Igualitarismo, Ministerio Femenino, Ministerio Pastoral

Junia, la mujer apóstol

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

En abril de 2018 Donna Barrett fue nombrada Secretaria General de las Asambleas de Dios de Estados Unidos. Con dicho nombramiento, Barrett se convirtió en la primera mujer en servir como miembro del Equipo de Liderazgo Ejecutivo y del Presbiterio Ejecutivo Nacional, la máxima autoridad gobernante de las Asambleas de Dios. La Reverenda Barrett posee un largo historial de servicio. En su juventud fue una plantadora de iglesias, sirviendo como pastora fundadora de la iglesia Rockside en Independence, Ohio, obteniendo sus credenciales de ministro en 1986 y sirviendo por diez años como pastora de jóvenes de la Asamblea de Dios Highway Tabernacle en Youngstown, Ohio, seguido por siete años como pastora asociada en el templo Bethel en Parma, Ohio.

Antes de su nombramiento como Secretaria General, la hermana Barrett se desempeñó como presbítero general y presbítero ejecutivo de la Red Ministerial de Ohio. Actualmente, en sus funciones como Secretaria General, la Reverenda Barrett supervisa las credenciales de ministros, privilegios eclesiales, colección de estadísticas oficiales, y el Centro de Herencia Pentecostal Flower.[1] El ministerio de la hermana Barrett, sin embargo, no es bien visto por algunos cristianos, sobre todo fuera del movimiento pentecostal. ¿La razón? Donna Barrett es mujer.

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Con valentía y autoridad bíblica las Asambleas de Dios permanecieron firmes en su postura, reafirmando públicamente el derecho que Dios, a través de las Escrituras, le concede a las mujeres para ejercer el ministerio pastoral (o cualquier otro ministerio dentro de la iglesia) en igualdad con sus pares de sexo masculino:

“Las Asambleas de Dios han sido bendecidas, y deben continuar siendo bendecidas, por el ministerio de las hijas de Dios, que tienen dones y recibieron una comisión por parte de Él. La Biblia afirma, una y otra vez, que Dios derrama su Espíritu sobre hombres y mujeres y, de este modo, concede dones a ambos sexos para el ministerio en su Iglesia. Por tanto, debemos seguir honrando los dones de las mujeres en el ministerio y en el liderazgo espiritual. Por supuesto, el monumental desafío de la Gran Comisión de ir y hacer “discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19) requiere la participación de todos los ministros con dones del Espíritu Santo, tanto de hombres como de mujeres.”[2]

De forma contundente, las Asambleas de Dios declararon:

“Las manifestaciones sobrenaturales y los dones del Espíritu Santo han desempeñado un papel significativo en el origen, desarrollo, y crecimiento de las Asambleas de Dios. Desde el inicio de nuestra denominación, los dones espirituales han sido evidentes en el ministerio de muchas mujeres sobresalientes que fundaron y dirigieron un amplio espectro de ministerios. No era inusual que una mujer casada ministrara a la par de su marido. De vez en cuando, los maridos trabajaban en profesiones seculares para apoyar el ministerio activo de su esposa. Muchas mujeres hasta eligieron privarse del matrimonio para cumplir mejor el ministerio al que el Señor las había llamado. Mujeres valientes sirvieron en las misiones, tanto locales como extranjeras, como misioneras, evangelistas, fundadoras de iglesias, pastoras, educadoras, o cumpliendo otros roles. Los pentecostales creen que el derramamiento del Espíritu Santo que comenzó a principios del siglo XX es el cumplimiento de la profecía: “Y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas. . . Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días” (Joel 2:28,29; cf. Hechos 2:16-18)1. El hecho de que tanto mujeres como varones profeticen indica su inclusión en los ministerios en el tiempo del nuevo pacto.”
 “La historia del Antiguo Testamento incluye relatos de sólidos liderazgo femenino en muchos roles, tal como los siguientes ejemplos dignos de destacar: Miriam fue profetisa en Israel durante el éxodo, junto a sus hermanos Moisés y Aarón (Éxodo 15:20). Débora, que era no sólo profetisa sino jueza, dirigió a Barac para que guiara al ejército de Israel hacia un combate exitoso contra los opresores (Jueces 4 y 5). Hulda, también profetisa, autenticó el rollo de la Ley encontrado en el templo y ayudó a iniciar la reforma religiosa en los días de Josías (2 Reyes 22:14-20; 2 Crónicas 34:22-28) … El Nuevo Testamento también muestra que las mujeres desempeñaban roles ministeriales importantes en la Iglesia Primitiva. Tabita (Dorcas) puso en marcha un efectivo ministerio de benevolencia (Hechos 9:36). Las cuatro hijas solteras de Felipe eran profetisas reconocidas (Hechos 21:8,9). Pablo señaló a dos mujeres, Evodia y Síntique, como mujeres que “combatieron juntamente conmigo en el evangelio” (Filipenses 4:2,3). Priscila fue otra de las mujeres que Pablo consideró ejemplar entre sus “compañeros de trabajo en Cristo Jesús” (Romanos 16:3,4). En Romanos 16, Pablo saluda a muchos colegas ministeriales, entre los cuales muchas eran mujeres. En estos saludos, la palabra que Pablo usa para hablar del “trabajo” (kopiaō), o la “labor” de María, Trifena, Trifosa, y Pérsida (Romanos 16:6,12) es una que utiliza con frecuencia para su propia labor ministerial (1 Corintios 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12; 1 Timoteo 5:17)… Febe, una líder de la iglesia en Cencrea, fue muy elogiada por Pablo ante la iglesia de Roma (Romanos 16:1,2).”[3]

