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Una respuesta al cesacionisno | ¿Los dones carismáticos eran sólo para los apóstoles?

Por Fernando E. Alvarado

𝐀𝐑𝐆𝐔𝐌𝐄𝐍𝐓𝐎 # 𝟏 | «𝐿𝑎𝑠 𝑠𝑎𝑛𝑖𝑑𝑎𝑑𝑒𝑠 𝑦 𝑝𝑟𝑜𝑑𝑖𝑔𝑖𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑒𝑑𝑎𝑑 𝑎𝑝𝑜𝑠𝑡𝑜́𝑙𝑖𝑐𝑎 𝑠𝑜𝑙𝑜 𝑝𝑜𝑑𝑖́𝑎𝑛 𝑠𝑒𝑟 𝘩𝑒𝑐𝘩𝑎𝑠 𝑝𝑜𝑟 𝑙𝑜𝑠 𝑎𝑝𝑜́𝑠𝑡𝑜𝑙𝑒𝑠, 𝑛𝑜 𝑒𝑟𝑎𝑛 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑛𝑎𝑑𝑖𝑒 𝑚𝑎́𝑠, 𝑦𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑠 𝑒𝑟𝑎𝑛 𝑠𝑒𝑛̃𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑒𝑠𝑝𝑒𝑐𝑖𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑒𝑠 𝑎𝑢𝑡𝑒𝑛𝑡𝑖𝑓𝑖𝑐𝑎𝑏𝑎𝑛 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑟𝑒𝑝𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡𝑎𝑛𝑡𝑒𝑠 𝑎𝑢𝑡𝑜𝑟𝑖𝑧𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝐷𝑖𝑜𝑠. 𝑁𝑎𝑑𝑖𝑒, 𝑎 𝑒𝑥𝑐𝑒𝑝𝑐𝑖𝑜́𝑛 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑑𝑜𝑐𝑒 𝑎𝑝𝑜́𝑠𝑡𝑜𝑙𝑒𝑠 𝑜𝑟𝑖𝑔𝑖𝑛𝑎𝑙𝑒𝑠, 𝑒𝑠𝑡𝑎𝑏𝑎 𝑓𝑎𝑐𝑢𝑙𝑡𝑎𝑑𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑜𝑏𝑟𝑎𝑟 𝑠𝑒𝑛̃𝑎𝑙𝑒𝑠 𝑚𝑖𝑙𝑎𝑔𝑟𝑜𝑠𝑎𝑠 𝑜 𝑒𝑗𝑒𝑟𝑐𝑒𝑟 𝑙𝑜𝑠 𝑑𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑐𝑎𝑟𝑖𝑠𝑚𝑎́𝑡𝑖𝑐𝑜𝑠.»

Sin duda, el primer recurso del cesacionista es afirmar que las sanidades y prodigios de la edad apostólica solo podían ser hechas por los apóstoles, y que estas eran señales especiales que les autentificaban como representantes autorizados de Dios. Fundamentan sus afirmaciones en pasajes como 2 Corintios 12:12 en donde Pablo dice: “Con todo, las señales de apóstol han sido hechas entre vosotros en toda paciencia, por señales, prodigios y milagros” y otros como Hechos 2:43 y 5:12, en donde se dice que los milagros eran realizados por “las manos de los apóstoles”. Esto es entendido por los cesacionistas como que los milagros y sanidades eran señales exclusivas de los apóstoles y de nadie más en la iglesia. Fortalecen su argumentación señalando otros versículos como Hebreos 2:3-4 en donde se menciona que los dones de sanidad y milagros estaban firmemente vinculados a los apóstoles.

Para el cesacionista promedio es de obligatoria aceptación la idea de que los creyentes de la edad apostólica, y solo ellos, necesitaban saber quiénes eran los verdaderos apóstoles, para así respetar su autoridad especial y única. Sólo de esta manera los primeros cristianos reconocerían a los verdaderos apóstoles por las sanidades que efectuaban y otras señales. De acuerdo con los cesacionistas, las personas que no pertenecían al grupo de los apóstoles no podían hacer estas señales. Su razonamiento es que, si ellos las hubiesen podido hacer, entonces nadie habría podido tener la certeza de quiénes eran los verdaderos apóstoles.

Este argumento, sin embargo, resulta bastante débil, ya que parecen ignorar felizmente que no solo los apóstoles efectuaron milagros y sanidades en la iglesia primitiva. Por ejemplo:

1- El Señor le ordenó a Ananías que sanase a Pablo y Ananías, ciertamente, no era un apóstol (Hechos 9:10-18)

2.- Los setenta (o setenta y dos según algunas versiones) también recibieron poder para efectuar señales y liberaciones milagrosas. Esto es fácilmente constatable por las palabras de Jesús así como por las propias afirmaciones de los setenta en Lucas 10:1-9 y 10:17

3.- En Marcos 16:14-20 se nos dice que Jesús, antes de su ascensión, concedió a sus discípulos la autoridad para efectuar señales milagrosas, sanidades y otros prodigios. Esto evidentemente no se limitaba a los once, sino que se consideraba un privilegio concedido a todo discípulo de Jesús como lo señala el versículo 17 (“estas señales seguirán a los que creyeren”). Esto es aún más claro si se tiene en cuenta que en Hechos 6:8 se nos dice que “Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo.” ¡Y él no era uno de los apóstoles!

