ECLESIOLOGÍA, Sin categoría, Vida Cristiana, Vida Espiritual

Reflexión pastoral sobre la disciplina eclesiástica

Por Fernando E. Alvarado

Hoy día, muchos cuestionan el derecho de la iglesia a “intervenir” en la vida de sus miembros. Algunos alegan que la disciplina resulta en una intromisión a la privacidad que es contraria a la libertad cristiana. Otros conciben la aplicación de la disciplina como un acto legalista porque al final, dicen, “quién esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Y otro grupo entiende que la disciplina contradice la gracia y que por tanto no debería ser practicada por la iglesia. La idea de que la iglesia local ejerza cualquier tipo de autoridad sobre nuestras vidas hace que muchos de nosotros nos volvamos aprensivos. Nos incomoda la idea de un pastorado opresivo o la de un control de comportamiento sectario.

¿Qué le da a la iglesia o al liderazgo de ésta el derecho de decirle a alguien lo que tiene que hacer? ¿Es la iglesia local básicamente una organización de voluntariado? ¿Podemos ir y venir como nos plazca y hacer lo que nos plazca? ¿Qué buscamos en una iglesia? ¿Buena predicación? ¿Actividades para niños? ¿Qué me haga sentir bien? A la hora de escoger una iglesia local, ¿cuántos de nosotros hacemos nuestra elección con base en el hecho de que es un lugar donde se ejerce la disciplina piadosa entre sus miembros? Estoy seguro de que esta idea jamás ha pasado por la mente a la mayoría de los que asisten a una iglesia en la actualidad. Y esto se debe a que nos gusta pensar que la iglesia local es un club y/o una sociedad de voluntariado.

Vivimos en una cultura antiautoritaria que se rebela contra la idea de autoridad y disciplina. Ni siquiera nos gustan las palabras. Ambas tienen demasiados significados negativos para nosotros. De hecho, están tan interrelacionadas con la noción del abuso que es difícil separarlas. El problema, sin embargo, es que encontramos estas palabras por toda la Biblia. A pesar de la diversidad de opiniones, la Palabra de Dios es clara. La práctica de la disciplina de la iglesia no es algo opcional; es un mandato para toda la iglesia (Mateo 18:15; 1 Corintios 5:5; 1 Tesalonicenses 5:14; 2 Tesalonicenses 3:6)

¿FORMATIVA O CORRECTIVA?

Muchos cristianos ven a la iglesia nada más como un lugar donde satisfacer sus necesidades espirituales. Pero es muchísimo más que eso. Somos un pueblo que tenemos autoridad y que debemos rendir cuentas. Es allí cuando entra la disciplina. De esta manera, modelamos la autoridad cristiana unos a otros. Ahora bien, la disciplina de la iglesia puede ser tanto formativa como correctiva. La disciplina formativa de la iglesia consiste en la enseñanza y entrenamiento de los creyentes en relación a sus responsabilidades como cristianos y miembros de la iglesia, y esta enseñanza y entrenamiento bien podría ser llamada disciplina preventiva, porque la enseñanza de la Palabra es un antídoto adecuado para todas las formas de pecado. Sin embargo, la disciplina formativa no siempre impide el pecado entre los que son parte de la iglesia. Debido a esta triste realidad, cuando se observa entre los cristianos una conducta pecaminosa sistemática e impenitente, es tiempo para la disciplina correctiva.

La disciplina correctiva es un proceso de intervención mediante el cual una iglesia guía a un cristiano que ha caído en pecado —por ignorancia o desobediencia— al arrepentimiento, y por ende a la restauración de su caminar con Dios (Mateo 18:15-20; Gálatas 6:1). La disciplina de la iglesia tiene como fundamento el hecho de que Dios disciplina a sus hijos. Según Hebreos 12:5-11, la disciplina de Dios debe ser vista como algo bueno, por al menos dos razones: (1) Es una muestra de su amor, pues “el Señor al que ama disciplina” (Hebreos 12:6), y (2) resulta en provecho espiritual para el disciplinado, en vista de que “nos disciplina para nuestro bien, para que podamos compartir Su santidad” (Hebreos 12:10).

