Avivamiento Espiritual, Bautismo en el Espíritu Santo, Distintivos del Pentecostalismo, Dones Espirituales, Pentecostalismo, Pentecostalismo Clásico

Que el fuego nunca se apague en el altar

Por Fernando E. Alvarado

“El fuego que arde en el altar no debe apagarse nunca. El sacerdote deberá echarle leña todas las mañanas y acomodar sobre el fuego el animal que se va a quemar, además de quemar también en el altar la grasa de los sacrificios de reconciliación.” (Levítico 6:12, DHH)

Desde los primeros días del siglo veinte, muchos creyentes cristianos han enseñado y han recibido una experiencia espiritual que llaman el bautismo en el Espíritu Santo. En la actualidad, centenares de millones de creyentes se identifican con el movimiento que enseña y promueve la recepción de esta experiencia. La expansión global de este movimiento muestra el cumplimiento de las palabras de Jesucristo a sus discípulos cuando les prometió que el Espíritu Santo vendría sobre ellos, y recibirían poder para ser sus testigos a todo el mundo (Hechos 1:5,8). Con justa razón podemos gritar de alegría: ¡A Dios la gloria por el notable crecimiento del pentecostalismo! A diario se construyen nuevos templos y otros son remodelados, siempre más grandes y en mejores ubicaciones.  De ser iglesias marginadas y con escasa organización y pobre estructura, hemos pasado a ser grandes denominaciones de carácter global y con influencia social y política; iglesias complejas dotadas con buenos programas, fuertes ministerios, linda música, buenos equipos de sonido, etc.  Los ministros de la Palabra gozan de una mejor preparación que en el pasado. Atrás quedó el pastor iletrado y sin educación formal (incluso en el área teológica). Hoy contamos con institutos, colegios, seminarios y universidades, y nuestros púlpitos cada vez están más llenos de licenciados en teología, poseedores de una maestría o incluso con doctorados en alguna rama teológica ¡Bendito sea Dios por ello! 

De ser considerados “una secta marginal” dentro del protestantismo, los pentecostales hoy gozan de cierto prestigio y aceptación en la mayor parte del mundo evangélico, el cual, a pasos agigantados, cambia su rostro por uno más carismático.  Los hermanos de nuestras congregaciones, en otro tiempo pertenecientes al sector más bajo y desposeído de la sociedad, pueden verse ahora bien vestidos, con su automóvil propio, profesionales y propietarios de sus propios negocios muchos de ellos. Científicos, teólogos, grandes deportistas, celebridades de la música y el cine, incluso políticos y uno que otro gobernante de países emergentes, se identifican a sí mismos como creyentes pentecostales. Así de bien marchan las cosas y, sin embargo, también ocurre algo que debería preocuparnos y hacer encender nuestras alarmas espirituales.

DESCUIDANDO LO ESENCIAL

A pesar de todo lo bueno que hemos logrado, también podemos observar una tendencia peligrosa en las últimas décadas. La cifra básica que nos define como pentecostales, el porcentaje de creyentes bautizados en el Espíritu Santo, ha bajado cada década. Es urgente cambiar esta peligrosa tendencia. Como líderes y pastores debemos volver a dar énfasis, aun insistir en dejar tiempo en nuestros cultos y programas para buscar y recibir la llenura del Espíritu y ministrar en su poder. Es cierto que aún gozamos de brotes de avivamiento real en nuestras iglesias, pero esto no es suficiente. En otras ocasiones el avivamiento no es tan real como creemos, ya que hay una variedad de manifestaciones que tienden a hacernos sentir cómodos con nuestro estado espiritual y a creer que estamos en avivamiento (grandes conciertos, mega-iglesias, música pegajosa, luces, buenos músicos, líderes carismáticos con dotes en la oratoria y un talento natural para conmovernos, etc.). Pero lo esencial es descuidado.  El bautismo en el Espíritu Santo ha llegado a ser una opción y no el regalo que el Señor planeó para su toda su iglesia:

“Y sucederá que después de esto, derramaré mi Espíritu sobre toda carne; y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones.

