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La Guerra Espiritual en el Antiguo Testamento

Por Fernando E. Alvarado.

Dios, como el Creador supremo, ejerce control sobre su creación, incluyendo a los seres espirituales y a los humanos que se rebelaron contra Él. La presencia de maldad en la creación se debe a las acciones de estos seres rebeldes, tanto espirituales como humanos. Sin embargo, Dios supervisa y guía esta maldad de acuerdo con sus propósitos y dentro de los límites de los tiempos que ha establecido. En el Antiguo Testamento, no hay indicios de que Dios haya empleado guerreros humanos en batallas espirituales; en cambio, parece que un ángel mensajero, posiblemente Gabriel, y el arcángel Miguel fueron los únicos seres que enfrentaron las fuerzas espirituales de maldad.[1]

LA REBELIÓN INICIAL Y EL INICIO DE LA GUERRA ESPIRITUAL:

¿Cómo inició el conflicto cósmico que hoy llamamos “guerra espiritual”? El erudito Michael S. Heisler nos dice:

“Tendemos a pensar en ese episodio principalmente en términos humanos. Es comprensible, ya que la caída afectó a toda la raza humana. Pero detrás de las decisiones de Adán y Eva de violar el mandato de Dios sobre el árbol del conocimiento del bien y del mal, había otro ser creado, de naturaleza sobrenatural, que había decidido que su propia voluntad era preeminente. La mayoría de los lectores reconocerán que la serpiente (heb. nāḥāš) no era simplemente un miembro del reino animal. Esta conclusión parece obvia, ya que el Nuevo Testamento identifica la serpiente con Satanás o el diablo (Ap 12:9). El diablo no es ciertamente un espécimen zoológico (2Co 11:14; cf. Mt 4:1–11; Jn 8:44). En pocas palabras: si estamos de acuerdo con el NT en que un ser sobrenatural (Satanás) tentó a Eva en el Edén, entonces, por definición, la serpiente debe ser más que un mero animal… La naturaleza arquetípica del Edén como la casa-templo de Dios es la razón por la que el Edén es descrito como un jardín bien regado (Gn 2:6, 8–9, 10–16; Ez 28:2, 13) y un monte santo (Ez 28:14).”[2]

¿Cuál era la naturaleza de la serpiente en el Edén? En Ezequiel 28:14, se describe al ser divino en el Edén como un querubín (kĕrûb), más precisamente, como un querubín «guardián» (hassôkēk). Esta designación no resulta inesperada, dado que la palabra kĕrûb tiene su origen en el acadio kurı̄bu, un término utilizado para referirse a un guardián del trono. En la teología veterotestamentaria el querubín tenía tres papeles distintivos: (1) guardar la fuente de la vida (Gn 3:24); (2) ser el carro de Dios (Sal 18:10, 2Sa 22:11; 4 Ez 1:5–20; 10:1–22); y (3) servir de trono para Dios (1Re 6:23–28; 8:6–8). De hecho, en Ez 28:14 se nos dice que un “querubín ungido” (kěrûb mimša) que funcionaba como guardián (hassōkēk) dentro del jardín del Edén se convirtió en el rebelde original. En la tradición mesopotámica, los querubines eran vistos como seres sobrenaturales compuestos por características humanas y animales, una de ellas la Serpiente dragón.”[3]

Para el lector original, la serpiente en el Edén habría sido fácilmente comprendida como una criatura semidivina con alas y pies, similar a los serafines descritos en Isaías 6:2. Estos serafines tenían la función de proteger a personas y objetos sagrados, como el árbol que representaba la sabiduría divina.[4] Aunque algunos interpretan la palabra hebrea śĕrāpîm en Isaías 6:2,6 como «seres ardientes» derivado de śārap (quemar), investigaciones más recientes sugieren que es más probable que śĕrāpîm simplemente sea el plural del sustantivo hebreo śārāp, que a su vez tiene sus raíces en el vocabulario egipcio utilizado para referirse a los guardianes del trono, cuyas representaciones también incluían a menudo el elemento del fuego.[5]