Como cristianos, creemos que toda congregación local tiene el derecho de disciplinar a sus miembros por conducta desordenada, de acuerdo con los estatutos y reglamentos de la misma, siempre que tales procedimientos tengan que ver con su confraternidad y buenos antecedentes; pero no creemos que sociedad religiosa alguna tenga la autoridad para juzgar a los hombres en cuanto al derecho sobre la propiedad o la vida, ni para quitarles los bienes de este mundo, ni poner en peligro la vida o el cuerpo, ni imponer sobre ellos castigos físicos o que dañen su dignidad como seres creados a la imagen de Dios. Aplicar la disciplina (llegando a la suspensión de derechos de membresía, o incluso a la excomunión) es bíblico; sin embargo, esto debe hacerse con prudencia, humildad, amor y empatía: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él.” (2 Timoteo 2:23-26)

¿CÓMO DEBERÍAMOS CONFRONTAR EL PECADO?

A veces la Biblia nos exige ser duros en la administración de la disciplina, pero no siempre es el caso. Hubo momentos en que Jesús volteó mesas enojado. Hubo momentos cuando los apóstoles hablaron públicamente con una lengua aguda hacia individuos particulares, como fue el caso de Pedro con Simón el mago en Hechos 8; o Pablo al reprender la inmoralidad en 1 Corintios 5. Pero en la gran mayoría de las circunstancias, la forma de confrontación o cuestionamiento debería tener estas características:

  1. Discreto: la progresión de Mateo 18 sugiere que deberíamos mantener los círculos lo más pequeño posible.
  2. Suave: Pablo nos dice que restauremos a las personas con un «espíritu de mansedumbre» (Gálatas 6:1).
  3. Alerta: en el mismo versículo, Pablo añade, «considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado». Judas acuerda: «tened misericordia de otros pero con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne» (vers. 23). El pecado es engañoso. Es fácil quedar atrapado, aún cuando estás tratando de ayudar a otros.
  4. Misericordioso: Judas dice dos veces: «ten misericordia» y «ten misericordia» (vers. 22, 23). Tu tono debería ser misericordioso y entendido, no de auto-justicia, como si nunca fueras a ser susceptible a tropezar de la misma manera.
  5. Imparcial: no deberíamos pre-juzgar sino trabajar para escuchar ambas partes de la historia (ver 1 Timoteo 5:21).
  6. Claro: la confrontación pasiva agresiva o sarcástica está ciertamente fuera de orden. En lugar de eso deberíamos estar dispuestos a ser vulnerables siendo muy claros, especialmente si vamoss a pedirle a la persona en pecado que sea vulnerable en la confesión. A veces, la subestimación puede servir a los propósitos de mansedumbre y ayudar a la persona a salir por sí misma. Pero esto no puede comprometer los propósitos de la claridad. Mientras más amplios se vuelven los círculos, más claro debes ser. Después de todo, un poco de levadura leuda toda la masa (1 Corintios 5:6). Las personas deben ser advertidas.
  7. Decisivo: En relación con esto, cuando venimos al paso final de disciplina ̶ excomunión o exclusión ̶ la acción de toda la iglesia debe ser decisiva: «limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa» (1 Corintios 5:7); «rechaza una persona divisiva» (Tito 3:10). Debe estar claro que el individuo no es más un miembro de la iglesia o es bienvenido a la mesa del Señor.

La sabiduría siempre es requerida en asuntos de corrección porque dos situaciones no son iguales. Es fácil decir, «bueno, con esta persona, hicimos esto». Aunque hay mucho que aprender del precedente, debemos finalmente confiar en los principios de la Palabra de Dios, la guianza de su Espíritu, y un cuidadoso examen de los particulares e idiosincrasias de cada situación.

Dios, es su infinita sabiduría, sabía que la enorme variedad de casos a ser disciplinados, con todas sus variantes, no podrían ser circunscritos a un “manual”. De ahí que cada proceso disciplinario, aunque guiado por principios bíblicos, requiere del liderazgo buscar intensamente la sabiduría, para entonces poder aplicar dichos principios a cada caso particular, con el propósito de lograr la restauración del pecador (Mateo 18:15-20; Gálatas 6:1).

Mucho más se pudiera decir de la disciplina de la iglesia. Lo cierto que en una generación como la de hoy, en que los valores absolutos prácticamente no existen, y uno de los dichos más populares de la cultura es “no juzgues”, los pastores y líderes cristianos tienen el desafío de aplicar la disciplina con miras a la santidad de la iglesia, sin importar lo que el mundo opine. Y lo pueden hacer con toda confianza, ¡pues Dios mismo les respalda!

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