Por Fernando E. Alvarado
Basado en Isaías 49:3-6, Michael Vlach, sostiene que el Siervo del Señor, identificado como “Israel”, es un individuo que representa a la nación sin reemplazarla, con la misión de restaurar a Jacob y reunir a Israel, manteniendo así su identidad nacional (Vlach, “A Non-typological Future-Mass-Conversion View,” en Three Views on Israel and the Church: Perspectives on Romans 9–11, p. 23–24.). Este planteamiento, aunque ingenioso, carece de solidez exegética y teológica al ignorar el peso abrumador de la tipología cristológica y la hermenéutica del cumplimiento en el Nuevo Testamento y la tradición patrística.
Para empezar, el argumento de Vlach, que distingue al Siervo de Israel como un individuo que restaura a la nación sin absorber su identidad, tropieza con una lectura fragmentada de Isaías y una subestimación de la teología del cumplimiento neotestamentaria. En Isaías 49:3, el Siervo es llamado “Israel”, pero los versículos siguientes (vv. 5-6) asignan al Siervo la tarea de restaurar a Jacob y ser “luz para las naciones”. Vlach interpreta esto como una mera representación sin reemplazo, pero esta lectura ignora el contexto más amplio de los cánticos del Siervo (Isaías 42, 49, 50, 52-53) y su interpretación en el Nuevo Testamento. Hechos 13:47, por ejemplo, aplica Isaías 49:6 directamente a Cristo y sus apóstoles, indicando que Jesús no solo restaura a Israel, sino que expande la bendición de la alianza a los gentiles, cumpliendo la promesa abrahámica de Génesis 12:3 (Hays, 2016, p. 112). Esto no sugiere una mera restauración nacional, sino una redefinición de “Israel” en torno a Cristo.
Además, la distinción que Vlach hace entre el Siervo y la nación no implica necesariamente que la identidad nacional de Israel permanezca intacta. En Gálatas 3:16, Pablo afirma categóricamente que las promesas hechas a Abraham se cumplen en una sola “descendencia” (singular), que es Cristo. Esta exégesis paulina no deja espacio para una perpetuación de la identidad nacional de Israel como fin en sí misma; más bien, Cristo asume y cumple el papel de Israel como el receptor y mediador de las promesas de la alianza. La lógica de Vlach, que insiste en una representación sin reemplazo, fracasa al no reconocer que el Nuevo Testamento reinterpreta a Israel en términos cristológicos, no nacionalistas (Wright, 1992, p. 403).
Por último, la idea de que Cristo “cumple el propósito divino para Israel” sin “cancelarlo” es un malabarismo semántico que evade la realidad teológica: Cristo no solo restaura, sino que trasciende y redefine a Israel. En Romanos 9:6-8, Pablo distingue entre el “Israel según la carne” y el “Israel de la promesa”, afirmando que la verdadera descendencia de Abraham no se define por etnicidad, sino por fe en Cristo. Esta perspectiva, lejos de ser una “cancelación”, es una consumación gloriosa de la vocación de Israel en la persona de Jesús.

Cristo como el cumplimiento de las promesas de la alianza
La tesis de que Jesucristo es el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham e Israel es un pilar de la teología cristiana. En Génesis 12:3 y 17:7, Dios promete a Abraham una descendencia que será bendición para todas las naciones y una alianza eterna. Gálatas 3:29 declara que aquellos que están “en Cristo” son “descendencia de Abraham, herederos según la promesa”. Cristo, como la “simiente” singular (Gálatas 3:16), no solo hereda las promesas, sino que las realiza plenamente al incorporar a judíos y gentiles en un nuevo pueblo de Dios (Efesios 2:14-16).
Bíblicamente, Cristo es el “verdadero Israel” porque encarna la obediencia perfecta que Israel, como nación, no pudo ofrecer. En Éxodo 4:22, Israel es llamado “hijo primogénito” de Dios, pero su desobediencia repetida (p. ej., Oseas 11:2) contrasta con la obediencia de Cristo, el Hijo perfecto (Hebreos 5:8-9). En este sentido, Cristo no solo cumple las promesas, sino que se convierte en el locus de la identidad de Israel, redefiniendo al pueblo de Dios en torno a Sí mismo (Beale, 2011, p. 652).