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En su lista de mujeres que ejercieron el ministerio durante el período neotestamentario, las Asambleas de Dios citan a un personaje que a menudo suele pasar desapercibido, ya que para muchos es completamente desconocido, pero cuya sola existencia constituye un testimonio bíblico irrefutable a favor del ministerio femenino:

“Pablo identificó a Junia como apóstol (Romanos 16:7). A comienzos del siglo trece, algunos eruditos y traductores masculinizaron su nombre como Junias, al parecer estaban renuentes a reconocer que había una apóstol mujer. Sin embargo, el nombre Junia se encuentra más de 250 veces solamente en Roma, mientras que la forma masculina Junias es conocida en cualquier fuente greco-romana. Pablo claramente fue en defensor de la mujer en el ministerio … Estas instancias de mujeres cumpliendo funciones de liderazgo en la Biblia, deben considerarse como un patrón aprobado por Dios, no como excepciones a sus normas divinas … las Escrituras afirman que Dios en verdad llama a mujeres al liderazgo espiritual.”[4]

¡Cómo! ¿Una mujer apóstol? ¿Acaso no fueron varones todos los apóstoles? No según la Biblia. Pablo, a quien muchos citan erróneamente como principal objetor del ministerio pastoral femenino, afirma que, en su época, una mujer ejercía el apostolado. Analicemos esto con más detalle.

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EL DEBATE DE ROMANOS 16:7

En el debate concerniente al rol de las mujeres en la iglesia, pocos textos se han vuelto tan prominentes últimamente como Romanos 16:7. Los igualitarios reivindicamos este versículo como ejemplo de una mujer que era apóstol, quien enseñó y tenía autoridad en la Iglesia. Dicho versículo provee una justificación para que otras mujeres enseñen y ejerzan autoridad en la iglesia hoy en día. El versículo en cuestión dice:

“Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y mis compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles, y que también fueron antes de mí en Cristo.” (Reina – Valera 1960)

La Traducción en Lenguaje Actual, nos da una traducción más precisa de Romanos 16:7 y dice:

“Saluden a Andrónico y a Junia, que son judíos como yo, y que estuvieron en la cárcel conmigo. Son apóstoles bien conocidos, y llegaron a creer en Cristo antes que yo.” (TLA)

Nótese que la TLA traduce correctamente el nombre como Junia (femenino), en vez de Junias (masculino). Otras versiones, aunque transcriben el nombre como Junias, concuerdan con la TLA en que tanto Junia como Andrónico eran apóstoles, vertiendo Romanos 16:7 de forma semejante. La Palabra de Dios para Todos (PDT) vierte dicho texto de la siguiente manera:

“Saluden a Andrónico y a Junias que son mis parientes y estuvieron conmigo en prisión. Ellos se han destacado entre los apóstoles y se unieron a la fe de Cristo antes que yo.” (PDT)

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La versión Dios Habla Hoy dice:

“Saluden a mis paisanos Andrónico y Junias, que fueron mis compañeros de cárcel; se han distinguido entre los apóstoles, y se hicieron creyentes en Cristo antes que yo.” (DHH)

En la Biblia de las Américas también leemos:

“Saludad a Andrónico y a Junias, mis parientes y compañeros de prisión, que se destacan entre los apóstoles y quienes también vinieron a Cristo antes que yo.” (LBLA)

Como se puede constatar en varias traducciones bíblicas, Junia y Andrónico eran apóstoles. Sin embargo, no todos están dispuestos a admitirlo pues, al enterarse que Junia es un personaje femenino, muchos se escandalizan y rechazan de entrada que una mujer hubiese podido ser apóstol y argumentan que Romanos 16:7 no enseña tal cosa, sino que afirma que Andrónico y Junia eran estimados por los apóstoles; mas no formaban parte de dicho grupo selecto. Incluso muchos de aquellos que sí aceptan que Romanos 16:7 afirma que Andrónico y Junia eran apóstoles, se niegan a reconocer que Junia era una mujer, y sustituyen el nombre “Junia” (femenino) por “Junias” (masculino), argumentando que era un hombre y que, de hecho, era el compañero de misiones de Andrónico. Otros piensan que Junia era una mujer apóstol y esposa de Andrónico ¿Quién tiene la razón? ¿Cuál es la traducción correcta? ¿Junia, o Junias? ¿De verdad eran apóstoles? ¿Junia era hombre o mujer?

