maravillosamente, aunque declaraban lo que algunos llamarían “confesiones negativas”.  Comparar las Escrituras con las Escrituras hace claro que las expresiones positivas verbales no siempre tienen resultados felices, ni los comentarios negativos siempre tienen resultados infelices.  Enseñar que los líderes en los primeros años de la Iglesia, como Pablo, Esteban, y Trófimo, no vivían en un estado constante de riqueza y salud porque esta enseñanza no había salido a la luz es ir más allá y contradecir la Palabra de Dios.  La doctrina solamente será completa y fiable cuando se desarrolla dentro de la estructura de todas las enseñanzas de la Biblia entera.

La palabra griega traducida como “confesar” significa “hablar la misma cosa”.  Cuando las personas confiesan a Cristo, están diciendo la misma cosa que las Escrituras dicen acerca de Cristo.  Cuando las personas confiesan su pecado, están diciendo la misma cosa que las Escrituras dicen en relación con el pecado. Y cuando las personas confiesan alguna promesa de las Escrituras, tienen que asegurarse de que están diciendo la misma cosa que la promesa dice en todas las enseñanzas de las Escrituras al respecto. Las palabras de Agustín son apropiadas respecto a esto: “Si crees lo que a ti te gusta en el evangelio, y rechazas lo que no te gusta, no es el evangelio que crees, sino a ti mismo.”

Cuando la doctrina de la confesión positiva indica que una persona puede tener lo que diga, no está enfatizando adecuadamente la necesidad de considerar la voluntad de Dios.  David tenía las mejores intenciones cuando expresó su deseo de construir un templo para el Señor, pero no era la voluntad de Dios (1 Crónicas 17:4).  A David se le permitió reunir los materiales, pero fue Salomón el que construyó el templo.

Pablo oraba para que el aguijón en su carne pudiera ser quitado, pero no era la voluntad de Dios.  En vez de quitar el aguijón, Dios dio la gracia suficiente a Pablo (2 Corintios 12:9). La voluntad de Dios se puede saber y reclamar por fe, pero el deseo del corazón no siempre es el criterio por el cual la voluntad de Dios se determina. Hay tiempos cuando lo agradable y deleitoso quizás no sea la voluntad de Dios.  Santiago aludía a esto cuando escribió: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (Santiago 4:3).  La palabra traducida “deleites” no se refiere a un deseo pervertido sino a un placer o diversión; lo que el corazón desea.  Otras versiones bíblicas usan la palabra pasiones o placeres en vez de deleites.

En Getsemaní Jesús pidió que pasara de Él la copa.  Esto fue su deseo, pero en su oración Él reconoció la voluntad de Dios.  Él dijo, “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42).  La Biblia reconoce que habrá tiempos cuando el creyente no sabrá por lo que debe orar. No sabrá lo que es la voluntad de Dios. Es posible que hasta se sienta perplejo como Pablo a veces se sentía (2 Corintios 4:8).  En esta situación, en vez de simplemente hacer una confesión positiva basada en los deseos del corazón, el creyente necesita reconocer que el Espíritu Santo intercede por él según la voluntad de Dios (Romanos 8:26,27). La voluntad de Dios siempre tiene prioridad sobre los planes y deseos del creyente.  Se deben recordar constantemente las palabras de Santiago: “En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Santiago 4:15). Recibir siempre lo que el creyente quiere precisa de más que de una sencilla confesión positiva.  Las cosas agradables pueden estar fuera de la voluntad de Dios; y, por el contrario, las cosas desagradables pueden ser la voluntad de Dios.  Es importante que el creyente diga como los amigos de Pablo, “hágase la voluntad del Señor” (Hechos 21:14), aún más importante que exigir una vida libre del sufrimiento.

