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Descifrando el mensaje celestial: La urgencia del don de interpretación de lenguas en la vida pentecostal.

Por Fernando E. Alvarado.

El don de lenguas ha sido uno de los aspectos más fascinantes y discutidos del mover del Espíritu Santo en la historia de la iglesia. Como pentecostales, valoramos profundamente este don, reconociendo que se puede manifestar de diferentes maneras, siendo las principales la glosolalia y la xenoglosia. Ambos términos describen formas de hablar en lenguas, pero con significados y aplicaciones ligeramente distintos.

La glosolalia, por ejemplo, se refiere al fenómeno de hablar en un idioma desconocido, no humano, una lengua espiritual que no puede ser identificada por los oyentes. Es lo que encontramos frecuentemente en los contextos pentecostales y carismáticos. Según Pablo, en 1 Corintios 14:2, quien habla en lenguas «no habla a los hombres, sino a Dios», ya que «nadie le entiende». Aquí, la glosolalia se presenta como un acto de comunicación directa con Dios, donde el espíritu ora, aunque la mente quede sin entendimiento.[1] Este tipo de oración en lenguas, aunque no comprensible sin interpretación (también proporcionada de forma sobrenatural), edifica al creyente y conecta su espíritu con el Espíritu de Dios (1 Corintios 14:4).

Por otro lado, la xenoglosia es la capacidad sobrenatural de hablar en un idioma extranjero real, que el hablante no ha aprendido previamente. Un ejemplo claro de xenoglosia lo encontramos en el día de Pentecostés, cuando los discípulos hablaron en lenguas conocidas por los judíos de diferentes regiones que estaban presentes en Jerusalén. Hechos 2:6-8 nos dice que cada uno de los presentes los oía hablar «en su propio idioma». Este evento es uno de los ejemplos más poderosos de cómo Dios usa el don de lenguas no solo para la edificación personal, sino también como una señal para los no creyentes.[2]

Aunque la glosolalia y la xenoglosia son manifestaciones diferentes del don de lenguas, ambas comparten un elemento común: son expresiones sobrenaturales del Espíritu Santo. En ambas formas, el hablante no tiene control consciente sobre el idioma que está hablando; más bien, es el Espíritu quien lo inspira y habilita. La diferencia radica en el público y en el propósito de cada manifestación. Mientras que la glosolalia está orientada principalmente hacia la oración y la adoración, la xenoglosia tiene un impacto evangelístico inmediato, permitiendo que el mensaje de Dios sea entendido sin necesidad de interpretación.[3]

Un punto clave es que ambas manifestaciones son bíblicamente válidas. En el caso de la xenoglosia, ya hemos mencionado Hechos 2 como un ejemplo paradigmático. Pero la glosolalia también tiene un fundamento bíblico sólido, especialmente en las cartas de Pablo. Él no solo permite, sino que alienta el uso de este don, aunque con la advertencia de que debe haber interpretación en el contexto del culto público (1 Corintios 14:27-28). Es ahí en donde reside la importancia del don de interpretación de lenguas, cualquiera que estas sean.

Como pentecostales, somos un pueblo que valora profundamente las manifestaciones del Espíritu Santo en nuestra vida y adoración. Celebramos con gozo el don de lenguas como una señal de la presencia activa de Dios entre nosotros, pero a veces podemos caer en el error de enfocarnos tanto en el hablar en lenguas que descuidamos su interpretación. El don de interpretación de lenguas es igualmente necesario para que el cuerpo de Cristo sea edificado y para que el mensaje que el Espíritu quiere comunicar sea entendido por todos.

Este don no solo es necesario para que nuestras experiencias carismáticas sean ordenadas, sino para que toda la congregación pueda participar plenamente en lo que Dios está haciendo. Sin interpretación, el hablar en lenguas se convierte en un misterio para la mayoría y, aunque es edificante para el que habla, deja a los demás en la oscuridad. Por eso los pentecostales, como pueblo del Espíritu, debemos buscar con diligencia el don de interpretación, reconociendo que solo con su ayuda podemos transformar lo sobrenatural en algo que edifique, inspire y conduzca a todos a una mayor comprensión de la voluntad de Dios para nuestras vidas.

