Por Fernando E. Alvarado
Si alguna vez has conversado con un testigo de Jehová o conocido sus creencias, es probable que algunas te hayan resultado peculiares: el rechazo a las transfusiones de sangre, la negativa a celebrar cumpleaños, saludar la bandera, cantar el himno nacional o participar en festividades como la Navidad o el Día de la Madre, argumentando un origen pagano en todos los casos. Sin duda, muchos los tachan de fanáticos con ideas extravagantes. Pero ¿te has dado cuenta de que, cuando se trata de la Navidad, muchos cristianos que los critican adoptan esos mismos argumentos y replican su postura? ¡Hasta emplean idénticos razonamientos! Con ello, lo que buscan es presentar su propia forma de religiosidad como superior y más pura que la de otros. Al rechazar festividades como la Navidad y tildar de “paganos” o de “paganizadores de la fe” a quienes sí las celebran, no solo imitan el discurso de sectas como los Testigos de Jehová, los movimientos judaizantes y otros grupos sectarios, sino que lo utilizan para trazar una línea divisoria: de un lado, la auténtica fe depurada; del otro, una práctica contaminada y mundana.

No obstante, un análisis profundo de la historia bíblica y la tradición cristiana desvela una perspectiva más equilibrada y enriquecedora: el judaísmo y el cristianismo han demostrado una notable capacidad para interactuar con elementos culturales ajenos, incorporándolos y redefiniéndolos a la luz de la revelación monoteísta. Esta dinámica no representa un sincretismo compromisorio, sino un proceso de redención simbólica que transforma lo profano en vehículo de verdad divina (Inman, 1875; Walter, 2006).
Para ilustrar este punto, consideremos el rol de los árboles en diversas tradiciones antiguas, un elemento frecuentemente criticado en las celebraciones navideñas modernas. Es innegable que los árboles han ocupado un lugar prominente en mitologías y religiones paganas a lo largo de la historia, imbuidos de significados profundos y sagrados. Por instancia, el roble era reverenciado por griegos y celtas por su robustez y resistencia a los elementos naturales, simbolizando fuerza divina. La higuera, por su parte, era vista por egipcios y griegos no solo como sagrada, sino dotada de una inteligencia mística; se creía que sus hojas «conversaban» en un lenguaje ancestral que los humanos habían olvidado. En la mitología grecorromana, árboles como el olivo (consagrado a Minerva), el mirto y el loto (a Venus), el laurel (a Apolo) y el haya o encina (a Júpiter) estaban intrínsecamente ligados a deidades específicas. Incluso en las culturas precolombinas de América, la ceiba era considerada un eje cósmico por los mayas, conectando el inframundo de Xibalba con el mundo terrenal y celestial, posicionada en los cuatro puntos cardinales como pilar del universo (Ryder, 2006).
Ante esta evidencia, surge una pregunta crucial: ¿deberíamos erradicar todos estos árboles o evitar su uso simbólico simplemente porque en contextos paganos se les atribuyeron connotaciones idolátricas? La respuesta, desde una perspectiva bíblica, es negativa. Tomemos el caso de la higuera: pese a su veneración en el paganismo egipcio y griego, los profetas hebreos, bajo inspiración divina, la emplearon como metáfora de realidades espirituales profundas. En las Escrituras, la higuera representa prosperidad espiritual (Miqueas 4:4), juicio divino (Jeremías 8:13) e incluso al pueblo de Israel en su totalidad (Oseas 9:10; Mateo 21:19-21). Este ejemplo paradigmático demuestra cómo un símbolo cultural preexistente puede ser rescatado y santificado, integrándose al testimonio de la fe sin diluir su esencia monoteísta. Lejos de ser una anomalía, esta práctica de apropiación redentora permea toda la historia judeocristiana, revelando un patrón divino de transformación cultural (Ryder, 2006; Rybolt, 2006).
La Biblia y la tradición cristiana ofrecen abundantes ilustraciones de esta dinámica, donde elementos de origen pagano son reorientados hacia la gloria de Dios. Consideremos algunos casos específicos que subrayan esta flexibilidad teológica:
- Los antiguos hebreos adoptaron el término «El», originalmente el nombre de una deidad semita en culturas paganas preisraelitas, para designar a «Elohim», el Dios único y soberano. Este préstamo lingüístico no compromete la unicidad divina, sino que la enriquece al contextualizarla en un vocabulario familiar (Rybolt, 2006).
- Las imágenes de querubines —seres alados con rostros humanos, derivados de la iconografía mesopotámica pagana— fueron incorporadas en el diseño del Arca del Pacto (Éxodo 25:18-22) y el Templo de Salomón (1 Reyes 6:23-28), convirtiéndose en guardianes simbólicos de la presencia divina (Inman, 1875).
- En el Nuevo Testamento, el Evangelio de Juan emplea el concepto filosófico griego del «logos» —un término platónico que denotaba el principio racional ordenante del universo— para describir a Jesucristo como el Verbo encarnado (Juan 1:1-14), transformando una idea pagana en revelación cristológica (Rybolt, 2006).