Cuando la perspectiva de la confesión positiva enseña que los creyentes deben confesar en vez de orar por las cosas que Dios ha prometido, está pasando por alto la enseñanza de la Palabra de Dios en cuanto a la oración importuna.  Según algunos que creen esta idea de la confesión positiva, las promesas de Dios se clasifican en las áreas de bendiciones materiales, físicas, y espirituales; los creyentes deben reclamar o confesar estas bendiciones y no orar por ellas. Sin embargo, las instrucciones a no orar por las bendiciones prometidas contradicen las enseñanzas de la Palabra de Dios.  Los alimentos son una de las bendiciones prometidas por Dios; sin embargo, Jesús enseñó a sus discípulos a que oraran: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6:11).  La sabiduría es una bendición prometida por Dios; sin embargo, las Escrituras declaran: “Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).  Jesús dijo que el Espíritu Santo era la promesa del Padre (Lucas 24:49), y también enseñaba que Dios daría el Espíritu Santo a quienes se lo pidieran (Lucas 11:13). Aunque hubo veces cuando Dios dijo a las personas que actuaran en vez de simplemente clamar, como en el caso de Moisés en el Mar Rojo (Éxodo 14:15), hay muchos pasajes de las Escrituras que recuerdan a los creyentes orar, y orar sin cesar (Romanos 12:12; Filipenses 4:6, 1 Tesalonicenses 5:17). Jesús mismo enfatizaba la importancia de la oración importuna. La ilustración del amigo persistente que llegó a medianoche pidiendo pan para ofrecer a sus invitados se convirtió la base de la declaración de Cristo: “Pedid, y se os dará” (Lucas 11:5-10).  La parábola de la viuda y el juez injusto llegó a ser una oportunidad para que nuestro Señor enfatizara la importunidad en la oración (Lucas 18:1-8).  Estas personas fueron estimadas por la importunidad y no por la confesión positiva sin oración.

Aunque los caminos del Señor son más altos que los del hombre, y no podemos comprender el motivo de cada mandato en las Escrituras, sabemos que en su sabiduría Dios ha ordenado la oración como parte del proceso de satisfacer una necesidad.  En vez de ser un signo de duda, la oración importuna puede ser una muestra de obediencia y fe. Los creyentes deben reconocer que pueden esperar el sufrimiento en esta vida. Por esa misma razón, la confesión positiva es una distorsión de la fe bíblica. La enseñanza de la confesión positiva implica que reinamos como monarcas en esta vida.  Enseña que los creyentes deben dominar en vez de ser dominados por las circunstancias.  La pobreza y enfermedad normalmente son mencionadas como algunas de las circunstancias sobre las cuales los creyentes deben tener dominio. Si los creyentes escogen seguir a los reyes de este mundo como ejemplos, es cierto que buscarán una vida sin problemas (aunque aún los reyes de este mundo tienen también problemas). Se preocuparán más por la prosperidad física y material que por el crecimiento espiritual. Pero cuando los creyentes escogen al Rey de reyes como su modelo, sus deseos serán completamente distintos.  Serán transformados por sus enseñanzas y ejemplo.  Reconocerán la verdad de Romanos 8:17 tocante a los coherederos con Cristo: “Si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados”.  Pablo aun dijo que se gloriaría en sus enfermedades; no dijo que las negaría (2 Corintios 12:5-10).

JESÚS, NUESTRO EJEMPLO SUPREMO, CONTRADIJO CON SU VIDA LA DOCTRINA DE LA CONFESIÓN POSITIVA.

Aunque Cristo era rico, por nosotros se hizo pobre (2 Corintios 8:9).  Él pudo decir: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20). Jesús nunca dejó de ser Dios, y por el poder del Espíritu Santo hacía muchos milagros; pero aun así no estaba libre del sufrimiento. Él sabía que tenía que padecer mucho de los ancianos (Mateo 16:21; 17:12).  Deseaba comer la pascua con sus discípulos antes de padecer (Lucas 22:15).  Después de su muerte, los discípulos reconocieron que el padecimiento de Cristo era el cumplimiento de la profecía (Lucas 24:25,26,32). Cuando los creyentes reconocen que reinar en esta vida es tomar a Jesús como modelo de un rey, reconocerán también que esto puede implicar el sufrimiento; que a veces es mejor quedarse en las circunstancias desagradables que tratar de hacer todas las circunstancias placenteras.