Ante la información anterior, pasajes como Ezequiel 28:13–16 (el cual hace alusiones evidentes al Edén, el monte-jardín de Dios, el sitio del consejo celestial, y a un ser divino rebelde), así como Isaías 14:12–15 (el cual también describe a otro ser divino expulsado del lugar de reunión del consejo celestial – el har môʿēd, “monte de la asamblea”; Is 14:13), cobran sentido. En Edén no vemos a una serpiente parlante, sino a un ser espiritual poderoso rebelde, cuya transgresión fue la búsqueda de autonomía al querer ser “como el Altísimo” y ejercer autoridad sobre el consejo divino (“las estrellas de Dios”; Is 14:13).[6] Pero este ser espiritual incitaría nuevas rebeliones y aumentaría la magnitud de la guerra (Ap.12:7-12).

NUEVOS ENEMIGOS SE UNEN A LA GUERRA ESPIRITUAL:

Génesis 6:1–4, un pasaje muy controvertido, nos presenta nuevos actores incorporándose al campo de batalla en la guerra espiritual:

“Luego los seres humanos comenzaron a multiplicarse sobre la tierra, y les nacieron hijas. Los hijos de Dios vieron a las hermosas mujeres y tomaron como esposas a todas las que quisieron. Entonces el Señor dijo: «Mi Espíritu no tolerará a[b] los humanos durante mucho tiempo, porque solo son carne mortal. En el futuro, la duración de la vida no pasará de ciento veinte años». En esos días y durante algún tiempo después, vivían en la tierra gigantes nefilitas, pues siempre que los hijos de Dios tenían relaciones sexuales con las mujeres, ellas daban a luz hijos que luego se convirtieron en los héroes y en los famosos guerreros de la antigüedad.” (NTV)

Aunque hoy muchos intérpretes modernos consideran que los “hijos de Dios” que tienen relaciones sexuales con las “hijas de los hombres” en el pasaje son meros mortales, hombres humanos del linaje de Seth o algún otro linaje real, esto no es lo que la iglesia primitiva, o el antiguo Israel creía. De hecho, los escritores bíblicos que aluden al pasaje toman a los hijos de Dios como seres divinos, y los escritores judíos del período del Segundo Templo siguieron abrumadoramente esa trayectoria. Pedro y Judas mencionan “ángeles que pecaron” en relación con Noé y el diluvio (2 Pedro 2:4–5).

Si bien la historia del diluvio del Génesis no contiene la idea de que los hijos celestiales caídos de Dios fueran prohibidos de la presencia de Dios como consecuencia. Sin embargo, los libros del Nuevo Testamento de Pedro y Judas presentan la idea en términos muy claros. Segunda de Pedro 2:4 nos dice que Dios no perdonó a los ángeles que pecaron sino que “los arrojó al infierno [Tártaro]”, encomendándolos a “cadenas de oscuridad” hasta el juicio escatológico. Judas 6 describe a esos ángeles en términos muy similares: “los ángeles que no mantuvieron su posición de autoridad, sino que abandonaron su propia morada” fueron encarcelados en “cadenas eternas bajo oscuras tinieblas” hasta el día del juicio. Estos seres divinos caídos, arrojados al abismo, se asociaron con la actividad demoníaca.[7] Sin embargo, ellos fueron encarcelados y vieron limitada su actividad sobre la tierra. ¿De dónde entonces surgieron los espíritus inmundo?

¿UN TERCER GRUPO DE REBELDES?

En la mentalidad judía, el origen de los demonios, o espíritus inmundos, está ligado específicamente al incidente de los hijos de Dios que se mezclaron sexualmente con las mujeres humanas (Gn 6:1–4). El judaísmo del Segundo Templo sostenía que el nacimiento de los Gigantes se explora en términos de la mezcla de “espíritus y carne” (1 Enoc 15:8). Los ángeles habitan en el cielo y los humanos en la tierra (Enoc 15:10), pero la naturaleza de los Gigantes está mezclada. Esta transgresión de las categorías tiene resultados terribles: después de su muerte física, los espíritus demoníacos de los Gigantes nefilitas “salen de sus cuerpos” para plagar a la humanidad (15:9, 11–12; 16:1).[8]

