Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Teología

Confesión Arminiana | Capítulo X

Por Fernando E. Alvarado

Los primeros arminianos, conocidos históricamente como remonstrantes, redactaron una Confesión de Fe en 1621, en los breves años que siguieron a la conclusión del Sínodo de Dort. La Confesión Arminiana de 1621 fue pensada como una declaración de fe concisa y fácilmente comprensible y un correctivo a lo que vieron como las tergiversaciones publicadas en las Actas del Sínodo de Dort. A continuación, presentamos el décimo capítulo de dicha Confesión de Fe.

CAPÍTULO X — SOBRE LOS MANDAMIENTOS DE CRISTO EN GENERAL: FE Y ARREPENTIMIENTO, O VOLVER A DIOS

(1.- La voluntad de Dios, que Él desea que hagamos para que obtengamos la salvación eterna por medio de Cristo, está plenamente contenida en los mandamientos de Jesucristo, todos los cuales, aunque sean muchos y variados, aún pueden comprenderse bajo este único mandamiento de la fe en Jesucristo (pero fe verdadera o viva, obrando por la caridad) y por lo general están comprendidos bajo él en la Sagrada Escritura. Al mismo tiempo, debe reconocerse que a menudo el mandamiento del arrepentimiento o la conversión debe estar íntimamente relacionado, a fin de aclarar la exégesis del asunto.

(2.- Pero llamamos fe viva y verdadera a la que necesariamente se ha unido a las buenas obras y a la sincera corrección de nuestra vida en su totalidad, estructurada sobre los mandamientos de Jesucristo. Porque debido a que nuestro Salvador une en todas partes la promesa de la vida eterna a la fe verdadera, de hecho, se dice que la fe misma es imputada por justicia al que cree; sin embargo, Santiago afirma que también somos justificados por las obras y no solo por la fe [ cf. también Ef. 2:10].

Porque Pablo también afirma que la piedad tiene promesa para la vida presente y futura. Además, el autor de Hebreos [que los protestantes no nombraron como Pablo] declara perentoriamente [dogmáticamente] que sin santidad nadie verá al Señor y no pocos otros de la misma opinión se leen expresamente en las Sagradas Escrituras. Ciertamente es necesario que la prescripción de la fe no se considere de otra manera que la de incluir la obediencia de la fe en su propiedad natural, y sea como una madre fecunda de todas las buenas obras y la fuente o manantial de piedad y santidad para todo cristiano. No hay razón alguna por la que nuestra creencia en la justificación por la fe deba oponerse correctamente a la obediencia y la piedad.

(3.- Por tanto, por eso la fe abarca toda la conversión del hombre prescrita por el Evangelio, que no sólo contiene lo que vulgarmente [en la propia lengua] se llama penitencia o contrición y dolor grave por los pecados pasados, sino también claramente el arrepentimiento y, tomado apropiadamente, un cambio sincero para bien de la mente, el alma y la vida entera según las Escrituras. A veces, sin embargo, para explicarlos mejor a ambos, se distinguen entre sí.

(4.- En cuanto a esto, todo cristiano en general debe sostener que para que el arrepentimiento o la conversión sean agradables a Dios para salvación, normalmente se necesitan tres cosas: (i) Que sea eficaz y, por lo tanto, no se complete con el deseo solo y la mera emoción, o el celo puro por la piedad. Sino que siempre debe expresarse exteriormente a través de actos de virtud, tan a menudo como haya ocasión y pueda hacerse, claramente para que uno no descuide lo que se manda, ni haga voluntariamente obras que sabe que son malas o prohibidas o que duda que sean agradable a Dios, ni pasa por alto fácilmente los pecados de los demás, aprobándolos con su consentimiento, silencio, desprecio o por otros medios; (ii) Que sea sincero y, por tanto, no sólo proceda de un conocimiento cierto y sólido de la voluntad divina, sino que también suponga un alma verdadera y honesta, es decir, que no nazca de un corazón dividido o fingido, sino de uno que es completo e íntegro; (iii) Que sea continuo y por lo tanto que no se realice una sola vez, o por ciertos tiempos, casi a intervalos, ni dure solo por un tiempo, sino que persista hasta el final de nuestra vida, es decir, hasta que Dios mismo ponga fin a nuestra obediencia. Pero es un trabajo gratificante que le demos consideración especial a estas directrices de fe y buenas obras.

BIBLIOGRAFÍA:

The Arminian Confession of 1621 (Eugene: Pickwick Publications, 2005).

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