Por Fernando E. Alvarado
El concepto de presbítero constituye una de las figuras fundamentales para comprender la organización eclesiológica del Nuevo Testamento. El término «presbítero» procede directamente del griego πρεσβύτερος (presbýteros), que es la forma comparativa de πρέσβυς (présbys), palabra que significa literalmente «hombre viejo» o «anciano» . Esta raíz etimológica revela ya una característica esencial del concepto: la persona designada como presbítero lo es no solo por ocupar un cargo, sino fundamentalmente por poseer la madurez, la experiencia y la sabiduría que confiere la edad y el caminar con Dios.
En el Antiguo Testamento, el equivalente hebreo era za·qen, término que identificaba a los líderes del pueblo de Israel, ya fuera en el ámbito de una ciudad, de una tribu o a nivel nacional, configurando consejos de ancianos que gobernaban la comunidad. Dicha estructura de gobierno constituyó el antecedente inmediato para la organización de las primeras comunidades cristianas, las cuales adoptaron este modelo de liderazgo colegiado.
En el Nuevo Testamento, el término presbýteros aparece en 72 ocasiones y presenta una riqueza semántica que ha dado lugar a diversas interpretaciones a lo largo de la historia de la iglesia. Por un lado, se utiliza en su sentido literal para referirse a personas de edad avanzada, distinguiendo entre «hombres mayores» y «mujeres mayores» como en 1 Timoteo 5:1-2. Por otro lado, y este es el uso que nos ocupa, designa un oficio o posición de liderazgo dentro de las congregaciones cristianas locales. Lo verdaderamente significativo, y que constituye un hallazgo exegético de primera importancia, es la relación que el Nuevo Testamento establece entre presbýteros y otros dos términos: ἐπίσκοπος (epískopos), que significa «supervisor» u «obispo», y ποιμήν (poimḗn), que significa «pastor» .
Los estudios especializados coinciden en señalar que, en el Nuevo Testamento, estos tres términos se utilizan de manera intercambiable para referirse a los mismos líderes, aunque cada uno enfatiza un aspecto diferente del ministerio. El pasaje de Hechos 20 resulta paradigmático a este respecto: en el versículo 17, el apóstol Pablo convoca a los presbýterous (ancianos) de la iglesia de Éfeso, pero cuando se dirige a ellos en el versículo 28, los llama epískopous (supervisores) y les encomienda pastorear la iglesia, utilizando el verbo poimaínein. De manera similar, en Tito 1:5 Pablo instruye a Tito para que nombre presbýterous en cada ciudad, y apenas dos versículos después, en el 7, se refiere a estos mismos líderes como epískopon. Esta evidencia textual ha llevado a los estudiosos a concluir que, en el período apostólico, no existía la distinción posterior entre los cargos de anciano, obispo y pastor; se trataba de una misma realidad ministerial contemplada desde diferentes ángulos: el presbítero (anciano) enfatiza la madurez y dignidad del cargo; el epíscopo (supervisor) subraya la función de supervisión y cuidado; y el pastor resalta la tarea de guiar y alimentar al rebaño.
Esta fluidez terminológica, sin embargo, comenzó a transformarse a partir del siglo II, cuando se fue desarrollando una distinción más clara entre el obispo (epískopos), que pasó a ser considerado como el supervisor de varias congregaciones en una ciudad, y los presbíteros (presbýteroi), que quedaron como los líderes de comunidades locales subordinados a la autoridad episcopal. Este desarrollo histórico dio origen a la comprensión jerárquica del ministerio que caracterizaría posteriormente a las tradiciones católica y ortodoxa, donde el presbítero es entendido como sacerdote y su función se centra en la celebración de los sacramentos, particularmente la Eucaristía.