Cristo como el cumplimiento tipológico de Israel
La tipología cristológica, un enfoque exegético dominante en el Nuevo Testamento y la tradición patrística, demuestra que los eventos de la vida de Jesús cumplen y superan la historia de Israel. Los siguientes paralelos tipológicos son evidencia contundente:
- El nacimiento y la huida a Egipto: En Mateo 2:15, el evangelista cita Oseas 11:1 (“De Egipto llamé a mi hijo”) para describir la huida de Jesús a Egipto. Mientras Israel fue liberado de Egipto para ser el pueblo de Dios, Jesús, el verdadero Hijo, escapa de la persecución para cumplir la vocación de Israel (Hays, 2016, p. 148).
- El bautismo y la tentación en el desierto: En Mateo 3:13-4:11, el bautismo de Jesús y su tentación en el desierto reflejan el paso de Israel por el Mar Rojo y sus pruebas en el desierto (Éxodo 14; Deuteronomio 8). Mientras Israel sucumbió a la idolatría y la desobediencia, Jesús vence las tentaciones, demostrando ser el Israel obediente (Wright, 1992, p. 458).
- El Sermón del Monte: En Mateo 5-7, Jesús se presenta como el nuevo Moisés, entregando la ley desde un monte, pero con autoridad superior (Mateo 7:28-29). Esto contrasta con la incapacidad de Israel para guardar la ley mosaica (Deuteronomio 31:27).
- El Siervo Sufriente: Isaías 53 describe al Siervo que sufre por los pecados de muchos. El Nuevo Testamento aplica esto a Cristo (p. ej., Hechos 8:32-35; 1 Pedro 2:22-25), quien, a diferencia de Israel, lleva los pecados del mundo, cumpliendo la vocación de ser “luz para las naciones” (Isaías 42:6).
- La crucifixión como nuevo éxodo: Lucas 9:31 describe la muerte de Jesús como un “éxodo” (en griego, exodos), evocando la liberación de Israel de Egipto. La cruz se convierte en el acto definitivo de redención, superando la liberación temporal de Israel (Hays, 2016, p. 192).
- La resurrección como restauración: La resurrección de Cristo (1 Corintios 15:20-23) cumple las promesas de restauración de Israel (Ezequiel 37), pero en un sentido universal, abriendo la puerta a la resurrección de toda la humanidad.
Estos paralelos no son meras coincidencias literarias, sino una relectura intencional de la historia de Israel en clave cristológica, como argumenta France (2007, p. 83).

La tradición patrística y Cristo como el nuevo Israel
La exégesis patrística refuerza esta interpretación, viendo a Cristo como el nuevo Israel que redime a la humanidad. Orígenes, en su Comentario al Evangelio de Mateo (c. 248 d.C.), interpreta Mateo 2:15 como una identificación de Cristo con Israel, argumentando que Jesús recapitula la historia de Israel para cumplir su propósito redentor (Orígenes, 2001, p. 142). De manera similar, Agustín, en sus Sermones (Sermón 190), describe a Cristo como el “verdadero Israel” que reúne a todas las naciones bajo la nueva alianza, superando las limitaciones del Israel nacional (Agustín, 1993, p. 78).
Ireneo de Lyon, en Contra las herejías (c. 180 d.C.), desarrolla la doctrina de la recapitulación, afirmando que Cristo, como el segundo Adán y el verdadero Israel, restaura lo que la humanidad y el Israel histórico perdieron por la desobediencia (Ireneo, 1992, p. 457). Estos Padres no solo veían a Cristo como un representante, sino como la consumación de la vocación de Israel, una perspectiva que Vlach y otros dispensacionalistas ignoran al aferrarse a una hermenéutica literalista.

Cristo no es un mero representante, Él es el verdadero Israel
El argumento de Vlach, aunque bien intencionado, se desmorona ante la evidencia bíblica y patrística. Cristo no solo representa a Israel, sino que lo redefine y cumple como el “verdadero Israel”, en quien las promesas de la alianza alcanzan su plenitud. Los paralelos tipológicos entre la vida de Jesús y la historia de Israel, junto con la exégesis del Nuevo Testamento y la tradición patrística, confirman que Cristo es la culminación de la vocación de Israel, no su mera restauración. Pretender que la identidad nacional de Israel permanece intacta es una lectura anacrónica que ignora la lógica redentora del Evangelio. En Cristo, Israel no es cancelado, sino gloriosamente consumado.

Bibliografía:
- Agustín. (1993). Sermones (III/6) (Sermo 190). Trad. P. Lang. Nueva York: New City Press.
- Beale, G. K. (2011). A New Testament Biblical Theology: The Unfolding of the Old Testament in the New. Grand Rapids, MI: Baker Academic.
- France, R. T. (2007). The Gospel of Matthew. Grand Rapids, MI: Eerdmans.
- Hays, R. B. (2016). Echoes of Scripture in the Gospels. Waco, TX: Baylor University Press.
- Ireneo. (1992). Against Heresies. En A. Roberts & J. Donaldson (Eds.), The Ante-Nicene Fathers (Vol. 1). Grand Rapids, MI: Eerdmans.
- Orígenes. (2001). Commentary on the Gospel According to Matthew. En T. C. Oden (Ed.), The Ancient Christian Commentary on Scripture (Vol. IX). Downers Grove, IL: InterVarsity Press.
- Wright, N. T. (1992). The New Testament and the People of God. Minneapolis, MN: Fortress Press.