Por Fernando E. Alvarado
Quien se asoma por primera vez a una comunidad pentecostal suele quedar desconcertado por aquello que allí ocurre. No es el orden litúrgico lo que llama la atención, ni siquiera la predicación, por intensa que esta pueda ser. Lo que resulta inconfundible es el modo en que la comunidad entiende que Dios sigue hablando, sigue obrando, sigue irrumpiendo. Un testimonio compartido en medio del culto, una palabra de conocimiento pronunciada por un hermano que nunca ha estudiado teología formal, un canto que se convierte en profecía: todo ello conforma el entramado de una experiencia que no es meramente subjetiva, sino que se reconoce como encuentro con el Dios vivo.
Sin embargo, esta centralidad de la experiencia ha sido frecuentemente malinterpretada, tanto desde fuera como desde dentro del movimiento. Para el observador externo, el énfasis pentecostal en la experiencia suele reducirse a un mero subjetivismo emocional, cuando no a un anti-intelectualismo disfrazado de piedad. Para algunos dentro de la tradición, la experiencia se ha convertido en un criterio autónomo que amenaza con desbordar cualquier anclaje normativo. Ambas lecturas, a nuestro juicio, parten de una incomprensión fundamental acerca de lo que significa, para un pentecostal, hablar desde y hacia la experiencia de Dios.
Lejos de tratarse de dos polos en tensión —como a veces se ha presentado el debate—,la experiencia pentecostal genuina encuentra su sentido, su lenguaje y su criterio último en el texto bíblico. Pero también, y esto resulta igualmente importante, que la Escritura misma, entendida desde el horizonte pentecostal, reclama ser leída desde una posición de apertura a la experiencia transformadora del Espíritu que la originó.

La experiencia como lugar teológico en la tradición pentecostal
Cuando hablamos de experiencia en el pentecostalismo, no nos referimos a cualquier vivencia religiosa. No se trata de un simple «sentirse bien» en la presencia de Dios, ni de un mero fenómeno psicológico interpretado en clave espiritual. La experiencia pentecostal es, ante todo, encuentro con el Espíritu Santo que continúa la obra de Cristo en la historia. Como ha señalado acertadamente Marius Nel, los pentecostales comparten una preferencia básica por la experiencia como condición previa para formular doctrina y teología, basada en una hermenéutica que les permite leer la Biblia de un modo particular (Nel, 2017, p. 2).
Esta preferencia no es un añadido posterior, un adorno emocional que se superpone a una estructura doctrinal ya definida. Es, más bien, constitutiva de la identidad pentecostal. Desde los primeros días del movimiento, los pentecostales sostuvieron que los encuentros con Dios dentro de la comunidad de fe, de manera similar a los registrados en la Biblia y descritos en lenguaje bíblico, constituyen la condición previa para hablar de Dios en absoluto (Nel, 2017, p. 2). En otras palabras, no se puede hacer teología auténticamente pentecostal desde la mera especulación o desde la repetición acrítica de fórmulas heredadas. La teología, para nosotros, nace del asombro ante la irrupción de Dios en la vida cotidiana.
Esta convicción tiene profundas raíces históricas. Aaron Friesen ha mostrado cómo, en el desarrollo del movimiento de santidad que dio origen al pentecostalismo, se fue gestando una valoración de solo tres de las cuatro fuentes del Cuadrilátero Wesleyano: la Escritura, la razón y la experiencia, en detrimento de la tradición (Friesen, 2014, p. 193). Los primeros pentecostales desconfiaban de la tradición eclesial, a la que percibían como un lastre que había sofocado la libertad del Espíritu. En su lugar, enfatizaron un método de lectura bíblica que buscaba la aplicación directa del texto a la vida, una razón pragmática orientada a resultados concretos, y una experiencia marcada por las manifestaciones sobrenaturales del Espíritu.
Ahora bien, sería un error pensar que esta primacía de la experiencia implica un abandono de la autoridad escritural. Muy por el contrario, como ha documentado Scott Ellington, los pentecostales abordan la Biblia con preguntas muy prácticas, esperando encontrar en las Escrituras las palabras mismas de Dios que hablan directamente a sus necesidades y los guían en la transformación de sus vidas (Ellington, 1996, p. 17). La experiencia no reemplaza a la Escritura, sino que abre un espacio de inteligibilidad en el que la Escritura puede ser comprendida como palabra viva.

La hermenéutica pentecostal: entre el texto y la experiencia
¿Qué significa, entonces, leer la Biblia desde una sensibilidad pentecostal? Esta pregunta ha ocupado a los teólogos pentecostales en las últimas décadas, y las respuestas ofrecidas nos ayudan a comprender mejor la relación entre experiencia y Escritura.
Los pentecostales consideran la Biblia como la Palabra inspirada de Dios con autoridad para sus vidas, aunque califican esta afirmación añadiendo que los encuentros con Dios dentro de la comunidad de fe, de manera similar a los registrados en la Biblia, son condicionales para entender e interpretar los relatos bíblicos de Dios y su comunidad de fe (Nel, 2017, p. 3). Esto no significa que la experiencia se convierta en un criterio autónomo de verdad, sino que la comprensión plena de las Escrituras requiere una participación en aquello que las Escrituras mismas anuncian.
La antropóloga Naomi Haynes, a partir de su trabajo etnográfico con comunidades pentecostales en el Copperbelt zambiano, ha descrito este proceso en términos de analogía. Para estos pentecostales, la teología consiste en establecer analogías entre su experiencia y las historias registradas en la Biblia. A través de estas analogías, los creyentes se insertan a sí mismos en la narrativa de las Escrituras en un esfuerzo por transformar sus circunstancias personales (Haynes, 2018, p. 267). Un predicador en Zambia, al comentar la travesía del Mar de Galilea, no se limita a explicar lo que sucedió entonces, sino que anuncia: «es hora de que los miembros de esta iglesia crucen al otro lado». La experiencia actual se vuelve inteligente porque encuentra su molde en el relato bíblico, y el relato bíblico se vuelve actual porque se encarna en la experiencia presente.
Este movimiento analógico tiene profundas implicaciones epistemológicas. No se trata de un mero ejercicio retórico, sino de un modo de conocer. Walter Brueggemann, citado por Nel, sostiene que las afirmaciones de verdad centrales de Israel en el Antiguo Testamento no son declaraciones de hechos históricos, sino que se ofrecen como testimonio de testigos. La verdad bíblica no se localiza en los eventos históricos subyacentes al testimonio ofrecido, sino en el testimonio mismo (Nel, 2017, p. 6). Este enfoque resuena profundamente con la sensibilidad pentecostal, para la cual el conocimiento de Dios no es primariamente cognitivo —un conjunto de preceptos y doctrinas— sino una relación con Aquel que definió esos preceptos (Nel, 2017, p. 5).