- El apóstol Pablo, en su primera epístola a los corintios, regula la práctica de la glosolalia (hablar en lenguas ininteligibles), un fenómeno extático presente en los cultos mistéricos helenísticos, como los de Delfos o Mitra (1 Corintios 14). Aunque no originaria del judaísmo, Pablo no la prohíbe, sino que la canaliza hacia el edificar la iglesia, reconociendo su potencial espiritual incluso en su devoción personal. Nacido en Tarso, un crisol de sincretismo religioso, Pablo ejemplifica cómo la fe cristiana puede dialogar con prácticas culturales sin perder su integridad (Adams, 2017). Lo más curioso es que el Espíritu Santo eligiera este fenómeno (la glosolalia), ya presente en religiones paganas, como símbolo de su presencia y derramamiento sobre su pueblo.
- Los traductores de la Septuaginta, la versión griega del Antiguo Testamento, utilizaron el término pagano «Hades» —el inframundo griego— para traducir el hebreo «Seol», adaptando un concepto mitológico al marco judeocristiano de la vida después de la muerte (Inman, 1875).
- En Hechos 26:14, durante la defensa de Pablo ante Agripa, se relata que el Señor resucitado cita un refrán del dramaturgo griego Eurípides: «Dura cosa te es dar coces contra el aguijón». Esta alusión a un autor pagano muestra que incluso Jesús no vacila en emplear expresiones culturales “paganas” para comunicar verdades eternas (Rybolt, 2006).
- La fecha del 25 de diciembre, asociada al solsticio de invierno en culturas antiguas, celebraba la victoria de la luz solar sobre la oscuridad, vinculada a deidades como Mitra, Apolo o el Sol Invicto romano. Los cristianos de los siglos IV al VI adoptaron esta fecha no por imitación ciega, sino como estrategia misionera: declarar que la auténtica Luz que disipa las tinieblas no es un dios pagano, sino Jesucristo (Juan 8:12). Esta elección refleja un acto intencional de evangelización cultural, similar a cómo Pablo usó el altar al «dios desconocido» en Atenas (Hechos 17:23) (Walter, 2006; Weiser & Farkas, 2008).
- El título «Estrella de la Mañana», aplicado al Mesías por Pedro (2 Pedro 1:19) y Juan en Apocalipsis (22:16), proviene de cultos babilónicos que adoraban a Venus (la antigua Asera o Astarté) como la última estrella visible al amanecer. Reyes paganos también se autodenominaban así para prometer un «nuevo amanecer» imperial. Los autores bíblicos subvierten este simbolismo, asignándolo a Jesús como el verdadero amanecer de la humanidad redimida (Inman, 1875).
Con base en lo anteriormente mencionado, podemos concluir que rechazar la Navidad por supuestos orígenes paganos resulta teológicamente incoherente, ya que muchas prácticas bíblicas y cristianas fundamentales también presentan claros paralelos o adaptaciones de ritos paganos, pero fueron reinterpretadas y redimidas para glorificar al único Dios verdadero (Viola & Barna, 2008). Por ejemplo si ampliamos nuestra lista de elementos paganos que el judaísmo y el cristianismo tomaron prestados o “cristianizaron” (y que, curiosamente, nadie protesta por ellos), tenemos que:
- El bautismo: Los ritos de lavado y purificación simbólica eran comunes en Egipto, Babilonia, los misterios eleusinos, el hinduismo, el budismo y los cultos a Isis, Cibeles, Atis y Mitra mucho antes del cristianismo (Angus, 1925; Burkert, 1987; Bowden, 2010). Incluso los judíos del Segundo Templo adoptaron formas de bautismo prosélito y ritual influenciadas por el entorno helenístico y oriental (Jeong, 2023). Los cristianos primitivos no rechazaron estas similitudes, sino que las transformaron en símbolo de muerte al pecado y resurrección con Cristo (Romanos 6:3-4).
- La Santa Cena (Eucaristía): Los banquetes rituales con pan, vino, agua y a veces carne eran centrales en los cultos mistéricos grecorromanos (Isis-Serapis, Anubis-Osiris, Mitraísmo, Cibeles-Atis, Dioniso y Deméter), donde se prometía comunión con la deidad y vida eterna (Angus, 1925; Weigall, 1928; Witt, 1997). Tertuliano mismo reconoció que los paganos acusaban a los cristianos de copiar sus ceremonias sagradas (Tertuliano, ca. 200/1950). Sin embargo, el cristianismo no imitó, sino que redimió y reveló el verdadero significado: el cuerpo y la sangre de Cristo ofrecidos de una vez y para siempre (1 Corintios 11:23-26).