El libro de los Jubileos también nos habla de demonios engendrados por los hijos de Dios que pecaron en los días de Noé (Jub 10:1, 5). De acuerdo con el judaísmo del Segundo Templo estos seres híbridos “operan bajo permiso divino y, por lo tanto, existen como poderes contenidos (10:3) cuya derrota está asegurada (10:8)”.[9] Ciertos pergaminos de los Rollos del mar Muerto se refieren a los poderes demoníacos como “espíritus bastardos” (ôt mamzerı̂m) precisamente porque se presumía que los demonios eran los espíritus incorpóreos de los gigantes nefilim, es decir, la progenie híbrida de los hijos de Dios rebeldes mencionados en Génesis 6.[10]

De acuerdo con el judaísmo del Segundo Templo, la rebelión divina corporativa de Génesis 6 fue un evento horroroso dirigido a la destrucción del pueblo de Dios y de la humanidad en general. Los hijos caídos de Dios corrompieron a la humanidad y la volvieron hacia la idolatría. Luego los Nefilim y sus descendientes causaron destrucción física y, a través de sus espíritus incorpóreos, una continua devastación física y espiritual. En el judaísmo del Segundo Templo (y en la época de Jesús), se creía que estos descendientes de los hijos de Dios, luego de morir, se convirtieron en los espíritus inmundos que ahora buscan poseer los cuerpos de los humanos para continuar con sus depravaciones.[11]

Los primeros escritores cristianos también conocían y abrazaban la interpretación sobrenatural de Génesis 6, pues creían que los hijos de Dios (ángeles) tomaron cuerpos sobre sí y copularon con mujeres humanas, produciendo un linaje híbrido. El erudito Loren Stuckenbruck nos explica esto en detalle:

En particular, vemos el cristiano Testamento de Salomón 5:3; 17:1. En 5:3 (dentro de la sección 5:1–11), el autor reinterpreta al demonio Asmodeo –esta es una referencia deliberada al Libro de Tobías que sigue a la recensión más larga (cf. Códice Sinaítico en 3:7–8, 17; 6:14–15, 17; 8:2–3; 12:15)– como uno nacido de una madre humana y un ángel. En este último texto (en el pasaje 17:1–5) el poder demoníaco frustrado por Jesús (en una alusión a Mr 5:3) se identifica como uno de los gigantes que murieron en los conflictos entre ellos. De manera similar, en las Homilías Seudo-Clementinas 8.12–18 se refiere a los gigantes, que son designados tanto como “bastardos” (18; cf. 15) como “demonios” (14; 17) en la fase prediluviana de su existencia. Aquí se dice que han sobrevivido al diluvio en forma de “almas grandes” incorpóreas cuyas actividades postdiluvianas están proscritas por “cierta ley justa” que se les ha dado por medio de un ángel.… Además, se puede considerar la Apología 22 de Tertuliano, un pasaje que merece un análisis más detallado, en el que los descendientes de los ángeles caídos son llamados “sangre-demonio” que “infligen … sobre nuestros cuerpos enfermedades y otras calamidades graves”. En las Instrucciones del obispo norteafricano del siglo III, Commodianus (cap. 3)… la existencia incorpórea de los gigantes después de su muerte está ligada a la subversión de “muchos cuerpos”. Las implicaciones de las tradiciones de los gigantes para los conceptos de la demonología en el cambio de la Era Actual han sido hasta ahora insuficientemente reconocidas.[12]

Nuevos participantes entraron a la guerra. Pero aún faltaba más…

LA REBELIÓN CONTINÚA Y SE APODERA DE LAS NACIONES DE LA TIERRA:

La historia de la Torre de Babel nos presenta una nueva rebelión divina en el Antiguo Testamento:

“Hubo un tiempo en que todos los habitantes del mundo hablaban el mismo idioma y usaban las mismas palabras. Al emigrar hacia el oriente, encontraron una llanura en la tierra de Babilonia y se establecieron allí. Comenzaron a decirse unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos y endurecerlos con fuego». (En esa región, se usaban ladrillos en lugar de piedra y la brea se usaba como mezcla). Entonces dijeron: «Vamos, construyamos una gran ciudad para nosotros con una torre que llegue hasta el cielo. Eso nos hará famosos y evitará que nos dispersemos por todo el mundo». Pero el Señor descendió para ver la ciudad y la torre que estaban construyendo, 6 y dijo: «¡Miren! La gente está unida, y todos hablan el mismo idioma. Después de esto, ¡nada de lo que se propongan hacer les será imposible! Vamos a bajar a confundirlos con diferentes idiomas; así no podrán entenderse unos a otros». De esa manera, el Señor los dispersó por todo el mundo, y ellos dejaron de construir la ciudad. Por eso la ciudad se llamó Babel, porque fue allí donde el Señor confundió a la gente con distintos idiomas. Así los dispersó por todo el mundo.” (Génesis 11:1–9, NTV)

