Por Fernando E. Alvarado.
La Torre de Babel y el evento de Pentecostés son considerados momentos clave en la narrativa bíblica, en los cuales Dios interviene directamente en la historia de la humanidad. Aunque en apariencia estos eventos parecen ser opuestos, están profundamente conectados en su propósito de cumplir los designios divinos de dispersar y unir a las personas. En el relato de Babel, Dios desciende para confundir las lenguas y dispersar a la humanidad (Génesis 11:1-9). Por otro lado, en Pentecostés, Él desciende a través del Espíritu Santo para unificar a los creyentes y esparcir su mensaje a todas las naciones (Hechos 2:1-12). Ambos eventos revelan el poder de Dios sobre la comunicación humana y su intención de que la humanidad llene la tierra y conozca su salvación.

Babel: confusión de lenguas y dispersión de la humanidad
En Génesis 11 se nos relata cómo las personas, al compartir una misma lengua, se unieron para construir una ciudad y una torre que llegara hasta el cielo, desafiando el mandato divino de llenar y poblar la tierra (Génesis 9:1). Movidos por su deseo de mantenerse juntos y alcanzar el cielo con sus propias fuerzas, se alejaron del propósito de Dios. En ese momento, Él descendió, no solo para confundir su lengua, sino para dispersarlos «sobre la faz de toda la tierra» (Génesis 11:7-8, NVI). Este acto, aunque parecía un castigo, mostraba el deseo profundo de Dios de que la humanidad no se estancara en un solo lugar, sino que cumpliera con su vocación de esparcirse y vivir en toda la creación, reafirmando así su soberanía sobre los planes humanos.[1]
Al reflexionar sobre lo que ocurrió en Babel, se puede ver más que una simple confusión de lenguas. Este evento no fue solo una reacción al desafío humano, sino un acto lleno de intención por parte de Dios. Teólogos como Brueggemann (2003) destacan que la intervención divina fue una respuesta directa a la arrogancia humana, que pretendía alcanzar lo divino por sus propios medios.[2] En este sentido, Babel marca una ruptura en la unidad de la humanidad, pero con un propósito redentor. Dios dispersa a las naciones para que, en su tiempo, el mensaje de salvación pudiera llegar a todos los pueblos.[3]
Pero hay algo más que podemos leer entre líneas dentro del relato de la Torre de Babel. Este evento de Babel puede ser visto como el momento en que Dios, temporalmente, rechaza a las naciones, entregándolas a su propia voluntad y a la influencia de poderes espirituales inferiores. En Deuteronomio 32:8-9, se hace referencia a cómo Dios, al dividir a las naciones, asignó su herencia a «los hijos de Dios» o «seres celestiales», lo cual ha sido interpretado por destacados teólogos como la entrega de las naciones a gobernantes espirituales inferiores. Esta lectura refuerza la idea de que, en Babel, Dios permitió que las naciones siguieran su propio curso, bajo la influencia de estos seres espirituales que no eran parte de su plan redentor directo.[4]
En contraste, Dios eligió a Israelcomo su propio pueblo, iniciando un proceso de redención particular que culminaría en la venida del Mesías. Esto es fácilmente deducible a partir de Génesis 12:1-3, en donde se narra el llamado de Abraham inmediatamente después del relato de Babel, marcando el inicio de la elección de un nuevo pueblo que sería el portador de la bendición de Dios para toda la humanidad. Este llamado a Abraham es una respuesta directa al fracaso de la humanidad en Babel y simboliza el comienzo de una relación especial entre Dios e Israel, donde este nuevo pueblo tendría la misión de representar a Dios ante las naciones.[5]
Mientras las otras naciones experimentaban el abandono divino y caían bajo la influencia de poderes espirituales, Israel fue apartado como el pueblo de Dios. Sin embargo, el propósito final de Dios siempre fue restaurar todas las naciones a través de la descendencia de Abraham, es decir, Cristo (Gálatas 3:14). De esta manera, aunque Babel representa un rechazo temporal, es también el punto de partida para el plan redentor de Dios que incluiría, al final, la redención de toda la humanidad a través del Mesías prometido a Israel.