El mundo protestante, al regresar a las fuentes bíblicas durante la Reforma del siglo XVI, recuperó en gran medida la comprensión neotestamentaria del presbítero, aunque con matices significativos según las distintas tradiciones confesionales. Un elemento común a todas ellas es que, a diferencia del catolicismo, el protestantismo no considera al presbítero como un sacerdote en el sentido cultual del término, pues rechaza la idea de un sacerdocio ministerial diferenciado del sacerdocio universal de todos los creyentes. En su lugar, se prefiere utilizar términos como «ministro», «pastor» o «anciano» para designar a quienes ejercen funciones de liderazgo en la comunidad.

Según la biblia, el presbiterio, episcopado o pastorado, puede ser ejercido por las mujeres
La defensa de un presbiterio o episcopado que incluya a mujeres no es una concesión moderna a la cultura secular, sino un regreso fiel y riguroso a las Escrituras mismas. Se trata de leer el Nuevo Testamento con los ojos limpios de prejuicios culturales posteriores, prestando atención cuidadosa al griego koiné original y al contexto histórico de la iglesia primitiva. Durante siglos, interpretaciones influenciadas por sociedades patriarcales han oscurecido lo que el texto realmente dice: desde los primeros días del cristianismo, las mujeres ejercieron liderazgo autoritativo, pastoral y doctrinal junto a los hombres. Al examinar los términos griegos en su uso natural, los paralelismos literarios y el testimonio completo del Nuevo Testamento, emerge un cuadro armonioso e inclusivo que honra la imagen de Dios reflejada tanto en varón como en hembra (Génesis 1:27).
Todo comienza con la palabra clave πρεσβύτερος (presbýteros), que significa “anciano” o “persona madura”. Aunque gramaticalmente es masculina, en el griego koiné cotidiano funcionaba como término genérico inclusivo, exactamente igual a como en español decimos “los hermanos” para referirnos a toda la congregación, hombres y mujeres. No es un error hermenéutico asumir automáticamente exclusión por el género gramatical. El Espíritu Santo mismo lo demuestra: en Tito 2:3 usa la forma femenina específica πρεσβῦτις (presbytis) cuando quiere hablar exclusivamente de mujeres mayores. Si el autor inspirado hubiera querido excluir a las mujeres del oficio de anciano, habría usado consistentemente esta forma femenina para ellas. El hecho de que no lo haga indica que presbýteros era el título oficial del cargo eclesiástico, abierto a ambos sexos cuando la persona cumplía las cualidades espirituales.
Este principio se ve con total claridad al leer Tito 1 y 2 como un solo bloque, sin las divisiones de capítulos añadidas siglos después. En Tito 1:5 Pablo ordena: “establece ancianos (presbýterous) en cada ciudad”. Luego describe sus cualidades (Tito 1:6-9): deben ser sobrios, prudentes, aptos para enseñar y capaces de exhortar con sana doctrina. Inmediatamente después, en Tito 2:2-3, describe a los “hombres ancianos” (presbytás) y a las “mujeres ancianas” (presbytídas) con requisitos paralelos: ambos grupos deben ser “sobrios, serios, prudentes”. Y aquí viene lo decisivo: mientras los ancianos varones deben ser “aptos para enseñar” (didaktikós), las ancianas deben ser “maestras del bien” (καλοδιδασκάλους, kalodidaskálous). Esta palabra comparte la misma raíz que didaskalía (enseñanza doctrinal) y didáskalos (maestro). No hay base lingüística para decir que la enseñanza de las ancianas es “solo para mujeres” o “menos autoritativa”. Al contrario, ambas enseñanzas protegen la sana doctrina y edifican a toda la iglesia. Las presbýtidas no son “esposas de ancianos” ni un grupo secundario: forman parte integral del presbýterion, el consejo de líderes maduros que Dios da a su pueblo.