Y aun sobre los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en esos días.” (Joel 2:28-29, LBLA)

Cada vez menos creyentes experimentan el bautismo en el Espíritu Santo con la evidencia inicial de hablar en otras lenguas. ¡Y qué decir de los otros dones espirituales! Esto no era así cuando comenzó la iglesia.  Frente a la tarea imposible de predicar el evangelio a todo el mundo, el Señor Jesucristo declaró a sus discípulos: 

“He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.” (Lucas 24:49) 

Tan importante es considerada dicha investidura de poder que, momentos antes de su ascensión, Cristo presentó como indispensable el bautismo en el Espíritu

“Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.  Porque Juan ciertamente bautizó con agua, más vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días (…) pero vosotros recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:4-5, 8)

La necesidad de ser bautizados con poder de lo alto era tal que, para Pedro, dicha experiencia era considerada como un regalo que Dios concedía a todos sin excepción, y cuya vigencia sería permanente a lo largo de la historia de la iglesia:

“Y Pedro les dijo: Arrepentíos y sed bautizados cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para vosotros y para vuestros hijos y para todos los que están lejos, para tantos como el Señor nuestro Dios llame.” (Hechos 2:38-39, LBLA)

La urgencia y necesidad de que los creyentes sean bautizados con el Espíritu es también evidente en el ministerio de Pablo. Años después de ocurrido el Pentecostés, se nos dice que en Éfeso, al encontrar el apóstol Pablo a un grupo de hermanos convertidos bajo el ministerio de Apolos, los saluda y en seguida les pregunta si habían recibido el Espíritu Santo después de creer en Cristo.  La pregunta tenía vital importancia para Pablo.  Le responden que ni siquiera se habían enterado si hay Espíritu Santo.  El apóstol les declara las buenas noticias, les hable sobre el precioso regalo que está a su disposición: 

“Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.” (Hechos 19:6)

Con la investidura de poder la deficiencia en dichos creyentes queda solucionada.  El grupo se incorpora en la vida normativa de los creyentes neotestamentarios, llegando con ello a ser “pentecostales”, pues la experiencia del Pentecostés se repitió también en ellos.

UN PENTECOSTÉS SIGUE VIGENTE. LA EXPERIENCIA DE HECHOS 2 ES TAMBIÉN NUESTRA EXPERIENCIA HOY

El bautismo en el Espíritu Santo también fue considerado como esencial después del importante derramamiento a principios del siglo XX.  Como en los tiempos apostólicos, el Espíritu fue derramado sobre toda carne.  Creyentes de diferentes denominaciones evangélicas se buscaron, se encontraron, formaron nuevos grupos, porque en ellos ardía el fuego sobrenatural de un nuevo Pentecostés. Por hablar en lenguas y manifestar su fe en la vigencia actual de los dones espirituales (los cuales manifestaban en sus vidas) resultaron personas no gratas en sus acostumbradas denominaciones.  El fervor personal y el nuevo poder en sus vidas resultaron en el avance asombroso de un nuevo movimiento espiritual: el pentecostalismo.

La esencia del pentecostalismo clásico es su afirmación de la realidad del bautismo en el Espíritu Santo, la misma experiencia del Pentecostés disponible para nuestra época. Carecer de ella es dejar de ser pentecostales. Para nosotros como pentecostales, el bautismo en el Espíritu, teológicamente y como experiencia, se distingue del nuevo nacimiento y lo sucede, está acompañado por las lenguas que habla quien lo recibe, y tiene un propósito que lo distingue de la obra del Espíritu en la regeneración del corazón y la vida de un pecador arrepentido. Un estudio de las Sagradas Escrituras nos aclara que esta experiencia nos proporciona:

