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Espíritu y esquemas: ¿Se quiebra la unión entre pentecostalismo y dispensacionalismo?

Por E. Cienfuegos

El dispensacionalismo, surgido en el siglo XIX a través de John Nelson Darby y popularizado por el Scofield Reference Bible, ha sido objeto de severas críticas académicas que han contribuido a su declive en círculos teológicos debido a múltiples razones exegéticas, teológicas e históricas. Su hermenéutica literalista estricta, que aplica un enfoque uniforme a textos bíblicos de diversos géneros, ha sido cuestionada por ignorar el contexto histórico-cultural y el simbolismo de pasajes proféticos como Apocalipsis o Daniel, generando interpretaciones consideradas forzadas. La distinción absoluta entre Israel y la iglesia, central al sistema, carece de un fundamento exegético sólido según críticos que citan Efesios 2:14-16 y Gálatas 3:28-29, los cuales enfatizan la unidad espiritual en Cristo, mientras que la división de la historia en dispensaciones se percibe como una estructura arbitraria impuesta al texto.

Teológicamente, el dispensacionalismo clásico ha sido acusado de sugerir un dualismo en el plan de salvación, con caminos separados para Israel y la iglesia, lo que contradice la centralidad de Cristo como único medio de redención; además, su escatología especulativa depende de lecturas selectivas y carece de consenso en la tradición cristiana. Históricamente, su origen en el contexto pietista y milenarista del siglo XIX, junto con su asociación con el sionismo cristiano, ha llevado a críticas por politizar las Escrituras y desvincularse de la ortodoxia histórica, ya que no encuentra eco en los Padres de la Iglesia ni en los concilios. En la academia, el auge de enfoques alternativos como la teología del pacto o la hermenéutica contextual, combinado con la percepción de sensacionalismo en movimientos apocalípticos y la preferencia generacional por teologías centradas en la justicia social, ha reducido su influencia, relegándolo a contextos evangélicos más específicos mientras sistemas más integradores ganan terreno.

Una unión contranatural

El dispensacionalismo, esa arquitectura teológica del siglo XIX urdida por John Nelson Darby y canonizada en las notas del Scofield Reference Bible (Scofield, 1909), destila una ironía tan provocadora como irresistible: un sistema forjado en el estéril terreno del cesacionismo, que clausuraba los dones carismáticos tras la era apostólica, encuentra hoy su defensa más fervorosa en los exuberantes círculos pentecostales, adalides del continuismo y de una espiritualidad vibrante (Synan, 1997). Esta paradoja, un verdadero drama teológico, no solo enfrenta cosmovisiones dispares, sino que forzó a los pentecostales a realizar piruetas exegéticas para conciliar su fe palpitante con un marco que, en su concepción, les era hostil. ¿Cómo se produjo esta contradicción? ¿Cuáles fueron las razones de esta alianza insólita? ¿Qué tipo de ingenio hermenéutico se requirió para que los pentecostales superaran esta tensión, constatando que los pioneros de Azusa Street, lejos de abrazar dispensaciones, danzaban al ritmo del Espíritu? (Anderson, 2004).

En su génesis, el dispensacionalismo era un bastión cesacionista, persuadido de que los dones del Espíritu —lenguas, profecías, sanidades— se desvanecieron con el cierre del canon bíblico, una tesis sostenida en una interpretación estricta de 1 Corintios 13:8-10 (Ryrie, 1995). Este sistema, con su meticulosa cartografía de dispensaciones y su escatología premilenialista, confinaba los milagros a una era apostólica sepultada por la perfección del texto sagrado. En contraste, el pentecostalismo, que irrumpió en 1906 con el avivamiento de Azusa Street, es un río continuista, proclamando la vigencia de los dones carismáticos como sello de la iglesia viva, anclado en Hechos 2:17-18 y en una experiencia espiritual que desafía toda clausura (Dayton, 1987). Que un esquema tan reacio a la acción presente del Espíritu haya sido adoptado por quienes celebran su efusión perpetua es una ironía que, como señala Blaising (1993), revela las sorprendentes torsiones de la historia teológica.