¿EN QUÉ CONSISTE EL DON DE INTERPRETACIÓN DE LENGUAS?

El don de interpretación de lenguas es uno de los dones espirituales descritos en el Nuevo Testamento y se relaciona estrechamente con el don de lenguas. Este don permite a una persona interpretar lo que alguien ha expresado en un idioma desconocido, usualmente en un contexto de adoración o profecía, para la edificación de la iglesia. Para comprenderlo debemos, en primer lugar, considerar lo que las Escrituras nos enseñan sobre este don, tanto en el caso de la glosolalia como de la xenoglosia.

Xenoglosia e interpretación de lenguas

La xenoglosia no suele requerir interpretación porque, como vimos en el caso del día de Pentecostés (Hechos 2:6-8), las personas presentes podían entender claramente lo que los discípulos decían en sus propios idiomas. El propósito de Dios en ese momento fue que los diferentes grupos presentes escucharan el mensaje del evangelio en su lengua materna, lo que evidenció el poder de Dios para comunicar el mensaje sin barreras lingüísticas.[4] Así, la xenoglosia, en su forma más pura, es un don evangelístico que apunta a la comprensión directa del mensaje por parte de la audiencia sin necesidad de interpretación.

Es fascinante considerar que el don de interpretación de lenguas puede funcionar a la inversa de la xenoglosia. Un misionero, por ejemplo, podría llegar a una comunidad donde no conoce el idioma local. Pero en vez de que Dios habilite a dicho misionero para hablar en la lengua nativa de forma sobrenatural (xenoglosia), podría hacer lo opuesto y dar el don de interpretación a uno de los locales que no tiene preparación en el idioma del misionero, permitiéndole que actúe como traductor del mensaje.[5]

En muchos contextos misioneros modernos, hemos escuchado testimonios de personas que, sin formación lingüística, son capaces de interpretar mensajes en idiomas que no conocen. Estos relatos muestran cómo el Espíritu Santo puede obrar de maneras inesperadas, no solo para permitir que alguien hable en un idioma desconocido, sino también para que otros lo comprendan y transmitan su significado a la iglesia para su edificación.[6] En estos casos, la interpretación de lenguas se convierte en una herramienta para la misión y la predicación, asegurando que el mensaje divino no se pierda en la traducción.

La Glosolalia y el don de interpretación de lenguas

En 1 Corintios 12:10, Pablo menciona que a unos se les da el don de lenguas y a otros el don de interpretación de lenguas. La intención de este último don, según Pablo, es proporcionar claridad y entendimiento a lo que de otro modo sería incomprensible para la congregación. Pablo enfatiza que el propósito principal del don de lenguas, y de todos los demás dones espirituales, es la edificación del cuerpo de Cristo. Esto no se puede lograr, en el caso de las lenguas, si no hay una interpretación que haga el mensaje accesible para todos (1 Corintios 14:5). Este énfasis en la interpretación de las lenguas persigue la edificación de la iglesia y recalca la naturaleza comunitaria del culto, donde el entendimiento y la unidad son primordiales.[7]

En el caso particular de la glosolalia, la cual no se limita a una mera capacidad de hablar idiomas humanos conocidos, sino que se extiende a la expresión de lenguajes incomprensibles para el oído humano, a veces considerados lenguas angélicas (1 Corintios 13:1), la intervención divina a través del don de interpretación se vuelve esencial, dado que estos lenguajes no pueden ser comprendidos por medios ordinarios.