Pentecostés: unidad y diversidad en el Espíritu Santo
Desde una perspectiva teológica pentecostal, el evento de Pentecostés, narrado en Hechos 2, representa una reversión y cumplimiento de lo que ocurrió en Babel. Mientras que Babel significó la dispersión de las naciones y la confusión de las lenguas, Pentecostés simboliza la reconciliación de las naciones gentilesque anteriormente fueron rechazadas, pero que ahora, a través de Cristo, son reconciliadas con Dios y unificadas por el Espíritu Santo. Este derramamiento del Espíritu rompió las barreras lingüísticas y culturales que habían sido impuestas en Babel, permitiendo que personas de todas las naciones escucharan el mensaje del evangelio en sus propios idiomas (Hechos 2:4-6). Esta intervención divina es un acto de gracia, donde el poder de Dios unifica a los creyentes de diferentes culturas en un solo cuerpo.[6]
En Pentecostés, la obra de reconciliación de las naciones es efectuada a través de Cristo. En tiempos anteriores, las naciones gentiles habían sido entregadas a sus propios caminos y bajo el dominio de poderes espirituales, pero con la venida de Cristo, este rechazo temporal es revertido. En Efesios 2:13-14, se explica que «en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo», destacando cómo la muerte vicaria de Jesús unifica a los gentiles y judíos en un solo pueblo. De esta manera, el evento de Pentecostés cumple el propósito original de Dios de reunir a todas las naciones bajo el reinado de Cristo.[7]
Así como en Babel Dios dijo «descendamos» (Génesis 11:7), el evento de Pentecostés también implica una intervención divina trinitaria. El Padre, en su plan soberano, envió al Hijo para llevar a cabo la reconciliación del mundo con Él. El Hijo descendió al mundo en forma de hombre para cumplir con esta misión a través de su vida, muerte y resurrección (Juan 1:14; Filipenses 2:6-8). Finalmente, el Espíritu Santo desciende en Pentecostés para equipar a los creyentes y revertir las divisiones impuestas en Babel, unificando a los pueblos en Cristo y capacitando a los discípulos para llevar el evangelio a todas las naciones.[8] De esta manera, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo trabajan en conjunto para cumplir el plan redentor de unificar a la humanidad dispersa.
El Espíritu Santo no solo empoderó a los discípulos para hablar en diversas lenguas, sino que, simbólicamente, mostró cómo el evangelio trasciende todas las barreras humanas. Las naciones que habían sido dispersadas y alejadas en Babel ahora eran llamadas a reconciliarse con Dios a través de la predicación del evangelio. Como indica Fee (1994), Pentecostés no es simplemente un acto de poder, sino un acto de reconciliación que transforma a los divididos en un solo pueblo en Cristo.[9] El propósito final de Dios en Pentecostés es restaurar la unidad de la humanidad bajo un solo Señor, Jesucristo, y enviar el mensaje de salvación a todas las naciones.
La carga simbólica de lo ocurrido en Pentecostés es más que obvia: En medio de la celebración judía de Pentecostés, el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos, y de repente, se encontraron hablando en lenguas que nunca habían aprendido. Este hecho dejó asombradas a las multitudes, que provenían de diferentes naciones, al escuchar el mensaje en su propio idioma (Hechos 2:4-6, NVI). A diferencia de Babel, donde las lenguas provocaron confusión y dispersión, en Pentecostés se convirtieron en un símbolo de unidad, porque permitieron que personas de diversas culturas y lenguas escucharan el evangelio de manera clara y directa.[10]
Este evento no fue solo una muestra del poder de Dios, sino el cumplimiento de la promesa de que el evangelio llegaría a todas las naciones. En Babel, fuimos dispersados para cumplir el mandato de poblar la tierra; en Pentecostés, Dios nos envía a las naciones para llevar el mensaje de salvación.[11] Así, Pentecostés no es solo la contraposición de Babel, sino su complemento: Dios desciende nuevamente, pero esta vez para unirnos en fe y esparcir su Palabra a todos los rincones de la tierra.
Pero las implicaciones teológicas de Pentecostés y Babel van más allá de todo esto. La venida del Espíritu Santo en Pentecostés, tal como se describe en Hechos 2, marca también el inicio de la reconquista de las naciones por parte de Dios, en contraposición al evento de Babel (Génesis 11), donde las naciones fueron entregadas a seres espirituales inferiores. En Babel, Dios dispersó a la humanidad y la entregó bajo la autoridad de estos seres, como se sugiere en Deuteronomio 32:8-9,[12] donde Dios permitió que las naciones caminaran por su propio camino al estar bajo la influencia de poderes espirituales caídos. Sin embargo, la cruz y el Pentecostés marcan un giro decisivo en el plan de Dios para redimir a todas las naciones y restaurarlas bajo su soberanía a través de Cristo.