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¿QUIÉN FUE JUNIA EN REALIDAD? ¿ERA HOMBRE O MUJER? ¿FUE REALMENTE UN APÓSTOL?

Los intentos por negar la identidad femenina y el apostolado de Junia rayan entre lo ridículo y lo erudito, e incluyen, entre otros, los siguientes argumentos:

  1. El uso poco común del nombre Junia en el mundo de habla griega.
  2. La palabra “Iounian” en Romanos 16:7, puede traducirse tanto Junia (femenino) como Junias (masculino), según su acentuación.
  3. La supuesta inexistencia de fuentes extrabíblicas que corroboren la existencia de una mujer apóstol llamada Junia en la iglesia primitiva.
  4. Aun admitiendo que Junia hubiese sido una mujer, el texto bíblico indicaría que ella y Andrónico eran ‘bien conocidos por’ los apóstoles, mas no parte de dicho grupo selecto.
  5. El hecho de que Cristo solo eligió hombres como apóstoles.

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JUNIA, UN NOMBRE POCO COMÚN

Algunos autores y teólogos reformados como Wayne Grudem y John Piper basan su negación de que Junia fuese una mujer apóstol argumentando simplemente que el nombre “Junia” no era un nombre femenino muy común en el mundo de habla griega.[5] Esto, sin embargo, no significa mucho dado que Pablo escribía a una comunidad cristiana en Roma, dentro de la cual el nombre femenino Junia sí era bastante común, ya que era usado por su significado: “juvenil”; el cual deriva de la diosa Juno.[6] El nombre aparece más de 250 veces en Roma, en los registros del siglo I d.C.[7] Además, el nombre Junia se puede encontrar a menudo en tumbas[8] y en inscripciones del siglo I en ciudades como Éfeso, Didyma, Lidia, Troas y Bitinia.[9] La mujer más conocida de la época que llevó el nombre Junia fue la hermanastra de Brutus y esposa de Cassius.[10]

Por otro lado, quienes traducen “Iounian” como “Junias”, convirtiéndolo así en un nombre masculino, deben reconocer, muy a su pesar, que no existe sustento para dicho nombre masculino en ninguna inscripción, ni en hojas membretadas, trozos de escritura, epitafios o trabajos literarios de la época del Nuevo Testamento.[11] ¡Dicho nombre simplemente no aparece! Como si nunca hubiese existido un hombre llamado Junias entre las filas de los primeros cristianos. De modo que, si usáramos el mismo argumento que Grudem y Piper usan en contra del nombre femenino Junia, tendríamos que descartar por completo el nombre masculino Junias, ya que este era, en verdad, aún menos común que el nombre femenino Junia.

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ACENTUACIÓN GRIEGA DEL NOMBRE “IOUNIAN”

Otros impugnan la identidad femenina de Junia argumentando que la palabra “Iounian” en Romanos 16:7, puede traducirse de dos maneras. Si se traduce por ‘Junia’ nos da a entender que se trata de un nombre femenino, pero si se traduce como ‘Junias’ (con “s” al final) nos da a entender que se trata de un nombre masculino. Ciertamente, la forma correcta de traducirlo depende de su acentuación en el original griego, pues en el idioma griego existen diferentes acentos, a saber: el circunflejo ( ˆ ) Iuoniân y el agudo ( ´ ) Iounían (un tercero es el áspero o rudo). Si la palabra se escribiera con el acento circunflejo este nombre sería de varón, y si se escribiera con el acento agudo sería de mujer. Lamentablemente en el griego antiguo no existían los acentos y se escribía todo el texto con letras mayúsculas. En los dos manuscritos más importantes que tenemos, el códice Vaticano y el códice Sinaítico, dicho nombre aparece escrito igual: IOUNIAN. De modo que no es posible saber, basándonos solo en dichos manuscritos, si se trata de un nombre de hombre o de mujer ya que en los en los tiempos de Pablo y los primeros siglos de la era cristiana no existían los signos de puntuación ni los acentos. Dichos signos se comenzaron a utilizar a partir de los siglos VII. Además, los códices Sinaítico y Vaticano son manuscritos unciales (o sea, completamente en mayúscula), por lo que intentar siquiera escribir Iou­nían (femenino) o Iouniān (masculino) sería irrelevante. ¿Por qué? Porque en los manuscritos unciales las letras debían ser siempre mayúsculas e inacentuadas, de modo que el género de esta persona (Iounian) puede presentarse de distintas maneras.

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Ahora bien, los manuscritos antiguos escritos completamente en mayúscula (o sea unciales) fueron codificados (o recopilados) en el s. VII en minúscula, forzando así el uso de acentos. Estos manuscritos tenían Iounían, haciendo a Junia femenino. Según los eruditos en griego del Nuevo Testamento, hay evidencia de por lo menos, 20 manuscritos en minúsculas que emplean Iounían en femenino, testificando que Junia, en efecto, fue tanto mujer como apóstol.[12]  Otra evidencia al respecto la encontramos en que, en más de una ocasión, tanto en los manuscritos del Nuevo Testamento como en escritos extrabíblicos acerca del capítulo 16 de Romanos, el nombre en el versículo 7 se da como Julia, que aparece más adelante en Romanos 16:15. Esto se puede ver en manuscritos unciales desde aproximadamente el año 200 d.C.[13] En cualquier caso, Julia, al igual que Junia, es un nombre femenino, la primer mujer apóstol.