  • El bautismo en el Espíritu Santo es poder para servir (Hechos 1:8). En la vida personal esa presencia poderosa del Espíritu nos fortalece para contrarrestar las fuerzas satánicas de una sociedad contaminada. Podemos observar esta realidad si contrastamos la escena de un grupo de jóvenes en su vida depravada, dado al alcohol, las drogas y el sexo con una escena de un grupo de jóvenes con manos levantadas, mejillas mojadas de lágrimas, algunos postrados al suelo, todos alabando al Señor.  Y al día siguiente los mismos comparten con sus contemporáneos en el colegio, en las oficinas, con sus vecinos, el convincente testimonio personal de una vida transformada por el poder de Dios. ¡Eso es ser pentecostal! Para el siervo de Dios que predica y enseña la Palabra, esa llenura del Espíritu mantenida al día en su experiencia personal hace la gran diferencia entre un ministerio estéril y uno fructífero. Ciertamente, la unción del Espíritu Santo es la fórmula para que el predicador pueda penetrar en el corazón de sus oyentes. 
  • El bautismo en el Espíritu Santo es una puerta de acceso a la vida en el Espíritu.  El apóstol Pablo en Efesios 5:18 nos exhorta “Sed llenos del Espíritu.” Aquí Pablo hace uso de un verbo continuativo o progresivo para exhortar a los creyentes a seguir siendo llenos del Espíritu. En esa vida de continuo progreso están los dones y ministerios del Espíritu Santo. Pero, para ingresar a esa vida, se tiene que pasar por la puerta:  el bautismo en el Espíritu.

Cada iglesia que se autodenomine pentecostal, cada líder pastor y ministerio que afirme creer y enseñar las verdades centrales del pentecostalismo debe recordar que, sin la llenura del Espíritu Santo, el pentecostalismo no es nada. Es hora de enfatizar nuevamente, como se hizo en el pasado, la suma importancia del bautismo en el Espíritu Santo. En nuestro ministerio conseguimos lo que enfatizamos. Si ponemos en relieve las almas salvadas, se salvan; si es sanidad divina, muchos se sanan. Y si no destacamos la importancia del glorioso bautismo en el Espíritu, nadie lo recibe. Es cuestión de tiempo y esfuerzo. Quizá se requieren campañas, campamentos y retiros celebrados mayormente para ese énfasis, semanas de énfasis espiritual en el bautismo del Espíritu, campamentos y actividades espirituales que lo enfaticen y cuyo propósito principal sea buscar y obtener el bautismo en el Espíritu Santo. El futuro de nuestro movimiento dependerá de mantener un Pentecostés actualizado. Si perdemos lo esencial, la llenura del Espíritu Santo, nada nos diferenciará como movimiento de las iglesias muertas, frías, academicistas pero desconectadas del poder de Dios, o incluso de aquellas que se han vuelto liberales en su teología. Sin el poder del Espíritu no somos nada.

“«No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu» —dice el Señor de los ejércitos.” (Zararías 4:6, LBLA)

“El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer.” (Juan 15:5, LBLA)

ES TIEMPO DE RECUPERAR LO PERDIDO

La experiencia del bautismo en el Espíritu Santo era la base de su llamado para los primeros cristianos, y también lo fue para los misioneros pioneros del pentecostalismo en el siglo XX. Ellos creían que el Espíritu iba a prepararlos y obrar en ellos. Ellos predicaban el mismo mensaje y los primeros convertidos recibían el mismo poder y expectativa. El bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas como la evidencia física inicial era y sigue siendo la base tanto de la vida cristiana como del ministerio. El bautismo en el Espíritu Santo no debería ser para nosotros simplemente resultado de la búsqueda de una experiencia, sino más bien el principio de una vida y un ministerio empoderado. En el libro de Hechos, el escritor Lucas establece la correlación entre el derramamiento del Espíritu Santo y el poder para testificar. Las últimas palabras de Jesús en la tierra incluían las de Hechos 1:8, “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”. Luego en Hechos 4:31, se cuenta, “Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”. La Nueva Traducción Viviente traduce la última frase, “predicaban con valentía la palabra de Dios”.

Las tres partes del patrón de Hechos 1:8 y de 4:31 siguen igual para hoy:

(1) Buscar (orar, esperar)

(2) Recibir (bautismo, llenura del Espíritu Santo)

(3) Predicar (testificar, ministrar) con poder (valentía)

El creyente pentecostal de hoy puede y debe esperar la misma experiencia, y no en una sola ocasión. El Apóstol Pablo nos anima en Efesios 5:18, “Sed llenos del Espíritu” como un estado continuo y constante. La pregunta es: ¿Haremos de ello nuestra meta diaria?

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