Egalitarianismo, Ministerio Femenino

Mujeres en el ministerio: Llamadas, escogidas y empoderadas por Dios

Por Fernando E. Alvarado.

Mientras muchos niegan la igualdad bíblica entre el hombre y la mujer y se oponen a que ejerzan el ministerio, nuestras valientes hermanas no han perdido el tiempo en debates. Ellas se han enfocado en ejercer el llamamiento y los dones que Dios les ha dado y de esa forma aportar mucho más en nuestras iglesias y en la extensión del Reino. Es tiempo de dejar de lado la polémica de si la mujer debe o no debe ejercer autoridad sobre el varón en la iglesia. Muchas mujeres tienen los dones y el llamamiento para liderar. ¿Por qué cortarles las alas?

Romanos 11:29 nos dice que “irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios”. La oposición de algunos jamás podrá destruir el llamado de nuestras fieles hermanas, pues su llamado proviene de Dios, no del hombre que las crítica por ejercerlo. El pueblo de Dios puede y debe trabajar conjuntamente, hombres y mujeres, en el cumplimiento de la Gran comisión dada en Mateo 28:19-20:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”.

Tanto los hombres como las mujeres, debemos comprometernos con un modelo de ministerio que refleje el espíritu de servicio mostrado por nuestro Señor Jesucristo, y no la lucha mundana por el poder y el estatus social. Debemos evitar el dominio del hombre sobre la mujer y que ésta se sienta oprimida o postergada, o viceversa, o los deseos de la mujer de demostrar que vale tanto o más que los hombres. Ambas intenciones pervierten el liderazgo, lo ejerza quien lo ejerza, porque no se aplica el corazón de Cristo. Luchemos en unidad, hombres y mujeres, por el cumplimiento de la misión dada a la iglesia de ir y hacer discípulos en todas las naciones (Marcos 16:15), no olvidando que dicho mandato no discrimina a nadie, pues toda barrera étnica, socioeconómica e incluso de género, ha sido derribada por Cristo en la cruz. Ahora en Cristo:

“Ya no importa si eres judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer. Todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28, NBV).

La “batalla de los sexos” no tiene cabida en la Iglesia del Señor, pues la cruz significa más que perdón, es también reconciliación. Una reconciliación del hombre con Dios y del hombre con sus semejantes, pues “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (1 Corintios 5:19). El hombre y la mujer fueron creados para reflejar juntos la imagen de Dios:

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).

Juntos, por Su gracia y para Su gloria, trabajarán en unidad, ejerciendo cada uno los dones y ministerios que en su soberana voluntad Dios les conceda: pastores y pastoras, misioneros y misioneras, maestros y maestras de la Palabra. Juntos hombre y mujer, liderando y ejerciendo sus dones como iguales para el beneficio del cuerpo de Cristo.

Dones Espirituales

Los Dones de Servicio.

Por: Pastor Fernando Ernesto Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Dios, en su gracia, nos ha dado dones diferentes para hacer bien determinadas cosas. El apóstol Pablo enseñó: “Pero teniendo dones que difieren, según la gracia que nos ha sido dada, usémoslos: si el de profecía, úsese en proporción a la fe; si el de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que da, con liberalidad; el que dirige, con diligencia; el que muestra misericordia, con alegría.” (Romanos 12:6-8; LBLA)

La palabra griega que se traduce como “don” en este pasaje es charisma, la misma que encontramos en 1 Corintios 12 para describir los dones carismáticos (dones de palabra y de poder) y en Efesios 4:11 al hablar de los dones ministeriales o funciones carismáticas. Esta nueva categoría de dones es conocida como dones de servicio o motivacionales. Es a esta categoría de dones a la cual se refería Pedro cuando dijo que deberíamos emplear los dones para el beneficio de otras personas: “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndoos los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios. El que habla, que hable conforme a las palabras de Dios; el que sirve, que lo haga por la fortaleza que Dios da, para que en todo Dios sea glorificado mediante Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.” (1 Pedro 3:10-11, LBLA).