En Colosenses 2:15, Pablo describe cómo en la cruz, Cristo «despojó a los principados y potestades, exhibiéndolos públicamente y triunfando sobre ellos en la cruz». Este acto significa la derrota pública de los poderes espirituales que tenían autoridad sobre las naciones. Lo que antes era una estructura de poder dominada por seres espirituales caídos es ahora desmantelada en Cristo, quien, a través de su sacrificio, estableció la victoria sobre esos seres. En Pentecostés, Dios envía a su Espíritu Santo como un acto tangible de que esta victoria ha sido realizada, y de que el plan de reconquista está en marcha.
El mandato de Jesús en Hechos 1:8 de «ser testigos hasta lo último de la tierra» refuerza esta idea. La misión de los discípulos de llevar el evangelio a todas las naciones es una manifestación del propósito escatológico de Dios: restaurar a toda la humanidad a través de la proclamación del evangelio y la obra del Espíritu Santo. Como señala Wright (2006), el avance del evangelio en el mundo no es solo una misión de evangelización, sino una guerra espiritual en la que las naciones son reclamadas para Cristo.[13]
Pentecostés inaugura una nueva fase del plan de redención que culminará en la reconciliación final de toda tribu, lengua, pueblo y nación bajo Cristo, como lo describe Apocalipsis 7:9. Esta imagen de una humanidad unificada pero diversa es la realización de la promesa de que, aunque las naciones fueron divididas en Babel, ahora, por medio de Cristo, son reunidas en una nueva humanidad redimida. La obra del Espíritu Santo en Pentecostés no solo rompe las barreras lingüísticas y culturales, sino que representa el poder de Dios para reclamar a todas las naciones y establecer su reino.
Finalmente, este proceso de reconquista de las naciones marca la ruta escatológica que regresará al hombre de vuelta al paraíso, restaurando la comunión perfecta con Dios que fue perdida en el Edén. Como menciona Ridderbos (1996), la restauración de la humanidad no es simplemente una restauración de lo perdido, sino la creación de una nueva humanidad en Cristo que incluye a todas las naciones, y que vivirá eternamente bajo el gobierno de Dios.[14] Pentecostés es la señal de esta victoria y el inicio de la marcha hacia esa consumación final, donde los poderes espirituales caídos finalmente perderán su dominio sobre las naciones y Cristo será todo en todos (1 Corintios 15:28)

Análisis teológico de Babel y Pentecostés: La teología del envío.
Un análisis teológico de Babel y Pentecostés revela dos eventos relacionados pero con propósitos opuestos. Mientras en Babel Dios confunde las lenguas y dispersa a la humanidad, en Pentecostés el Espíritu Santo unifica a las personas a pesar de sus diferentes idiomas. Babel representa la soberbia y la desobediencia humana, mientras que Pentecostés simboliza el poder y la gracia divina. Ambos eventos muestran el diseño y el control de Dios sobre la humanidad, destacando la importancia de la diversidad y la unidad en su plan redentor para todas las naciones.
Ambos eventos, aunque ocurren en contextos diferentes, nos revelan algo muy importante: la intención constante de Dios de dispersarnos y enviarnos para que cumplamos nuestro propósito en la tierra. En Babel, nos resistimos al mandato divino de poblar la tierra, queriendo permanecer en un solo lugar y construir algo por nuestra cuenta. Pero en Pentecostés, vemos cómo finalmente se cumple el envío de los creyentes a todas las naciones, ahora con el poder del Espíritu Santo. Ese «envío» no es un simple mandato, sino una parte integral del plan redentor de Dios, donde la dispersión inicial en Babel prepara el escenario para nuestra unificación espiritual a través del evangelio.[15]
No deberíamos ver estos eventos únicamente como un contraste entre juicio en Babel y gracia en Pentecostés. Ambos son expresiones del mismo Dios, que, en su soberanía, dirige nuestros destinos para cumplir su propósito de redención y expansión del Reino.[16] La relevancia de Babel y Pentecostés en la teología actual radica en la comprensión del plan redentor de Dios para toda la humanidad. Estos eventos nos muestran la intención de Dios de estar presente en todas las culturas y lenguas, y su deseo de unificar a su pueblo a pesar de la diversidad.
En un contexto globalizado, la Iglesia enfrenta el desafío de encarnar el mensaje de Pentecostés al reconocer y valorar la diversidad cultural, lingüística y étnica, mientras se esfuerza por mantener la unidad en la fe. La reflexión teológica sobre Babel y Pentecostés es crucial para la Iglesia contemporánea mientras busca cumplir su llamado misionero en un mundo multicultural.