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LA IDENTIDAD DE JUNIA SEGÚN FUENTES EXTRABÍBLICAS Y EL ENTENDIMIENTO DE LA IGLESIA ANTIGUA

El dilema de si Junia era hombre o mujer halla también respuesta en los registros y el entendimiento de la iglesia antigua. Hasta el siglo XIII, el testimonio universal de la iglesia era que el individuo en cuestión era una mujer, Junia. Alrededor de veinte autores (tanto griegos como latinos) de la Iglesia patrística y medieval afirmaron que Junia era una mujer. Autores griegos como Orígenes, Juan Crisóstomo, Teodoro, Juan de Damasco, Ecumenio y Teofilato; unen sus testimonios a los de autores latinos como Ambrosio, Jerónimo, Primacio, Sedolio-Escoto, Claudio de Turín, Rabano Mauro, Haymo, Atto de Vercelli, Lanfranc, Bruno de Querfurt, Pedro Abelardo, Gullelmus Abbas, Herveo Burgidolensis y Pedro Lombardo para afirmar que Junia fue una mujer y que, de hecho, ejerció el apostolado en la iglesia primitiva.

Sin embargo, empezando con cierto Aegido (Giles) de Roma (1245-1316), algunos académicos concluyeron que Junia era en realidad un hombre (Junias), lo cual en última instancia se convirtió en la posición dominante, la cual persistió hasta el siglo XX. Sin embargo, este cambio no se basó en ningún hallazgo histórico o filológico nuevo, sino en el argumento teológico de que una mujer no podría haberse incluido entre los Apóstoles. La verdadera identidad de Junia no sería discutida nuevamente hasta la segunda mitad del siglo XX. Fue a mediados del siglo pasado que, basándose precisamente en investigación histórica y filológica, la balanza comenzó a decantarse una vez más en favor de que Junia era una mujer, y es justo decir que tan sólo una pequeña minoría de académicos hoy en día argumentarían lo contrario.

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Con frecuencia, se señala al testimonio de Juan Crisóstomo como evidencia crucial de que Junia era una mujer y que ejerció el apostolado, con la implicación de que era pastora, y con la implicación consiguiente de que las mujeres pueden ser pastoras, o ejercer cualquier otra posición de liderazgo, en la iglesia en el día de hoy. El testimonio es el siguiente:

“¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!”[14]

La declaración de Juan Crisóstomo sobre la identidad de Junia y su ministerio apostólico cobra mayor peso si se tiene en cuenta que él se declaraba a sí mismo enemigo del ministerio femenino y creía que las mujeres no deberían ejercer el pastorado. Cuando menos, Crisóstomo fue más honesto que muchos teólogos y líderes eclesiásticos modernos, los cuales se niegan a admitir la existencia de Junia, la mujer apóstol.

Los que desean que Junia sea un hombre, han tratado de hacer mucho, y citan el Index Discipulorum, atribuido a Epifanio (ca. 315–403), donde aparece Junias en masculino. Sin embargo, Epifanio también señala a Priscila como hombre, siendo ella un obispo de Colofón, mientras que su esposo Aquila era Obispo de Heraclea, dos lugares muy diferentes. La confusión de género y las ubicaciones dispares ponen en duda la fiabilidad general del documento.[15]

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Otros autores antiguos como Orígenes (185-254 d.C.) reconocieron la existencia de Junia. Según Orígenes, Andrónico y Junia se encontraban entre los setenta y dos enviados por Jesús (Lucas 10:1-12).[16] Juan de Damasco (675-749 d.C.) observó, respecto a Junia:

“Ser llamados ‘apóstoles’ es una gran cosa… Pero, incluso decir que destacaron entre estos, es suficiente para considerarlo un gran elogio”.[17]

 Contrario a lo que sucede entre algunos sectores obstinados del protestantismo, los cristianos de rito bizantino[18] jamás han temido reconocer a Junia como una mujer apóstol. En la Liturgikon, el manual litúrgico de la Iglesia Bizantina, Junia es honrada en la actualidad como una apóstol, en igualdad con sus pares de sexo masculino a quienes la Biblia confiere dicho título, Los cristianos bizantinos no solo consideran ‘apóstol’ a Junia, sino también a María Magdalena, quien fue la primera persona en ver al Cristo resucitado y fue enviada por el mismo Jesús a testificar de su resurrección a los apóstoles; y Tecla de Iconio, discípula de Pablo.[19]

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¿FUE JUNIA UNA MUJER APÓSTOL O SOLO ERA ESTIMADA POR LOS APÓSTOLES?