La dispersión de la humanidad dio origen al surgimiento de las naciones. Deuteronomio 32:8–9 es un pasaje crucial, ya que añade detalles cruciales:

“Cuando el Altísimo asignó territorios a las naciones, cuando dividió a la raza humana, fijó los límites de los pueblos según el número de su corte celestial. Pues el pueblo de Israel pertenece al Señor; Jacob es su posesión más preciada.” (NTV)

La BLP traduce dicho texto de la siguiente manera:

“Cuando el Altísimo dio su herencia a las naciones, cuando dividió a toda la humanidad y fijó las fronteras a los pueblos según el número de los hijos de Dios. Pero la parte del Señor es su pueblo, la porción de su herencia es Jacob.”

Aunque algunas traducciones como la RVR traducen el v. 8, “según el número de los hijos de Israel”, en lugar de “según el número de los hijos de Dios”, dicha traducción es incorrecta y refleja las intenciones del autor inspirado. La idea expuesta en Deuteronomio 32:8-9 es que el número de naciones es igual al número de “hijos de lo divino” o de los integrantes “de la corte celestial”. Nos sugiere que cada uno de estos seres fue emparejado con una nación. Así pues, en Génesis 11 o en un momento posterior, Dios designó seres divinos para gobernar las naciones en su nombre. Ben Sira,[13]en su obra, parafrasea Deuteronomio 32:8-9 de la siguiente manera: “En la división de los pueblos de todo el mundo, Sobre cada pueblo nombró a un gobernante, Pero la porción del Señor es Israel.” Ben Sira utiliza el término “gobernantes” como título equivalente a los “hijos de Dios” de Deuteronomio 32:8-9. El libro de Daniel se refiere a ellos como “gobernantes” o “príncipes” (heb. sarim) y los describe como patronos y líderes angélicos de varias naciones.[14]

Así pues, Deuteronomio 32:8–9 nos informa que el acto de juicio promulgado sobre la humanidad en Babel resultó no solo en la división y dispersión de los mismos, sino en su asignación a los miembros del consejo celestial de Yahveh. Si Israel es la herencia asignada de Yahveh. Esto implica que las otras naciones están “asignadas” a, por así decirlo, dioses menores, “hijos de Dios”, entre las huestes celestiales de Yahveh.[15] Deuteronomio 4:19–20 añade: “… El Señor tu Dios se los ha repartido como dioses a todos los pueblos que hay bajo el cielo. A vosotros, en cambio, el Señor os tomó y os sacó del horno de hierro de Egipto, para que fueseis el pueblo de su propiedad, como efectivamente ahora lo sois.” (BLP)

Para desgracia de la humanidad, en algún momento, los “hijos de Dios” que fueron nombrados como príncipes y gobernantes sobre las naciones de la tierra transgredieron el deseo de Yahveh de un orden terrenal y un gobierno justo, sembrando el caos en las naciones. Esto es lo que nos muestra una lectura natural del Salmo 82, donde los dioses de las naciones son excomulgados del Consejo divino por Yahveh por abusar de sus cargos:

“Dios preside la corte de los cielos; pronuncia juicio en medio de los seres celestiales: ¿Hasta cuándo dictarán decisiones injustas que favorecen a los malvados? Hagan justicia al pobre y al huérfano; defiendan los derechos de los oprimidos y de los desposeídos. Rescaten al pobre y al indefenso; líbrenlos de las garras de los malvados. Pero esos opresores no saben nada; ¡son tan ignorantes! Andan errantes en la oscuridad mientras el mundo entero se estremece hasta los cimientos. Yo digo: “Ustedes son dioses; son todos hijos del Altísimo. Pero morirán como simples mortales y caerán como cualquier otro gobernante. Levántate, oh Dios, y juzga a la tierra, porque todas las naciones te pertenecen.” (NTV)

