Arminianismo Clásico, Calvinismo

La elección, doctrina que inspira gozo.

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

Muchos calvinistas piensan que han arrojado una bomba atómica sobre las bases de la teología arminiana cuando presentan sus argumentos acerca de la doctrina de la elección y  predestinación. Ellos están convencidos de que su interpretación de la doctrina de la elección incondicional es incuestionable, infalible y verdadera, por lo que simplemente no pueden entender por qué nosotros los arminianos no podemos aceptar los postulados calvinistas sobre la elección incondicional que afirman que Dios ama a toda la humanidad pero que, al mismo tiempo, eligió enviar a su Hijo a morir por unos, pero no por todos los hombres. A ellos les parece increíble que no podamos ver la “justicia” y la “misericordia” de Dios en predestinar a unos para salvación y a otros para condenación eterna.

 

LA ELECCIÓN SE FUNDAMENTA EN CRISTO, NO EN NOSOTROS.

Para decepción de los calvinistas, los arminianos no le tememos al concepto de elección. ¡Nos deleitamos en ello! Para nosotros, la elección no es una medicina amarga. Es el hilo unificador de la historia redentora de Dios desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Para nosotros, la elección encaja en una historia más grande de cómo Dios salva al mundo. Dios eligió a Abraham para llevar la semilla que bendeciría al mundo (Génesis 12:3). Entonces, Dios eligió una sola nación de la descendencia de Abraham (a Israel) para ser herederos de esta promesa (Deuteronomio 14:2; Isaías 42:1). A Israel se le dijo: “eres pueblo consagrado al Señor tu Dios. Él te eligió de entre todos los pueblos de la tierra, para que fueras su posesión exclusiva.” Pero Israel falló en su llamado. Sin embargo, Dios eligió una tribu de Israel, Judá, para heredar la promesa. Una vez más, de todas las familias de Judá, Dios escogió la casa de David. De todos los descendientes de David, Dios finalmente eligió a Jesús de Nazaret, su Unigénito Hijo.

La presentación del Mesías es el último acto dramático en la saga de Dios. Se revela que Jesús es la simiente prometida en la cual Dios cumpliría su promesa a Abraham (Gálatas 3:16). Jesús fue el siervo elegido en quien Dios se deleitó (Mateo 3:17). Jesucristo es el elegido de Dios para cumplir las promesas. Esto no fue una idea de último momento. Cristo fue elegido para ser nuestro Salvador desde antes de la creación del mundo. Para nosotros los arminianos, la historia de la elección de Dios nos está llevando al clímax de la historia, ya que el clímax es Cristo el elegido.

Si Cristo es la simiente elegida, la pregunta de la elección es, “¿Cómo llegamos nosotros a ser parte de dicha simiente y, por consiguiente, de los elegidos?” Pablo responde a esta pregunta explícitamente: “Todos ustedes son hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús, porque todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo. Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y, si ustedes pertenecen a Cristo, son la descendencia de Abraham y herederos según la promesa.” (Gálatas 3:26-29, NVI).

El lenguaje participativo es inconfundible. Por la fe en Cristo nos convertimos en hijos de Dios. Nosotros que fuimos “bautizados en Cristo” ahora estamos “revestidos” con Cristo. ¡Si le pertenecemos, entonces nos convertimos también en la simiente de Abraham y en los elegidos de Dios!

Para expresarlo de manera más clara: Somos elegidos en Cristo. Además de ser elegidos en Cristo, las Escrituras nos dicen que “en unión con Cristo Jesús, Dios nos resucitó y nos hizo sentar con él en las regiones celestiales” (Efesios 2:6, NVI). Hemos sido hechos justos en Cristo e hijos en Cristo.

En cada ejemplo, Cristo lleva la bendición original que solo se convierte en nuestra cuando nos incluimos en él. Ninguno de nosotros está literalmente sentado en las regiones celestiales. Pero Cristo lo está, literalmente, y nosotros estamos en Cristo; por lo tanto, en Cristo, estamos sentados en las regiones celestiales. Por lo tanto, ser elegido en Cristo significa lo mismo que ser justo en Cristo, santo en Cristo e hijos de Dios en Cristo. Cristo es el elegido desde antes de la creación del mundo. En Cristo, fuimos elegidos en él desde antes de la creación del mundo. Por lo tanto, cuando los creyentes vienen a estar en Cristo por la fe, comparten su historia, identidad y destino.