En 1 Corintios 14:2, Pablo afirma que quien habla en lenguas «no habla a los hombres, sino a Dios, pues nadie le entiende». Esto sugiere que el lenguaje no pertenece a los idiomas humanos conocidos, sino a una comunicación espiritual entre el individuo y Dios. Por lo tanto, para que el mensaje tenga un impacto en la congregación, es necesario que sea interpretado. Aquí entra el don de interpretación, que según Pablo, permite que la iglesia reciba edificación (1 Corintios 14:5). Sin embargo, debemos tener en cuenta que la interpretación de lenguas no es una simple traducción, sino una revelación del significado divino detrás de las palabras incomprensibles.[8] Dicho de otra manera, la interpretación de lenguas no equivale a una traducción ordinaria.

Mientras que traducir implica transferir un mensaje de un idioma a otro de manera mecánica, la interpretación de lenguas, como se menciona en 1 Corintios 14:13, requiere una revelación sobrenatural. El intérprete actúa como un mediador entre el mensaje divino y la comunidad, decodificando un mensaje que no es accesible a través de la razón humana. Por lo tanto, la interpretación no solo traduce palabras, sino que revela el significado divino.[9] Notamos que, en 1 Corintios 12-14, Pablo distingue la glosolalia de la xenoglosia, resaltando la necesidad de interpretación de origen sobrenatural cuando se trata de lenguas espirituales (si siempre se tratase de xenoglosia, el don de interpretación de lenguas sería innecesario, ya que bastaría son un simple traductor humano con suficientes conocimientos en dicho idioma). Pero para Pablo, la interpretación no es una traducción directa, sino una revelación profética que comunica el mensaje de Dios.[10]

En lengua de ángeles

La posibilidad de que las lenguas sean de origen angélico se menciona en 1 Corintios 13:1, cuando Pablo habla de «las lenguas de los ángeles». Este concepto también está presente en la literatura del Segundo Templo, donde las lenguas angélicas o divinas se ven como una expresión celestial inaccesible sin ayuda divina. En la literatura del Segundo Templo estas se consideraban parte de una tradición mística en la que los humanos podían, en circunstancias especiales, participar en el lenguaje de los ángeles. El uso de lenguas angélicas era un símbolo de pureza espiritual y de una conexión profunda con los misterios divinos.[11]

Por ejemplo, en el Libro de Enoc, se menciona que los ángeles hablan lenguas desconocidas para los humanos y que solo aquellos dotados con sabiduría divina pueden entenderlas.[12] Esto sugiere que la interpretación de tales lenguas no es un ejercicio humano de traducción, sino una intervención sobrenatural. Tanto en el judaísmo del Segundo Templo como en el cristianismo primitivo, los fenómenos sobrenaturales, incluidos los dones espirituales, se consideraban manifestaciones divinas que requerían comprensión especial. Textos como los Salmos de Salomón y los Manuscritos del Mar Muerto sugieren que la revelación de Dios, ya sea a través de visiones, profecías o lenguas, era accesible solo a los elegidos con dones espirituales específicos. Esta comprensión permeó el cristianismo primitivo, donde los apóstoles y primeros creyentes valoraban la interpretación de lenguas como una forma de discernir los misterios de Dios.[13]

En otro texto apócrifo, el Testamento de Job, se nos describe un evento en el que Job, antes de morir, entrega a sus hijas cintas especiales que les otorgan habilidades sobrenaturales, una de las cuales es la capacidad de hablar en lenguas angelicales. Las hijas de Job no solo se comunican entre sí, sino que también alaban a Dios en estos lenguajes celestiales. Según este texto, las cintas les fueron dadas directamente por Dios, simbolizando un regalo divino que va más allá del entendimiento humano.[14] Esto refleja la naturaleza sobrenatural de la glosolalia, no solo como era considerada en el cristianismo primitivo, sino también en el judaísmo del segundo templo del cual los primeros cristianos tomaron muchas de sus ideas.

¿Mera traducción?