A Pablo le fue mostrado que sufriría (Hechos 9:16). Después él se regocijó en sus sufrimientos por los colosenses. Él vio su sufrimiento como una plenitud “que está más allá de las aflicciones de Cristo en mi carne por el cuerpo suyo que es la iglesia” (Colosenses 1:24). Es cierto que Dios promete suplir las necesidades de los creyentes, y sabe cómo ayudar a los santos a vencer la tentación; pero pretender una vida sin sufrimiento simplemente es un engaño. El creyente comprometido aceptará esto. No se desilusionará si la vida no es una continua serie de experiencias placenteras. No será cínico si no obtiene todos los deseos de su corazón. Él reconocerá que el siervo no es más grande que su Maestro. Reconocerá que seguir a Cristo requiere negarse a sí mismo (Lucas 9:23). Esto incluye negar nuestros deseos egoístas y aun admitir que tenemos problemas. Los problemas no son siempre una indicación de falta de fe. Por lo contrario, pueden ser un tributo a la fe. Este es el gran énfasis en Hebreos 11:32-40. Sostener que todo sufrimiento resulta de confesiones negativas e indica una falta de fe contradice las Escrituras. Algunos héroes de la fe sufrieron grandemente, algunos hasta murieron por su fe, y fueron encomiados por ello.

ENFATIZANDO LA AUTORIDAD DEL CREYENTE MUCHOS HAN OLVIDADO QUE DIOS ES SOBERANO.

El énfasis en la confesión positiva tiende a incluir palabras que hacen parecer que el hombre es soberano y que Dios es el siervo. Dichas palabras se dicen para hacer que Dios obre, sugiriendo que Él tiene que rendir su soberanía; que Él ya no está en posición de obrar de acuerdo a su sabiduría y propósito. Se arguye que la verdadera prosperidad es la habilidad de dejar que el poder de Dios supla nuestras necesidades sin importar cuáles sean éstas. Esto pone al hombre en una posición de usar a Dios en vez de rendirse a sí mismo para ser usado por Dios. En este punto de vista se da muy poca consideración a la comunión con Dios en vez de descubrir su voluntad. Es verdad que Jesús dijo, “y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14:13).  Pero las Escrituras también enseñan que se debe pedir en armonía con la voluntad de Dios.  “Y esta es la confianza que tenemos en él que, si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho” (1 Juan 5:14,15).

“Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmo 46:10) es todavía un mandato importante. Dios es Dios. Él no rendirá su gloria ni soberanía a nadie. Nadie puede convencer a Dios de que debe obrar. La autoridad del creyente existe sólo en la voluntad de Dios, y es la responsabilidad del creyente descubrirla y conformarla a la voluntad de la soberanía de Dios aun en las cosas que él desea. Las palabras de Pablo aún son aplicables: “Por tanto, no seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Efesios 5:17). Cuando los creyentes reconocen la soberanía divina y se preocupan debidamente con la voluntad divina, no hablarán en términos de obligar a Dios ni de usar el poder de Dios. Hablarán de convertirse en siervos obedientes. Desearán ser instrumentos en las manos de Dios.

RHEMA Y LOGOS.

Los defensores de la doctrina de la confesión positiva no sólo traicionan el sentido del texto bíblico, sino que van un paso más allá distorsionando el significa de ciertas palabras en los idiomas originales. Tal es el caso de los vocablos logos y rhema. Desde los años 1970 ha circulado una enseñanza que afirma que los dos vocablos griegos que expresan la idea de “palabra” en el Nuevo Testamento, Rhema y Logos, son marcadamente diferentes uno del otro.  Esto supuestamente nos revelaría que en verdad hay dos clases de “palabra de Dios” (una escrita, la otra hablada) y que todo creyente necesita conocer esta distinción y como aplicarla. La enseñanza “Palabras RHEMA” consiste fundamentalmente de las siguientes proposiciones:

  • Existe en las Escrituras una marcada distinción de uso y significado entre las dos palabras “LOGOS” y “RHEMA”.
  • La palabra “LOGOS” se refiere a la revelación objetiva, es la Palabra eterna de Dios, es la Palabra escrita, absoluta para todo creyente en todo lugar.
  • La palabra “RHEMA” se refiere a la revelación subjetiva, contemporánea, particular para una persona. Es la palabra hablada.  Una profecía, palabra de ciencia o sabiduría se ha de considerar una “palabra RHEMA”.  Una lectura de las Escrituras a viva voz, con fe y convicción también puede ser “palabra RHEMA”.
  • Si el creyente toma una palabra LOGOS, y la confiesa en fe como una palabra RHEMA, esa palabra adquiere poderes creativos, para hacer cumplirse una visión, sanar enfermos, traer prosperidad y cosas por el estilo.

