No es raro toparse, en estos días de entusiasmo restauracionista, con algún ferviente defensor del movimiento de raíces hebreas. Con la seguridad del que ha encontrado la llave maestra de la fe, nos corrige el nombre de Jesús por el de Yeshua, nos reprende por decir «Dios» en lugar de Elohim, nos exige que saludemos con Shalom y que invoquemos al Ruach en vez del Espíritu Santo. Todo bajo el argumento de que el hebreo es la única lengua sagrada: la lengua de Adán, la lengua de Dios y la lengua del cielo.