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Israel, Palestina y el derecho divino sobre la Tierra Santa

𝘗𝘰𝘳 𝘍𝘦𝘳𝘯𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘌. 𝘈𝘭𝘷𝘢𝘳𝘢𝘥𝘰

¿Con quién deberían alinearse los cristianos en el conflicto judeo-palestino? ¿A favor de Israel, o de Palestina? La verdad es: Con ninguno (y con ambos a la vez). ¿Tiene Israel un derecho divino sobre el territorio que ocupa actualmente? Ese es un tema complejo que te invito a estudiar en este artículo.

Es innegable que muchos evangélicos – en su amor por el pueblo judío — defienden desde la Biblia al actual estado israelí. Por los mismos argumentos, rechazan los reclamos palestinos de una parte del territorio que antes ocupaban. Estos evangélicos ven la formación del estado israelí como un evidente cumplimiento profético, maravilloso e impactante, y hasta una prueba de la veracidad de la Biblia. Es, para ellos, también una señal de la pronta venida de Cristo. En esa teología sionista-evangélica, “Israel es el reloj profético de Dios” y, por lo tanto, lo que suceda en Israel o con respecto a Israel, tiene un significado profundo y transcendental para todo el mundo. Aunque dicha interpretación es cuestionable, no es mi intención rebatirla por ahora. Mi intención, más bien, es abogar por la imparcialidad y el trato justo y libre de prejuicios hacia ambos pueblos; sin que nuestro amor por Israel (lo cual es correcto), o nuestra islamofobia, afecten nuestro juicio moral.

Existen razones bíblicas para tratar ambas partes con justicia, compasión e imparcialidad, tal como lo haríamos si las partes en conflicto fueran distintas, e Israel no estuviera involucrado ¿Por qué digo esto? Porque pareciera que a los cristianos ¡nos cuesta juzgar con rectitud cuando de Israel se trata! Como si nuestra brújula moral se desorientara y, al tratarse de Israel, preferimos mirar para otro lado y nos negamos a emitir juicio condenatorio, temiendo algún castigo o maldición divina. Estamos programados teológicamente para amar a Israel, y eso está bien. Lo que no está bien es juzgar parcial e injustamente las circunstancias, pues la Palabra nos manda “Miren más allá de la superficie, para poder juzgar correctamente” (Juan 7:24, NTV). Y para ello hay ciertas verdades bíblicas que debemos considerar:

(1.- Bajo el Antiguo pacto, Dios eligió a Israel de entre todas las naciones del mundo para ser el centro de especial bendición en la historia de la redención que culminó en Jesucristo, el Mesías. “Pues tú eres un pueblo santo porque perteneces al Señor tu Dios. De todos los pueblos de la tierra, el Señor tu Dios te eligió a ti para que seas su tesoro especial. El Señor no te dio su amor ni te eligió porque eras una nación más numerosa que las otras naciones, ¡pues tú eras la más pequeña de todas! Más bien, fue sencillamente porque el Señor te ama y estaba cumpliendo el juramento que les había hecho a tus antepasados. Por eso te rescató con mano poderosa de la esclavitud y de la mano opresiva del faraón, rey de Egipto.” (Deuteronomio 7:6.8, NTV)

(2.- Dios prometió a Israel la tierra actualmente disputada desde los tiempos de Abraham. Le dijo a Moisés: “Entonces el Señor le dijo a Moisés: Esta es la tierra que le prometí bajo juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob cuando dije: “La daré a tus descendientes.” (Deuteronomio 34:4, NTV). La promesa de la tierra forma parte del Pacto Abrahámico: Dios llamó a Abraham de Ur de los Caldeos a una tierra que él le daría (Génesis 12:1). Esta promesa se reitera en Génesis 13:14-18; sus dimensiones son dadas en Génesis 15:18-21 (descartando cualquier noción de que esto se cumple en el cielo). El aspecto de la tierra en el pacto abrahámico se amplía en Deuteronomio 30:1-10, el cual es el Pacto Palestino, y es retomado en numerosos los pasajes del Antiguo Testamento que prometen la posesión de dicha tierra a Israel (Génesis 12:1,2,7, 18:18, 13:15,17; 17:8; 48:3-4; Éxodo 32:13; Josué 1:3-4; Deuteronomio 11:24-25; 34:4: 2 Crónicas 20:7; Esdras 9:12; Isaías 34:17; Jeremías 7:7; 25:5; Ezequiel 37:25; Joel 3:20)

El asunto, sin embargo, no es tan sencillo como parece ¿Por qué? Porque ninguno de estos hechos bíblicos conduce necesariamente a aprobar al Estado de Israel actual como el poseedor legítimo de toda la tierra disputada. Puede que tenga ese derecho, o puede que no. Pero esa decisión no se basa en el privilegio divino. ¿Por qué?

