El dispensacionalismo contemporáneo, sobre todo en su versión evangélica popular, se ha convertido en un apoyo prácticamente incondicional al Estado de Israel. Ojo: no hablo de solidaridad con el pueblo judío, sino de una adhesión política y teológica que roza la idolatría (Priego Moreno, 2025, pp. 215-218). Este sistema interpreta la historia como una serie de etapas divinas, sostiene que los judíos siguen siendo el pueblo elegido y que las promesas territoriales del Antiguo Testamento deben cumplirse al pie de la letra en la tierra de Israel actual (Sandeen, 1970, p. 58). El resultado es que muchos dispensacionalistas no solo respaldan al Estado judío moderno, sino que ven cualquier crítica o presión diplomática como un ataque directo a Dios. ¿Asentamientos en territorios ocupados? Apoyo sin matices. ¿Desalojos de familias palestinas? Profecía en marcha. Y eso, como pastor, me da asco.
Categoría: Pentecostalismo Clásico
El mito de la antigüedad dispensacionalista: Cuando la historia corrige los créditos
Pocos sistemas teológicos han moldeado tan profundamente el rostro del evangelicalismo contemporáneo como el dispensacionalismo. Su manera de dividir la historia sagrada en épocas cerradas, la distinción tajante que establece entre Israel y la Iglesia, y su particular (y a veces muy imaginativa) interpretación de los eventos finales han colonizado Biblias de estudio, seminarios enteros, sermones dominicales y, sobre todo, la imaginación escatológica de millones de hermanos y hermanas alrededor del mundo. Pero hay un dato que pocos conocen, y que conviene poner sobre la mesa con honestidad: el dispensacionalismo, tal como lo escuchamos predicar hoy, sencillamente no existió antes del siglo XIX. No es una exageración retórica; es un hecho histórico documentado. Como bien anotó Clarence Bass en su ya clásico estudio sobre el tema, este sistema es «un desarrollo relativamente reciente en la historia de la teología» que brilla por su ausencia en la enseñanza de la iglesia primitiva.
Dispensacionalismo y pentecostalismo: Una alianza contra natura
¿Sabías que el cesacionismo, antagonista doctrinal de la teología pentecostal, se arraiga de manera profunda en el dispensacionalismo y depende de sus postulados para sostener su propia validez? Pocas paradojas teológicas resultan tan desconcertantes como la que encierra la relación entre el pentecostalismo y el dispensacionalismo. Este último, marco conceptual que ha servido históricamente de armazón intelectual para el cesacionismo —enemigo declarado de la espiritualidad pentecostal—, es defendido sin embargo con auténtico celo por millones de pentecostales en todo el mundo. La ironía no es menor: abrazan un sistema diseñado, desde sus cimientos, para declarar extinguidas precisamente aquellas experiencias que definen su identidad religiosa. Dicho de otro modo, sostienen con devoción la estructura de un edificio construido con la expresa intención de no albergar las manifestaciones que ellos consideran medulares para la fe.
¿Cuándo comenzó la Iglesia? — ¿Es la iglesia el «Plan B» de Dios ante el fracaso de Israel, o un mero paréntesis en la historia de la redención?
La idea de que la Iglesia constituye un giro inesperado o un plan de contingencia en la historia sagrada carece de sustento cuando se observa la profunda coherencia del proyecto divino. En realidad, la Iglesia no es un fenómeno reciente, sino la maduración de una comunidad de fe que hunde sus raíces en los albores de la humanidad. Desde que Adán y Eva recibieron la promesa del Redentor en el Edén (Génesis 3:15), se puso en marcha un único linaje espiritual. Esta continuidad se fundamenta en que la fe nunca ha cambiado de naturaleza; los antiguos fieles no vivían bajo un sistema de salvación distinto, sino que, como señala el apóstol Pablo, «La Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, anunció de antemano las buenas nuevas a Abraham, diciendo: «En ti serán benditas todas las naciones».» (Gálatas 3:8, NBLA). Ellos se relacionaron con la gracia a través de sombras y símbolos, saludando desde la distancia una realidad que aún no se manifestaba plenamente, pero que ya les pertenecía por promesa (Hebreos 11:13).