Que el Salmo 82 tiene en mente a las naciones apartadas en Babel es evidente en su último verso. El salmista anuncia que Dios “heredará todas las naciones”. La referencia a los dioses (ʾelōhı̂m) del consejo de Yahveh (Sal 82:1, 6) como “hijos del Altísimo (ʿelyōn)” se alinea completamente con el reparto de las naciones por el Altísimo (ʿelyōn) entre sus hijos.[16] Los hijos de Dios puestos por gobernantes de las naciones se convirtieron en administradores corruptos y, al hacerlo, sembraron el caos en el reino celestial también, dándole a la guerra espiritual cósmica una nueva dimensión.

Esta realidad cósmica se revela al examinar pasajes como Daniel 10:13, 20, donde se mencionan «príncipes» nacionales que entran en conflicto con el pueblo de Dios. La naturaleza sobrenatural de estos príncipes se confirma al enfrentarse a Miguel, el «príncipe» de Israel y «uno de los principales príncipes» (Daniel 10:13; cf. Daniel 10:21; 12:1). Siguiendo la analogía con Miguel, queda claro que los «príncipes» de Grecia y Persia son los ángeles patrones de estas naciones. La idea de que diversas naciones estaban asignadas a diferentes dioses o seres celestiales era ampliamente aceptada en el mundo antiguo.[17]

Otro detalle interesante se encuentra en el hecho de que el término «sār» (que se traduce como «príncipe» en Daniel) también se utiliza para referirse al líder sobrenatural de la hueste de Yahveh con el que Josué se encontró al inicio de la conquista (Josué 5:13–15). Sin lugar a dudas, los seres espirituales mencionados en Daniel 10:13, Deuteronomio 32:8-9 y Salmo 82 son los gobernantes corruptos de las naciones, es decir, los principados, potestades y dominios que están al servicio de Satanás tras su rebelión contra Dios.

La creencia en el gobierno cósmico-geográfico de las naciones por parte de las fuerzas oscuras fue afirmada por el judaísmo del Segundo Templo, que expresó de manera creativa la amenaza que representaba para el pueblo de Dios. Estas ideas eran prevalentes durante la época de Jesús, sus apóstoles y los primeros seguidores cristianos. Filón de Alejandría también abordó este tema en sus escritos.:

“[Dios] estableció los límites de las naciones según el número de los ángeles de Dios; y la porción del Señor se convirtió en su pueblo, Jacob, la porción de su heredad, Israel.”[18]

El libro de los Jubileos (parte de la literatura del judaísmo del Segundo Templo) desarrolla el vínculo entre los demonios y la idolatría, y vincula aún más a los demonios y la idolatría con otras naciones. Jubileos 15:31 dice claramente que Dios hizo que los espíritus asignados a las naciones “para extraviarlos [a los pueblos] delante de Él”. 1 Enoc 85–90 nos presente la misma idea.

Al igual que sucedió con el ser sobrenatural original que se rebeló en el Edén y la violación de los hijos de Dios según Génesis 6:1–4, dando lugar a su desafortunada descendencia híbrida, la cosmovisión judía del Segundo Templo adoptó la ominosa geografía cósmica transmitida en el Antiguo Testamento. La realidad de la guerra espiritual es innegable, y el Antiguo Testamento no dudó en presentarnos a los opositores de Dios en este conflicto cósmico. El bando enemigo ha sido identificado. Es por eso que Pablo, un judío instruido en la mentalidad propia del judaísmo del Segundo Templo nos dice:

“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.” (Efesios 6:12)

¿Cuál es nuestro papel en esta lucha cósmica? El Antiguo Testamento no profundiza en ello. Como se dijo al inicio de este artículo, en el Antiguo Testamento, no hay indicios de que Dios haya empleado guerreros humanos en batallas espirituales. Los únicos seres que enfrentaron las fuerzas espirituales de maldad en el Antiguo Testamento parecen haber sido un ángel mensajero, posiblemente Gabriel, y el arcángel Miguel

Según el Antiguo Testamento ¿Cual es la meta de los principales, potestades, gobernadores de las tinieblas y de las huestes espirituales de maldad? La meta de tales adversarios espirituales es enredar a los seres humanos en su rebelión, usarlos como marionetas en su guerra espiritual y enviar a la condenación del infierno a quienes les sigan. ¿Te parece esta guerra lo suficientemente real?