La respuesta a si Junia era o no un apóstol descansa en la correcta traducción de la expresión griega ἐπίσημοι ἐν τοῖς ἀποστόλοις, (episemoi en tois apostolois) la cual se traduce en algunas versiones como ‘bien conocido por’ (expresión exclusiva) y en otras como ‘prominente entre’ los apóstoles (expresión inclusiva). ¿Cuál es el significado auténtico de dicha expresión griega? ¿Son Andrónico y Junia reconocidos como apóstoles? ¿Eran notables entre los apóstoles? Esta es la visión inclusiva. ¿O son reconocidos por los apóstoles como forasteros notables, y no como apóstoles? Este es el punto de vista exclusivo.

La pista hermenéutica se encuentra en el griego episemoi en tois apostolois, que significa aquí “muy estimados de entre los apóstoles”. El adjetivo episēmoi se refiere a algo que tiene una marca distintiva. La palabra puede utilizarse para indicar que una persona o cosa es considerada muy buena, al igual que en Romanos 16:7; o muy mala, cuando se aplica a Barrabás en Mateo 27:16.[20] Según la International Standard Bible Encyclopedia, la palabra se refiere a algo que apunta a una cosa o persona eminente o digna de atención.[21] La palabra también podría ser traducida como “notable”. El Greek-English Lexicon of the New Testament Based on Semantic Domains define episēmoi como “referente a ser conocida o excepcional, ya sea debido a las características positivas o negativas —‘extraordinaria’, ‘famoso’, ‘notorio’, ‘infame’”.[22] La palabra denota la ubicación y significado, normalmente seguida por una palabra en el caso dativo, como tois apostólois.

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La preposición episēmoi, más el dativo, es normalmente inclusiva. De esto dan fe numerosos textos bíblicos. Por ejemplo, en Mateo 2:6 se nos dice:

“Y tú, Belén, de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá; porque de ti saldrá un guiador, que apacentará a mi pueblo Israel.”

Indiscutiblemente, el texto debe interpretarse como afirmando que la ciudad de Belén es una más entre los gobernantes de Judá, es decir, que pertenece al mismo grupo o categoría. ¿Por qué debería ser distinto en el caso de Junia y los apóstoles? ¿Por qué ella no podría ser parte de dicho grupo? ¿Solo por ser mujer? Aparentemente ese es el criterio que algunos traductores han tomado, pero no obedece a la realidad. Los prejuicios sexistas de algunos traductores quedaron en evidencia cuando, en 1994, el Textual Commentary de la United Biblical Society Greek New Testament señaló lo siguiente:

“Algunos miembros [del Comité UBS], teniendo en cuenta que es poco probable que una mujer pudiera estar entre la categoría de ‘apóstoles’, entendieron que el nombre es masculino”.[23]

Nótese que, aunque el Comité estaba de acuerdo en que tanto Andrónico como Junia formaban parte del grupo de los apóstoles (punto de vista inclusivo), lo que los llevó a rechazar tal conclusión fue la presuposición de que una mujer no puede ser apóstol. Fue más bien un prejuicio con base en el género lo que llevó a los traductores a convertir a Junia, la mujer apóstol, en Junias, un inventado personaje bíblico de género masculino. ¡Esto es vergonzoso! Y, de hecho, contrasta con la forma en que la iglesia antigua entendió la expresión griega episemoi en tois apostolois en Romanos 16:7, pues todos los comentaristas patrísticos apuntan a un entendimiento inclusivo del término (‘prominente entre los apóstoles’). La autenticidad del apostolado de Junia debería estar fuera de toda disputa, pues los hablantes nativos y educados del griego entendieron esta frase como inclusiva y Ἰουνιαν como encontrándose en femenino, por lo que el peso de la evidencia indica que Junia era mujer y era apóstol.

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Por si esto fuera poco, también se han encontrado paralelos helenísticos de la frase episēmoi at toīs en escritos y literatura secular, los cuales claramente son inclusivos. En los Diálogos de los muertos (438 d.C.) de Luciano de Samósata,[24] se encontró con un paralelo exacto de Romanos 16:7 el cual dice:

 “Más destacado entre los cuales había un rico campesino Ismenodorus y…” [25]

Nótese que Ismenodorus, a quien se resalta como “destacado” entre los campesinos es también, él mismo, un campesino. Parte del grupo, no ajeno a él. ¿Por qué debería ser diferente en el caso de Junia y Romanos 16:7 si se emplea exactamente la misma frase? Los prejuicios no deberían definir la traducción. Hacerlo sería deshonesto. De modo que la conclusión es clara: Junia fue una mujer y era una más entre ellos, Junia fue una mujer apóstol.[26]

El mismo testimonio de los oponentes antiguos al ministerio femenino debería ser concluyente. Juan Crisóstomo, por ejemplo, escribió lo siguiente sobre Andrónico y Junia, en su comentario sobre Romanos 16:7:

