Deporte, Legalismo, Vida Cristiana

Los cristianos y el deporte ¿Hay algo de malo?

Por Fernando E. Alvarado

Nunca logré entender el fútbol. Mi padre adoraba ese deporte y siempre quiso que lo practicara, pero eso nunca pasó. Simplemente no era lo mío. Algunas veces lo intenté, y hasta me inscribí en una escuela de fútbol, pero el resultado siempre era el mismo: ¡Nada! Parecía tener dos pies izquierdos y una total ausencia de las habilidades requeridas para practicar dicho deporte. Esto era una seria desventaja siendo niño y adolescente ya que en mi país, como en casi toda Latinoamérica, el fútbol es el deporte rey. ¡Para muchos de mis maestros de educación física el fútbol (soccer) era la única actividad posible! Mi decepción con el deporte no podía ser mayor y sólo me generaba estrés y ansiedad. Afortunadamente mi enemistad con el deporte acabó cuando conocí el weight lifting y quedé fascinado ¡Cuánto amaba esa sensación de poder! ¡Cuán relajante era levantar todo ese peso!

Los cristianos no somos ajenos a la pasión por el deporte. Nuestras preferencias pueden variar, pero amamos la actividad física. Dios no nos hizo para estar inmóviles. Tristemente, he conocido a muchos cristianos, congregaciones locales y hasta denominaciones enteras que suelen criticar, prohibir y hasta castigar la asistencia a gimnasios, estadios y eventos deportivos por parte de sus fieles. “¡Es una puerta abierta hacia la inmoralidad, las malas compañías y los vicios! ¡Es una pérdida de tiempo! ¡Es proveer para la carne y su vanidad! ¡Un cristiano no debe caer en esas trivialidades! ¡Es mejor invertir en el espíritu! ¡La carne para nada aprovecha!”  ¿Te suena conocido? Me temo que muchos cristianos están familiarizados con tales afirmaciones. Lo sé porque yo mismo crecí en ese ambiente, lo cual incluso reforzaba mi negativa a practicar deporte. Ya siendo pastor ¡Incluso la primera iglesia que pastoreé creía tal cosa y disciplinaba a sus miembros por jugar fútbol! Esa era la enseñanza que habían recibido de sus fundadores, y aunque para ese tiempo yo ya no estaba de acuerdo con tal enseñanza, fue casi imposible sacarles esa idea de la mente.

El legalismo, como siempre, produjo su fruto amargo. Tal actitud por parte del liderazgo local provocaba que aquellos cristianos que practicaban este deporte (sobre todo los jóvenes), se alejaran de la iglesia decepcionados y preguntándose con desilusión qué ganaba Dios al prohibirles practicar su deporte favorito. Ellos creían erróneamente que era Dios el que los despreciaba por su afición al deporte. Pero eso no es todo. Aquellos que frecuentaban un gimnasio, también eran mal vistos, tenidos por carnales y señalados por sus propios hermanos en la fe. Pero ¿realmente es pecado ir al gimnasio o practicar un deporte?

LO QUE ENSEÑA LA BIBLIA SOBRE EL DEPORTE

1 Timoteo 4:8 nos informa: “Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera.” Aunque muchos utilizan dicho versículo como indicativo de que practicar un deporte es pecado, nótese que el verso no dice que el ejercicio no tenga validez. Dice que el ejercicio es valioso, pero establece bien las prioridades al decir que la piedad es de más valor. El apóstol Pablo también menciona el entrenamiento físico en la ilustración de una verdad espiritual. 1 Corintios 9:24-27 dice: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea en el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que, habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.”

