Avivamiento Espiritual, Distintivos del Pentecostalismo, Evangelio de la Prosperidad, Herejías

Just Thinking | El show evangélico

Por Fernando E. Alvarado

El púlpito no es un escenario para payasos, meros motivadores humanistas ni “pop stars”. El púlpito, lugar destinado para la predicación de la santa Palabra de Dios, merece todo nuestro respeto.

El estilo de predicación triunfalista y motivacional, caracterizado por la predicación extrema y sensacionalista está entrando en crisis. Buena parte de esta predicación es espectáculo puro y simple, lleno de extravagancias, desaciertos y hasta escándalos de sus protagonistas. Hoy en día abundan los predicadores y predicadoras que, con un estilo excitante y posesivo, emplean el tiempo de sus exposiciones para crear escenarios idealizados donde todo es maravilloso y factible, y los asistentes se convierten en seres indetenibles y súper poderosos en cuanto al logro de sus deseos y aspiraciones. Sí, hablo de la no solo ridícula sino también herética Teología de la Prosperidad, de los promotores de la Confesión Positiva con su ya gastado y fallido “declárelo, decrételo, arrebátelo” y todas esas demencias. Todo sin que haya lugar para considerar otras realidades propias de la vida. Pero hablo también de aquellos que se paran frente a una congregación creyendo que pueden alimentar al rebaño del Señor con puros chistes, ideas motivadoras y payasadas, pero sin el verdadero mensaje del Evangelio. Eso sería cómo alimentar a un niño con puros dulces y golosinas y aún así esperar que se desarrolle como un adulto sano y fuerte.

El contenido de dicha predicación no es auténticamente bíblico ni realista. Es una fantasía, una ilusión, un pasatiempo de circo que busca hacernos olvidar los verdaderos compromisos y desafíos a los que como seguidores de Cristo estamos llamados. Tristemente, muchos predicadores parecen haber olvidado la naturaleza sagrada de su llamado y, en vez de alimentar a la ovejas con la Palabra de Vida, han convertido el púlpito en un verdadero escenario de circo, donde los chistes, las anécdotas graciosas y las payasadas son más abundantes que la Palabra de Dios. Este discurso, al igual que el falso Evangelio de la Prosperidad, con la pretensión de ser ameno y divertido, se limita a motivar a las personas con promesas de éxitos, triunfos, abundancia y bienestar sin ninguna referencia a la Cruz, al compromiso, al acrisolamiento del carácter cristiano y a otros aspectos que son fundamentales en la vida del creyente. Claro, el objetivo de tales predicadores siempre ha sido llenar sus iglesias y, con ello, ganar fama, popularidad y, por qué no, sus bolsillos con el dinero del pueblo de Dios. Afortunadamente, la gente está despertando y comienza a mostrarse un poco más cautelosa y crítica ante los predicadores que sostienen este tipo de mensaje. Sin embargo, que todavía existan predicadores que enseñan tales cosas y usen tales métodos es de por sí preocupante y afrenta el Evangelio de Cristo.

El bufón divertido y el parlanchín que solo sabe saltar y bailar están opacando la solemnidad del púlpito, lo que sin dudas está generando críticas y cuestionamientos que están poniendo en crisis la predicación triunfalista y motivacional. Pero creo que no bastan las críticas, las rasgaduras de vestiduras o denuncias irónicas, hay que comenzar a promover un estilo de predicación más bíblico y realista, más teológico, pertinente y reflexivo. Sobre todo en el ambiente pentecostal. La crisis que vive el púlpito hoy es una crisis de contenido, una crisis de pertinencia teológica y profundidad bíblica sobre la base de una exposición clara, sólida y coherente. Tenemos que dar lugar en esta área a cambios favorables para beneficio del Evangelio de Jesucristo. Tenemos que promover un contenido bíblico que sea más penetrante y transformador.

Nuestra prioridad hoy debe ser llenar el púlpito de un conocimiento edificante de la Palabra de Dios, única fuerza capaz de promover los verdaderos cambios que deben producirse en nuestras vidas. Las verdades fundamentales de la Biblia deben de brillar nuevamente en el púlpito, la voz autorizada de hombres llenos del conocimiento bíblico y saturado de la unción del Espíritu Santo debe nuevamente tronar con el mensaje pastoral y profético que transforma y da vida. Lo cierto es que el predicador debe exponer la Palabra para generar fortaleza, para que las personas se apoyen en el Señor y confíen en sus promesas. Pero no, el predicador extremo y sensacionalista busca exacerbar los ánimos, pone a la gente en atención de combate y se presenta él mismo como el dueño y dispensador de soluciones inmediatas y definitivas para todos los presentes. La meta de la predicación no es simplemente motivar y hacer que el auditorio se sienta bien y se divierta, la meta de la predicación es la transformación de las personas para que puedan vivir una vida cristiana conforme al carácter de Cristo. Es por eso que la predicación de hoy –sin que tenga que resultar aburrida– con el apoyo de todos los recursos que ofrece la tecnología, tiene que recobrar todo el vigor, todo el poder y la fuerza del Espíritu, y volverse diligente a las Escrituras y sacar de ellas la propuesta que Dios tiene para la humanidad con el fin restaurar todas las cosas a través de su Hijo Jesucristo.

La predicación bíblica apunta a la formación de un discípulo de Cristo que proyecta un testimonio de amor y servicio que no se deja perturbar ni distraer por las ligerezas, intrascendencias y modas que se imponen en el mundo posmoderno. Regularmente los predicadores motivacionales comunican con gran entusiasmo, son carismáticos y tienen una notable fuerza en el estilo de entregar su mensaje. Este estilo de predicación se convirtió en un modelo que muchos buscan seguir. No todos los que se han sumado a esta tendencia son embaucadores que solo buscan beneficios o tienen otras pretensiones. Los hay sinceros y apasionados con sus prédicas, quienes, con algún cuidado pastoral, un mejor enfoque bíblico, con una perspectiva teológica mejor llevada y una oportuna orientación pueden hacer un aporte más edificante y sustancioso a la iglesia. Es un compromiso de teólogos y pastores reorientar la predicación extraviada y guiarla hasta retomar las Escrituras y alcanzar la unción del Espíritu Santo para así restaurar por la Palabra la vida de la iglesia y continuar alcanzando las almas que no conocen a Cristo.

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