Por Fernando E. Alvarado
El antiguo mandato bíblico de ofrendar los primeros y mejores frutos de la cosecha ha encontrado un nuevo hogar en muchas iglesias carismáticas y neopentecostales de hoy. Sin embargo, en este contexto contemporáneo, el concepto ha sido transformado. Ya no se trata de llevar gavillas de trigo al templo, sino de ofrendas monetarias, especialmente al inicio del año nuevo, presentadas como una «siembra de fe» que garantiza una cosecha futura de bendiciones materiales (Bowler, 2013).
¿Cómo funciona exactamente esta práctica? Se basa en una interpretación particular de textos como Proverbios 3:9-10, que anima a honrar a Dios «con tus primicias». Los líderes de estas iglesias enseñan que ofrendar el primer ingreso del año (el «primer fruto») es un acto espiritual clave. Este acto, según ellos, activa un principio divino: a mayor siembra financiera, mayor será la cosecha de prosperidad, salud y éxito que el creyente recibirá a cambio.
Podemos observar esta práctica en acción en distintos lugares. Un ejemplo bien documentado es el de la Iglesia Universal del Reino de Dios, una secta neopentecostal de origen brasileño. El investigador R. Andrew Chesnut (2003) describe cómo esta iglesia promueve las ofrendas de primicias con una retórica muy directa, presentándolas como una inversión necesaria para obtener beneficios divinos. En Estados Unidos, la influyente Lakewood Church de Joel Osteen, según reportes del Houston Chronicle y análisis del Hartford Institute for Religion Research, realiza cada enero campañas que motivan a miles de personas a «sembrar su semilla de primicia» con la promesa de que Dios abrirá «las ventanas de los cielos» en respuesta.
La práctica también es común en iglesias pentecostales independientes. Estudios realizados por académicos como Milagros Peña (2011) en comunidades hispanas de EE.UU. muestran cómo los pastores fomentan esta ofrenda, apoyándose a menudo en testimonios personales de miembros que atribuyen su mejora económica a este acto de fe. Estos relatos de éxito personal sirven para validar y animar la práctica dentro de la comunidad.
No obstante, esta reinterpretación moderna genera debate entre estudiosos y teólogos. Autores como Craig Blomberg (1999) argumentan que se está haciendo un uso incorrecto de los textos bíblicos. En el Antiguo Testamento, las primicias y los diezmos funcionaban principalmente como un impuesto comunitario para mantener a los sacerdotes (que no tenían tierras) y como un sistema de apoyo para las viudas, los huérfanos y los extranjeros. No eran, por tanto, un mecanismo individual para conseguir riqueza personal. Por su parte, la historiadora Kate Bowler (2013), quien ha estudiado a fondo el evangelio de la prosperidad, señala una consecuencia problemática: si la bendición material es señal del favor de Dios, su ausencia puede llevar a la creencia de que la persona no tiene suficiente fe o no ha ofrendado lo suficiente, lo que puede causar culpa y confusión.
Así pues, la petición de primicias en las iglesias modernas es mucho más que una tradición antigua revivida. Es un fenómeno nuevo, moldeado por una teología que enfatiza la prosperidad material, las estrategias de las mega-iglesias y las necesidades de esperanza en entornos a veces difíciles. Es necesario estudiar este fenómeno, la base bíblica sobre la cual se sustenta y así determinar si dicha práctica merece ser conservada en la iglesia moderno o si, más importante aún, Dios respalda dicha práctica.

La práctica de las primicias en el Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, las primicias (en hebreo bikkûrîm, literalmente “lo primero que madura”) eran una ofrenda obligatoria y ritualizada que expresaba gratitud, dependencia y reconocimiento de la soberanía de Dios sobre la creación. No se trataba de una simple donación, sino de un acto teológico y litúrgico profundamente integrado en la vida agrícola y religiosa de Israel.