En muchos sentidos estos dones se manifiestan espontáneamente por lo que somos; en otras palabras, “lo que es genuino en nosotros”, y que parte de lo natural. Sin embargo, estos dones, que podrían parecernos totalmente naturales, deben ser santificados por la obra regeneradora del Espíritu Santo en nuestras vidas. La razón de esos dones es el servir a los demás. Romanos 12:6-8 menciona 7 dones de este tipo: Profecía (Profeteia), servicio (Diakonía), enseñanza (Didaskalia), exhortación (Paraklesis), compartir o Dar (Metadídomi), presidir (Proistemi) y misericordia (Eléeo)

Dios ha creado estos dones a fin de que sean utilizados para el beneficio de los demás y para su gloria. Por lo tanto, es importante tener un entendimiento claro de lo que son y de cómo funcionan.

 

I.- DON DE PERCEPCIÓN (PROFETEIA).

No es en sí el ministerio profético de Efesios 4: 11, por lo que el término “don de percepción” resulta más adecuado; aunque es posible que el que tenga ese don tenga también el ministerio profético, entendiendo que tal ministerio de profeta básicamente significa el ser usado por Dios para declarar la verdad a los creyentes. En este sentido, profetizar es decir de parte de Dios, lo que Dios quiere decir a los suyos. Este don se trata más bien de interpretar la realidad desde la perspectiva de Dios, y así señalar las exigencias de Dios para llevar a otros por la senda del arrepentimiento y del amor. Esta percepción de la realidad y su experiencia con Dios lleva a los poseedores de este don a convertirse en intercesores por el pueblo delante de Dios.

Ezequiel nos muestra claramente lo que se espera de alguien con este don de percepción o “profecía” en su contexto de servicio: “Como zorras en los desiertos fueron tus profetas, oh Israel. No habéis subido a las brechas, ni habéis edificado un muro alrededor de la casa de Israel, para que resista firme en la batalla en el día de Jehová” (Ezequiel 13:4 -5).

Las zorras del desierto son animales oportunistas, al vivir en un medio hostil se las ingenian para conseguir alimentos a cualquier precio. Ezequiel compara a los falsos profetas con animales predadores, egoístas, que buscan llenar su propio vientre a cualquier costa. Y lo que les reclama es que “no han subido a las brechas ni edificado un muro alrededor del pueblo”. Estos falsos profetas están tan ocupados en ellos mismos, en dar mensajes populares, en decir lo que la gente quiere escuchar para obtener ventajas de ello, que no hicieron lo que el profeta debe hacer: Ponerse en la brecha.

“Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé.” (Ezequiel 22:30).

Todo profeta debe ser intercesor. Cuando Dios le da la palabra a Moisés de que destruiría el pueblo por su pecado él le suplica, se pone en medio y logra que Dios perdone, recibió una palabra profética pero no fue corriendo a darla al pueblo, sino que primero trató de disuadir a Dios (Éxodo 32:30-32; Números 14:13-15, Deuteronomio 9:13-14). Lo mismo podemos decir de Abraham cuando se le revela el juicio sobre Sodoma (Génesis 18:16-33) o David cuando el Señor le dice que habrá un castigo por causa del censo que hizo (2Samuel 24, 1 Crónicas 21.1-27). El denominador común es que recibieron una palabra de Dios e intercedieron. A sus intercesores, esas personas con un don de percepción espiritual de origen divino, Dios puede mostrarles ciertas cosas que para otros están ocultas y llevarlos a interceder por tales situaciones (Amós 3:7). El motor de la intercesión de los que mencionamos anteriormente fue la misericordia y el amor, esencia y clave de todo don de servicio. Cuando están presentes en abundancia nos llevan a interceder fervientemente, con la convicción que Dios puede intervenir y cambiar esa situación para bien.

Pablo dijo: “Porque quiero que sepáis cuán gran lucha sostengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que nunca han visto mi rostro, para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, hasta alcanzar todas las riquezas de pleno entendimiento, a fin de conocer el misterio de Dios el Padre, y de Cristo.” (Colosenses 2:1-2). La consolación, la unidad, el pleno entendimiento y el conocimiento no son cosas que se puedan lograr en lo natural, no importa cuán fuerte se trabaje en ello, es una obra interna. Pablo peleaba en oración contra lo que se oponía a que los colosenses alcanzaran estas cosas. Se había puesto entre los hermanos y el enemigo y no hacía una oración a la ligera. Sino que luchaba y su confrontación con las tinieblas era grande. Lo más llamativo aún es que no los conocía en persona (“nunca han visto mi rostro”) ¡Cuánto amor y espíritu de servicio se necesita para luchar en oración por alguien a quien ni conocemos! ¿Quién de los intercesores no ha sido despertado en mitad de la noche, inquietado por el Espíritu, para orar por cierto misionero, pastor, líder o hermano de l congregación?

