Asambleas de Dios, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico, Salvación

¿Qué creen los pentecostales? | Las Asambleas de Dios (V) – La Salvación del Hombre

Por Fernando E. Alvarado

Al igual que las denominaciones protestantes históricas, las principales denominaciones pentecostales tienen sus propios credos o confesiones de fe. En el caso particular de las Asambleas de Dios (la más de las denominaciones pentecostales, con alrededor de 69 millones de miembros), dicha confesión de fe es conocida como “Declaración de verdades fundamentales”. Tal declaración contiene las 16 doctrinas que, de acuerdo con las Asambleas de Dios, la definen como denominación evangélica y pentecostal.

En esta ocasión te invito a conocer el Artículo 5 de la Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios (en próximos artículos abordaremos las declaraciones de fe de otras denominaciones pentecostales).

ARTÍCULO 5, LA SALVACIÓN DEL HOMBRE

La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Condiciones para la salvación:

La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe (Lucas 24:47; Juan 3:3; Romanos 10:13-15; Efesios 2:8; Tito 2:11; Tito 3:5-7)

Evidencias de la salvación:

La evidencia interna de la salvación es el testimonio directo del Espíritu (Romanos 8:16). La evidencia externa ante todos los hombres es una vida de justicia y verdadera santidad (Efesios 4:24; Tito 2:12).

EXPLICACIÓN

Hay un solo Dios y un solo mediador, Jesucristo el Dios Hombre, quien se entregó para salvar a todos los que vienen a él. Cristo mismo afirmó esto:

«Yo soy el camino, y la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6)

Esto es una declaración radical. Es como si Jesús dijera: «si quieres venir al Padre tiene que ser por mí y solamente por mí». Si quieres venir al verdadero Dios tiene que ser a través de Cristo, solo Cristo. Todos los propósitos, planes, decisiones, decretos y promesas de Dios encuentran su cumplimiento final en Jesucristo. Todo lo que el Padre hace se centra en su hijo, y todo lo que el Espíritu hace da testimonio y trae gloria al Hijo.

Nuestra fe protestante, evangélica y pentecostal proclama:

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12)

La muerte de Cristo fue un sacrificio vicario. La palabra “vicario” significa “sustituto”. Por lo tanto, Cristo fue nuestro sustituto en el sentido de que él tomó nuestro lugar y sufrió nuestro castigo. Su muerte sustitutiva también fue un acto legal por el cual Cristo cumplió la ley y, legalmente, pagó la pena del pecado. El Antiguo  abunda en ejemplos de sacrificios vicarios o sustitutivos. En Génesis 22:13 leemos:

“Entonces Abraham miró hacia atrás y vio que un carnero estaba enredado por los cuernos en un arbusto. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto, en lugar de su hijo” (NBV).

Nótese que el carnero fue ofrecido en lugar de Isaac. Este fue un sacrificio sustitutivo o “vicario”. Al hablar de la obra expiatoria de Cristo, Isaías, profetizó:

“Y, sin embargo, el sufrimiento que él padeció es el que a nosotros nos correspondía, nuestras penas eran las que lo agobiaron. Y nosotros pensábamos que sus tribulaciones eran castigo de Dios por sus propios pecados, ¡pero él fue herido y maltratado por los pecados nuestros! ¡Se le castigó para que nosotros tuviéramos paz, lo azotaron y nosotros fuimos sanados por su sufrimiento!” (Isaías 53:4-5, NBV)

De acuerdo con el profeta Isaías, Jesús soportó nuestras penas, fue azotado por Dios y llevó en sí mismo el castigo que nosotros merecíamos. Lo que a nosotros nos correspondía pagar por nuestra pecaminosidad es lo que cayó sobre Cristo. Él fue nuestro sustituto ante Dios. El Nuevo Testamento nos muestra el cumplimiento pleno de dicha profecía a través de Jesús. Los escritores del Nuevo Testamento enseñan con claridad la naturaleza vicaria de la expiación. Así, por ejemplo, en 2 Corintios 5:21, Pablo afirma: “Dios tomó a Cristo, que no tenía pecado, y puso sobre él nuestros pecados, para declararnos justos por medio de Cristo” (NBV).

En Romanos 4:25 también se nos dice: “Él murió por nuestros pecados y resucitó para poder presentarnos justos ante Dios” (NBV). Claramente, Jesús fue muerto en sustitución nuestra. Él fue hecho pecado en nuestro nombre. Así como el carnero enredado en los arbustos fue ofrecido como un sustituto por Isaac, Cristo fue ofrecido en sustitución nuestra. Es por eso por lo que la Biblia dice que Jesús se hizo pecado en sustitución nuestra, que fue herido y azotado a causa de nuestras transgresiones, que llevó nuestras penas y dolencias, que fue traspasado por nuestras transgresiones y molido por nuestras rebeliones e iniquidades. Jesús hizo lo que no podíamos hacer por nosotros mismos. Él tomó nuestro lugar y llevó nuestros pecados en su cuerpo en la cruz:

“Cristo mismo llevó en su cuerpo nuestros pecados a la cruz, para que muramos al pecado y llevemos una vida justa. Cristo fue herido para que ustedes fueran sanados” (1 Pedro 2:24, NBV).