Sobra decir que la habilidad para hablar lenguas no era considerada por ellos como una habilidad humana, sino un don directo de Dios. Del mismo modo, las lenguas angélicas en el Testamento de Job no eran simplemente palabras que podían ser traducidas, sino expresiones divinas que solo podían ser comprendidas en su totalidad a través de una intervención divina.[15] Este concepto de interpretación sobrenatural está profundamente arraigado tanto en el judaísmo del Segundo Templo como en el cristianismo primitivo, evidenciando que la glosolalia, como un lenguaje espiritual o incluso angelical, requiere intervención divina para su comprensión.

El contexto bíblico también nos muestra que la interpretación de lenguas no es simplemente una traducción literal. Se trata más bien de una interpretación inspirada por el Espíritu Santo, que comunica el mensaje y la intención de lo que se ha hablado en lenguas. De esta manera, el don no depende del conocimiento humano del idioma, sino de la revelación divina. Como Pablo explica en 1 Corintios 14:13, aquel que habla en lenguas debe orar para poder interpretarlas, lo que indica una dependencia total en el Espíritu Santo para que el mensaje sea comprendido.[16] La interpretación de lenguas, por lo tanto, más allá de ser una mera traducción, es un acto de revelación sobrenatural que trae un mensaje divino a la congregación.

La norma paulina sobre la glosolalia y el don de interpretación de lenguas

En 1 Corintios 14:27-28, Pablo da instrucciones específicas sobre cómo se debe practicar este don en el culto público. Si alguien habla en lenguas, debe haber un intérprete; de lo contrario, el hablante debe guardar silencio. Estas directrices nos revelan la preocupación del apóstol por mantener el orden en el culto y asegurar que todo lo que ocurra dentro del contexto de adoración sea comprensible y edificante para los presentes. Pablo subraya que Dios no es un Dios de confusión, sino de paz (1 Corintios 14:33), lo que refuerza la importancia de la interpretación para garantizar que todos sean beneficiados.[17]

Al estudiar las instrucciones paulinas, no debemos perder de vista que la iglesia en Corinto era conocida por su fervor en la manifestación de dones espirituales, especialmente el don de lenguas. Sin embargo, este fervor también generaba desorden en los servicios, ya que muchos hablaban en lenguas dentro de los servicios de adoración comunitarios, en cualquier momento e interfiriendo con la liturgia normal, sin que hubiera interpretación. Esto llevaba a la confusión entre los creyentes y los no creyentes presentes que ocasionalmente asistían a las reuniones cristianas. Pablo escribe en 1 Corintios 14 para corregir este abuso y proporcionar una estructura que promueva la edificación de la iglesia. Sin embargo, la preocupación de Pablo no era reprimir el don, sino canalizar su uso de una manera que beneficiara a todos los presentes.[18]

Si no hay interpretación, el mensaje en lenguas no puede edificar, ya que permanece incomprensible para la congregación.[19] Es por eso que Pablo pone énfasis en la necesidad de que el don sea inteligible y que contribuya al bien común. Y es ahí donde la interpretación de lenguas es clave para que el don de lenguas tenga un valor en el culto público. Pablo afirma que, si alguien habla en lenguas, «que hable dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete» (1 Corintios 14:27). Esto muestra que la interpretación no es opcional, sino que es un requisito para que la congregación sea edificada. La interpretación permite que lo dicho en lenguas sea comprendido y aplicado de manera significativa. El acto de interpretar convierte lo que de otra manera sería una experiencia privada en un mensaje profético que puede ser recibido por toda la iglesia.[20]

Pablo insiste en que el culto debe desarrollarse en orden y de manera comprensible. En 1 Corintios 14:33, afirma que «Dios no es un Dios de confusión, sino de paz», refiriéndose al caos que puede surgir cuando varios individuos hablan en lenguas simultáneamente sin interpretación. Esto contrasta con la imagen de un culto ordenado en el que cada creyente participa de manera controlada y con el propósito de edificar. Pablo establece que las lenguas no deben ser usadas de forma descontrolada o en exceso, sino en un número limitado de personas y siempre con la mediación de la interpretación.[21]