Pero la profecía, entendida en el contexto de Romanos 12:6-8 como un don de servicio implica no solo el área intercesora, sino que también, como lo señala explícitamente Pablo, es un don de edificación a través de la Palabra, exhortación y consejería bíblica, así como también impartir consuelo a los demás: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación… el que profetiza edifica a la iglesia.” (1 Corintios 14:3-4). Es declarar la verdad de Dios en el momento oportuno a la persona que lo necesita. Y es ahí donde la percepción espiritual se vuelve esencial. Por eso a este don se le llama también “profecía” en Romanos 12:6, mostrándonos 3 facetas de este don: como carisma del Espíritu (1 Corintios 12), como ministerio (Efesios 4:11) y como don de servicio (Romanos 12:6).

 

II.- DON DE SERVICIO (DIAKONÍA).

El segundo de lo siete dones mencionados en Romanos 12:6-8 es el don que llamamos el don de servicio. La palabra griega es Diakonía, que expresa la idea de hacer cosas prácticas para servir a otros. Quien tiene el don de servicio se goza al ayudar, colaborar y seguir instrucciones, siendo de gran utilidad de muchas maneras. La persona que tiene el don de servir tiene la habilidad para descubrir las necesidades personales de los demás. Pasa por alto las incomodidades personales con el fin de satisfacer las necesidades de otros y bendecir con su servicio al cuerpo de Cristo. Es un don que pasa muchas veces desapercibido por muchos, pero es de gran estima a los ojos del Señor. Aunque en la escala de valores del hombre, el servicio está en lo más bajo; en la escala de cómo Dios valora las cosas, el servicio es lo más alto en la dignidad de los dones. Lucas 22:24-27 nos dice: “Hubo también entre ellos una disputa sobre quién de ellos sería el mayor. Pero él les dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve.”

El ejemplo de Cristo le da sustento y fuerza al insigne don de servir. Podemos decir que despreciar el don de servicio; es despreciar el mismo ministerio de Cristo, y aún, a él mismo: “Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el dual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” (Filipenses 2:5-8). En Juan 13:4-9 nuestro Señor mismo nos dio el ejemplo: “Se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza.”

Todos debemos servir. Sin embargo, hay personas que de parte de Dios tienen una facilidad y unción especial para hacerlo de forma más espontánea y genuina en la práctica. Pablo anima de una manera especial al que tiene ese don a que lo ponga en práctica. El Nuevo Testamento registra varios ejemplos de personas llenas del Espíritu Santo que poseían el don de servir: Marta (Juan 11:1-40), Febe (Romanos 16:1-2), Esteban (Hechos 6:1-15, 7:1-60), Felipe (Juan 1:43-45, 6:5-7, 12:21-22, 14:8, Hechos  6:5, 8:5-40, 21:8-9), Onésimo (Filemón, Colosenses. 4:9), la suegra de Pedro (Mateo. 8:14-15), Dorcas (Hechos 9:36-42), etc.

El don de servir implica darlo todo por el Reino, no sólo dando de nuestros bienes, sino de nosotros mismos. 2 Corintios 12:15 nos lo explica claramente: “Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea amado menos.” Además de obrar por el bien de los santos, aquellos con el don espiritual de servir, han recibido la capacidad única para identificar a aquellos que están luchando con dudas, temores y otras batallas espirituales. Se dirigen hacia aquellos en necesidad espiritual con una palabra amable, una actitud comprensiva y compasiva, y la singular habilidad para hablar la verdad bíblica de una manera amorosa y que produzca convicción. Sus palabras son como “manzana de oro con figuras de plata” (Proverbios 25:11) para los espiritualmente débiles y cansados. Estos cristianos serviciales pueden calmar la ansiedad en los corazones oprimidos, con alegría y con confianza, hablando palabras de verdad y de gozo.

 

III.- DON DE ENSEÑANZA (DIDASKALIA).

El don espiritual de la enseñanza es uno de los dones del Espíritu Santo (Romanos 12:7). Es un don dado por el Espíritu Santo, permitiéndole a un creyente comunicar eficazmente las verdades de la Biblia a los demás. El don de la enseñanza implica el análisis y la proclamación de la Palabra de Dios, explicando el significado, el contexto y la aplicación a la vida del oyente. El que tiene el don de la enseñanza, es aquel que tiene la habilidad única para instruir y comunicar claramente el conocimiento, concretamente las doctrinas de la fe y las verdades de la Biblia.