• En primer lugar, la violación del pacto por el pueblo de Israel anulaba todo derecho divino para ocupar la tierra prometida. Tanto el estado de bendición de las personas como el derecho de privilegio a la tierra está sujeto al acuerdo que Dios hizo con Israel. Por lo que Dios dijo a Israel: “Ahora bien, SI ME OBEDECEN y CUMPLEN MI PACTO, ustedes serán mi tesoro especial entre todas las naciones de la tierra; porque toda LA TIERRA ME PERTENECE.” (Éxodo 19:5, NTV). Nótese que la posesión de la tierra prometida estaba condicionada a la obediencia a Dios. La tierra le pertenece a Dios, no a Israel. Es Dios quien determinará quién habitará en ella o no. Por tal motivo, Israel no dispone de una garantía de experiencia actual de privilegio divino sobre la Tierra Santa si no mantiene su alianza con Dios. La pregunta es ¿Ha mantenido Israel dicha alianza con Dios? ¿Ha respetado las condiciones del pacto? No, no lo ha hecho. Israel ha violado el pacto en varias ocasiones.

• La Biblia es contundente al afirmar que, en numerosas ocasiones, a Israel le fue negado su derecho divino a la tierra prometida cuando rompió su pacto con Dios. Por ejemplo, cuando Israel languidecía en cautividad en Babilonia, Daniel oró: “¡Oh, Señor, tú eres un Dios grande y temible! Siempre cumples tu pacto y tus promesas de amor inagotable con los que te aman y obedecen tus mandatos; pero hemos pecado y hemos hecho lo malo. Nos hemos rebelado contra ti y hemos despreciado tus mandatos y ordenanzas. Nos hemos rehusado a escuchar a tus siervos, los profetas, quienes hablaron bajo tu autoridad a nuestros reyes, príncipes, antepasados y a todo el pueblo de la tierra. Señor, tú tienes la razón; pero como ves, tenemos el rostro cubierto de vergüenza. Esto nos sucede a todos, tanto a los que están en Judá y en Jerusalén, como a todo el pueblo de Israel disperso en lugares cercanos y lejanos, adondequiera que nos has mandado por nuestra deslealtad a ti.” (Daniel 9:4-7; véase Salmo 78:54-61). Bíblicamente, Israel no tiene ningún derecho divino para permanecer en la tierra prometida si ha roto el pacto. Ahora bien, esto no significa que otras naciones tengan el derecho de hostigar a Israel, expulsarlo de su tierra o buscar su destrucción. Las naciones que se jactaron por su mal trato hacia Israel y se burlaron de la disciplina divina que Israel sufrió, fueron castigadas por Dios (Isaías 10:5-13).

• La violación suprema del pacto entre Dios e Israel se manifiesta en el rechazo y muerte del Mesías, Jesucristo, el hijo de Dios, a manos de la nación judía. Tal crimen constituyó el último acto de traición a la alianza; un acto sin precedentes de infidelidad hacia Dios. A través de sus profetas Dios prometió a Israel la llegada del Mesías; y que “la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6-7. LBLA). Pero ellos lo rechazaron, y este Príncipe de Paz se lamentó sobre Jerusalén y dijo: “¡Cómo quisiera que hoy tú, entre todos los pueblos, entendieras el camino de la paz! Pero ahora es demasiado tarde, y la paz está oculta a tus ojos. No pasará mucho tiempo antes de que tus enemigos construyan murallas que te rodeen y te encierren por todos lados. Te aplastarán contra el suelo, y a tus hijos contigo. Tus enemigos no dejarán una sola piedra en su lugar, porque no reconociste cuando Dios te visitó” (Lucas 19:42-44, NTV). Cuando los constructores rechazaron la piedra angular (Hechos 4:11), sobre ellos se dictó una sentencia: “Les digo que a ustedes se les quitará el reino de Dios y se le dará a una nación que producirá el fruto esperado.” (Mateo 21:43, NTV). Y las puertas de la redención, la adopción y el pacto se abrieron para los gentiles: “Y les digo que muchos gentiles[a] vendrán de todas partes del mundo—del oriente y del occidente—y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en la fiesta del reino del cielo. Pero muchos israelitas—para quienes se preparó el reino—serán arrojados a la oscuridad de afuera, donde habrá llanto y rechinar de dientes.” (Mateo 8:11-12, NTV).