¿Cómo se fraguó esta alianza contra natura? La respuesta yace en las corrientes del evangelicalismo estadounidense. El dispensacionalismo, con su narrativa apocalíptica, se incrustó en el imaginario evangélico gracias al Scofield Reference Bible y a instituciones como el Dallas Theological Seminary (Mangum & Sweetnam, 2009). Los pentecostales, aunque nacidos en el seno del metodismo wesleyano y el movimiento de santidad —ambos ajenos al dispensacionalismo (Synan, 1997)—, se sintieron seducidos por esta escatología vibrante, que resonaba con su expectativa de un Cristo inminente. Marginados por las iglesias principales, ambos movimientos hallaron en su ostracismo un terreno común, forjando una alianza pragmática que convirtió el dispensacionalismo en el armazón escatológico de denominaciones como las Asambleas de Dios (Menzies, 2004). La fiebre profética del siglo XX, avivada por obras como The Late Great Planet Earth de Hal Lindsey (1970), selló esta unión improbable.

Este matrimonio teológico, empero, no fue un idilio sin grietas. Los pentecostales, para abrazar el dispensacionalismo, debieron ejecutar acrobacias exegéticas que deslumbran por su audacia. Descartaron el cesacionismo, reinterpretando textos como San Juan 4:9 (Juan 14:16-17) para afirmar que la dispensación de la iglesia es un escenario de acción continua del Espíritu, en contradicción con la cronología dispensacionalista clásica (Ryrie, 1995). Introdujeron la noción de una “lluvia tardía” (Joel 2:23-30), una reactivación reglamentaria, para justificar el avivamiento pentecostal, un concepto que, como observa Dayton (1987), carece de sustento en el dispensacionalismo ortodoxo. Asimismo, navegaron la distinción entre Israel y la iglesia —piedra angular del sistema— con una exégesis selectiva que los llevó a tejer su escatología actual mientras suavizaban la separación entre judíos y gentiles (Gálatas 3:23-28) con énfasis en la unidad en Cristo (3:28) (Blaising & Bock, 1993). Estas maniobras, ingeniosas pero frágiles, traicionan la flexibilidad de los primeros pentecostales, quienes bebían de fuentes wesleyanas.

La ironía se agudiza al recordar que el pentecostalismo primigenio no tenía raíces dispensacionalistas. Sus fundadores, inmersos en la efusión del Espíritu, no especulaban con dispensaciones ni separaciones entre Israel y la iglesia; su teología era un canto a la experiencia, no un organigrama escatológico (Anderson, 2004). La adopción posterior del dispensacionalismo, impulsada por el contexto evangélico y la sed de evangelismo, impulsada para por un marco profético marcó, obligó a a los pentecostales a encorsetarse la espiritualidad en un sistema que, en su esencia, les era adverso adverso. Esta alianza, como apunta Menzies (2004), no solo testimonia la maleabilidad del pentecostalismo primitivo aún sin identidad definida, sino que se erige como una sátira histórica de cómo las dinámicas culturales pueden transformar las trayectorias de la fe, dejando a los pentecostales como insólitos custodios de un legado que, originalmente, los habría desdeñado.

¿Hasta que la muerte los separe?

El dispensacionalismo se tambalea hoy en el vibrante mundo pentecostal como un matrimonio condenado al divorcio, aunque algunos, con terquedad nupcial, juran fidelidad hasta que la muerte los separe. Cada vez más pentecostales, impulsados por un anhelo de coherencia teológica y una espiritualidad liberada de corsés, abandonan este sistema con la audacia de quien rompe cadenas, optando por horizontes exegéticos más amplios. Otros, sin embargo, se aferran a su seductora narrativa apocalíptica. Difícilmente esta alianza se disolverá en el corto plazo, pero el éxodo hacia otros sistemas teológicos, más congruentes comenzó hace tiempo y promete no detenerse.

El dispensacionalismo, con su rígida cartografía de dispensaciones y su cesacionismo originario, nunca fue un cónyuge natural para el pentecostalismo, cuya alma arde con la llama continuista de Hechos 2:17-18. Su matrimonio, forjado en el evangelicalismo estadounidense del siglo XX, fue más una alianza de conveniencia que un amor predestinado. La escatología dispensacionalista sedujo a los pentecostales tempranos, hambrientos de un marco profético que diera sentido a su avivamiento como señal de los últimos días (Synan, 1997). Sin embargo, la unión siempre cojeó: el dispensacionalismo, con su distinción tajante entre Israel y la iglesia, chocaba con la universalidad del Espíritu que los pentecostales proclamaban en cada lengua y sanidad. Hoy, muchos pentecostales, hastiados de esta convivencia tensa, miran con recelo un sistema que les exige malabares exegéticos para justificar su experiencia carismática, y optan por el divorcio teológico, buscando refugio en sistemas como el premilenarismo histórico, la teología del pacto, el pactualismo progresivo o la hermenéutica narrativa.