Esta misma inclusividad aparece en Romanos 16, el capítulo que Pablo dedica a saludar a sus colaboradores. En el versículo 1 presenta a Febe como διάκονον (diákonon) de la iglesia de Cencrea —exactamente el mismo título que usa para los diáconos en 1 Timoteo 3:8-13—. Pero Pablo no se detiene ahí: la llama προστάτις (prostátis) de muchos, incluido él mismo. Esta palabra, de la raíz proístemi (“estar al frente”, “liderar”, “proteger”), en la Septuaginta se usa para describir a gobernantes y protectores con autoridad real (véase, por ejemplo, su uso en contextos de liderazgo civil). Febe no era una simple “ayudante”: era una líder reconocida, portadora de la carta a Roma y protectora financiera y espiritual de la misión apostólica.
El caso de Junia (Romanos 16:7) es aún más revelador. Pablo dice: “Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisiones, los cuales son muy estimados entre los apóstoles”. Durante siglos, traductores y copistas cambiaron el nombre femenino Junia (atestado en todos los manuscritos griegos hasta el siglo XIII) por el inexistente “Junias” para evitar la conclusión obvia. Sin embargo, los manuscritos más antiguos y fiables (P46, Codex Sinaiticus, Vaticanus) confirman que es nombre de mujer. Los Padres de la Iglesia lo reconocieron sin problema: Juan Crisóstomo exclamó: “¡Ser apóstol es algo grande! Pero ser notable entre los apóstoles… ¡cuán grande es la sabiduría de esta mujer para haber sido considerada digna del título de apóstol!”. Orígenes y Jerónimo también la llamaron apóstol. Junia no fue una excepción aislada; fue parte de un patrón.
El mismo capítulo 16 continúa mostrando una red de mujeres líderes: Priscila aparece antes que su esposo Aquila en cuatro de las seis menciones bíblicas (Hechos 18:18, 26; Romanos 16:3; 2 Timoteo 4:19), señal de mayor prominencia. Juntos “expusieron su vida” por Pablo y enseñaron a Apolos —“un hombre elocuente y poderoso en las Escrituras”— “el camino de Dios con mayor exactitud” (Hechos 18:26). María, Trifena, Trifosa y Pérsida “trabajaron mucho en el Señor” (ekopíasan), el mismo verbo que Pablo usa para describir su propio trabajo apostólico (1 Corintios 15:10; 16:16; 1 Tesalonicenses 5:12). El lenguaje no distingue jerarquía por género.
En 1 Timoteo 3:11 el texto es igualmente claro. Después de dar los requisitos para los diáconos (vv. 8-10), Pablo escribe: “Las mujeres asimismo…” (gynaíkas hōsautōs). La estructura es idéntica a la usada para obispos y diáconos: introduce el grupo y luego lista sus cualidades (dignas, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo). Si Pablo hubiera querido decir “las esposas de los diáconos”, habría añadido el posesivo autōn (“sus”), como hace en otros lugares. La interpretación más natural, gramatical y contextual, es que está incluyendo a mujeres en el oficio diaconal —y, por extensión, en el liderazgo reconocido—.

Testimonio histórico del episcopado femenino
La evidencia de la iglesia post-apostólica confirma que esta práctica no se perdió inmediatamente. El gobernador romano de Bitinia-Ponto (actual Turquía) escribió al emperador Trajano preguntando cómo tratar a los cristianos. En su carta (Epistulae X.96), Plinio explica que torturó a dos esclavas a las que la comunidad cristiana llamaba “ministræ” (ministras o diaconisas) para averiguar qué hacían en las reuniones. El término latino ministrae traduce directamente el griego diákonos (el mismo que usa Pablo para Febe en Romanos 16:1 y para los diáconos en 1 Timoteo 3). Plinio no las llama “esposas” ni “ayudantes informales”, sino que las reconoce como figuras oficiales de la iglesia. Esta es la primera referencia romana no cristiana a mujeres en un ministerio ordenado.
Las catacumbas de Priscila (Roma, siglos II-IV) contienen frescos donde mujeres presiden la fracción del pan. El famoso fresco de la Fractio Panis (“Fracción del Pan”) en la Capilla Griega representa una cena eucarística. Siete figuras están sentadas alrededor de una mesa; la mayoría o todas parecen mujeres (por su vestimenta larga, velos y peinados). Una de ellas parte el pan y lo distribuye, en clara postura de presidencia. Esto constituye una prueba de que mujeres presidían la Eucaristía en la iglesia primitiva.