Es el don de aquel que enseña (ho didáskon). No es en sí un maestro conforme a Efesios 4: 11, (ho didáskalos), necesariamente, aunque podría serlo también. La enseñanza es la habilidad de buscar e investigar la verdad para presentarla a los demás. El que enseña, revela o da a conocer la verdad, explicándola. Aquí estamos hablando de la enseñanza de la palabra de Dios, es decir, la teología. La motivación del que enseña es hacer aprender a los demás la verdad, y para ello se esfuerza en desenterrar hechos escondidos, y acumular conocimientos, buscando la mejor manera de darlos a conocer.  Como cristiano, siempre será conforme a la verdad revelada por Dios en la Escritura.

“El que enseña” (Ho didáskalos) como cristiano, es el que está motivado a hacer comprender a los demás la verdad revelada de Dios. El don de enseñar implica la capacidad especial de comunicar la Palabra de Dios de manera sistemática y con precisión. Lo tiene el maestro, aquel que disfruta de investigar y comunicar la verdad. La iglesia sufre cuando no hay precisión en la enseñanza. Por eso, Dios concede este don a su iglesia a menudo. Hechos 18:24-28 nos habla de Apolos, un hombre que poseía este don de Dios: “Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. Y comenzó a hablar con denuedo en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.”

El don de enseñar mencionado en Romanos 12:7 se diferencia del don ministerial mencionado en Efesios 4:11 en algunos aspectos:

  • El don de maestro mencionado en Efesios 4:11 tiene más que ver con el don ministerial de pastor que con el don de enseñar en sí. Conforme a la estructura de la oración en griego en Efesios 4:11, pastores y maestros están estrechamente enlazados. Parece que los pastores están incluidos en la categoría de los maestros. De hecho, lo más correcto sería traducirlo pastores-maestros y no “pastores y maestros” como si fueran dones separados. De modo que, en Efesios 4:11, Pablo parece indicar que pastorear y enseñar se refiere al mismo don, es decir, que todos los pastores son a la vez maestros. Pero al mismo tiempo, los pastores son más que maestros porque ellos enseñan, gobiernan, protegen y prácticamente cuidan el rebaño. Por el hecho de que la función de los pastores es apacentar la grey de Dios según 1 Pedro 5:1-4, los creyentes con el don de pastor pueden ser aún más efectivos que aquellos que sólo tienen el don de enseñar. Son el tipo de ancianos sobre los cuales habla Pablo en 1 Timoteo 5:17, quienes son dignos de doble honor.

 

  • Los maestros mencionados en Romanos 12:7, en cambio, son instructores que pueden funcionar localmente, o de forma itinerante. Pueden o no ser pastores, ya que un hombre puede ser maestro sin necesariamente tener el corazón de pastor ni el llamado a tal ministerio. Igualmente podemos decir que un pastor puede ser capaz de enseñar la Palabra, sin tener el don de enseñanza. Teólogos, maestros de institutos bíblicos, seminarios teológicos y universidades cristianas; líderes y maestros de escuela dominical, los padres en relación con sus hijos, aquellos que trabajan en áreas como guarderías, iglesias infantiles, ministerios infanto-juveniles, etc., pueden experimentar el don de enseñar mencionado en Romanos 12:7 sin necesariamente tener el llamado pastoral que implica el “pastores-maestros” de Efesios 4:11.

 

IV- DON DE EXHORTAR Y ANIMAR (PARAKLÉSIS).

El don de la exhortación se encuentra en la lista de dones que menciona Pablo en Romanos 12:7-8. La palabra que se traduce como “exhortación” o “consuelo” es la palabra griega paraklésis, relacionada con la palabra paracleto. Paraklésis básicamente significa “un llamado al lado de alguien”. Paraklésis lleva la idea de traer a alguien muy de cerca a fin de “exhortar”, “instar”, “alentar”, “dar gozo”, y “consolar” a la persona. Todas estas acciones constituyen el don de exhortación. Por ejemplo, Pablo a menudo exhortó e instó a sus lectores a que actuaran sobre algo que escribió. Un buen ejemplo está en Romanos 12:1-2, donde Pablo insta a los romanos a presentar sus cuerpos a Dios como un sacrificio vivo. Haciendo esto, ellos conocerían y comprenderían la voluntad de Dios. Curiosamente, cuando Jesús conversaba con sus discípulos en la noche de su arresto, se refirió al Espíritu Santo como el “Ayudador” o “Consolador” (Juan 14:16, 26; 15:26), razón por la cual se habla del Espíritu Santo como el “Paracleto”, que es aquel que viene a nuestro lado para exhortarnos y alentarnos. Una persona con el don espiritual de la exhortación puede usar su don tanto en público como en privado. La exhortación es útil en la consejería, el discipulado, el mentoreo y la predicación. El cuerpo de Cristo es edificado en la fe como resultado del ministerio de aquellos que tienen el don de la exhortación.

