Iglesias Reformadas, Luteranismo, Oración, Reflexión Teológica, Vida Cristiana, Vida Espiritual

El cristianismo se trata de una relación personal con Jesús ¿O no?

Por Fernando E. Alvarado

Cada cristiano fiel tiene que tener una relación directa con Dios, compartiendo la relación que Jesús tenía con su Padre”

Wolfhart Pannenberg

Los cristianos, especialmente los evangélicos, hablamos a menudo de tener una relación personal con Jesús. O de la necesidad de trabajar en nuestra relación personal con él. Solemos expresar nuestro deseo de que esa relación crezca, se profundice, se vuelva más íntima. Pero ¿Nos manda la Biblia buscar tal relación? Algunos teólogos, sobre todo reformados y protestantes tradicionales, seguramente responderán que no, que la Biblia no nos manda tal cosa. Eso nos lleva a preguntarnos: ¿Está mal buscar una relación personal con Jesús?

En un artículo publicado en el sitio web http://www.1517.org, el pastor y erudito luterano Chad Bird, afirmó:

“El cristianismo no es un esfuerzo en solitario. No es una relación privada entre Jesús y yo… Aquí está la cuestión: el cristianismo no se trata de una relación personal con Jesús. La frase nunca se encuentra en la Biblia. Y todo el testimonio bíblico lo contradice. Nuestra vida con Cristo es comunitaria, no personal, privada o individual. Cuando las Escrituras hablan de creyentes, son parte de una comunidad, una comunión de otros creyentes. El cristianismo se trata de una relación de iglesia con Jesús.”

Y añade:

“El cielo no permita que yo tenga una relación personal con Jesús. Porque sé lo que sucedería: terminaría, en mi mente, remodelando a mi Jesús personal en una imagen sorprendentemente familiar: la imagen de mí.” [1][1]

¿Es así? ¿Es realmente antibíblico el concepto de tener una “relación personal con Jesús” propuesto por el cristianismo evangélico, y de forma especial por el pentecostalismo? No lo creo. He aquí las razones del por qué.

Concuerdo con Bird en que Jesús nos llama a ser parte de una comunidad viva, activa y de adoración que se reúne regularmente (Hebreos 10:25) y en la cual los creyentes, como cuerpo, ejercen sus dones (1 Pedro 4:10). Estoy de acuerdo en que somos lavados por la sangre de Cristo e incorporados en su cuerpo, que es la iglesia (1 Corintios 12:13). A Dios le plació que los redimidos fuesen parte de una comunidad. Cantamos juntos, oramos juntos, confesamos juntos, lloramos y sanamos y finalmente morimos juntos. Esa es la vida de la iglesia, y es una vida en comunidad.

Esto, sin embargo, en nada desmerece que nuestra relación con Jesús es también algo personal, que se experimenta a nivel individual, íntimo. Dicha relación también es algo que debe ser cultivado. ¿Cómo lo sabemos?

Antes que Adán pecara en el Huerto del Edén (Génesis 3), tanto él como Eva conocían a Dios íntimamente, a nivel personal. Ellos caminaban con Él en el Jardín y hablaban directamente con Él. Debido al pecado del hombre, fuimos separados y desconectados de Él. A través de la regeneración, y por efecto de la gracia, la comunión del hombre con su Hacedor se restablece una vez más, y esto gracias a Cristo, el segundo Adán (1 Corintios 15:22)

Jesús nos ha hecho sus amigos:

“Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer.” (Juan 15:15)

Preguntamos: ¿Puede alguien llamarse amigo de otra persona sin tener una relación personal y cercana con él? Lo que Jesús espera y busca de nosotros hoy es lo mismo que buscaba de Abraham en el pasado: Llamarnos sus amigos, tener una relación cercana, íntima y personal con nosotros como individuos, no solo como comunidad.

“Y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios.” (Santiago 2:23)
“Pero tú, Israel, siervo mío eres; tú, Jacob, a quien yo escogí, descendencia de Abraham mi amigo.” (Isaías 41:8)

Toda amistad implica relación, convivencia y una constante necesidad de cultivarla y nutrirla (Proverbios 17:17) ¿Por qué con Dios debería ser diferente? De hecho, si de Dios se trata, el cultivar su amistad debería ser la meta más grande de nuestra vida y la más importante de nuestras relaciones.

Por eso, cuando un autor, pastor y teólogo de la talla de Chad Bird (quien no solo escribe para Christianity Today, sino también para The Gospel Coalition, Modern Reformation, The Federalist, Lutheran Forum y otras revistas y sitios web, y quien además es autor de varios libros) afirma que no es necesario tener una relación personal con Jesús, y que para colmo clama que “el cielo no permita que [él] tenga una relación personal con Jesús”, la cosa se vuelve preocupante. ¡Algo anda muy mal con un creyente que no anhela cultivar su relación individual y personal con Dios!