Por lo tanto, la razón por la que nos deleitamos en la doctrina de la elección es que, en última instancia, no se trata de nosotros. Se trata de Cristo el elegido, quien es la cabeza, y nosotros somos su cuerpo y, por lo tanto, herederos de la elección:

“Y, si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues, si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (Romanos 8:7, NVI).

 Pero el heredero legítimo, el elegido, es Cristo, no nosotros como individuos. Por lo tanto, la elección y la predestinación para salvación solo son efectivas en nuestra vida en unión con Cristo, el Elegido:

“Permaneced en mí, y yo permaneceré en vosotros. Así como ninguna rama puede dar fruto por sí misma, sino que tiene que permanecer en la vid, así tampoco vosotros podéis dar fruto si no permanecéis en mí. Yo soy la vid y vosotros las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada.” (Juan 15:4-5, NVI).

Todo se trata de Él, nunca de nosotros, pues todo existe por “medio de él y para él.” (Colosenses 1:16, NVI). Y este todo incluye, sin duda alguna, nuestra elección y predestinación. O, para usar la metáfora de Pedro, Cristo es “la piedra que desecharon… los constructores, y que ha llegado a ser la piedra angular” (Hechos 4:11, NVI), y en él nosotros, su cuerpo, somos “como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. De este modo llegan a ser un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por medio de Jesucristo.” (1 Pedro 2:5, NVI), un “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios” (1 Pedro 2:9, NVI). La elección, para nosotros los arminianos, comienza y termina con Cristo. Ya sea que lo llamemos una visión “cristocéntrica”, o “corporativa”, la conclusión es que la elección y predestinación del creyente está en Cristo. Y eso es una cosa hermosa. Una vez que aceptas que eres elegido en Cristo, el amor de Dios es una verdad, no un enigma.

Visto de esta manera, la elección corporativa enseñada por el arminianismo no es una novedad. Debería ser lo que esperaríamos de la teología calvinista también. El mismísimo Juan Calvino afirmó:

“Ves que nuestra justicia no está en nosotros mismos, sino en Cristo; que la única forma en que podemos poseerlo es haciéndonos partícipes de Cristo, ya que con él poseemos todas las riquezas.”[1]

Ya sea reconciliación, justificación o nuevo nacimiento, todos está en él. Cada paso en el proceso de salvación está irreparablemente vinculado a nuestra incorporación a Cristo, a nuestra unión con Cristo. Nuestra elección y nuestro destino eterno están ligados a nuestra incorporación a Cristo. Los arminianos simplemente reconocemos que toda bendición espiritual está en Cristo.

 

¿SE OPONE ROMANOS, CAPÍTULO 9, A LA ELECCIÓN CORPORATIVA ENSEÑADA POR EL ARMINIANISMO?

La visión corporativa de la elección se fundamenta en una exégesis cuidadosa. Incluso académicos calvinistas han admitido que la interpretación arminiana de la elección corporativa es fuertemente sólida. ¿Qué hay entonces con la interpretación calvinista de la elección? En su mayoría, la visión calvinista de la elección se basa en Romanos 9, que está más orientado a discutir la fidelidad de Dios a Israel que la elección cristiana.

Diversos teólogos concuerdan en que, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de este pasaje no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.[2] Si leemos cuidadosamente el capítulo 9 notaremos que Pablo resalta el hecho de que solo un remanente de la semiente de Abraham, escogido por gracia, reflejó el verdadero pueblo de Dios a través de los tiempos del Antiguo Testamento:

“Digo la verdad en Cristo; no miento. Mi conciencia me lo confirma en el Espíritu Santo. Me invade una gran tristeza y me embarga un continuo dolor. Desearía yo mismo ser maldecido y separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los de mi propia raza, el pueblo de Israel. De ellos son la adopción como hijos, la gloria divina, los pactos, la ley, el privilegio de adorar a Dios y el de contar con sus promesas. De ellos son los patriarcas, y de ellos, según la naturaleza humana, nació Cristo, quien es Dios sobre todas las cosas. ¡Alabado sea por siempre! Amén. Ahora bien, no digamos que la Palabra de Dios ha fracasado. Lo que sucede es que no todos los que descienden de Israel son Israel.  Tampoco por ser descendientes de Abraham son todos hijos suyos. Al contrario: «Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac». En otras palabras, los hijos de Dios no son los descendientes naturales; más bien, se considera descendencia de Abraham a los hijos de la promesa. Y la promesa es esta: «Dentro de un año vendré, y para entonces Sara tendrá un hijo». No solo eso. También sucedió que los hijos de Rebeca tuvieron un mismo padre, que fue nuestro antepasado Isaac. Sin embargo, antes de que los mellizos nacieran, o hicieran algo bueno o malo, y para confirmar el propósito de la elección divina, no en base a las obras, sino al llamado de Dios, se le dijo a ella: «El mayor servirá al menor». Y así está escrito: «Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú». ¿Qué concluiremos? ¿Acaso es Dios injusto? ¡De ninguna manera! Es un hecho que a Moisés le dice: «Tendré clemencia de quien yo quiera tenerla, y seré compasivo con quien yo quiera serlo». Por lo tanto, la elección no depende del deseo ni del esfuerzo humano, sino de la misericordia de Dios. Porque la Escritura le dice al faraón: «Te he levantado precisamente para mostrar en ti mi poder, y para que mi nombre sea proclamado por toda la tierra». Así que Dios tiene misericordia de quien él quiere tenerla, y endurece a quien él quiere endurecer. Pero tú me dirás: «Entonces, ¿por qué todavía nos echa la culpa Dios? ¿Quién puede oponerse a su voluntad?» Respondo: ¿Quién eres tú para pedirle cuentas a Dios? «¿Acaso le dirá la olla de barro al que la modeló: “¿Por qué me hiciste así?”?» ¿No tiene derecho el alfarero de hacer del mismo barro unas vasijas para usos especiales y otras para fines ordinarios? ¿Y qué si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia a los que eran objeto de su castigo[i] y estaban destinados a la destrucción? ¿Qué si lo hizo para dar a conocer sus gloriosas riquezas a los que eran objeto de su misericordia, y a quienes de antemano preparó para esa gloria? Esos somos nosotros, a quienes Dios llamó no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles. Así lo dice Dios en el libro de Oseas: «Llamaré “mi pueblo” a los que no son mi pueblo; y llamaré “mi amada” a la que no es mi amada», «Y sucederá que en el mismo lugar donde se les dijo: “Ustedes no son mi pueblo”, serán llamados “hijos del Dios viviente”». Isaías, por su parte, proclama respecto de Israel: «Aunque los israelitas sean tan numerosos como la arena del mar, solo el remanente será salvo; porque plenamente y sin demora     el Señor cumplirá su sentencia en la tierra». Así había dicho Isaías: «Si el Señor Todopoderoso no nos hubiera dejado descendientes, seríamos ya como Sodoma, nos pareceríamos a Gomorra»” (Romanos 9:6-29, NVI).

En su argumento Pablo contrasta a Isaac e Ismael, a Jacob y a Esaú (Romanos 6-13), sin embargo, Pablo no está hablando de elección a salvación o condenación eterna, sino de la manera en que el plan de Dios para la humanidad se llevaría a cabo a través de la vida de ellos. La reconciliación de Esaú con Jacob mencionada en Génesis 33 nos sugiere que la vida de Esaú terminó en buenos términos con Dios. Pero, a pesar de ello, su descendencia continuó sin ser parte de la nación escogida de forma corporativa, es decir, de Israel. Esto nos deja en claro que Pablo no está hablando de una elección individual para salvación o condenación eterna, sino de una elección temporal para una misión específica.[3]

Tal interpretación concuerda con el resto de los escritos de Pablo (incluido el resto de Romanos). La Biblia afirma no solo la soberanía de Dios, sino que también afirma completamente la realidad del libre albedrío humano y con la existencia de una responsabilidad genuina por parte del hombre. Romanos 1:28-32, también parte clave para entender esta epístola y su mensaje, nos dice:

“Además, como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 8:28-32, NVI)

Las palabras de Pablo implican que los no salvos pudieron haber tomado en cuenta a Dios, pero ellos escogieron no hacerlo. Por lo tanto, Dios les dio la libertad de escoger vivir una vida perversa y separarse ellos mismos de Dios. Al elegir por sí mismos quedaron fuera de la elección divina, que es siempre corporativa en unión con Cristo y su pueblo, más no individual, ni irresistible, ni incondicional.

 

MÁS ALLÁ DE ROMANOS 9.