Un ejemplo de esta enseñanza se encuentra en el libro “Apóstoles, Profetas y los Movimientos Venideros de Dios” (Bill Hamon, 1997, pags. 284-285). De acuerdo con dicho libro:

  1. “LOGOS” es la Palabra de Dios inefable, inerrante, creativa e inspirada. (2 Timoteo 3:16; 1 Corintios 2:13). Logos es la Palabra de Dios escrita entera, la Santa Biblia. Es la revelación completa de Dios como aparece en las Escrituras.
  2. Una palabra RHEMA es una palabra o ilustración que Dios nos habla directamente, y que concierne nuestra situación personal o particular. Es una palabra oportuna e inspirada por el Espíritu Santo del LOGOS que trae vida, poder y fe para realizarla y cumplirla. (Efesios 6:17, “la espada del Espíritu que es el RHEMA de Dios”). Puede ser recibida mediante otros como una palabra profética, o como una iluminación dada directamente a uno en su tiempo de meditación personal en la Biblia o en la oración.
  3. El LOGOS es la Palabra fija de Dios, las Escrituras, y el RHEMA es una porción particular del LOGOS sacada a luz por el Espíritu Santo para ser aplicada directamente a algo de nuestra experiencia personal.

Los defensores de la confesión positiva, así sea que lo admitan o no, tienen un concepto degradado de la Biblia. Según su interpretación, la Biblia es, objetivamente, la Palabra de Dios. Pero es la Palabra subjetiva de Dios (el ‘RHEMA’) lo que determina y desencadena una acción divina, y que tiene un poder creativo y regenerador. No basta conocer el ‘LOGOS’ de Dios. Tenemos que recibir el ‘RHEMA’ para poder decir: “Esto es lo que Dios dice”. En esta declaración se aprecia la idea que una palabra “RHEMA” en la boca del creyente tiene un “poder creativo y regenerador.” Dice que “no basta conocer el LOGOS de Dios.” O sea, no basta con estudiar la Biblia. Es necesario recibir una interpretación o sentido de la Palabra escrita que la haga más convincente a nuestras mentes. De ahí nacen los problemas con esta doctrina, pues inculca y motiva al abandono del estudio exegético de la Palabra de Dios y motiva a la interpretación subjetiva y alegórica del texto sagrado. Algunos llevan la doctrina a niveles peores aun al llamar “LOGOS” a las palabras de Dios directamente recibidas por los creyentes de la actualidad, y “RHEMA” a la repetición a viva voz de las mismas como acto creador. En este proceso la Biblia ni tiene lugar, salvo para “confirmar” sus aseveraciones.

De acuerdo con la confesión positiva, el “LOGOS” es la palabra revelacional, la palabra mística, directa que Dios habla al creyente.  El “RHEMA” es la palabra que los creyentes deben decretar o confesar para traer prosperidad y sanidad a esta dimensión. El maestro de la enseñanza “Palabras Rhema”, Kenneth Copeland escribe:

“En tu condición de ser un creyente nacido de nuevo, estás equipado con la Palabra. Tienes el poder de Dios a tu disposición. Al dejar penetrar la Palabra en tu espíritu y al declararlo con tu boca liberas poder espiritual para cambiar cosas en las circunstancias naturales.”   (Kenneth Copeland, El poder de la lengua, pp. 15).