Leemos en 2 Timoteo 2:5, “Y también el que lucha como atleta, no es coronado si no lucha legítimamente.” 2 Timoteo 4:7 también dice: “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” Así que, vemos que no hay nada de malo en que un cristiano se ejercite. De hecho, la Biblia es clara en que debemos cuidar de nuestros cuerpos (2 Corintios 6:19,20). Efesios 5:29 nos dice: “Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida.”  La Biblia también nos advierte contra la glotonería (Deuteronomio 21:20; Proverbios 23:2; 2 Pedro 1:5-7; 2 Timoteo 3:1-9; 2 Corintios 10:5) y la vanidad (1 Samuel 16:7; Proverbios 31:30; 1 Pedro 3:3-4). ¿Qué dice la Biblia acerca de la salud? ¡Sean sanos! ¿Cómo alcanzamos esa meta? Practicando ejercicio moderado y comiendo razonablemente. Ese es el patrón bíblico para la salud y el ejercicio.

EL PRINCIPIO DE LA MAYORDOMÍA

Como principio general, podemos decir que todo cristiano debe estar en buena forma física, porque todos somos mayordomos de nuestro cuerpo. Todo lo que Dios nos ha dado (dinero, trabajo, tiempo, familia, salud, etc.) nos lo ha dado para que lo administremos de forma responsable, sabiendo que hemos que rendir cuentas ante Dios (Mateo 25:23). En el caso de los que estamos casados, nuestro cuerpo pertenece a Dios, y a nuestro cónyuge (1 Corintios 7:4), y por tanto no podemos hacer con él lo que nos plazca. Debernos cuidarnos para él o para ella. Además, el cuidado del cuerpo resulta ser un instrumento para el mejor desarrollo de nuestro ministerio. Una salud frágil y un cuerpo débil pueden suponer una gran dificultad para llevar a cabo la tarea de extender el Reino (1 Timoteo 5:23; 1 Corintios 6:19). A todo esto, hemos de añadir que nuestro cuerpo dice mucho de nuestro dominio propio y nuestra disciplina.

NO IDOLATREMOS EL CUERPO

Estoy convencido de que ningún cristiano que entienda correctamente el principio de la mayordomía del cuerpo no se entregará jamás al vicio del tabaco, al alcoholismo o al consumo de drogas. Por el contrario, procurará formarse un estilo de vida sano, practicará algún deporte con cierta frecuencia, cuidará su aspecto físico, comerá y beberá de forma equilibrada y buscará “poner cuchillo a su garganta” (Proverbios 23:2), evitando la glotonería y vigilando su peso, todo esto para la gloria de Dios, quien le concedió tener un cuerpo físico para así poder disfrutar sanamente los placeres de la vida. Los cristianos hemos de huir de la dejadez en el aspecto físico, pero no hemos de caer en el otro extremo, que puede ser la idolatría del cuerpo y la esclavitud o temor por causa de las opiniones de los hombres. Nadie debe sentirse presionado a estar musculado como un atleta. Puede estar fuerte y ejercitar su cuerpo, siempre que pase más tiempo frente a la Biblia y de rodillas ante Dios, que frente al espejo.

Nuestra misión no es la de ejercitar el cuerpo, sino la de ejercitarnos para la piedad (1 Timoteo 4:8). El aspecto del corazón prima por encima del aspecto exterior. Es importante que cada creyente cuide su aspecto y forma física sin caer en los extremos. Pero nunca debiera brillar por fuera mejor de lo que brilla por dentro. El ser humano moderno adora su propio cuerpo, olvidando que su cuerpo no le pertenece a él sino a Dios (1 Corintios 6:19-20), y adorando la criatura en vez de al creador (Romanos 1:25). Practicar un deporte es bueno y saludable, y ciertamente no tiene nada de pecaminoso a menos que te robe tu tiempo de comunión con Dios o te aleja de tu actividad en la iglesia. Además, si dedicas horas enteras frente al espejo admirando la masa muscular que vas desarrollando, o caes en el pecado de idolatrar un deporte o tu propio cuerpo y talentos deportivos, has traspasado el límite de lo correcto. Cualquier atleta que ame a su cuerpo más que a su Dios es un idólatra (Deuteronomio 6:4-5).