Wolfhart Pannenberg, otro teólogo luterano (y con mayor peso teológico que Bird), afirmó sin tapujos:

“Cada cristiano fiel tiene que tener una relación directa con Dios, compartiendo la relación que Jesús tenía con su Padre”

Sin relación con Dios simplemente no hay cristianismo. No somos valiosos sólo como grupo, sino individualmente. Por tal motivo, la afirmación de Bird no sólo es errónea, sino peligrosa. Y es que quien niegue la necesidad de una relación personal con Dios a través de Jesús pone en evidencia su poca o nula conexión con el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Trinidad. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo nos ha sido dado como nuestro Consolador [“Parakletos” literalmente significa: “aquel que es invocado”. Proviene de para-kaléin, “llamar en ayuda” e implica, por tanto, que el Espíritu Santo es “el defensor”, “el abogado”, además de “el mediador”, que realiza la función de intercesor]. Sobre la relación de los creyentes con el Espíritu Santo, Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador; para que esté con vosotros para siempre: El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros” (Juan 14:15-17)

Y después que Él murió, resucitó y ascendió a los cielos, el Espíritu Santo se volvió accesible para todos los que sinceramente buscan recibirlo. Él es quien ahora vive en los corazones de los creyentes y jamás los dejará. Él nos testifica que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). Él nos aconseja, nos enseña las verdades, y cambia nuestros corazones. Su accionar mismo pone en evidencia que Dios, a través del Espíritu Santo, busca establecer una relación personal con el hombre (Hechos 8:29; 10:19; 11:12; 13:2). ¿Acaso no implica esto una relación cercana?

Al parecer Bird, como muchos otros teólogos (sobre todo pertenecientes a iglesias reformadas, protestantes tradicionales y grupos cesacionistas), desconocen experimentalmente a ese Dios que predican teóricamente (eso explicaría en parte la decadencia moral y espiritual de la mayoría de las iglesias protestantes históricas). Quizá me equivoque en mi apreciación sobre Bird, pero es lo que sugieren sus afirmaciones, sobre todo en relación con la oración:

“Incluso cuando oramos, oramos en comunidad. De hecho, la única oración que Jesús nos enseñó a orar comienza: “Padre nuestro”, no “Padre mío”. Nadie ora solo. Oramos en Jesús, a través del Espíritu, al Padre, en un vasto concierto con todos los demás creyentes. Las oraciones de Jesús y yo son imposibles. Solo hay oraciones de Jesús y nosotros…”

¿Es en serio? ¿Dios solo oye oraciones grupales? ¿En verdad las oraciones de Jesús y yo (como individuo) son imposibles? Esto me lleva a cuestionar si Bird y otros que piensan como él realmente oran. ¿Por qué? Porque las oraciones más íntimas, las más emotivas y sinceras registradas en la Biblia, son oraciones de individuos, no de grupos. ¿Ejemplos?

“Dios, Dios mío eres tú; de madrugada te buscaré; mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela…” (Salmo 63:1)
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.” (Salmo 51:1)
“Sobre ti fui echado desde antes de nacer; desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.” (Salmo 22:10)
“Me sedujiste, oh Jehová, y fui seducido” (Jeremías 20:7)

Al parecer, no solo Jeremías y el salmista, sino tampoco Pablo, sabía que “las oraciones de Jesús y yo son imposibles”, o que “solo hay oraciones de Jesús y nosotros” como afirma Bird, pues en Hechos 26:15 le encontramos hablándole directamente a Jesús:

“Yo entonces dije: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues.”

Y luego, ya convertido en apóstol, vemos a Jesús mismo buscando a Pablo para conversar con él y darle ánimo:

“A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.” (Hechos 23:11)

¿Acaso no vemos en esto señales claras de una relación personal e individual entre Pablo y su fiel servidor y amigo Pablo? El Dios que busca relacionarse con sus criaturas individualmente queda aquí revelado. La relación entre Pablo y su Señor era profunda, hermosa e íntima. Y esa misma relación está disponible para nosotros hoy, independientemente de lo que Bird o cualquier otro pueda decir.

Es precisamente esa relación personal e íntima con Dios la que ha formado a los grandes hombres de la Biblia, más allá de su pertenencia a un grupo humano en particular. Así, Dios es llamado no solo el Dios de una nación en su conjunto, sino también “el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” como individuos (Éxodo 3:6) y ese Dios personal “no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos” (Hebreos 11:16)

La relación personal e íntima entre Moisés y su Dios es también evidente en el reclamo de Dios mismo hacia Aarón y María:

“Entonces Jehová descendió en la columna de la nube, y se puso a la puerta del tabernáculo, y llamó a Aarón y a María; y salieron ambos. Y él les dijo: Oíd ahora mis palabras. Cuando haya entre vosotros profeta de Jehová, le apareceré en visión, en sueños hablaré con él. No así a mi siervo Moisés, que es fiel en toda mi casa. Cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras; y verá la apariencia de Jehová. ¿Por qué, pues, no tuvisteis temor de hablar contra mi siervo Moisés? Entonces la ira de Jehová se encendió contra ellos; y se fue.” (Números 12:5-9)

Es ese Dios vivo y relacional, ese Dios que anhela una relación personal e íntima con sus criaturas individualmente, quien puede decir que “a sus ovejas llama por nombre” (Juan 10:3). Él no se esconde de nosotros, Él nos anhela celosamente y busca relacionarse con cada individuo en particular. ¡Ojalá Bird (y el resto del mundo) pudiera entender esto!

Y termino repitiendo las palabras de Pannenberg:

“Cada cristiano fiel tiene que tener una relación directa con Dios, compartiendo la relación que Jesús tenía con su Padre”

BIBLIOGRAFÍA


[1] Chad Bird, Christianity Is Not About a Personal Relationship with Jesus, Christianity Today. Artículo publicado el 26 de abril de 2017. Artículo disponible en: https://www.1517.org/articles/christianity-is-not-about-a-personal-relationship-with-jesus

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