¿Qué significa todo esto para nosotros, los pentecostales?
Para los pentecostales, que buscamos ser el pueblo del cumplimiento de la Gran Comisión, la experiencia de Pentecostés tiene un profundo significado teológico y práctico. En primer lugar, Pentecostés es visto como el evento que marcó el comienzo de la misión de la Iglesia. Este evento no solo representó el derramamiento del Espíritu Santo, sino también el poder necesario para cumplir el mandato de Jesús en Hechos 1:8, es decir, ser testigos de Cristo “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra». Los pentecostales creemos que el poder del Espíritu, manifestado en el hablar en lenguas y en otros dones, es esencial para llevar a cabo esta misión global, que busca reclamar a todas las naciones para Cristo.
En segundo lugar, al buscar constantemente revivir la experiencia de Pentecostés en nuestras congregaciones, los pentecostales estamos respondiendo a un llamado divino a continuar la obra de Cristo, conquistar espiritualmente las naciones y romper las barreras impuestas en Babel. El derramamiento del Espíritu no es un evento aislado, sino una realidad continua que equipa a los creyentes para superar los desafíos culturales, lingüísticos y espirituales que intentan impedir el avance del evangelio. La búsqueda de este poder tiene un propósito: llevar el evangelio hasta los confines de la tierra, completando así el plan escatológico de Dios para reunir a una humanidad unificada en Cristo, procedente de toda tribu, lengua, pueblo y nación (Apocalipsis 7:9).
Finalmente, para nosotros los pentecostales, Pentecostés es una señal de victoria y autoridad espiritual. La experiencia de ser llenos del Espíritu Santo y de hablar en lenguas no solo confirma la presencia de Dios en medio de nosotros, sino que también nos asegura que los poderes espirituales que antes dominaban las naciones han sido derrotados por Cristo en la cruz (Colosenses 2:15). Por tanto, Pentecostés es un llamado a la conquista, a liberar a las naciones de la opresión espiritual y a establecer el reino de Dios sobre la tierra, lo cual es posible solo a través del poder del Espíritu Santo. Esta visión nos impulsa a vivir con un sentido de urgencia, compromiso y dependencia del Espíritu para cumplir con el mandato divino.
Así pues, los pentecostales vemos en Pentecostés no solo un evento histórico, sino una realidad espiritual actualque debemos revivir constantemente para cumplir nuestra misión. El poder del Espíritu Santo es vital para llevar a cabo la Gran Comisión, y la experiencia pentecostal es tanto un recordatorio de la victoria de Cristo sobre las fuerzas espirituales como una promesa de que su reino será establecido en todas las naciones. ¡Babel ha caído, Pentecostés ha llegado!

BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES:
[1] Waltke, B. K. (2001). Genesis: A Commentary. Zondervan, p. 211.
[2] Brueggemann, W. (2003). Genesis. Interpretation: A Bible Commentary for Teaching and Preaching. Westminster John Knox Press, p. 84.
[3] Keil, C. F., & Delitzsch, F. (1986). Commentary on the Old Testament: Genesis. Hendrickson Publishers, p. 113.
[4] Heiser, M. S. (2015). The Unseen Realm: Recovering the Supernatural Worldview of the Bible. Lexham Press, p. 103.
[5] Wright, C. J. H. (2006). The Mission of God: Unlocking the Bible’s Grand Narrative. IVP Academic, p. 41.
[6] Carson, D. A. (2014). Acts. In The Expositor’s Bible Commentary. Zondervan, p. 234.
[7] Wright, 2006, p. 148.
[8] Keener, C. S. (2013). Acts: An Exegetical Commentary. Baker Academic, p. 976.
[9] Fee, G. D. (1994). God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. Hendrickson, p. 799.
[10] Carson, 2014, p. 234.
[11] Kaiser, W. C. (2000). Mission in the Old Testament: Israel as a Light to the Nations. Baker Academic, p. 287.
[12] Heiser, M. S. (2015). The Unseen Realm: Recovering the Supernatural Worldview of the Bible. Lexham Press, p. 112.
[13] Wright, C. J. H. (2006). The Mission of God: Unlocking the Bible’s Grand Narrative. InterVarsity Press, p. 189.
[14] Ridderbos, H. (1996). Paul: An Outline of His Theology. Eerdmans, p. 256.
[15] Wright, C. J. H. (2006). The Mission of God: Unlocking the Bible’s Grand Narrative. InterVarsity Press, p. 138.
[16] Fee, G. D. (1994). God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul. Hendrickson, p. 796.