Las Catacumbas de San Gennaro (Nápoles, siglos V-VI) aportan también valiosa información al respecto. Los frescos de Cerula y Bitalia las representan con libros del Evangelio abiertos (Marcos, Juan, Lucas, Mateo) y en postura orans (manos levantadas en oración y autoridad). Cerula aparece bajo un arco decorado, con símbolos episcopales. Es por eso que los historiadores las identifican como obispas ordenadas, porque el arte funerario de la época usaba estos elementos precisamente para obispos.
Existen docenas de inscripciones funerarias y monumentales de los siglos II al V que llaman explícitamente a mujeres “presbytera” (anciana/pastora) o “epískopa” (obispo femenino). Incluso Epifanio de Salamina (siglo IV), en su Panarion, menciona la ordenación de mujeres obispos, demostrando que la práctica existía y era común en su época. Los estudios más completos al respecto son los de Ute E. Eisen (Women Officeholders in Early Christianity) y Kevin Madigan-Carolyn Osiek (Ordained Women in the Early Church, 2005), que recopilan más de 30 casos claros en contextos ortodoxos. He aquí algunos ejemplos representativos:
- Ammion presbytera (Frigia, Asia Menor, s. III-IV): Un obispo masculino la conmemora como “presbytera”. El hecho de que sea un obispo quien la honra indica que el título era funcional y reconocido.
- Kale presbytera (Sicilia, s. IV-V): “Aquí yace Kale, presbítero, que vivió cincuenta años de manera intachable”.
- Leta la presbítera (Bruttium/Calabria, sur de Italia, s. IV-V): “Leta la presbítera vivió cuarenta años…”.
- Epikto presbytis (isla de Thera/Tera, Grecia): “El ángel de la presbítero Epikto” (título honorífico en una tumba cristiana).
- Artemidora presbítero (Egipto, s. II-III): Inscripción en momia: “Artemidora… presbítero”.
- Flavia Vitalia presbytera (Salona, Dalmacia/Croacia, año 425): Vendió una tumba eclesiástica como agente autorizada de la iglesia.
En todos estos casos el título aparece en femenino y en contexto funerario cristiano ortodoxo, no gnóstico ni montanista. No eran los herejes quienes apoyaban el ministerio femenino, sino cristianos ortodoxos (es decir, de sana doctrina). Estas fuentes —romanas paganas, frescos, inscripciones en piedra y escritos patrísticos— demuestran que mujeres presbíteras, obispas y pastoras no fueron una invención moderna ni una rareza marginal. Existieron en iglesias de Oriente y Occidente, en contextos ortodoxos, desde el siglo II hasta al menos el V-VI. Esto no debería extrañarnos, ya que el ministerio de la mujer es probado y aprobado por el mismo Pablo, quien permite que las mujeres profeticen públicamente (1 Corintios 11:5), y la profecía es enseñanza autoritativa (1 Corintios 14:3); Priscila enseñó a Apolos; las hijas de Felipe profetizaban (Hechos 21:9); y Febe era prostátis.
El fundamento teológico más profundo está en Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Pablo no habla solo de salvación eterna, sino de identidad y función en el Cuerpo de Cristo. Si las barreras étnicas y sociales no impiden el liderazgo (hubo líderes gentiles y, según la tradición, Onésimo el esclavo llegó a ser obispo), la barrera de género tampoco. La estructura quiástica del versículo culmina precisamente en “varón ni mujer”, deshaciendo la maldición de Génesis 3:16 (“tu deseo será para tu marido, y él te dominará”) y restaurando la igualdad original de Génesis 1:27-28: “varón y hembra los creó… y señoread”.