El éxodo no es nuevo, sino un goteo que se acelera. Teólogos pentecostales como William Menzies (2004) han señalado que la rigidez dispensacionalista, con su literalismo hermenéutico y su cronología fragmentada, mal se aviene con la espontaneidad del Espíritu que define al pentecostalismo. Pasajes como Gálatas 3:28, que celebran la unidad en Cristo, resuenan más con una iglesia global que con la separación dispensacionalista entre Israel y los gentiles. Además, la crítica académica al dispensacionalismo, que lo tilda de innovación moderna desvinculada de la tradición patrística (Blaising & Bock, 1993), ha permeado los seminarios pentecostales, donde una generación más educada y globalizada cuestiona las especulaciones de antaño. La popularidad de movimientos como el Reino Ahora, que enfatizan la acción presente del Espíritu en la transformación social, ha seducido a muchos, quienes ven en el dispensacionalismo un escapismo que posterga el Reino de Dios a un futuro milenario. Este abandono es un grito de emancipación: los pentecostales, cansados de un matrimonio que sofoca su fuego, buscan un sistema que exalte la danza del Espíritu aquí y ahora.

Sin embargo, no todos están listos para firmar los papeles del divorcio. Un amplio sector pentecostal se aferra al dispensacionalismo con una lealtad que roza el martirio. Para ellos, los postulados del dispensacionalismo son verdades innegociables. Este grupo ve en el dispensacionalismo un baluarte contra el liberalismo teológico y un mapa profético que da sentido a un mundo convulso. Su fidelidad, sin embargo, no está exenta de ironía: defienden un sistema que, en su cesacionismo original, habría desdeñado sus lenguas y profecías como reliquias obsoletas (Ryrie, 1995). Esta unión, sostenida por la nostalgia y el arraigo cultural, resiste, pero no sin fisuras, pues incluso entre los fieles se escuchan murmullos de duda ante las tensiones internas del sistema.

El futuro de esta unión es dudoso, pero las grietas son innegables. El dispensacionalismo, con su énfasis en un Israel futuro y un reino postergado, choca con la sensibilidad pentecostal, que celebra la irrupción del reino en cada avivamiento, en cada milagro, en cada clamor. El éxodo hacia sistemas teológicos más integradores, que abracen la continuidad del Espíritu sin las rigideces dispensacionalistas, no es un capricho, sino una búsqueda de autenticidad. Como los israelitas en el desierto, muchos pentecostales han emprendido un viaje hacia una tierra prometida de coherencia teológica, dejando atrás un matrimonio que, aunque funcional en su día, hoy se siente como una carga. Mientras algunos insisten en renovar sus votos con el dispensacionalismo, el Espíritu, siempre inquieto, parece soplar en otra dirección, invitando a una iglesia carismática a danzar libre, sin las cadenas de un sistema que nunca fue suyo.

Bibliografía:

  • Anderson, A. (2004). An introduction to Pentecostalism: Global charismatic Christianity. Cambridge University Press.
  • Blaising, C. A., & Bock, D. L. (1993). Progressive dispensationalism. Baker Books.
  • Dayton, D. W. (1987). Theological roots of Pentecostalism. Hendrickson Publishers.
  • Lindsey, H. (1970). The late great planet earth. Zondervan.
  • Mangum, R., & Sweetnam, M. (2009). The Scofield Bible: Its history and impact on the evangelical church. Paternoster.
  • Menzies, R. P. (2004). The development of early Pentecostal theology. Sheffield Academic Press.
  • Ryrie, C. C. (1995). Dispensationalism. Moody Publishers.
  • Scofield, C. I. (Ed.). (1909). The Scofield Reference Bible. Oxford University Press.
  • Synan, V. (1997). The holiness-Pentecostal tradition: Charismatic movements in the twentieth century. Eerdmans.

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