- El diezmo: Era una práctica ampliamente extendida en el mundo antiguo pagano (Mesopotamia, Siria-Palestina, Grecia, Cartago, Lidia y Fenicia) como ofrenda a los dioses y al rey-dios (Kelly, 2001; Smith, 2002). Abraham entregó el diezmo a Melquisedec, sacerdote del Dios Altísimo (Génesis 14:18-20), en un contexto cultural donde esa práctica era común entre los cananeos. Israel la adaptó al culto levítico y, más tarde, los cristianos la incorporaron para el sostenimiento de los obreros del evangelio (1 Corintios 9:13-14; Hebreos 7), dándole un nuevo sentido cristocéntrico.
Esta dinámica histórica demuestra que la cristianización de elementos culturales no equivale a sincretismo condenable, sino a una estrategia redentora divinamente autorizada para transformar lo cultural en testimonio evangélico (Nock, 1964; Rybolt, 2006). Como resume Viola y Barna (2008), «Dios nunca ha tenido problemas en tomar formas paganas y llenarlas de contenido cristiano».

Y hay algo más que debe ser tomado en cuenta: El principio paulino en Romanos 14 sobre «cuestiones discutibles» enfatiza la libertad en Cristo: no debemos juzgar al hermano que observa un día especial (como la Navidad) ni al que no lo hace, priorizando la conciencia individual y la paz comunitaria (Moo, 1996; Stott, 1994). En el contexto misionero contemporáneo, esta redención cultural se ve en prácticas como adaptar melodías seculares para himnos cristianos o usar arte urbano para evangelizar, demostrando que la fe no aísla, sino que transforma la cultura (Adams, 2017). Finalmente, recordemos que el enfoque bíblico no radica en legalismos externos (Colosenses 2:16-23), sino en el corazón que adora, un tema que resuena en la teología de la redención cultural como un proceso de gracia divina que abarca lo humano en toda su complejidad (Rybolt, 2006).
Así pues, la tradición judeocristiana exhibe una admirable habilidad para asimilar elementos paganos, infundiéndoles nuevo significado en servicio al Evangelio. Rechazar la Navidad por sus orígenes ignora esta rica herencia de transformación simbólica y cultural. Si un creyente opta por celebrarla —reconociendo que el 25 de diciembre no es la fecha histórica exacta del nacimiento de Jesús—, lo hace como ocasión propicia para meditar en la Encarnación, cultivar el amor fraterno y proclamar la esperanza cristiana. Colocar un árbol navideño como mero adorno estacional no vulnera la fe, pues Dios mismo ha sancionado en su Palabra la reutilización de símbolos extrabíblicos para fines redentores (Weiser & Farkas, 2008). Al final, lo trascendental no son nuestras reglas humanas o aversiones culturales, sino el espíritu que honra al Salvador que irrumpió en la historia para redimir lo caído. Que esta temporada nos invite a todos a abrazar la gracia de Aquel que vino a ser la Luz en nuestras sombras. ¡Feliz Navidad, hermanos en la fe!
Referencias
Adams, B. (2017). The early Christian appropriation of pagan piety. The Davenant Institute.
Inman, T. (1875). Ancient pagan and modern Christian symbolism: With an essay on Baal worship, on the Assyrian sacred «grove,» and other allied symbols. J. R. Smith.
Moo, D. J. (1996). The epistle to the Romans. William B. Eerdmans Publishing Company.
Rybolt, J. R. (2006). Pagan Christmas: The plants, spirits, and rituals at the origins of Yuletide. Bear & Company.
Ryder, D. A. (2006). Christianity: The origins of a pagan religion. Inner Traditions.
Stott, J. R. W. (1994). The message of Romans: God’s good news for the world. InterVarsity Press.
Walter, P. (2006). Christianity: The origins of a pagan religion (J. E. Graham, Trans.). Inner Traditions. (Original work published 2003)
Weiser, F., & Farkas, O. (2008). Pagan Christmas: History and traditions. Brocken Moon Books.
Angus, S. (1925). The mystery-religions and Christianity. John Murray.
Bowden, H. (2010). Mystery cults of the ancient world (2nd ed.). Princeton University Press.
Burkert, W. (1987). Ancient mystery cults. Harvard University Press.
Jeong, D. (2023). Pauline baptism among the mysteries: Ritual messages and the promise of initiation. De Gruyter.
Kelly, R. E. (2001). Should the church teach tithing? A theologian’s conclusions about a taboo doctrine. AuthorHouse.
Nock, A. D. (1964). Early gentile Christianity and its Hellenistic background. Harper & Row.
Rybolt, J. R. (2006). Pagan Christmas: The plants, spirits, and rituals at the origins of Yuletide. Bear & Company.
Smith, M. S. (2002). The early history of God: Yahweh and the other deities in ancient Israel (2nd ed.). Eerdmans.
Tertuliano. (1950). On baptism (E. Evans, Trans.). Society for Promoting Christian Knowledge. (Obra original ca. 200 d.C.)
Viola, F., & Barna, G. (2008). Pagan Christianity?: Exploring the roots of our church practices. Tyndale House Publishers.
Weigall, A. (1928). Paganism in our Christianity. Hutchinson.
Witt, R. E. (1997). Isis in the ancient world. Johns Hopkins University Press. (Obra original publicada 1971)