El ritual principal se describe en Deuteronomio 26:1-11. Cuando un israelita llegaba a la tierra prometida y cosechaba sus primeros frutos, debía tomar una canasta con lo mejor de la cosecha (no cualquier porción, sino “lo primero y lo mejor”), llevarla al santuario central (inicialmente el tabernáculo y luego el templo de Jerusalén) y presentarla ante el sacerdote. Mientras lo hacía, recitaba una confesión litúrgica que narraba la historia de salvación: desde la opresión en Egipto, la liberación por mano de Dios, hasta la posesión de la tierra fértil. Este acto no era privado; se realizaba en presencia del sacerdote y formaba parte de un culto colectivo. El sacerdote tomaba la canasta, la colocaba ante el altar y la agitaba (un gesto simbólico de presentación), y luego la ofrenda se convertía en alimento para los sacerdotes y levitas (Números 18:12-13).
Además, las primicias se vinculaban a las tres fiestas agrícolas principales del calendario hebreo (Éxodo 23:14-19; Levítico 23):
- Fiesta de los Panes sin Levadura (Pascua): se ofrecían las primicias de la cebada (la primera cosecha del año) el día después del sábado pascual (Levítico 23:10-14). Incluía un manojo de espigas que el sacerdote mecía ante Jehová.
- Fiesta de las Semanas (Pentecostés): cincuenta días después, se ofrecían dos panes leudados hechos con la primicia del trigo nuevo (Levítico 23:15-21).
- Fiesta de los Tabernáculos (otoño): aunque no se menciona explícitamente como “primicias”, se ofrecían los primeros productos de la vendimia y la aceituna.
En todos los casos, la ofrenda debía ser lo primero (no lo sobrante) y lo mejor (sin defectos). También abarcaba primogénitos de animales (Éxodo 13:2, 12-15), que se redimían con un sacrificio o se daban al sacerdocio. El propósito era doble: reconocer que toda la cosecha y la vida dependían de Dios (Proverbios 3:9-10) y consagrar el resto de la producción, invocando bendición sobre ella.

El simbolismo de las primicias en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento, el concepto de primicias se transforma radicalmente: pasa de ser una ofrenda material literal a una realidad espiritual y escatológica centrada en Cristo. El apóstol Pablo lo expresa claramente en 1 Corintios 15:20-23: “Pero ahora Cristo ha sido resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron”. Aquí, Jesús es presentado como las “primicias” de la resurrección: su resurrección es la garantía y el anticipo de la resurrección general de los creyentes. Del mismo modo, en Romanos 8:23, Pablo dice que los cristianos “tenemos las primicias del Espíritu”, es decir, el Espíritu Santo es el anticipo y la garantía de la redención completa del cuerpo en la consumación final.
Otros usos simbólicos incluyen:
- Los primeros convertidos en una región como “primicias” para Dios (Romanos 16:5; 1 Corintios 16:15).
- La iglesia misma como “primicias” de la nueva creación (Santiago 1:18; Apocalipsis 14:4).
Este cambio refleja el cumplimiento de las instituciones del Antiguo Testamento en Cristo (Colosenses 2:16-17; Hebreos 8-10). Las fiestas, sacrificios y ofrendas eran “sombras” de la realidad venidera; con la muerte y resurrección de Jesús, el sistema sacrificial y las ofrendas rituales del templo quedan cumplidos y ya no son obligatorios.
¿Por qué las primicias ya no son un mandato obligatorio?
El Nuevo Testamento enseña que los creyentes ya no están bajo la ley mosaica como sistema de mandatos (Gálatas 3:23-25; Romanos 7:6). Las primicias, como parte de ese sistema ceremonial, fueron cumplidas en Cristo, quien es la ofrenda perfecta y definitiva (Hebreos 10:1-18). La generosidad y el dar ahora se basan en principios del Nuevo Pacto: dar con alegría, voluntariamente y según la capacidad (2 Corintios 9:6-7), sin obligación legal. No hay mandato neotestamentario que exija ofrecer primicias materiales de forma ritual, ni en un mes específico como enero.