La exclusión de las mujeres del ministerio no es la voluntad de Dios
Con el paso del tiempo, el patriarcalismo cultural y ciertas decisiones conciliares las fueron marginando, pero la evidencia histórica y arqueológica es innegable: Dios llamó y equipó a mujeres para ejercer autoridad pastoral y eucarística en la iglesia primitiva. Esta realidad arqueológica y documental refuerza la lectura inclusiva del Nuevo Testamento que ve en las mujeres líderes (Febe, Junia, Priscila, etc.) no excepciones, sino el modelo bíblico que la iglesia primitiva vivió durante siglos.
Por tanto, ordenar mujeres al presbiterio (pastorado, episcopado, obispado, o como quieras llamarle) no es una novedad cultural, sino la recuperación de una práctica neotestamentaria que quedó oscurecida por siglos de influencias patriarcales. Las ancianas (presbýtidas), llamadas a ser “maestras del bien”, no forman un grupo paralelo ni secundario. Junto con los ancianos varones integran el presbýterion, el consejo de líderes maduros que Dios ha dado a su iglesia para pastorear, enseñar y guiar a toda la comunidad. Las iglesias del Nuevo Testamento —reunidas en casas en Corinto, Roma y Éfeso— eran lideradas por hombres y mujeres maduros en la fe que, juntos, ejercían el ministerio pastoral. Restaurar esta imagen bíblica completa no es doblegarse a la cultura, sino obedecer al texto con mayor fidelidad. Solo así la imagen de Dios —varón y mujer— brillará en toda su plenitud en el liderazgo de su pueblo.

Fuentes consultadas:
- Bauckham, Richard. Gospel Women: Studies of the Named Women in the Gospels. Grand Rapids: Eerdmans, 2002.
- Belleville, Linda L. Women Leaders and the Church: Three Crucial Questions. Grand Rapids: Baker Books, 2000.
- Crisóstomo, Juan. Homilías sobre la Epístola a los Romanos. Siglo IV (edición patrística estándar en Patrología Griega PG 60; traducciones modernas disponibles en colecciones patrísticas).
- Eisen, Ute E. Women Officeholders in Early Christianity: Epigraphical and Literary Studies. Collegeville: Liturgical Press (Michael Glazier), 2000.
- Epp, Eldon Jay. Junia: The First Woman Apostle. Minneapolis: Fortress Press, 2005.
- Giles, Kevin. Patterns of Ministry among the First Christians. Eugene: Cascade Books (Wipf & Stock), 2017 (segunda edición revisada y ampliada).
- Gryson, Roger. The Ministry of Women in the Early Church. Traducido por Jean Laporte y Mary Louise Hall. Collegeville: Liturgical Press, 1976.
- Keener, Craig S. Paul, Women, and Wives: Marriage and Women’s Ministry in the Letters of Paul. Peabody: Hendrickson Publishers, 1992.
- Kroeger, Catherine Clark, y Richard Clark Kroeger. I Suffer Not a Woman: Rethinking 1 Timothy 2:11-15 in Light of Ancient Evidence. Grand Rapids: Baker Books, 1992.
- Madigan, Kevin, y Carolyn Osiek. Ordained Women in the Early Church: A Documentary History. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 2005.
- Payne, Philip B. Man and Woman, One in Christ: An Exegetical and Theological Study of Paul’s Letters. Grand Rapids: Zondervan, 2009.
- Schüssler Fiorenza, Elisabeth. In Memory of Her: A Feminist Theological Reconstruction of Christian Origins. Nueva York: Crossroad, 1983 (edición actualizada 1994).
- Torjesen, Karen Jo. When Women Were Priests: Women’s Leadership in the Early Church and the Scandal of Their Subordination in the Rise of Christianity. San Francisco: HarperSanFrancisco, 1993.
- Witherington III, Ben. Women in the Ministry of Jesus: A Study of Jesus’ Attitudes to Women and Their Roles as Reflected in His Earthly Life. Cambridge: Cambridge University Press, 1987.
- Witherington III, Ben. Women in the Earliest Churches. Cambridge: Cambridge University Press, 1988.