“¿Entre los apóstoles? Y precisamente ser apóstoles en absoluto es una gran cosa. ¡Sin embargo para ser parte de entre estos, se considera un gran elogio! Esto era de notarse debido a sus obras, sus logros. ¡Oh! ¡Cuán grande es la devoción (philosophia) de esta mujer, que sea considerada merecedora incluso de la apelación de apóstol!”[27]

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No existe siquiera una duda razonable al respecto, puesto que todos los paralelos extrabíblicos mencionados apoyan un entendimiento inclusivo. La única base es una predisposición teológica y funcional en contra de nombrar a una mujer entre el conjunto de los apóstoles del primer siglo. A este respecto, Craig Keener, famoso erudito y académico norteamericano, profesor de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico de Asbury, observa lo siguiente:

“Es antinatural leer el texto como meramente afirmando que [Andrónico y Junia] tenían una gran reputación a los ojos de “los apóstoles”. Desde que fueron encarcelados con él, Pablo los conoce lo suficientemente bien como para recomendarlos sin apelar a los otros apóstoles, cuyo juicio nunca cita sobre estas cuestiones… Pablo no limita para nada la compañía apostólica a los Doce, más él mismo, como algunos han asumido (véase especialmente 1 Co 15:5-11). Aquellos que están a favor de la opinión de que Junia no era una mujer apóstol, lo hacen debido a la suposición previa de que las mujeres no podían ser apóstoles, sin tener ninguna evidencia en el texto.”[28]

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¿POR QUÉ CRISTO ELIGIÓ SOLO HOMBRES COMO APÓSTOLES?

Hay quienes se oponen al liderazgo o pastorado de la mujer en la iglesia recordando que Jesús llamó a doce varones como apóstoles. Sin embargo, considerar este rasgo común entre los doce como un principio divino (cosa que en ningún momento se dice) para ser reproducido por los creyentes de todos los tiempos no debiera plantearse como una prohibición hecha por Dios para que la mujer enseñe o pastoree. Además, si seguimos con este silogismo, ¿por qué reducir las exigencias al género? ¿Por qué no aplicarlo también a la nacionalidad?, pues Jesús escogió a doce judíos cuando pudo haber llamado a algún gentil y no lo hizo. Si aplicamos el mismo criterio ¡Ni siquiera los varones no judíos podríamos ser pastores!

Sin duda, la elección de los doce apóstoles es una de las decisiones más trascendentales de la historia de la humanidad ya que sería este grupo el que se levantaría como plataforma mundial para la predicación del Evangelio a toda criatura. Está de más explicar que en aquel entorno social no se hubiera prestado demasiada atención a un mensaje salvífico anunciado por mujeres. El mismo evangelio recoge con naturalidad que con mujeres no se debía siquiera intercambiar palabra alguna (Juan 4:27) y es evidente que haber dispuesto de mujeres como mensajeras principales del Reino de Dios no habría sido la mejor idea para su extensión. Y esto no sería por una supuesta incapacidad natural femenina, sino por la necedad y prejuicios de la mentalidad general de su tiempo y, por tanto, también por la falta de acceso a una capacitación de la mujer para la enseñanza pública.

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Debemos recordar que Jesús nació y se crio en una de las tantas culturas patriarcales mediterráneas. El mundo conocido en esos días era dominado por un sincretismo propio del poderoso Imperio Romano; este imponía por la fuerza el cumplimiento de sus leyes, promovía la cultura griega – helénica, y permitía ciertas prácticas de la religión local. Con variaciones de grado en lo civil, social y económico, las naciones vecinas a Palestina eran patriarcales: el padre y el esposo subordinaban a las hijas y a la esposa, respectivamente. La mujer no solo no gozaba en la práctica del derecho hereditario, sino que no podía divorciarse, aunque estuviese siendo objeto de malos tratos, entre otros motivos. En cambio, los varones hebreos podían divorciarse de sus mujeres por cualquier motivo.

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En la época de Cristo la mujer no podía tocar a un hombre durante su período menstrual; si por descuido lo hacía debía someterse al ritual de la purificación durante una semana, antes de poder volver a orar en el Templo. Eran impedidas de leer la Torá en la Sinagoga a causa de su “estado de impureza”. También se debatía si la mujer debía ser educada en la Torá. En suma, el hogar era el lugar principal de la mujer; la madre judía (‘mámele’) transfería la religión a su hijo; y la mayoría de las niñas judías eran prometidas en matrimonio a una temprana edad. Las mujeres hacían las oraciones durante las comidas y las ceremonias de encendido de velas en los festivales. Ser hospitalaria era una de sus más importantes obligaciones. Solo las esposas de los Rabinos recibían educación. La legislación judía impedía que las mujeres pudieran ser testigos o enseñar leyes; no podían asumir roles de liderazgo en el judaísmo del primer siglo. En un país gobernado por una élite religiosa ellas no tenían poder alguno. Eran invisibles. Por eso, no debería extrañarnos la elección de solo hombres en el grupo de los Doce.