BIBLIOGRAFÍA:


[1] Robert Simons, ed., Una Teología Bíblica de la Guerra Espiritual, 1a ed. (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2019).

[2] Michael S. Heiser, Demonios: Lo que la biblia realmente dice sobre los poderes de las tinieblas (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2021), 69.

[3] Dale Launderville, “Ezekiel’s Cherub: A Promising Symbol or a Dangerous Idol?” Catholic Biblical Quarterly 65.2 (2003): 165–83.

[4] Bernard F. Batto, In the Beginning: Essays on Creation Motifs in the Bible and the Ancient Near East (Lago Winona, IN: Eisenbrauns, 2013), 47.

[5] Philippe Provençal, “Sobre el sustantivo שרף [śārāp] en la Biblia hebrea», JSOT 29.3 (2005): 371–79.

[6] Véase H. Niehr, “Zaphon”, DDD 927; Clifford, The Cosmic Mountain in Canaan and the Old Testament, 57–79; C. Grave, “The Etymology of Northwest Semitic ṣapānu”, Ugarit Forschun Gn 12 (1980): 221–29; N. Wyatt, “The Significance of ṢPN in West Semitic Thought”, Ugarit: Ein ostmediterranes Kulturzentrum im Alten Orient, ed. M. Dietrich y O. Loretz (Münster: Ugarit-Verlag, 1995)

[7] Michael S. Heiser, Demonios: Lo que la biblia realmente dice sobre los poderes de las tinieblas (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2021), 131.

[8] Annette Yoshiko Reed, Fallen Angels and the History of Judaism and Christianity (Cambridge University Press, 28 Noviembre 2005), p. 46.

[9] Loren Stuckenbruck, Véase: ‘Angels’ and ‘Giants’ en The Myth of Rebellious Angels: Studies in Second Temple Judaism and New Testament Texts,  (Wm. B. Eerdmans Publishing Co.; 17 Febrero 2017), p. 372.

[10] Archie T. Wright, The Origin of Evil Spirits: The Reception of Genesis 6:1-4 in Early Jewish Literature (Fortress Press; 1 Abril 2015), p. 150.

[11] Archie T. Wright, “Some Observations on Philo’s De Gigantibus and Evil Spirits in Second Temple Judaism”, Journal for the Study of Judaism 36.4 (2005): 471–88 (esp. 482).

[12] Loren Stuckenbruck, Véase: ‘Angels’ and ‘Giants’ en The Myth of Rebellious Angels: Studies in Second Temple Judaism and New Testament Texts,  (Wm. B. Eerdmans Publishing Co.; 17 Febrero 2017), p. 103, nota 35.

[13] Ben Sirá, Ben Sirac, también conocido como Shimon ben Yeshua ben Eliezer ben Sira; Jesús Ben Sirac; Jesús, hijo de Sirac; o Sirácides, era un escriba judío helenístico, sabio y alegorista de Jerusalén. Es el autor del Libro de Sirácida o Eclesiástico, también conocido como Libro de la Sabiduría de Jesús Ben Sirá.

[14] Jeffrey H. Tigay, The JPS Torah Commentary: Deuteronomy (Jewish Publicaton Society; First Edition, 1 Junio 2003) p. 514.

[15] Michael S. Heiser, Demonios: Lo que la biblia realmente dice sobre los poderes de las tinieblas (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2021), 158.

[16] Michael S. Heiser, “El mundo invisible” (Lexham Press, 1 Septiembre 2015), p. 27–43.

[17] John J. Collins, Introduction to the Hebrew Bible (Fortress Press; 1 Marzo 2004), p. 663.

[18] Philo, De posteritate Caini 89. La traducción es del autor, basada en el texto griego de Peder Borgen, Kåre Fuglseth, y Roald Skarsten, Las obras de Philo: Texto Griego con Morfología (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2005).

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