Arminianismo Clásico, Calvinismo

¿Estamos predestinados?

Por: Fernando E. Alvarado.

INTRODUCCIÓN.

En el siglo XVI el francés Juan Calvino (1483-1564) enunció su doctrina de la predestinación según la cual el ser humano está predestinado de antemano a condenarse o salvarse. Juan Calvino definió la predestinación de la siguiente manera: “Llamamos predestinación el decreto eterno de Dios con el cual estableció lo que ha de hacer cada uno de los hombres, puesto que no todos fueron creados con las mismas condiciones, sino que algunos fueron destinados a la vida eterna y otros a la eterna condenación”[1]

Calvino también afirmó: “Declaro con Agustín, que el Señor ha creado a aquellos que, sin duda conoció con anterioridad, que debían ir a la destrucción, y lo hizo porque así es su voluntad. ¿Por qué es ésta su voluntad?, no es para nosotros el saberlo”[2]

Calvino reitera: “Por lo tanto, a quienes Dios deja de lado, son reprobados y esto por ninguna otra causa, sino porque está satisfecho de excluirlos de la herencia a la que él predestina a sus hijos”[3]

El historiador Edward Hulme dice de Calvino: “La predestinación fue su dogma fundamental… ‘Todo’, dice Calvino, ‘ depende de la mera voluntad de Dios; Si algunos son condenados y otros rescatados es porque Dios ha creado a algunos para la muerte y otros para la vida.’”[4]

Para el calvinista, no solo la salvación del hombre depende de la predestinación. Cada evento de la vida y de la historia humana lo hace. El historiador John Horsch reconoce que, “según la enseñanza de Agustín, la historia de la humanidad, desde un punto de vista religioso y espiritual, no es más que un espectáculo de marionetas[5] R. C. Sproul, famoso teólogo calvinista, también reconoce que, para el calvinismo: “Dios decreta todo lo que sucede… Dios deseó que el hombre cayera en pecado. Dios creó el pecado.”[6] Dicho de otra manera, el esquema calvinista “representa a [Dios] como pre-ordenando la caída que debía implicar, más allá de cualquier posibilidad de rescate, la ruina eterna y la condenación de la mayor parte de la raza”[7]

Lo anterior implica que, para el calvinista, Dios es el autor de todo y por lo tanto, también de todo pecado. No es de extrañarse que Susana Wesley, madre del famoso predicador John Wesley, le escribiera a su hijo: “la doctrina de la predestinación, mantenida por los calvinistas rígidos es muy chocante y debe ser aborrecido absolutamente, porque acusa al más Santo Dios de ser el autor del pecado”.[8]  Los arminianos concordamos con Susana Wesley en que la predestinación, así entendida por los calvinistas, no es bíblica, y es una invención humana que difama el carácter santo de Dios.

 

LA PREDESTINACIÓN EN LA BIBLIA.

¿Habla la Biblia de la predestinación? Sí, lo hace. Pero jamás de la forma en que los calvinistas la presentan. Bíblicamente, predestinación (Gr. prooizo) significa “determinar anticipadamente”, “ordenar”, “decidir con antelación”, y se aplica a los propósitos de Dios comprendidos en la elección. La elección es la elección de Dios en Cristo de un pueblo (la verdadera iglesia) para sí mismo. La predestinación comprende lo que pasará con el pueblo de Dios (todos los verdaderos creyentes en Cristo). La doctrina de la predestinación se fundamenta en diversos pasajes bíblicos, entre ellos:

“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó”. (Romanos 8:29-30)

“En amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de Su voluntad…. En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de Su voluntad”. (Efesios 1:5 y 11)

Con respecto a la predestinación, la Biblia enseña ciertas verdades cruciales:

  • Dios predestina a sus elegidos para ser: (a) llamados (Romanos 8:30); (b) justificados (Romanos 3:24, 8:30); (c) glorificados (Romanos 8:30); (d) hechos conforme a la semejanza de su Hijo (Romanos 8:29); (e) ser santos e irreprensibles (Efesios 1: 4); (f) ser adoptados como hijos de Dios (Efesios 1: 5); (g) redimidos (Efesios 1:7); (h) destinatarios de una herencia (Efesios 1:14); (i) para la alabanza de su gloria (Efesios 1:2; 1 Pedro 2:9); (j) los destinatarios del Espíritu Santo (Efesios 1:13; Gálatas 3:14); y (k) creados para hacer buenas obras (Efesios 2:10).