El principio rector que Pablo establece para el uso del don de lenguas es la edificación mutua. En 1 Corintios 14:12, él exhorta a los corintios a que, si buscan los dones espirituales, deben aspirar a aquellos que edifiquen a la iglesia. Aunque el don de lenguas es valioso como expresión espiritual, su uso sin interpretación en el culto público puede ser perjudicial si no beneficia a la congregación. El enfoque de Pablo está en la comunidad; cualquier manifestación del Espíritu debe ser juzgada por su capacidad de fortalecer a los demás, no solo al individuo.[22]

Esta debería ser la norma para toda reunión de adoración comunitaria, particularmente cuando no creyentes participen de ella. Sin embargo, hay excepciones o consideraciones especiales que no deben ser ignoradas.

Pablo no nos mandó callar las lenguas

Los cesacionistas suelen argumentar que, dado que en muchos contextos contemporáneos no hay intérprete, el don de lenguas ya no tiene un lugar válido en el culto. Esto se deriva de una lectura estricta de 1 Corintios 14:28, donde la falta de un intérprete llevaría a la conclusión de que las lenguas no deben practicarse. Sin embargo, esta postura no toma en cuenta la naturaleza de las instrucciones de Pablo, que están diseñadas para el contexto de adoración pública, no para eliminar la práctica del don en general. La declaración de Pablo en 1 Corintios 14:39, «no impidáis el hablar en lenguas», refuerza que el don tiene valor, incluso si su uso debe ser regulado en ciertos contextos.[23] En 1 Corintios 14:28, Pablo instruye que si no hay intérprete presente en el culto público, «calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios». Algunos opositores al continuismo argumentan que esta instrucción anula la práctica contemporánea de hablar en lenguas, afirmando que la falta de intérpretes hace que esta manifestación espiritual sea inválida. Sin embargo, este enfoque cesacionista ignora la enseñanza completa de Pablo sobre el don de lenguas y su contexto.

La enseñanza de Pablo en 1 Corintios 14:28 no debe interpretarse como una prohibición general del uso del don de lenguas, sino como una instrucción para asegurar que todo se haga en orden y con el propósito de edificar a la iglesia. Pablo mismo declara: «Doy gracias a Dios que hablo en lenguas más que todos vosotros» (1 Corintios 14:18). Esto demuestra que Pablo valora el don de lenguas, pero está interesado en que su uso sea provechoso en el contexto congregacional.[24] Por lo tanto, cuando Pablo dice que si no hay intérprete, se debe orar «para sí mismo y para Dios», no está silenciando el don de lenguas en términos absolutos, sino moderando su expresión en público para evitar confusión. Pablo reconoce explícitamente el valor del don de lenguas en la oración personal: «El que habla en lenguas, a sí mismo se edifica» (1 Corintios 14:4). Aunque la edificación personal no debe ser el enfoque principal en el culto público, no significa que carezca de valor. Para el creyente, el don de lenguas puede ser una expresión íntima de adoración y comunicación directa con Dios. Desde la perspectiva bíblica y pentecostal, el don de lenguas es una herramienta válida para la vida devocional, permitiendo una conexión más profunda con el Espíritu Santo.[25]

El Espíritu Santo no observó la norma paulina en todos los casos

En varios pasajes del Nuevo Testamento, vemos que el don de lenguas se manifiesta sin la necesidad de un intérprete, ya que el contexto no es una reunión pública de adoración, sino una experiencia personal o de búsqueda espiritual. Un ejemplo notable es el de Cornelio y su casa en Hechos 10:44-46, donde el Espíritu Santo cae sobre todos los presentes y comienzan a hablar en lenguas sin que se mencione a un intérprete. Del mismo modo, en Hechos 19:6, cuando Pablo impone las manos sobre los discípulos en Éfeso, estos reciben el Espíritu Santo y hablan en lenguas, nuevamente sin necesidad de interpretación.