Con su muerte sustitutiva, Cristo llegó a ser la propiciación ante Dios por nuestros pecados:

“A quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente” (Romanos 3:25, LBLA)

“Él mismo es la propiciación[a] por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero” (1 Juan 2:2, LBLA).

“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10, LBLA).

JUSTIFICADOS POR LA FE

La salvación es a través de la fe, no de las obras, como explica Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”

Juan 3:16 enfatiza la fe en Jesús para la vida eterna:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”

Juan 5:24 agrega:

“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”

Jesús también enseñó que:

“Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado” (Juan 6:29)

La iglesia primitiva afirmó esta enseñanza de Jesús y notó que sus enseñanzas hacían eco de las palabras anteriores de los profetas del Antiguo Testamento:

“De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre” (Hechos 10:43)

Romanos 1:17 cita Habacuc 2: 4 en el Antiguo Testamento y dice:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”

Lo que la ley del Antiguo Testamento buscaba alcanzar por medio de las obras, fue alcanzado por medio de la fe en Jesucristo:

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.” (Romanos 3:28)

Filipenses 3: 9 declara que la fe es lo que nos hace justos:

“… y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe”

Pocas doctrinas son más importantes para la teología evangélica que la doctrina de la justificación solo por fe. El pentecostalismo clásico (al cual se adscriben las Asambleas de Dios), siempre ha tratado a la justificación por fe como un distintivo bíblico central. Ésta es la doctrina que hace que el cristianismo auténtico sea distinto de todas las demás religiones. El cristianismo es la religión de la realización divina, con el énfasis siempre en la obra consumada de Cristo. Todas las demás son religiones de logros humanos. Se preocupan, inevitablemente, con los esfuerzos propios del pecador por ser santo.

La Escritura misma hace de sola fide la única alternativa a un sistema condenatorio de obras-justicia:

“Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia” (Romanos 4:4-5).

En otras palabras, los que confían en Cristo para la justificación sólo por fe reciben una justicia perfecta que se les es tenida en cuenta. Aquellos que tratan de establecer la suya propia o mezclan la fe con las obras sólo reciben la terrible paga que se debe a todos los que no alcanzan la perfección. Así que el individuo, tanto como la iglesia, se mantiene o cae con el principio de sola fide. La apostasía de Israel estaba basada en el abandono de la justificación solo por fe:

“Porque ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer la suya propia, no se han sujetado a la justicia de Dios” (Romanos 10:3)

LA FE SALVADORA, UNA FE QUE OBRA

No obstante, y a pesar de sostener la plena validez de la salvación y la justificación por la fe sola, reconocemos que la fe viva es la que actúa y se mueve por el amor. Los evangélicos, y particularmente los pentecostales, sostenemos la salvación por fe. Afirmamos sin duda alguna que “por gracia sois salvos por medio de la fe” y de que “el justo por la fe vivirá”. Sin embargo, también afirmamos, basados en la Palabra de Dios, que la fe de aquellos que han tenido y tienen la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana, es, y debe siempre ser, activa y moverse por el amor.

¿Plantea esto una contradicción con la doctrina de la salvación por la fe sola? ¡En ninguna manera! En la Biblia se muestra, en otros contextos, que la fe, para vivir, para respirar, para ser auténtica, tiene que tener obras, actuación y dinamismo. Santiago afirma:

“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no lo demuestra con sus acciones? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Por ejemplo: un hermano o una hermana no tiene ropa para vestirse y tampoco tiene el alimento necesario para cada día. Si uno de ustedes le dice: «Que te vaya bien, abrígate y come todo lo que quieras», pero no le da lo que necesita su cuerpo, ¿de qué le sirve? Así pasa también con la fe: por sí sola, sin acciones, está muerta. Pero alguien puede decir: «Tú tienes fe, y yo tengo acciones. Pues bien, muéstrame tu fe sin las acciones, y yo te mostraré mi fe por medio de mis acciones». Tú crees que hay un solo Dios. ¡Qué bien! Pero también los demonios lo creen, y tiemblan. ¡No seas tonto! Debes darte cuenta de que la fe sin las acciones es inútil. Nuestro antepasado Abraham fue declarado justo por lo que hizo. Él ofreció como sacrificio a su hijo Isaac sobre el altar. Date cuenta de que su fe iba acompañada de sus acciones, y por medio de sus acciones su fe llegó a ser perfecta. Así se cumplió la Escritura que dice: «Abraham creyó a Dios y eso se le tomó en cuenta como justicia». Y a Abraham lo llamaron amigo de Dios. Como pueden ver, a una persona se la declara justa por sus acciones, y no sólo por su fe. Lo mismo le pasó a Rahab, la prostituta, cuando recibió a los espías y los ayudó a huir por otro camino. Ella fue declarada justa. Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, la fe sin acciones está muerta” (Santiago 2:14-26, NBV)