El don de la exhortación o consolación se diferencia del don de la enseñanza en cuanto a que la exhortación se centra en la aplicación práctica de la Biblia, mientras que una persona con el don de la enseñanza se enfoca en el significado y el contenido de la Biblia. Él o ella se pueden relacionar con los demás, en grupo o individualmente, con comprensión, compasión y orientación positiva. La enseñanza dice, “Este es el camino que debes seguir”; la exhortación dice, “Yo te ayudaré a ir por ese camino”. Una persona con el don de exhortación puede ayudar a otra persona a pasar del pesimismo al optimismo. Probablemente, el mejor ejemplo bíblico de alguien con el don de la exhortación o consolación es Bernabé. Su verdadero nombre era José, pero los apóstoles lo llamaron “Bernabé”, que significa “hijo de consolación” (Hechos 4:36). Vemos a Bernabé en Hechos 9:27 viniendo junto al recién convertido Pablo para presentarlo a una iglesia cautelosa. En Hechos 13:43, Bernabé alienta a los creyentes a que perseveren en la gracia de Dios. En Hechos 15:36-41, Bernabé elige a Juan que tenía por sobrenombre Marcos, como compañero de ministerio, a pesar de que había desertado en un viaje misionero anterior. En otras palabras, Bernabé le dio una segunda oportunidad a Marcos. A través de todo el ministerio de Bernabé, él evidenció el don de la consolación o exhortación, llamando a otros a su lado para ayudarlos, consolarlos, y para animarlos a ser más efectivos para Cristo.

Quien posee el don de exhortar disfruta de animar y motivar a las personas para que vivan una vida cristiana victoriosa. El profeta, el maestro y el que exhorta (o anima) dependen de diferentes variables para comunicar su mensaje: El profeta depende de su interacción con el Espíritu de Dios y la Palabra; el maestro depende de su buen conocimiento y dominio del asunto que expone; el que exhorta depende de una necesidad que surge y que él o ella puede aprovechar para animar e inspirar a las personas.

 

V- DON DE DAR O COMPARTIR (METADÍDOMI).

Uno de los dones de servicio mencionados por el apóstol Pablo es el don de dar (Romanos 12:8). La palabra dar proviene del griego Metadídomi, y su significado es dar, compartir, ofrecer o impartir. La persona que tiene el don de dar, lo hará con sencillez; ningún motivo oculto tendrá cuando ejercite ese don. No dará para aquietar su conciencia, ni dará para obtener algo en retribución. Quien posee este don disfruta de dar tiempo, talento, energía y recursos para beneficiar a otras personas y para el avance del evangelio.

Administrar todos los bienes, todo su tiempo, todo su talento, movido por el amor, siendo consciente de que todo pertenece a Dios y debe ser usado para su gloria y para felicidad del prójimo, esta es la conciencia que mueve al que tiene el don de dar; esta es la conciencia de la mayordomía total que debe motivar, alegrar, enriquecer espiritualmente y dominar la vida de un creyente que tiene este don. Una de sus motivaciones más importante para dar son las almas perdidas y el cumplimiento de la Gran Comisión.

El don de dar es una habilidad dada por Dios que implica dar de sus bienes y de sí mismo para el progreso de la obra de Dios, con tal cuidado y gozo que son fortalecidos los que reciben. Dios ha dado grandes posesiones a algunos hombres porque puede confiar en ellos para usar lo que tienen para el servicio divino. Estos creyentes son mayordomos especiales. Es el don de aquellos creyentes que, liberalmente, buscan financiar algún ministerio, aunque el costo para ellos sea considerable. Les da genuino gozo ver a Dios obrar a través de sus dádivas. Este don se manifestó de forma extraordinaria cuando hubo pobreza en los tiempos apostólicos. Dueños de propiedades vendían sus tierras o casas y luego donaban el dinero para aliviar las necesidades de otros. Bernabé era no solamente la personificación del don de exhortar y animar, sino que también poseía el don de dar. Se le señala con una mención especial como uno que vendió terreno y trajo el dinero a los apóstoles (Hechos 4:34-37). Los hombres y mujeres que poseen este don dan liberalmente de sus ganancias luego de suplir sus propias necesidades y dan mucho más allá que un diezmo. Lo han consagrado todo al Señor.