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A pesar de eso podemos apreciar en las Escrituras que Jesús trató a las mujeres siempre con respeto; negándose a aplicarles las normas y costumbres discriminatorias de los fariseos. Haciendo caso omiso a tales costumbres les dio la bienvenida a las mujeres que quisieran ser discipuladas suyas junto con los varones. Esta fue una innovación revolucionaria para la época, pues no era usual que mujeres y varones se trataran en público ni fuesen por los caminos tras maestros; si lo hacían corrían el riesgo de ser estigmatizados socialmente. Jesús, por otro lado, no tuvo reparos en incluir a mujeres en el círculo de sus más allegados:

“Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios. Lo acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, Susana y otras muchas que ayudaban con sus bienes (…) Aconteció que, yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra.” (Lucas 8:1-3; 10:38,39)

La magnanimidad de Jesús se hace más que evidente en el caso de aquella mujer que sufría de una larga hemorragia. A Jesús no le preocupó en absoluto la impureza ritual de ella, simplemente la sanó y elogió su fe (Marcos 5:25-34). ¿Y cómo no citar a la mujer cananea cuya hija estaba endemoniada? Ella lo interrumpió a gritos cuando iba camino de otra misión rodeado de una multitud. Y Jesús se detuvo, se ocupó de ella y resolvió su problema (Mateo 15:22-28; Marcos 5:21-42). Siendo Jesús un fiel reflejo de las cualidades de Dios Padre, puso de manifiesto que ambos sexos tienen el mismo valor a los ojos del Creador. No hay tampoco discriminación alguna con su llamada al apostolado de las mujeres junto con sus hermanos varones. Esto queda en evidencia en los relatos de la Resurrección, en los que las mujeres piadosas son las elegidas en primer lugar para dar testimonio de este hecho sobre el cual se basa la fe cristiana desde hace dos milenios.

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A punto de expirar en la cruz, dio una lección de amor por la mujer en la persona de su bendita madre traspasada por el dolor; y los cuatro Evangelios muestran a María Magdalena, Juana, María la madre de Santiago y José, Salomé y las otras mujeres discípulas que acompañaron a Jesús hasta su muerte; ellas habían ungido el cuerpo de su amado maestro y lo acompañaron hasta el sepulcro prestado, para sepultarlo. Esa fidelidad las lleva ahora a descubrir la tumba vacía; y finalmente son privilegiadas con la presencia del resucitado y el encargo de proclamarlo a los demás. El relato demuestra que no hubo ningún varón que estuviese con ellas en ese momento histórico (Juan 19:25-27). Más adelante, fueron las mujeres quienes primero presenciaron la resurrección de Jesús y testificaron de ella a los Once discípulos, convirtiéndose en “apóstoles” para los mismísimos apóstoles (Lucas 24:1-12; Juan 20:11-18). Las mujeres pues, no fueron excluidas en ninguna manera del ministerio. La muerte de Cristo y el establecimiento del Nuevo pacto marcaron un momento glorioso para la mujer:

“Así que no importa si son judíos o no lo son, si son esclavos o libres, o si son hombres o mujeres. Si están unidos a Jesucristo, todos son iguales.” (Gálatas 3:28, TLA).

El llamamiento de Junia al apostolado lo evidencia: En Cristo Jesús la igualdad es la norma. La discriminación hacia la mujer no tiene cabida en el Evangelio.

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CONCLUSIÓN

Luego de examinar la evidencia en el caso de Junia, concluimos que todo argumento en contra de su apostolado e identidad como mujer, es totalmente inválido. Junia fue tanto mujer como apóstol. Luego de examinar las diversas traducciones e interpretaciones de los pasajes bíblicos relacionados con el rol de la mujer en la iglesia del primer siglo, así como de consultar los registros históricos y literatura extrabíblica, y con el deseo de aplicar los principios bíblicos a la práctica eclesial contemporánea, solo podemos concluir que no existen pruebas convincentes de que el ministerio de la mujer esté restringido por un principio sagrado o inmutable.

El hecho de que aún hoy existan denominaciones cristianas que le niegan a la mujer el privilegio de anunciar las buenas nuevas de salvación y ejercer el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole, solo pone en evidencia cuán obstinados podemos ser los varones, que incluso llegamos a negar las Escrituras que manifiestan la evidente posición de Jesucristo a favor de la mujer frente al abuso machista. Todavía falta en muchas congregaciones la enseñanza escritural seria, basada en todo el consejo divino, respecto del rol que le otorga Dios a la mujer en su Plan de Redención.

Young woman reading bible

Aquellos de nosotros que defendemos el igualitarismo en la iglesia somos conscientes de que el ministerio y el liderazgo de la mujer no es aceptado por algunos individuos, tanto dentro como fuera de la comunidad cristiana. La existencia de la intolerancia contra las mujeres en nuestro mundo, y con demasiada frecuencia en la iglesia, no puede negarse. Pero no hay lugar para semejante actitud en el cuerpo de Cristo. Reconocemos que las actitudes de la sociedad secular, basadas en prácticas y tradiciones de largo tiempo, han influido en la aplicación de principios bíblicos a circunstancias locales. Nuestro llamado, sin embargo, es a redimir las culturas que están en desacuerdo con los principios del Reino.