La justificación bíblica jamás minimiza el renacimiento espiritual de la regeneración (2 Corintios 5:17); ni tampoco substrae los efectos morales del nuevo corazón del creyente (Ezequiel 36:26-27). La doctrina de la justificación por la fe jamás convierte la gracia de Dios en libertinaje (Judas 4). Este punto de vista se llama antinomianismo.

Aclaramos: No son las obras las que nos salvan, es la fe, pero esta fe, si es viva necesita ineludiblemente, ser una fe activa. No hay fe en aquel que carece de obras justas y, si hubiera fe, caería en la calificación de una fe muerta, aunque quien la tenga sea totalmente religioso. Así, el apóstol Pablo, que nos deja toda la doctrina de la gracia, de la justificación, el Apóstol que nos deja la frase lapidaria “el justo por la fe vivirá”, también nos deja, escribiendo a los Gálatas, que “la fe… obra por el amor” (Gálatas 5:6).

Cuando a la fe le cortamos esa dimensión amorosa, obradora y actuante, la matamos o termina por morirse y dejar de ser. En última instancia, una fe sin obras debería ser considerada una fe falsa, incapaz de salvar, ya que la fe sin obras revela un corazón que no ha sido transformado por Dios. Cuando hemos sido regenerados por el Espíritu Santo, nuestras vidas van a demostrar esa vida nueva. Nuestras obras se caracterizarán por la obediencia a Dios. La fe que no se ve, llega a ser evidente por la demostración del fruto del Espíritu en nuestras vidas (Gálatas 5:22). Si no hay frutos, es obvio que la fe no es real.

La fe sin obras es una fe vana, pues la fe resulta en una nueva creación, no en una repetición de los mismos patrones de conducta pecaminosa. Como Pablo escribió en 2 Corintios 5:17, “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”.

La fe sin obras viene de un corazón que no ha sido regenerado por Dios. Profesar una fe vacía, no tiene el poder para cambiar vidas. Aquellos que dicen tener fe pero que no tienen el Espíritu, escucharán a Cristo mismo decir, “Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7:23).

Aquel que dice tener fe, lo demostrará por sus obras, pues la fe es más que un mero asentimiento intelectual. Los pentecostales creemos que las buenas obras no nos salvan, sin embargo, creemos también que los verdaderamente salvos producen buenas obras.

LA FE QUE OBRA NO ES UNA FE LEGALISTA

Por otro parte, hay muchos que hacen que la justificación dependa de una mezcla de fe y obras. El efecto es hacer de la justificación un proceso basado en la propia justicia imperfecta del creyente en lugar de un acto declarativo de Dios basado en la justicia perfecta de Cristo. Tan pronto como la justificación se fusiona con la santificación, las obras de la justicia se convierten en una parte esencial del proceso. La fe se diluye por lo tanto con las obras. Se abandona la doctrina de la justificación por la fe. Éste fue el error de los legalistas de Galacia (Gálatas 2:16; 5:4). Pablo lo llamó “un evangelio diferente” (Gálatas 1:6, 9). El mismo error se encuentra prácticamente en todo culto falso. Es el principal error del catolicismo romano y de las sectas legalistas.

Ante la pregunta: ¿Qué debemos hacer para ser salvos? Los pentecostales, al igual que el apóstol Pablo respondemos si dudarlo:

“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hechos 16:31)

Las epístolas doctrinales cruciales de Pablo (especialmente Romanos y Gálatas) se extienden en esa respuesta, desarrollando la doctrina de la justificación por la fe para mostrar cómo somos justificados por la fe sin obras humanas de ningún tipo. Dicho de otro modo: el cristiano no hace buenas obras para ser salvo ¡Sino porque ya es salvo! Es el fruto natural que se espera del verdadero creyente.

¿DESEAS ESTUDIAR MÁS ESTE TEMA?

Te invito a visitar los siguientes enlaces:

FUENTES:

Declaración de Verdades Fundamentales, disponible en: https://ag.org/es-ES/Creencias/Declaraci%C3%B3n-de-verdades-fundamentales-

Pensamiento Pentecostal Arminiano | www.pensamientopentecostalarminiano.org

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s