Aquel creyente que tiene el don de dar ha consagrado al Reino de Dios sus recursos, sea tiempo, sean finanzas, o sean habilidades. Quien tiene el don de dar reparte los recursos con buena disposición. Esta persona nunca da a regañadientes, porque Dios le ha concedido el especial gozo de compartir para beneficio del Cuerpo (2 Corintios 9:7-8; 9:12-13). Sólo un don de la gracia divina puede romper nuestra tendencia natural al egoísmo y al acaparamiento de bienes materiales para nuestra satisfacción personal.

 

VI- DON DE ADMINISTRAR, LIDERAR, PRESIDIR O DIRIGIR (PROISTEMI).

El don espiritual de liderazgo en la iglesia local aparece en dos pasajes, Romanos 12:8 y 1 Corintios 12:28. La palabra griega traducida para “regir” o “gobernar” en estos versículos es Proistemi y significa estar delante, estar sobre, dirigir, mantener, practicar, presidir. Este vocablo griego designa a uno que se establece sobre los demás o quien preside, gobierna o quien atiende un asunto con diligencia y cuidado. En 1 Tesalonicenses 5:12 la palabra es usada en relación a los ministros en general: ” Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor”. Aquí la palabra se traduce “presidir”.

En Romanos 12:8, la palabra traducida para “preside”, indica cuidado y diligencia con referencia a la iglesia local. El que preside está para atender con constante dedicación su trabajo, que consiste en velar por el rebaño y estar dispuesto a sacrificar su comodidad personal para cuidar ovejas necesitadas. Hay varias características que identifican a aquellos con el don espiritual de liderazgo. En primer lugar, ellos reconocen que su posición es por el nombramiento del Señor y están bajo la dirección de Él. Entienden que nos son gobernantes absolutos, sino que ellos mismos están sometidos a Aquel que está sobre todos, el Señor Jesús, quien es la cabeza de la iglesia. Reconociendo su lugar en la jerarquía de la administración del cuerpo de Cristo, impide que el talentoso líder caiga en el orgullo o a una especie de derecho. El verdadero líder cristiano reconoce que él no es sino un esclavo de Cristo y un siervo de aquellos que dirige. El apóstol Pablo reconoció esta posición, refiriéndose a sí mismo como un “siervo de Cristo Jesús” (Romanos 1:1). Al igual que Pablo, el creyente dotado con este don reconoce que Dios lo ha llamado a su cargo; él no se ha llamado a sí mismo (1 Corintios 1:1). Siguiendo el ejemplo de Jesús, el líder también vive para servir a aquellos a quienes él dirige, y no para ser servido o señorear sobre ellos (Mateo 20:25-28).

Santiago, el medio hermano del Señor Jesús, tenía el don de liderazgo ya que dirigió la iglesia en Jerusalén. Él también se refirió a sí mismo como “un siervo de Dios y del Señor Jesucristo” (Santiago 1:1). Santiago mostró otra cualidad del liderazgo espiritual, la habilidad para influir a otros a pensar acertada, bíblica, y piadosamente en todos los asuntos. En el concilio de Jerusalén, Santiago trató con el controvertido asunto de cómo relacionarse con los gentiles que se acercaban por la fe a Jesús el Mesías. “Y cuando ellos callaron, Jacobo respondió diciendo: Varones hermanos, oídme. Simón ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre” (Hechos 15:13-14). Con esa declaración de apertura, Santiago llevó a los delegados a pensar clara y bíblicamente, permitiéndoles llegar a una correcta decisión sobre este asunto (Hechos 15:22-29).