Riesgos en el contexto de la teología de la prosperidad
En muchas iglesias influenciadas por la teología de la prosperidad, la práctica de las primicias se ha convertido en una herramienta para promover ofrendas cuantiosas, presentadas como “semillas” que garantizan bendiciones financieras multiplicadas. Pastores prometen que dar “lo primero” (el primer sueldo del año, bonos, ganancias iniciales de negocios) activará una “cosecha” de prosperidad, citando Proverbios 3:9-10 de forma aislada y literalista.
Esta interpretación es problemática porque:
- Reduce la fe a una transacción económica (“si das mucho, Dios te devuelve más”), distorsionando el evangelio de la gracia.
- Puede ejercer presión psicológica y económica sobre personas vulnerables, especialmente en contextos de pobreza.
- En algunos casos documentados, ha servido para enriquecer a líderes religiosos, generando escándalos de malversación y estilos de vida lujosos.
Teólogos críticos han señalado que esta práctica, cuando se impone como obligatoria o se vincula a promesas de riqueza, se convierte en una forma de manipulación espiritual (Bowen, 2013; McConnell, 1988). Quienes defienden esta práctica afirman que:
- Fomenta la generosidad y la gratitud por la provisión de Dios.
- Puede motivar a los creyentes a priorizar a Dios en sus finanzas y a confiar en su cuidado.
- En iglesias responsables, las ofrendas se destinan a obras sociales, misiones y sostenimiento del ministerio, beneficiando a la comunidad.
- Ayuda a algunos a romper patrones de avaricia o miedo económico mediante un acto concreto de fe.
Sus opositores, en cambio, señalan también que la práctica de las primicias:
- Carece de base neotestamentaria obligatoria; imponerla puede generar legalismo.
- En contextos de teología de la prosperidad, promueve una fe transaccional y materialista, alejada del mensaje de la cruz.
- Puede generar falsas expectativas: si no llegan las “bendiciones prometidas”, se produce desilusión o culpa.
- Existe riesgo de abuso por parte de líderes que usan la práctica para enriquecimiento personal.
- Presiona desproporcionadamente a los más pobres, quienes pueden sentirse obligados a dar más de lo que pueden.
A la luz de la Biblia, que es lo que verdaderamente importa, resulta evidente que la práctica de las primicias carece de base neotestamentaria obligatoria; imponerla puede generar legalismo. Aunque arraigada en una hermosa tradición bíblica de gratitud y consagración, debe manejarse con gran discernimiento en la iglesia contemporánea para no generar falsas expectativas, evitar el abuso financiero y sobrecargar innecesariamente a los más pobres de nuestras congregaciones. Su valor radica en el corazón con que se da, no en la forma ritual ni en las promesas de prosperidad. Lo esencial, como enseña el Nuevo Testamento, es una relación auténtica con Dios que se expresa en generosidad libre y alegre, sin manipulación ni legalismo.

Fuentes consultadas:
Blomberg, C. L. (1999). Neither Poverty nor Riches: A Biblical Theology of Material Possessions. InterVarsity Press.
Bowen, D. (2013). Blessed: A history of the American prosperity gospel. Oxford University Press.
Chesnut, R. A. (2003). Competitive Spirits: Latin America’s New Religious Economy. Oxford University Press.
Kaiser, W. C. (1995). The Messiah in the Old Testament: A historical survey. Zondervan.
McConnell, F. J. (1988). A different gospel: A historical and biblical critique of the health-wealth movement. Hendrickson Publishers.
Martí, G. (2018). Global Pentecostalism and the American Experience. Oxford University Press.
Moo, D. J. (2018). The letter to the Romans (2nd ed.). Wm. B. Eerdmans Publishing Co.
Peña, M. (2011). Latina Activists Across Borders: Women’s Grassroots Organizing in Mexico and Texas. Duke University Press.
Wenham, G. J. (1987). The Book of Leviticus (New International Commentary on the Old Testament). Wm. B. Eerdmans Publishing Co.
Wright, C. J. H. (2004). Old Testament ethics for the people of God. InterVarsity Press.