Estos pasajes ilustran que en contextos privados y situaciones especiales, el don de lenguas puede manifestarse sin la necesidad de un intérprete, ya que el propósito en esos casos es la experiencia personal del Espíritu Santo y no la edificación pública. Tal es el caso de muchas de nuestras reuniones de adoración pentecostal, donde nos consagramos a la oración, el ayuno y la búsqueda de la llenura del Espíritu Santo ¿Por qué deberíamos limitar al Espíritu Santo y sus manifestaciones en tales circunstancias?

No todo se trata de adoración pública

Las normativas de Pablo sobre el don de lenguas en 1 Corintios 14 se centran específicamente en el contexto del culto público o las reuniones congregacionales, donde la edificación mutua y la comprensión son esenciales para que todos los participantes puedan beneficiarse espiritualmente. Sin embargo, estas regulaciones no necesariamente se aplican en otros contextos como los retiros espirituales, la oración privada, ayunos o reuniones de oración, donde el propósito y la dinámica son diferentes.

En la oración privada, el individuo está en comunión personal con Dios. Pablo reconoce que el que habla en lenguas «habla a Dios» (1 Cor. 14:2), incluso cuando no hay entendimiento. En 1 Corintios 14:28, él mismo indica que si no hay intérprete en una reunión pública, el que hable en lenguas debe «hablar para sí mismo y para Dios». Esto implica que, en contextos privados o no congregacionales, las lenguas no requieren interpretación porque el propósito es la edificación personal (1 Cor. 14:4). La oración en lenguas en privado tiene un carácter devocional, donde el orante, bajo la dirección del Espíritu, intercede o alaba sin la necesidad de transmitir un mensaje a otros.

En retiros espirituales y reuniones de oración, las dinámicas también son muy distintas a las del culto público. Estos encuentros suelen tener un enfoque en la búsqueda profunda de Dios, la comunión íntima con el Espíritu Santo y la intercesión. El propósito principal no es la enseñanza o la edificación congregacional como en una reunión formal, sino una experiencia personal y comunitaria con Dios. En estos espacios, hablar en lenguas no interrumpe la edificación colectiva, ya que todos los presentes están enfocados en el encuentro espiritual. De hecho, en estos contextos, la libertad para usar el don de lenguas puede ser parte integral de la experiencia de comunión con Dios y la liberación espiritual.

Los ayunos también son momentos profundamente personales donde el creyente se enfoca en el crecimiento espiritual, la búsqueda de la voluntad de Dios y la intimidad con Él. En este contexto, el hablar en lenguas puede ser una expresión del alma que se dirige a Dios sin necesidad de entendimiento racional o interpretación, ya que el objetivo es un acto de adoración y entrega personal. Pablo mismo valora este tipo de oración y comunión con Dios en su vida personal (1 Cor. 14:18).

En síntesis, podemos decir que Pablo no prohíbe el uso del don de lenguas fuera del culto público. De hecho, en 1 Corintios 14:39, él claramente instruye: “no prohíban hablar en lenguas”. Esto confirma que las lenguas tienen un lugar legítimo en la vida cristiana, tanto en la adoración privada como en otros contextos espirituales. Lo que Pablo pide es que en el culto público se ejerza con orden y bajo las condiciones adecuadas, para que todos los presentes puedan ser edificados (1 Cor. 14:26). Nada más, nada menos.

¿Cuál debería ser el proceder de un creyente que, en medio de la adoración pública experimenta una visitación del Espíritu Santo y comienza a hablar en lenguas? ¿Debería continuar ejerciendo el don a pesar de la liturgia que se desarrolla a su alrededor e interrumpir los servicios de adoración? ¿Debería continuar orando en lenguas pero de forma más discreta? ¿O deberíamos anular el don de lenguas so pretexto de que no siempre hay un intérprete que las traduzca?

CESACIONISTAS ¡DEJEN DE TORCER LAS PALABRAS DE PABLO!