En el calvinismo, la doctrina de la elección se ha formulado sin tener en cuenta adecuadamente la exposición adicional de Pablo acerca del propósito de Dios en la elección. Al concluir su argumento, Pablo afirma: “Hermanos, quiero que entiendan este misterio para que no se vuelvan presuntuosos. Parte de Israel se ha endurecido, y así permanecerá hasta que haya entrado la totalidad de los gentiles. De esta manera todo Israel será salvo, como está escrito: «El redentor vendrá de Sión y apartará de Jacob la impiedad. Y este será mi pacto con ellos cuando perdone sus pecados». Con respecto al evangelio, los israelitas son enemigos de Dios para bien de ustedes; pero, si tomamos en cuenta la elección, son amados de Dios por causa de los patriarcas, porque las dádivas de Dios son irrevocables, como lo es también su llamamiento. De hecho, en otro tiempo ustedes fueron desobedientes a Dios; pero ahora, por la desobediencia de los israelitas, han sido objeto de su misericordia. Así mismo, estos que han desobedecido recibirán misericordia ahora, como resultado de la misericordia de Dios hacia ustedes. En fin, Dios ha sujetado a todos a la desobediencia, con el fin de tener misericordia de todos.” (Romanos 11: 25–32, NVI).

A los arminianos no nos aterra ni nos interesa eliminar el capítulo 9 de la Epístola a los Romanos de nuestras Biblias. Por el contrario, creemos firmemente en cada palabra de dicho capítulo. De hecho, creo que es el calvinista quien, si lo interpretara correctamente, desearía eliminar Romanos 9 o cuando menos, darle un sentido diferente para que cuadre con su interpretación particular de la elección (aunque, ciertamente, eso ya lo hacen).

Romanos 9 nos enseña que sí, es Dios quien elige, endurece y muestra misericordia. Pero la conclusión de Pablo no es que “Israel no obtuvo lo que buscaba (justicia) porque Dios eligió no mostrar misericordia”. Más bien, su conclusión es que Israel no obtuvo lo que buscaban porque lo buscó no por fe sino por obras (Romanos 9:32). La idea no es que Dios no eligió salvar a Israel ¡Israel ya era el pueblo elegido! El problema fue que Israel no cumplió con los medios de salvación escogidos por Dios para hacer firme su elección: La gracia, a través de la fe. El pueblo elegido se debe caracterizar por su sumisión a los términos de justicia de Dios. Israel, pese a ser el pueblo elegido, no se sometió a los términos de la elección y, por consiguiente, dejó de serlo.[4]

Parar en el capítulo 9 de Romanos para entender la doctrina de la elección sería una injusticia para Pablo, que continúa con su argumentación en los capítulos 10 y 11. En el capítulo 10, explica que la fe proviene de escuchar la palabra, y luego exclama que Israel escuchó y entendió la palabra. En el capítulo 11, Pablo explica que Dios no hizo que los individuos “no elegidos” de Israel tropezaran para que cayeran, sino que los provocó a envidia para salvación, pues él no deseaba que ellos dejaran de ser parte de los elegidos. La base de la fidelidad perdurable de Dios a los israelitas endurecidos, tambaleantes y que rechazan el evangelio es el respaldo de Dios de que, con respecto a la elección, son amados por causa de sus antepasados.[5]

 

CONCLUSIÓN.

Los calvinistas se sienten cómodos sintiéndose parte de los elegidos (si es que realmente pueden estar seguros de ello). De hecho ese elemento es una parte determinante en su carácter arrogante y presuntuoso en su trato con otros creyentes que piensan diferente a ellos. Sin embargo, no debemos olvidar que las creencias de uno no son ciertas simplemente porque lo consuelan.

Como ya se mencionó con anterioridad, cuando se compara con el resto de los escritos de Pablo (incluso con el resto de Romanos) la interpretación determinista que el calvinismo hace de Romanos 9 y la elección no puede ser correcta. Es solo un ejemplo más de mala hermenéutica. En Romanos 9, Pablo no esté enseñando sobre elección individual, sino sobre elección corporativa.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, 3.11.23.

[2] H. P. Liddon, Análisis explicativo de la Epístola de San Pablo a los romanos (1892, reimpreso, Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1961) pp. 162-63.

[3] Samuel Fisk, Elección y Predestinación: Claves para una comprensión más clara (Eugene, Oregon, 1997), pp. 71-82.

[4] Robert Picirilli, El libro de los romanos (Nashville: Randall House Publications, 1975), pp. 183.

[5] F. Leroy Forlines, Arminianismo clásico: Una teología de la salvación (Nashville: Casa de Randall, 2011), pp. 129-31.

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