Afirmamos con Pablo que la Gran Comisión tiene prioridad sobre toda otra consideración. Debemos alcanzar a hombres y mujeres para Cristo, más allá de sus costumbres culturales o étnicas. El mensaje de redención ha sido llevado a las partes más remotas del mundo mediante el ministerio de mujeres y hombres dedicados y llenos del Espíritu. De esto dan fe las Escrituras, las cuales confirman el ministerio apostólico de Junia y convalidan el derecho a ejercer el ministerio pastoral, evangelístico, misionero, o de cualquier otra índole, al cual nuestras hermanas fueren llamadas por Dios.

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REFERENCIAS:

[1] Véase: https://ag.org/es-ES/About/Leadership-Team/General-Secretary

[2] Declaración Oficial: EL ROL de LA MUJER EN EL MINISTERIO, TAL COMO SE DESCRIBE EN LAS SANTAS ESCRITURAS (ADOPTADA POR EL PRESBITERIO GENERAL DE LAS ASAMBLEAS DE DIOS EN SESIÓN EL 9 AL 11 DE AGOSTO DEL 2010). Disponible en línea en: ag.org/es-ES/Beliefs/Position-Papers/The-Role-of-Women-in-Ministry

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Wayne Grudem y John Piper, “An Overview of Central Concerns”, en Recovering Biblical Manhood and Womanhood: A Response to Evangelical Feminism (Wheaton, IL: Crossway Books, 1991), 79–81.

[6] Linda Belleville, “‘Iounian.. ‘epísēmoi at toīs ‘apostólois: A Re-examination of Ro­mans 16.7 in Light of Primary Source Materials”, New Testament Studies 51 (2005): 231-249.

[7] Joyce Salisbury, Encyclopedia of Women in the Ancient World (Santa Barbara, CA: ABC-CLIO, 2001), s.v.

[8] Linda Belleville, “Women Leaders in the Bible”, en Discovering Biblical Equality, eds. Ronald Pierce y Rebecca Merrill Groothuis (Downers Grove, IL: InterVarsity, 2005), 117.

[9] Ibíd. También, ver Belleville, “Una revisión”, 241.

[10] Belleville, “Una revisión”, 234.

[11]

[12] United Bible Societies, The Greek New Testament, 4th ed. (Stuttgart: Deutsche Bi­belgesellschaft, 1993), 564.

[13] Bruce Metzger, A Textual Commentary on the Greek New Testament (Stuttgart: United Bible Societies, 1971), 539.

[14] Juan Crisóstomo, Homilías, Romanos, 31 en v. 7.

[15] Belleville, “Una revisión”, 235.

[16] Pederson, The Lost Apostle: Searching for the Truth about Junia (San Francisco: Jos­sey-Bass, 2006), 36.

[17] Belleville, “Re-examination”, 235, citando a John of Damascus, Paul’s Epistles, 95.565.

[18] El rito bizantino (o ‘constantinopolitano’, también llamado ‘griego’) es una de las cinco grandes familias de ritos litúrgicos cristianos, que componen el Oriente cristiano. Es practicado por Iglesias originarias del antiguo Imperio romano de Oriente cuya capital fue Constantinopla. En su mayoría son Iglesias ortodoxas.

[19] Tecla de Iconio fue una mártir anatólica del siglo I. El único registro que se conoce de ella proviene de los Hechos de Pablo y Tecla, texto apócrifo del siglo II, donde se la menciona como discípula del apóstol Pablo.

[20] Gerhard Kittel, Geoffrey Bromiley y Gerhard Friedrich, eds., Theological Dictionary of the New Testament (Grand Rapids, MI: Eerdmans, 1964–1976), s.v. “Episēmos”.

[21] International Standard Bible Encyclopedia, rev. ed. (1986), s.v.

[22] “Notable” [Insgine]. 28 Johannes Louw y Eugene Nida, Greek-English Lexicon of the New Testament Based on Semantic Domains, vol. 2, 2nd ed. (New York: United Bible Societies, 1988–1989), no. 28.31.

[23] Metzger, A Textual Commentary, 322.

[24] Luciano de Samósata (125-181 d.C.) fue un escritor sirio en lengua griega, uno de los primeros humoristas, perteneciente a la llamada Segunda sofística.

[25] Ibíd., 246.

[26] Belleville, “Re-examination”, 242–247.

[27] John Chrysostom, Homily 31 on the Epistle to the Romans, on Romans 16:7, en Nicene and Post-Nicene Fathers, ed. Philip Schaff (Grand Rapids, MI: Eerdmans, n.d.), vol. 11. En línea: http://www.ccel.org/ccel/schaff/npnf111.pdf.

[28] Paul, Women, and Wives (Peabody, MA: Hendrickson, 1992), 242, citado en Rebecca Merrill Groothuis, Good News for Women: A Biblical Picture of Gender Equality (Grand Rapids, MI: Baker, 1997), 195.

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