4.- Los dones proféticos tampoco eran exclusivos de los apóstoles. El ejercicio de los dones espirituales (incluyendo aquellos de carácter profético) estaban a disposición de todo el cuerpo de Cristo (Hechos 21:9; 21:10-12; 1 Corintios 14:1).

5.- En Lucas 9:49 y Marcos 9:38, Cristo fue contundente al afirmar que el ejercicio de señales milagrosas no era propiedad exclusiva de una élite espiritual (ni siquiera de los Doce), sino de todo aquel que creyese en su nombre.

El Nuevo Testamento (y particularmente el libro de los Hechos, es claro: Otros además de los apóstoles, hicieron uso de los dones carismáticos. Más allá de los grupos ya mencionados, por lo menos 108 personas de entre las 120 que se reunieron en el aposento alto el día de Pentecostés no eran apóstoles, e igual ejercieron los dones carismáticos. Pero la lista continúa: Felipe (cap. 8); miembros de la iglesia de Antioquía (13.1); nuevos conversos de Éfeso (19:6); mujeres de Cesarea (21:8-9); los hermanos anónimos de Gálatas 3:5; creyentes de Roma (Romanos 12:6-8); creyentes de Corinto (1 Corintios 12-14); y cristianos de Tesalónica (1Tes. 5:19-20). ¡Todos ellos ejercitaron dones carismáticos sin ser apóstoles!

Más aún, cuando uno lee 1 Corintios 12:7-10, no parece que Pablo esté diciendo que los charismata solo se les dieran a los apóstoles. El Espíritu soberano dio dones de sanidad, milagros, lenguas y demás a cristianos normales de la iglesia de Corinto, para la edificación diaria del Cuerpo. El Espíritu se manifestó a granjeros y amas de casa, del mismo modo que a los apóstoles, ancianos y diáconos; se manifestó a todos ellos «para el bien común» de la Iglesia. El argumento cesacionista que limita la posesión de los dones espirituales a los apóstoles es claramente falso.

Nadie niega que la época o período de la iglesia primitiva o edad «apostólica» fue una época extraordinaria y excepcional. Sin embargo, existe una continuidad fundamental o una relación espiritualmente orgánica entre la iglesia en Hechos y la iglesia en siglos posteriores. La iglesia universal o cuerpo de Cristo que fue establecido y dotado por el ministerio de los apóstoles es la misma iglesia universal y el cuerpo de Cristo hoy. Estamos juntos con Pablo, Pedro, Silas, Lidia, Priscila y Lucas, todos miembros del mismo cuerpo de Cristo. Si la iglesia de hoy es tan verdaderamente la iglesia de Cristo como lo fue la iglesia apostólica, las mismas señales, prodigios y carismas que ellos experimentaron están disponibles para nosotros. Si en las iglesias cesacionistas estas señales han cesado, les toca a ellos justificar la autenticidad, no de los carismas en nuestra época, sino de su propia unidad o pertenencia al cuerpo de Cristo.

Por último, aunque los cesacionistas quisieran hacernos creer que los dones carismáticos fueron diseñados exclusivamente para autenticar apóstoles, esto es bíblicamente insostenible. Para empezar, los cesacionistas no pueden presentar ninguna explicación sólida de por qué los creyentes no apostólicos (como Felipe y Esteban) estaban facultados para realizarlas (ver 1 Co 12:8-10, donde el don de la milagros, entre otros, se le dio a los creyentes comunes, no apostólicos). Luego, tampoco pueden negar el hecho de que los milagros, en cualquier forma, sirvieron para varios propósitos distintos, no solo para probar la validez del ministerio apostólico. Por ejemplo:

A) Propósitos doxológicos (para glorificar a Dios: Jn 2:11; 9:03; 11:04; 11:40, y Mt 15:29-31.)

B) Propósito evangelístico (para preparar el camino para que el evangelio sea dado a conocer: ver Hch 9:32-43)

C) Propósito pastoral (como expresión de la compasión y el amor y el cuidado de las ovejas: Mt 14:14, Mr 1:40-41)

D) Para la edificación (para edificar y fortalecer a los creyentes: 1 Co 12:07 y el «bien común», 1 Co 14:3-5, 26).

Todos los dones del Espíritu, ya sean lenguas o enseñanza, de profecía o de misericordia, curación o ayuda, se les dio (entre otras razones) para edificación, construcción, aliento, instrucción, consolación y santificación del cuerpo de Cristo. Por lo tanto, tales dones continuarían funcionando en la iglesia por las otras razones mencionadas, aún más allá de la edad apostólica y para todos los creyentes. Estos nunca estuvieron reservados para una élite espiritual determinada. Son un regalo divino para todos los creyentes.

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