LA VERDAD ACERCA DE “RHEMA”  Y “LOGOS”

Aunque es cierto que en el griego existen ambas palabras LOGOS y RHEMA, y que ambas se usan en el Nuevo Testamento, no existe la distinción alegada entre las mismas. Los defensores de la confesión positiva hacen una distinción inexistente entre ambas palabras, afirmando que la primera se refiere a la palabra escrita. La segunda, a lo que se dice en fe. Según este punto de vista, lo que se dice en fe es inspirado y toma el poder de Dios, pero hay dos problemas grandes con esta distinción:

  1. Primero, la distinción no es justificada por su uso en el griego del Nuevo Testamento ni en la Septuaginta (La versión griega del Antiguo Testamento). Las dos palabras se usan sinónimamente. En el caso de la Septuaginta, las dos, rhema y logos, se usan para traducir la palabra hebrea “dabar” que se emplea en varias maneras relativas a la comunicación. Por ejemplo, la palabra “dabar” (traducida, palabra de Dios) se usa en Jeremías 1:1 y 2. Aun en la Septuaginta se traduce como rhema en el versículo 1 y logos en el versículo 2. En el Nuevo Testamento las palabras rhema y logos se usan intercambiablemente. Esto se puede ver en pasajes como 1 Pedro 1:23,25.  En el versículo 23, es la palabra logos de Dios que… permanece para siempre. En el versículo 25, “la rhema del Señor permanece para siempre”. Otra vez en Efesios 5:26 los creyentes son limpios “en el lavamiento del agua por la rhema”.  En Juan 15:3 los creyentes son “limpios por medio del logos”. Las distinciones entre logos y rhema no pueden ser sostenidas por la evidencia bíblica. La palabra de Dios, ya sea en logos o rhema, es inspirada, eterna, dinámica, y milagrosa. Sea que la palabra sea dicha o escrita no altera su carácter esencial. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16,17).
  2. Hay también un segundo problema entre aquellos que hacen una distinción entre las palabras logos y rhema. Pasajes de las Escrituras a veces son seleccionados sin pensar en el contexto o analogía de fe, y dicen estar hablando en fe. Con este tipo de aplicación del llamado “principio rhema”, los partidarios se preocupan más en hacer que la Palabra signifique lo que ellos quieren en vez de dejar que la Palabra signifique lo que ella quiere que ellos entiendan. A veces es muy obvio que aman a Dios más por lo que Él hace por ellos que por quién Él es. Es muy importante para los creyentes eludir cualquier forma de existencialismo cristiano, que separa del contexto pasajes de las Escrituras o hace algunos pasajes eternos y otros contemporáneos.

SEMBRANDO ORGULLO, ARROGANCIA Y PEDANTERÍA ESPIRITUAL.

Al revisar los esfuerzos de aquellos que defienden la enseñanza de la confesión positiva, es evidente que la básica apelación es para aquellos que ya son cristianos y que viven en una sociedad de abundancia. Ellos animan a cierto elitismo espiritual entre sus seguidores. El orgullo, la arrogancia, el amor al dinero, la pedantería espiritual y la vanidad tienden a ser fruto de esta teología. Pero ¿Es este el fruto que debe producir la teología cristiana? Definitivamente no. La prueba del fruto todavía es una manera de determinar si un maestro o enseñanza es de Dios o del hombre. “Así que, por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).

La confesión positiva mide la condición espiritual del creyente prioritariamente en términos de dinero, éxito y bienes materiales. Se fomenta el materialismo individualista más que el ánimo de bendecir a otros.  Los maestros de la “confesión positiva Rhema” afirman que los apóstoles y hasta Jesús fueron todos hombres muy adinerados y que todo creyente con fe debe serlo también.  Toman al saludo personal de 3 Juan 2 como una promesa divina de absoluta salud y riquezas como “derecho divino” de todo creyente.  Ignoran el consejo de Cristo de Lucas 12:22-31 de no afanarnos por las mismas cosas que se afanan los del mundo. Además, da una respuesta simplista y antibíblica frente a las instancias de sufrimiento en la vida del creyente. Si un creyente admite estar pasando por una dificultad o enfermedad, los maestros del RHEMA en seguida le dirán cosas como: “¡No digas que estás enfermo! ¡Confiesa que ya estás sano!”  Si no hay un milagro de sanidad o prosperidad la explicación siempre es: “Te faltó fe”, “Dejaste de confesar positivamente y usaste palabras negativas” o “Tienes un pecado encubierto que no quieres confesar.”  Ridiculizan a quien ora “que se haga la voluntad de Dios”. Esta corriente ignora las cuantiosas y sabias expresiones neotestamentarias sobre las maneras y propósitos que se dan en el sufrimiento en la vida del creyente.  (2 Timoteo 2:1-13; Hebreos 10:32-39; 11:35-38; Santiago 1:2-4; 1 Pedro 3:8-17; 4:12-19; Apocalipsis 2:8-11).