La subordinación a la Escritura
Pero aquí debemos detenernos. Si la experiencia tiene un lugar tan central en la teología pentecostal, ¿cómo evitar el peligro del subjetivismo? ¿Qué impide que cualquier experiencia, por más desordenada o incluso contraria al testimonio bíblico, sea aceptada como auténtica voz del Espíritu?
La respuesta pentecostal a estas preguntas es, a la vez, simple y profundamente compleja. La Escritura es el criterio normativo y suficiente para la fe y la práctica. Como han señalado Railey y Aker, la experiencia de los individuos que son guiados por el Espíritu contribuye a comprender la revelación, pero en todos los casos el testimonio de la Biblia debe ser considerado como regla suficiente para la fe y la práctica (citados en Nel, 2017, p. 4).
Sin embargo, esta afirmación no agota la cuestión. La subordinación de la experiencia a la Escritura no es para el pentecostal una sumisión externa a un código, sino un reconocimiento de que la misma Escritura que nos juzga es también la que nos promete la experiencia del Espíritu. La Escritura es el marco dentro del cual la experiencia adquiere sentido, pero es también la Escritura la que nos impulsa a buscar la experiencia. En otras palabras, la subordinación no es una relación de exterioridad, sino de cumplimiento.
Hilton Burkholder, en su reciente estudio sobre formación espiritual pentecostal, ha propuesto que el discipulado no es un fin en sí mismo, sino un medio hacia la unión con Cristo. Con la unión con Cristo como objetivo claro de la vida cristiana, Burkholder enfatiza cómo el pentecostalismo puede ser impactado positivamente al reconectarse con su pasado antiguo (Burkholder, 2024, p. 2). Esta conexión con la tradición —a la que los primeros pentecostales miraban con sospecha— puede ofrecer recursos para una comprensión más profunda de la relación entre experiencia y Escritura.
Quizás, entonces, el momento ha llegado para que los pentecostales reconsideremos la tradición como recurso empoderado por el Espíritu para la reflexión teológica. Como sugiere Friesen, podemos aprender de Wesley cómo reincorporar la tradición en nuestro quehacer teológico, no como un peso muerto, sino como un testimonio vivo de la fidelidad de Dios a través de los siglos (Friesen, 2014, p. 211).

Hacia una teología pentecostal de la experiencia
La relación entre experiencia y Escritura en la tradición pentecostal no es de competencia sino de mutua pertenencia. La experiencia no es un sustituto de la Escritura, sino el espacio en el que la Escritura se revela como palabra viva. Y la Escritura no es un límite externo a la experiencia, sino el relato que le otorga sentido, lenguaje y horizonte escatológico.
El desafío para la teología pentecostal contemporánea consiste en articular esta relación con la profundidad que merece. Demasiado a menudo hemos caído en simplificaciones: o bien una experiencia sin criterio que termina disolviéndose en subjetivismo, o bien un biblicismo que reduce la fe a una mera asentimiento doctrinal. Ambas opciones, a nuestro juicio, traicionan lo más genuino de la tradición pentecostal.
La experiencia pentecostal genuina —aquella que surge del encuentro con el Espíritu Santo en la comunidad de fe— es siempre una experiencia interpretada. Y la interpretación que la hace inteligible proviene de las Escrituras, leídas no como un código de verdades abstractas, sino como el testimonio vivo de las obras de Dios que siguen aconteciendo entre nosotros. En este sentido, la subordinación a la Escritura no es una limitación impuesta desde fuera, sino la condición de posibilidad para que la experiencia sea realmente lo que pretende ser: encuentro con el Dios que se ha revelado en Cristo y sigue actuando por su Espíritu.

Bibliografía
- Burkholder, H. (2024). Renouncing the dominant script: Weaving together mysticism, monasticism, and sacramental theology to create a Pentecostal model of spiritual formation [Doctoral dissertation, Southeastern University]. FireScholars.
- Ellington, S. A. (1996). Pentecostalism and the authority of Scripture. Journal of Pentecostal Theology, 4(9), 16-38.
- Friesen, A. T. (2014). Pentecostal antitraditionalism and the pursuit of holiness: The neglected role of tradition in Pentecostal theological reflection. Journal of Pentecostal Theology, 23(2), 191-215.
- Haynes, N. (2018). Theology on the ground. In J. D. Lemons (Ed.), Theologically engaged anthropology (pp. 266-279). Oxford University Press.
- Nel, M. (2017). Pentecostal talk about God: Attempting to speak from experience. *HTS Teologiese Studies/Theological Studies, 73*(3), a4479. https://doi.org/10.4102/hts.v73i3.4479