Israel, sin embargo, perdió su carácter privilegiado ante Dios y nuevamente el derecho a morar en la tierra santa les fue quitado. En cumplimiento de Lucas 19:42-44 y Mateo 24, en el año 70 d.C., el emperador Vespasiano encargó a su hijo Tito sofocar la violenta revuelta que desde hacía cuatro años sacudía Judea. Tras un duro asedio, Tito logró conquistar Jerusalén y destruyó y saqueó el Templo. Judea quedó arrasada. Las cifras de muertos o desaparecidos se calculan en unos 250.000 damnificados en un país que no debía de llegar al millón de habitantes. La inmensa mayoría fueron vendidos como esclavos; unos pocos se destinaron a combates de gladiadores; otros, a las minas de Egipto, y los menos volvieron a su vida normal en un territorio arruinado. El Dios de los judíos se había puesto del lado Roma y desde ahora favorecería a los gentiles. Después de la caída de Jerusalén, pasaron largos siglos, hasta el s. XX, sin existir ningún estado israelí sobre la faz de la tierra.

Pero eso no es todo. Resulta curioso que si bien Jesús profetizó la destrucción de la ciudad de Jerusalén por los romanos (Marcos 13; Lucas 21; Mateo 24), él nunca dijo nada sobre la reconstrucción de esa ciudad, y mucho menos del establecimiento de un futuro estado israelí. Según la versión de Lucas, después de su destrucción “Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que el tiempo de los gentiles llegue a su fin.” (Lucas 21:24, NTV), A eso sigue, en los tres evangelios sinópticos, no un estado israelí sino el retorno de Cristo. Esto es muy significativo, pues indica que, si bien el regreso de los judíos al territorio palestino anticipa el pronto fin de los tiempos de los gentiles, jamás señala a un Estado político de Israel que goce de algún estatus privilegiado ante Dios.

• A la luz de la revelación bíblica, debemos reconocer que Dios ha salvaguardado propósitos para el Israel étnico (Romanos 11:25-26). A Pablo, como fiel judío hasta su muerte, le dolía profundamente la condición de su pueblo (Romanos 9:2-5; 10:1). Apelando al concepto profético del “remanente”, Pablo afirma que “¿acaso Dios ha rechazado a su propio pueblo, la nación de Israel? ¡Por supuesto que no! Yo mismo soy israelita, descendiente de Abraham y miembro de la tribu de Benjamín. No, Dios no ha rechazado a su propio pueblo, al cual eligió desde el principio.” (Romanos 11:1-2, NTV) y predice que, cuando los tiempos de los gentiles se cumplan y el Mesías retorne a la tierra “entonces todo Israel será salvo. Como dicen las Escrituras: El que rescata vendrá de Jerusalén y apartará a Israel[b] de la maldad.” (Romanos 11:26, NTV). Así queda claro que Dios no ha abandonado a Israel, y que la nación judía sigue presente ante él.

Sin embargo, es aquí donde se requiere hacer una distinción importante: una cosa es la nación de Israel y otra cosa es el Estado de Israel. Durante la mayor parte del tiempo después de Jesús, Israel ha sido una nación esparcida entre las naciones, pero no ha tenido un estado ni ha ocupado territorio. En medio de la diáspora, Dios fue fiel a su promesa y preservó a su pueblo, salvándolo de perecer por completo o de ser asimilado por otras naciones. Todo por amor a sus padres, Abraham. Isaac y Jacob. La promesa de Dios sigue fiel, pero en ningún pasaje del Nuevo Testamento esa fidelidad de Dios incluye un estado político y un territorio geográfico antes de la restauración del Reino Mesiánico, ni mucho menos un ejército armado hasta los dientes. El moderno estado de Israel, al ser una creación política de las Naciones Unidas, no puede, bajo ningún concepto, arrogarse derecho divino alguno sobre la Tierra Santa. Para que Dios cumpla Sus promesas a Israel y Su pacto con David (2 Samuel 7:8-16; 23:5; Salmo 89:3-4), tiene que haber un reino literal y físico sobre la tierra, pero no traído o forjado por voluntad manos humanas, sino por Dios a través de Cristo, y solo después de su segunda venida (Daniel 2:34, 44).