La confesión positiva distorsiona la doctrina de la revelación divina y la inspiración de las Sagradas Escrituras. Se cree poseer una revelación mayor que los escritores bíblicos, cosa que resulta en doctrinas nuevas y extrañas. Eso es característico de las sectas, no de una verdadera iglesia cristiana. La confesión positiva fomenta también conductas irresponsables bajo el pretexto de confiar en el poder de la confesión de palabras “RHEMA”. Por ejemplo:  El matrimonio de Larry y Lucky Parker, norteamericanos fieles seguidores de la enseñanza “Palabra RHEMA”, dejaron morir a su hijo diabético Wesley, al rehusar que se le diera insulina, convencidos por las palabras RHEMA que habían confesado en fe, que ya estaba sano. El niño cayó en estado de coma diabético, cosa que sus padres tomaron como un engaño satánico para quebrar su fe en la palabra RHEMA. Después de la muerte del niño, los padres no celebraron un funeral, sino un “culto de resurrección” esperando que así viniese el cumplimiento del RHEMA. El niño no resucitó. Los padres fueron condenados por maltrato de menores, pero en vez de una posible condena de 25 años de prisión recibieron una sentencia de cinco años que luego fue conmutada por misericordia de parte del juez.  Lamentablemente han sucedido varios casos como este en los Estados Unidos durante los últimos años. (D.R. McDonnell, Un Evangelio diferente. (Massachussets: Hendrikson, 1988, p.81).

APLICACIÓN UNIVERSAL.

Otro punto en contra de la confesión positiva es su aplicación limitada. Un examen práctico de la validez bíblica de una creencia es si tiene una aplicación universal. ¿Tiene la enseñanza significado sólo para aquellos que viven acaudaladamente en una sociedad? ¿O también da resultado entre los refugiados del mundo?  ¿Qué aplicación tienen las enseñanzas a los creyentes encarcelados por su fe por gobiernos ateos? ¿Son esos creyentes menos porque sufren un martirio o tienen heridas físicas y están en las manos de crueles e implacables dictadores?

La verdad de la Palabra de Dios tiene una aplicación universal.  Es tan efectiva en los barrios como en los suburbios.  Es tan efectiva en la selva como en la ciudad. Es tan efectiva en otros países como en nuestra propia nación.  Es tan efectiva en naciones con privaciones materiales como en las ricas.

CONCLUSIÓN.

Cuando se considera cualquier doctrina siempre es necesario preguntarnos si está en armonía con las enseñanzas totales de las Escrituras. La doctrina basada en menos de un punto de vista holístico de verdades bíblicas sólo puede dañar la causa del Señor. Muchas veces puede ser más perjudicial que los puntos de vista que rechazan enteramente las Escrituras. Alguna gente aceptará más fácil algo como verdad si está escrito en la Palabra de Dios, aunque la enseñanza sea extrema o contradiga otros principios bíblicos.

La Palabra de Dios sí enseña grandes verdades como sanidad, provisión a los necesitados, fe y autoridad de los creyentes. La Biblia enseña que una mente disciplinada es un factor importante para una vida victoriosa. Pero estas verdades deben siempre considerarse como la estructura de todas las enseñanzas de las Escrituras. Cuando hay abuso, hay también a veces la tentación de retractarse de estas grandes verdades de la Palabra de Dios.  En algunos casos la gente pierde a Dios en su totalidad cuando descubre que su énfasis exagerado no siempre corresponde a sus expectaciones ni resulta en la liberación de los problemas. El hecho de que se desarrollen aberraciones doctrinales, sin embargo, no es razón de que se las rechace o de permanecer en silencio al respecto. Los siervos de Dios deben con fe declarar todo el consejo de Dios.