Pablo deja claro que el culto público debe ser ordenado y comprensible para todos. Si no hay intérprete, dice, «calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios» (1 Corintios 14:28). Sin embargo, Pablo no era cesacionista (creo, sin duda, que Pablo aborrecería dicha doctrina y la calificaría como una herejía destructiva), ni mucho menos está mandando silenciar el don de lenguas de manera definitiva. Por el contrario, Pablo reconoce su valor incluso cuando no hay interpretación, pero sugiere que, en ese caso, el hablante debe orar en silencio, dirigiéndose a Dios sin interrumpir el orden de la asamblea. Pablo no exige que se deje de orar en lenguas; más bien, propone una forma discreta de hacerlo cuando no hay intérprete.

Hablar «para sí mismo» implica que la persona puede continuar orando en lenguas, pero de manera discreta, sin interrumpir el orden del servicio público. Esto permite que el individuo continúe su expresión espiritual sin causar desorden, mientras mantiene el enfoque en la edificación de la comunidad.[26] Para Pablo, las lenguas son valiosas (con o sin interpretación). Aunque los oyentes no entienden las lenguas, el hablante se comunica con Dios, quien sí las comprende.

Como pentecostales, no debemos limitar nuestra ejercicio de los dones espirituales por las opiniones sesgadas de quienes, bajo el nombre de cesacionistas, se oponen al mover del Espíritu. La Biblia enseña que el don de lenguas y el don de interpretación son dones distintos y que la ausencia de uno de ellos en un momento específico no anula la realidad o necesidad del otro. En 1 Corintios 12:10, se establece que a algunos se les otorga el don de lenguas y a otros el don de interpretación. La distribución de los dones es un acto soberano del Espíritu Santo (1 Corintios 12:11).

Contrario a lo que muchos cesacionistas enseñan y pretenden volver norma, Pablo nunca impone que una persona deba tener ambos dones, y es claro que no es pecado hablar en lenguas si uno no tiene el don de interpretación. Su enseñanza es equilibrada: valora las lenguas en la vida privada del creyente y las regula en el contexto comunitario, asegurando que el culto sea comprensible y edificante para todos. Pablo no prohíbe hablar en lenguas en ninguna parte de sus cartas. En 1 Corintios 14:39, dice explícitamente: “Así que, hermanos, procuren profetizar, y no prohíban hablar en lenguas”. ¿Por qué los cesacionistas ignoran a conveniencia este mandato de Pablo?

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS


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[2] Hodge, C. (1994). An Exposition of the First Epistle to the Corinthians. Baker Book House, p. 173, p. 45.

[3] Thiselton, A. C. (2000). The First Epistle to the Corinthians: A Commentary on the Greek Text. Wm. B. Eerdmans Publishing, p. 789.

[4] Fee, G. D. (2014). The First Epistle to the Corinthians (Rev. ed.). Wm. B. Eerdmans Publishing, p. 157.

[5] Hodge, 1994, p. 196.

[6] Fee, 2014, p. 376.

[7] Hodge, C. (1994). An Exposition of the First Epistle to the Corinthians. Baker Book House, p. 173.

[8] Fee, 2014, p. 368.

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[12] Charles, R. H. (2012). The Book of Enoch: Together with a Reprint of the Greek Fragments. London: SPCK, p. 114.

[13] Davila, 2005), p. 89.

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[15] Loader, W. (2017). The Pseudepigrapha on Sexuality: Attitudes towards Sexuality in Apocalyptic and Related Literature. Grand Rapids: Eerdmans, p. 134.

[16] Thiselton, 2000, p. 1089.

[17] Fee, 2014, p. 228.

[18] Garland, D. E. (2003). 1 Corinthians. Grand Rapids: Baker Academic, p. 473.

[19] Fee, 2014, p. 631.

[20] Thiselton, 2000, p. 1107.

[21] Garland, 2003, p. 481.

[22] Fee, 2014, p. 635.

[23] Thiselton, 2000, p. 1143.

[24] Fee, 2014, p. 664.

[25] Fee, 2014, p. 666.

[26] Garland, 2003, p. 675.

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