Ante la pregunta: “¿es ahora cuando vas a restablecer el reino a Israel?” (Hechos 1:6, CST), la Biblia responde: No, Tierra Santa no es absolutamente territorio judío ni lo será de forma contundente sino hasta la llegada del Mesías. Sólo él tiene derecho a restaurar a Israel a su gloria pasada e instaurar un Reino universal con capital en Jerusalén. Hasta ese día, y solo hasta entonces, “Jerusalén (y con ella toda la Tierra Santa) será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lucas 21:24). Será entonces cuando el pacto abrahámico tendrá su cumplimiento, no antes. La fundación del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, de acuerdo al plan previsto por las Naciones Unidas, jamás podría cumplir lo que el Dios de Israel ha dejado bajo su sola potestad. Como bien lo dijera Jesús: “Solo el Padre tiene la autoridad para fijar esas fechas y tiempos, y a ustedes no les corresponde…” (Hechos 1:7, NTV). Aunque el actual Estado de Israel y su existencia merecen ser respetados y protegidos, y tienen pleno derecho a defender su soberanía y la seguridad de sus ciudadanos, esto lo hace por su calidad de Estado legalmente constituido, más no por derecho divino. El Estado de Israel, como entidad política humanamente constituida, no goza de estatus privilegiado ante Dios.

• Además, en cuanto al mensaje de salvación, el pueblo judío se encuentra en enemistad con Dios al rechazar el Evangelio de Jesucristo, el Mesías (Romanos 11:28). Dios ha ampliado su obra de salvación para abrazar a todos los pueblos (incluyendo a los palestinos) por medio de la fe en su Hijo y dependiendo únicamente de su muerte y resurrección para la salvación, y no en ningún privilegio de nacimiento o basado en el origen étnico: “Después de todo, ¿acaso Dios es solo el Dios de los judíos? ¿No es también el Dios de los gentiles? Claro que sí. Hay solo un Dios, y él hace justas a las personas—tanto a los judíos como a los gentiles—únicamente por medio de la fe.” (Romanos 3:29-30, NTV). El mensaje cristiano para palestinos y judíos es: “Cree en el Señor Jesús y serás salvo, junto con todos los de tu casa.” (Hechos 16:31, NTV). Y hasta el gran día cuando ambos, judíos y gentiles, seguidores del Rey Jesús hereden la tierra (no sólo la actual Palestina), sin levantar espadas, misiles o cañones, los derechos de las naciones deberán ser decididos por los principios de la justicia compasiva y pública, sin demandas de derecho o estado divino nacional. La Biblia (y particularmente los pasajes que aluden al pacto abrahámico) no puede, bajo el actual sistema político (ni bajo el nuevo pacto de gracia) usarse como excusa para privar a los palestinos (ni a ningún otro pueblo) de sus derechos.

Los cristianos debemos interpretar los textos del Antiguo Testamento dentro de su propio contexto original y la semántica de su lenguaje, y después buscar su reinterpretación en el Nuevo Testamento, a la luz de la venida del Mesías, su segunda venida y el nacimiento de la iglesia. Bien analizado, ni el Antiguo Testamento da base para un derecho divino de Israel a determinado territorio hoy, ni mucho menos la da el Nuevo Testamento. Ese error sólo entorpece el análisis del problema entre los israelíes y los palestinos. Ese conflicto debe analizarse, como cualquier otro conflicto político, por los mismos factores históricos, sociales, económicos y éticos, en términos de justicia y promoción de la vida.

Basar los reclamos de Israel en el derecho divino, y concederle la facultad de lograrlo por la fuerza, no solo violentaría el derecho internacional, sino que también nos llevaría a un sinfín de nuevas e interminables guerras (y no sólo contra los palestinos, sino contra todo el mundo árabe) pues, en tal caso, el Estado de Israel, si deseara ampliar su territorio y apoderarse de las tierras prometidas bajo el pacto abrahámico y palestino por cuenta propia, tendría que invadir y conquistar los territorios de Egipto, Líbano, Siria, Jordania, parte de Turquía, Arabia Saudí, Irak y Kuwait. ¿Qué tal suena eso para la paz en el Medio Oriente y cómo afectaría la misión de la iglesia de llevar el Evangelio a esos pueblos? Es algo que te invito a pensar un poco.

Y por favor hermano, no me vengas con la acusación de ser pro-palestino o de no amar al pueblo de Israel. A Israel lo amo (Dios y quienes en verdad me conocen son testigos de ello), pero no soy ciego y, ante todo, soy consciente de lo que la Palabra de Dios enseña en su totalidad, no solo de algunos pasajes.

Amemos Israel y amemos al pueblo palestino (y a cualquier otro pueblo sobre la tierra) de igual manera. Pero ante todo, amemos, oremos ¡Clamemos con desesperación por la venida del Reino de Dios! Sólo él traerá el fin de todo conflicto a esta Tierra.

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