Como pastores del pueblo de Dios, los líderes talentosos gobiernan con diligencia y poseen la habilidad de discernir verdaderas necesidades espirituales de las necesidades “sentidas”. Ellos llevan a otros a la madurez en la fe. El líder cristiano lleva a otros a crecer en su capacidad de discernir por sí mismos aquello que viene de Dios, frente a lo que es cultural o temporal. Siguiendo el ejemplo de Pablo, las palabras del líder de la iglesia no son “sabias y convincentes” desde el punto de vista de la sabiduría humana, sino que están llenas con el poder del Espíritu Santo, dirigiendo y animando a otros a descansar su fe en ese mismo poder (1 Corintios 2:4-6). El objetivo de un líder con el don es proteger y guiar a aquellos que dirige “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). El don espiritual de liderazgo es dado por Dios a los hombres y mujeres, quienes a su vez ayudarán a que la iglesia crezca y florezca más allá de la generación actual. Dios no ha dado el don de liderazgo para que el hombre sea exaltado, sino para que Él sea glorificado cuando los creyentes usan los dones que Dios da para hacer Su voluntad.

Los que poseen el don de presidir usan sus palabras de manera adecuada para que el sentir de Dios prevalezca por encima del sentir general o del sentir de los propios líderes de la iglesia. Este don de Dios le concede al creyente la capacidad especial de establecer la dirección y unir a las personas para el cumplimiento de la obra de Dios (2 Samuel 20:15-22). Los líderes o los que presiden hacen posible que el cuerpo de Cristo se mueva hacia ideales comunes, y se ocupan de edificar un pueblo de Dios que complazca al Espíritu del Señor. El líder ayuda a las personas a moverse para cumplir metas que Dios tiene para ellas (Jueces 4). Quien tiene este don disfruta de organizar, dirigir o liderar. El don de presidir, dirigir o administrar también dotará al líder cristiano de la capacidad de saber ubicar a los creyentes en actividades acordes con los dones espirituales de esos creyentes (2 Timoteo 2:2). Conocerá a su gente y los estimulará a usar sus dones para la consecución de una meta común. Los que tienen el don de presidir o gobernar, no son los que gritan órdenes para que otros las cumplan sino los que por medio de su ejemplo de servicio incentivan al resto a servir con fervor.

 

VII- DON DE COMPASIÓN O MISERICORDIA (ELEÉO).

En la enseñanza de Jesús del Sermón del Monte, una de las bienaventuranzas es “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7). El don espiritual de la misericordia es lo que expresamos cuando somos dirigidos por Dios para ser compasivos en nuestras actitudes, palabras y acciones. Es más que sentir compasión hacia alguien; es el amor reflejado. La misericordia desea responder a las necesidades inmediatas de los demás y aliviar el sufrimiento, la soledad y la tristeza. La misericordia trata crisis físicas, emocionales, financieras o espirituales, por medio de un servicio generoso y abnegado. La misericordia es la defensora de los humildes, pobres, explotados y olvidados, y a menudo actúa a favor de ellos.

Un buen ejemplo de la misericordia se encuentra en Mateo 20:29-34: “Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud. Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ¡ten misericordia de nosotros! Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ¡ten misericordia de nosotros! Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos. Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron”. Nótese que los ciegos no asociaron la misericordia con un sentimiento sino con una acción. Su problema físico era que no podían ver, así que, para ellos, el acto de la misericordia fue la intervención de Cristo para restaurar su vista. La misericordia es más que un sentimiento; siempre va seguida por una acción.

Este don tiene una aplicación práctica de servicio activo, así como la responsabilidad de hacerlo con alegría (Romanos 12:8). El creyente que posee este don se preocupa por los necesitados y les muestra compasión y amor. El Nuevo Testamento menciona a personas que poseían este maravilloso don de compasión y ayuda al necesitado. Nuestro Señor Jesús (Lucas 7:11-14; 9:10-17) y Dorcas (Hechos 9:36-39) son ejemplos de este don. Es indispensable en el cumplimiento de nuestra misión como iglesia, ya que los ministerios de compasión y misericordia son una parte inseparable de la Gran Comisión (Lucas 10:25-37; Santiago 1:27, 2:6, 2:15-16; Hechos 13:3; Gálatas 2:9-10; Job 29:12). La iglesia moderna urge de más creyentes dotados con este don.

 

CONCLUSIÓN.

Debemos discernir los diferentes dones que hay en el Cuerpo de Cristo y trabajar juntos, dependiendo los unos de los otros. En este contexto podemos ver la importancia de utilizar nuestros dones de servicio para la gloria de Dios. Estos dones, cuya existencia hemos ignorado en gran parte, tienen mucho que ofrecer al Cuerpo de Cristo y pueden ser de gran bendición para la sociedad y el mundo en general.