Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Vida Espiritual

¡No te rindas!

Por: Fernando E. Alvarado.

Albert Einstein Uno de los mayores científicos de la historia pasó por los primeros años de su educación sin pena ni gloria. No aprendió a hablar hasta los tres años de edad, por lo que sus profesores del colegio llegaron a pensar que tenía un retraso. Durante sus años en el Instituto alemán, que acabó dejando antes de terminar, un profesor le dijo que “nunca conseguiría nada en la vida”. A los 16 años se le denegó inicialmente la entrada en la Escuela Politécnica de Zúrich al obtener muy malos resultados en una asignatura de letras en la prueba de acceso. Sin embargo, consiguió finalizar sus estudios de bachillerato y se matriculó en la Escuela de orientación matemática y científica. Tras graduarse en 1900 no encontró trabajo en la Universidad y tuvo que ejercer como tutor en diferentes ciudades. No fue hasta comenzar el doctorado varios años después, cuando empezó a despertar el reconocimiento público, hasta que en 1921 ganó el Premio Novel de Física. Nunca se rindió, hasta lograr sus objetivos, pues Albert Einstein descubrió que hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: Se llama voluntad.

¿Cuántas veces has pensado rendirte ante la crítica, los problemas y los ataques de otros? ¿Alguna vez te han abrumado tanto tus propias debilidades y limitaciones que has pensado que no vale la pena seguir luchando? ¡No te rindas! No estás solo. Todo aquél que ha logrado sus metas ha tenido que enfrentar esos mismos sentimientos de ineptitud, abandono y rechazo en algún momento de su vida. Pero aquellos que creemos en Dios hemos descubierto que no batallamos por nuestra propia cuenta. Albert Einstein contaba con una voluntad firme. Nosotros también deberíamos tenerla, pero lo cierto es que contamos con algo más grande que eso: Dios nos ha garantizado su apoyo constante: “Porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: No temas, yo te ayudaré.” (Isaías 41:13, NVI). ¿Puedes concebir el fracaso con semejante ayuda a tu lado? ¡Jamás! Solo fracasa aquel que se rinde por voluntad propia pues “el hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos.” (Santiago 1:8). La pregunta aquí sería: ¿Qué clase de hombre (o mujer) eres tú?

Devocional, REFLEXIÓN BÍBLICA, Suicidio, Vida Espiritual

El fracaso de una vida sin Jesús.

Por: Fernando E. Alvarado.

Mientras no conozcas a Cristo nada te hará feliz. No importa si practicas una religión. Tampoco importa con quién te cases, cuánto dinero tengas, lo exitosa que sea tu carrera o lo famoso que pienses ser. Nada puede ocupar el lugar de Cristo. La vida de Norma Jean Baker (mejor conocida como Marilyn Monroe) es el perfecto ejemplo de ello. A pesar de ser un icono de la cultura popular de su época, ella nunca fue feliz. De hecho, terminó suicidándose. Quizá te preguntes: ¿Cómo es posible que una chica que tenía éxito, fama, dinero y belleza, llegará al punto de suicidarse? Ciertamente Norma Jean tenía todo eso, pero más allá de las apariencias ella era miserable: En su búsqueda de un amor paterno que nunca conoció, Marilyn se casó a los 16 años (la edad mínima a la que se podía contraer matrimonio según la legislación de California), con un hombre mucho mayor que ella. Todo para escapar de la tutela del estado, tras haber sido acogida en distintas familias, puesto que era de padre desconocido y su madre mentalmente inestable. Sus dos siguientes maridos (el deportista DiMaggio, con quien estuvo casada sólo unos meses, y el escritor judío Arthur Miller) también fueron mucho mayores que ella. En muchos sentidos, Marilyn continuaba siendo una niña que buscaba con desesperación sustituir el amor y la figura del padre que siempre había deseado. Desafortunadamente nunca encontró lo que buscaba.

Marilyn Monroe

¿Acaso Marilyn no sabía que Dios la amaba? Muy probablemente lo sabía, pero por alguna razón nunca pudo entregarse al único amor que podía satisfacer todas sus necesidades y anhelos. Marilyn creció en un ambiente religioso: Su abuela fue bautizada por Aimee Semple McPherson, la fundadora de la Iglesia Pentecostal del Evangelio Cuadrangular. Más tarde, una de sus familias adoptivas la educó en la Iglesia Pentecostal Unida. Marilyn iba con ellos a la escuela dominical los domingos por la mañana y los miércoles por la noche a otra reunión de la iglesia. Pero tener religión no basta. Sin una relación personal con Jesucristo, incluso asistir a la iglesia se vuelve un mero ritual vacío y sin sentido. Marilyn estaba llena de religión, pero vacía de Dios. Su madre y su tía (con quien vivió en la adolescencia) la educaron en las enseñanzas de la Ciencia Cristiana, la religión fundada por Mary Baker Eddy en el siglo XIX. Sin embargo, en su intento por ganar el amor de otro hombre, Marilyn se convirtió al judaísmo. Pero incluso esa religión terminó por defraudar sus expectativas. A cambio, Marilyn adoptó la psicología freudiana, el psicoanálisis, como camino a la felicidad. Sin embargo, la utopía terminó en 1956, cuando descubrió en el diario de su esposo que él estaba decepcionado de ella, que sentía vergüenza de su comportamiento y hasta dudaba de su amor por Marilyn. Conmocionada, la actriz (que en ese momento estaba embarazada) sufrió un aborto ese verano. Todo terminó en un nuevo divorcio en 1961. Desesperanzada, la actriz entra voluntariamente en una clínica psiquiátrica llamada Payne Whitney, por su creciente dependencia del alcohol y las pastillas. Una serie de malentendidos hace que la llevan a una celda de aislamiento. Desde allí fue traslada al Centro Médico Presbiteriano de la Universidad de Columbia. Su “pesadilla” entonces es terminar en un hospital psiquiátrico como su abuela y su madre, por una locura familiar hereditaria. El temor a volverse loca la lleva a suicidarse el 5 de agosto de 1962. El psicoanálisis no pudo salvarla…

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¿Por qué terminó así? Porque Marilyn buscaba el amor en el lugar equivocado. Ella no quiso darse cuenta que sin Dios la vida no tiene sentido. Pero ella no es la única: Muchos hoy hacen lo mismo. Pero la verdad es que, si realmente llegamos a mirar en nuestro corazón, descubriremos que lo que queremos y deseamos tan fuertemente, no lo podemos encontrar en este mundo. Es cierto que hay todo tipo de cosas en este mundo que te ofrecen dártelo, pero no pueden cumplir su promesa. Podemos entonces culparnos a nosotros mismos, y pensar que somos un fracaso, como Marilyn. O, como otros hacen, pensar que el mundo es responsable de todas nuestras frustraciones. Nos podemos endurecer, volvernos cínicos y vacíos, o buscar nuestra vida en Dios. Si buscamos (como Marilyn) nuestra identidad y realización en el trabajo o en una relación amorosa, para conseguir autoestima, seguiremos siempre frustrados. El cristiano no consigue todo lo que busca en esta vida, pero lo espera “cuando Cristo se manifieste”. Porque “entonces nosotros seremos también con él manifestados en gloria” (Colosenses 3:4). Sólo hay un par de brazos que te pueden dar todo lo que tu corazón desea. Los de Cristo crucificado, cuya entrega nos muestra un amor que nunca nos decepciona. Esa es la esperanza que necesitaba Marilyn y nosotros todavía esperamos, el amor que satisface para siempre con Cristo “la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).