La verdadera dispensación — Del significado bíblico al mito del dispensacionalismo
Por más que se busque justificar la existencia de dicho sistema interpretativo, el intento de dividir la historia de la redención en una serie de dispensaciones es un sistema teológico artificial y relativamente reciente que carece de fundamento bíblico sólido. La palabra oikonomía en las Escrituras se refiere a una mayordomía o a un plan, nunca a una era o período. Las contradicciones se hacen evidentes cuando se compara este esquema con la enseñanza bíblica de la salvación por gracia, la unidad de Israel y la iglesia en Cristo, y la consistencia del plan divino a lo largo de toda la historia. Trazar correctamente la palabra de verdad no consiste en imponer una estructura externa sobre el texto, sino en reconocer la unidad progresiva y orgánica del pacto redentor de Dios, que tiene su centro y su culminación en la persona y la obra de Jesucristo. Él es el mismo ayer, hoy y por los siglos.
La razón en la tradición pentecostal: Hacia un evangelio completo en mentes completas
En el corazón del cristianismo evangélico late una convicción profunda: la fe no es solo un asunto del corazón latiendo con emoción, ni una experiencia extática aislada. Es una respuesta total del ser humano al Dios que se revela. Jesús mismo lo resumió: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30, NVI). Esa mención a la mente no es casual. Dios nos creó con capacidad de razonar porque somos imagen suya, y esa razón, aunque herida por el pecado, puede ser redimida y santificada por el Espíritu Santo.
La experiencia como lugar teológico en el pentecostalismo
Quien se asoma por primera vez a una comunidad pentecostal suele quedar desconcertado por aquello que allí ocurre. No es el orden litúrgico lo que llama la atención, ni siquiera la predicación, por intensa que esta pueda ser. Lo que resulta inconfundible es el modo en que la comunidad entiende que Dios sigue hablando, sigue obrando, sigue irrumpiendo. Un testimonio compartido en medio del culto, una palabra de conocimiento pronunciada por un hermano que nunca ha estudiado teología formal, un canto que se convierte en profecía: todo ello conforma el entramado de una experiencia que no es meramente subjetiva, sino que se reconoce como encuentro con el Dios vivo.
Soy pentecostal, pero no de esos…
Algunas personas creen que los Pentecostales somos unos bichos raros descerebrados que entran en ataques incontrolables durante servicios religiosos. Están sorprendidos de saber que muchos de nosotros tenemos grados avanzados, muchos somos profesionales, tenemos nuestros propios negocios, ejercemos cargos públicos y movilizamos una gran cantidad de obras misioneras y de caridad en el mundo. Los Pentecostales componemos más de un cuarto de todos los cristianos hoy en día (tan sólo las Asambleas de Dios, la denominación a la cual me siento orgulloso de pertenecer, cuenta con más de 69 millones de miembros). Pero no te confundas, ni generalices ¡No todos los 'Pentecostales' somos iguales! No pretendas etiquetarnos o reducirnos a tu prejuiciado estereotipo mental
La reinterpretación polémica de las primicias en el pentecostalismo contemporáneo
El antiguo mandato bíblico de ofrendar los primeros y mejores frutos de la cosecha ha encontrado un nuevo hogar en muchas iglesias carismáticas y neopentecostales de hoy. Sin embargo, en este contexto contemporáneo, el concepto ha sido transformado. Ya no se trata de llevar gavillas de trigo al templo, sino de ofrendas monetarias, especialmente al inicio del año nuevo, presentadas como una "siembra de fe" que garantiza una cosecha futura de bendiciones materiales
El Espíritu Santo: el poder invisible que impulsa la misión de la iglesia
La misión de la Iglesia no es un proyecto humano que Dios bendice de vez en cuando. Es una obra divina que Dios realiza a través de vasos de barro llenos de su Espíritu. Sin Él, nuestra adoración es ritualismo vacío, nuestra predicación es ruido, nuestro discipulado es legalismo y nuestro servicio es activismo sin vida. Pero cuando nos rendimos al Espíritu Santo –cuando clamamos, esperamos, obedecemos– entonces la Iglesia se convierte en lo que Jesús soñó: una comunidad que adora con fuego, proclama con autoridad, forma con sabiduría y sirve con compasión.