UN CONCEPTO DISTORSIONADO DE ESPIRITUALIDAD

Muchas de las “exhortaciones” en contra del deporte en nuestras iglesias buscan volver a sus miembros más “espirituales”. Esto, sin embargo, es un error, y se fundamenta en un concepto equivocado de lo que es espiritualidad. Algunos creen que ser más espiritual es vestir descuidadamente o usar túnicas, no cursar estudios superiores, no practicar algún deporte, no usar zapatillas, no peinarse y ¡Hasta no bañarse porque piensan que es vanidad! Hoy en día existen muchas prohibiciones que no se mencionan en la Biblia y que son producto de doctrinas de hombres. Jesucristo dice: “Este pueblo de labios me honra; más su corazón está lejos de mí, pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres.” (Mateo 15:8-9).

Quizá quien nos prohíbe hacer algo que la Biblia no prohíbe no lo entienda así, pero es un pecado grave tratar de convertir nuestras ideas, gustos personales o frustraciones en doctrinas. El que hace esto es un mentiroso y no agrada a Dios, pues enseña mandamientos de hombres y los coloca al mismo nivel la Biblia. Ante esto, la Escritura declara: “No añadas a sus palabras, para que no te reprenda y seas hallado mentiroso.” (Proverbios 30:6). Estas falsas enseñanzas en lugar de volver a los jóvenes más espirituales los vuelven más reprimidos, por lo tanto, cuando se ven libres de la supervisión de sus líderes dan rienda suelta a su verdadera personalidad. ¡Debemos formar en vez de reprimir! ¡Enseñar el temor a Dios y no a los hombres! ¡Dejar que el Espíritu Santo haga la obra en sus vidas y no nosotros por la fuerza! El Espíritu Santo de Dios “convencerá al mundo de pecado, justicia y juicio” (Juan 16:8), no nosotros. Por lo tanto, no intentemos quitarle su trabajo a Dios.

LA BIBLIA Y EL DEPORTE

Quienes critican a otros por practicar algún deporte, ya de forma recreativa o profesional, harían bien en recordar que al apóstol Pablo le gustaba e incluso halló similitudes entre la práctica del deporte y la vida cristiana. En sus cartas menciona las carreras y el boxeo (1 Corintios 9:24-27). Él escribe: “¿No saben que los que corren en el estadio, todos en verdad corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que ganen”. Los paralelos que hace el apóstol en 1 Corintios 9 entre el deporte y la vida cristiana son interesantes. La Palabra de Dios en 3 Juan 1:2, nos dice: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” Esto nos muestra que es la voluntad de Dios que sus hijos seamos prosperados en todo y esto incluye sin duda que tengamos buena salud y nos conservemos en buen estado físico. Practicar algún deporte contribuye a que mantengamos una buena salud.

El deporte tiene diversos beneficios sobre las personas: Ayuda a sentirse más relajado, más activo y dinámico, a no engordar cuidando así el templo del Espíritu Santo, a mejorar tu autoestima entre otros beneficios. Existen diferentes deportes entre los cuales se puede elegir para practicarlos: fútbol, voleibol, levantamiento de pesas, natación, ciclismo, maratón, etc. Aparte de la preparación espiritual, Dios necesita que físicamente sus siervos se encuentren bien. ¿Cuántas limitaciones trae sobre nosotros un mal estado físico o una enfermedad? ¿Te imaginas un predicador que no pueda subir al púlpito por sobrepeso? ¿Pudieras ir llevando el mensaje de Dios a otros lugares si estás enfermo? ¿Levantar cajas o equipos si estás muy débil o casi desapareciendo?

De ahí que la Biblia nos exhorta: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?… glorificad pues a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu los cuales son de Dios”. (1Corintios 6:19-20). Un cuerpo que glorifica a Dios es un cuerpo que no vive para el pecado y que se encuentra en buen estado físico. Dios nos dio el cuerpo para administrarlo bien y no para descuidarlo. Si tu no practicas algún deporte no pecas y si lo haces tampoco. El verdadero pecado está en inventar normas y legalismos antibíblicos, presentándolos como si fueran mandamientos de Dios.

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