 

  • La predestinación, al igual que la elección, se refiere al cuerpo de Cristo (es decir, la verdadera iglesia espiritual), y comprende a los individuos solo en asociación con ese cuerpo a través de una fe viva en Jesucristo (Efesios 1: 5, 7, 13; Hechos 2: 38-41; 16:31). En este sentido, la predestinación es corporativo, no individual.

 

EL BARCO DE LA SALVACIÓN.

Con respecto a la elección y la predestinación, podríamos usar la analogía de un gran barco en su camino al cielo. El barco (la iglesia) es elegido por Dios para llegar a cierto destino preestablecido. Cristo es el capitán y piloto de este barco. Todos los que deseen ser parte de este barco electo y su Capitán pueden hacerlo a través de una fe viva en Cristo, mediante la cual suben a bordo del barco. Mientras estén en el barco, en compañía del Capitán del barco, están entre los elegidos. Si deciden abandonar el barco y el capitán, dejan de ser parte de los elegidos. La elección siempre es solo en unión con el Capitán y su nave. La predestinación nos habla sobre el destino del barco y lo que Dios ha preparado para los que permanecen en él. Dios invita a todos a subir al barco elegido a través de la fe en Jesucristo.

 

PRESCIENCIA, FUNDAMENTO DE LA PREDESTINACIÓN.

Presciencia significa conocimiento de lo que ha de suceder o existir. En la Biblia, esta palabra tiene que ver principalmente, aunque no de manera exclusiva, con Dios, el Creador, y con sus propósitos. Las palabras que por lo general se traducen por “presciencia” se encuentran en el Nuevo Testamento, aunque estos mismos conceptos se hallan reflejados también en el Antiguo. El término “presciencia” traduce la palabra griega pró·gnō·sis (de pro, “antes” y gnō·sis, “conocimiento”), como se usa en Hechos 2:23 y 1 Pedro 1:2. La forma verbal correspondiente, pro·gui·nṓ·skō, se emplea en dos ocasiones con referencia a los seres humanos: en el comentario de Pablo respecto a ciertos judíos que lo habían conocido de antes y en la referencia que hace Pedro al conocimiento de antemano que tenían aquellos a quienes dirigió su segunda carta. (Hechos 26:4, 5; 2 Pedro 3:17). En este sentido, preconocer no implica necesariamente predeterminar.

En relación con la presciencia de Dios, debemos considerar 3 aspectos clave:

  • La Biblia enseña claramente que Dios puede preconocer y predeterminar. Dios mismo presenta como prueba de su Divinidad esta capacidad de preconocer y predeterminar acontecimientos de salvación y liberación, así como actos de juicio y castigo, y luego hacer que se realicen. Su pueblo escogido es testigo de ello (Isaías 44:6-9; 48:3-8.) La presciencia y la predeterminación divinas constituyen la base de toda profecía verdadera (Isaías 42:9; Jeremías 50:45; Amós 3:7, 8). En el Antiguo Testamento Dios desafió a todas las naciones que se oponen a su pueblo a que demuestren la pretendida divinidad de aquellos a quienes consideran dioses y de sus ídolos, pidiendo que sus deidades profeticen actos de salvación y juicio similares y que luego hagan que se cumplan. Su impotencia ante este desafío demuestra que sus ídolos son falsedad (Isaías 41:1-10, 21-29; 43:9-15; 45:20, 21).

 

  • Un segundo factor que debe tenerse en cuenta es el libre albedrío de las criaturas inteligentes de Dios. Las Escrituras muestran que Dios extiende a tales criaturas el privilegio y la responsabilidad de elegir lo que quieren hacer, de ejercer libre albedrío (Deuteronomio 30:19, 20; Josué 24:15), haciéndolas así responsables de sus actos (Génesis 2:16, 17; 3:11-19; Romanos 14:10-12; Hebreos 4:13). Por lo tanto, no son meros autómatas o robots. No se podría afirmar que el hombre fue creado a la “imagen de Dios” si no tuviera libre albedrío. (Génesis 1:26, 27) Lógicamente, no debería haber ningún conflicto entre la presciencia de Dios, así como su predeterminación, y el libre albedrío de sus criaturas inteligentes.

 

  • Un tercer factor que debe tomarse en cuenta, pero que a veces se pasa por alto, es el de las normas y cualidades morales de Dios reveladas en la Biblia, como su justicia, honradez, imparcialidad, amor, misericordia y bondad. Por lo tanto, la manera de entender cómo Dios usa sus facultades de presciencia y predeterminación tiene que armonizar, no solo con algunos de estos factores, sino con todos ellos. Es evidente que cualquier cosa que Dios preconozca tiene que suceder inevitablemente, por lo que Dios puede llamar a las “cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17).

 

En perfecta comunión de estos 3 criterios, la Biblia enseña que los creyentes somos “elegidos” para ser el pueblo de Dios de acuerdo con su presciencia, es decir, de acuerdo con el conocimiento previo de Dios de su plan de redención en Cristo para la iglesia, incluso antes de que comenzara la creación y la historia humana (Romanos 8:29). El conocimiento previo es virtualmente un sinónimo del propósito soberano y de la gran visión de Dios para redimir de acuerdo con su amor eterno. Así pues, los “elegidos” son la compañía de los verdaderos creyentes, elegidos en armonía con el plan decidido por Dios para redimir a la iglesia por la sangre de Jesucristo a través de la obra santificadora del Espíritu. Sin embargo, en respeto a la imagen de Dios puesta en el hombre y a su libre albedrío, los creyentes deben participar en su elección con su respuesta de fe y con el firme deseo de hacer que su llamado y elección sean seguros (2 Pedro 1:5-10). De lo contrario, ellos mismos caerían y perderían su condición de elegidos, pues es la iglesia como pueblo, quien está predestinada a salvación, y no individuos a título personal (Juan 15:1-8). Es en unión a Cristo y su cuerpo que la elección es hecha segura. Esto concuerda con el carácter de Dios, quien jamás predestinará a nadie de forma incondicional sin imponerle la condición de perseverar en la fe: “Por lo tanto, el Señor, el Dios de Israel, que había dicho que tú y tu familia le servirían siempre, ahora declara: Jamás permitiré tal cosa, sino que honraré a los que me honren, y los que me desprecien serán puestos en ridículo. Yo, el Señor, lo afirmo.” (1 Samuel 2:30, DHH).

 

CONCLUSIÓN.

En su presciencia, Dios ha predestinado para salvación a aquellos que conoció de antemano. Al afirmar que Dios nos “conoció” en Efesios 1:5 y 11, Pablo enseña que Dios eligió otorgar su amor sobre nosotros desde la eternidad. Esto es sugerido ampliamente en muchos otros pasajes (Éxodo 2:25; Salmos 1:6 Oseas 13:5; Mateo 7:23; 1 Corintios 8:3; Gálatas 4:9; 1 Juan 3:1). Por lo tanto:

  1. El conocimiento previo significa que Dios se propuso desde la eternidad amar y redimir a la raza humana a través de Cristo (Romanos 5:8; Juan 3:16). El destinatario de la presciencia de Dios o de su amor hacia el exterior se expresa en plural y se refiere a la iglesia. Es decir, el amor de Dios es principalmente para el cuerpo corporativo de Cristo (Efesios 1:4; 2:4; 1 Juan 4:19) e incluye a los individuos solo cuando se identifican con este pueblo corporativo a través de la fe y la unión con Cristo (Juan 15: 1-6).
  2. El pueblo corporativo de Cristo alcanzará la glorificación (Romanos 8:30). Los creyentes individuales no alcanzarán la glorificación si se separan de ese cuerpo amado y no mantienen su fe en Cristo (Romanos 9:12-14, 17; Colosenses 1: 21-23).

De modo que la elección de acuerdo con la presciencia se refiere a la elección basada en la elección previa de Cristo y el pueblo corporativo de Dios en él.

 

REFERENCIAS:

[1] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana, Capítulo XIV, N°5.

[2] Juan Calvino, Institución de la Religión Cristiana (Grand Rapids, MI: Wm. B. Eerdmans Publishing Company, 1998 ed.), III: xxiii, 5.

[3] Ibid. xxiii, 1, 4.

[4] Edward Maslin Hulme, the Renaissance, the protestant Reformation, and the Catholic Revolution (New York: The Century Company, 1920), 299.

[5] John Horsch, History of Christianity (John Horsch, 1903), 104–105.

[6] R. C. Sproul, Jr., Almighty Over All (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1999), 54.

[7] Henry C. Sheldon, History of Christian Doctrine (New York: Harper and Bros., 2nd ed., 1895), II : 163.

[8] A. W. Harrison, Arminianism (London: Duckworth, 1937), 189.

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