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La validez del uso de los diversos géneros musicales en la adoración cristiana

Por Fernando E. Alvarado.

¿Baladas, salsa, merengue, rock, música clásica, reggae o reguetón? ¿cuál de estos géneros es apropiado en el culto cristiano? Estas preguntas frecuentemente surgen en la iglesia, generando debate sobre qué géneros musicales son «apropiados» para la adoración a Dios. Para responder, debemos reflexionar a la luz de las Escrituras y principios bíblicos.

En primer lugar, es esencial recordar que “de Jehová es la tierra y su plenitud” (Salmo 24:1). Todo lo que existe fue creado por Él y para Él. Según Colosenses 1:16, “porque en Él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; todo fue creado por medio de Él y para Él.” Además, Romanos 11:36 nos asegura que “de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén.”

La música, como expresión cultural, no escapa a este principio. No hay géneros musicales inherentemente «malos» o «propiedad del diablo». Más bien, la música es parte de la creación de Dios, destinada a glorificarlo. Lo que determina si una expresión musical es apropiada o no para la adoración es el contenido lírico, el contexto y la actitud del corazón al usarla.

No hay evidencia bíblica de que Dios aborrezca géneros específicos. Lo que Dios evalúa es el corazón de quienes lo adoran (1 Samuel 16:7). Si el propósito de un género musical es glorificar a Dios, edificar a la congregación y mantener un enfoque reverente hacia Él, puede ser usado en la adoración. Pablo exhorta: “Hacedlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31).

Más que debatir sobre ritmos o estilos, la iglesia debe centrarse en la intención y el propósito de la música en la adoración. La verdadera pregunta no es si un género es «apropiado», sino si lo usamos con un corazón puro para exaltar a Dios. Después de todo, toda creación, incluidos los ritmos y géneros musicales, pertenece a Dios y existe para glorificarlo.

La BIBLIA Y LA MÚSICA

La música ha sido desde tiempos inmemoriales una herramienta poderosa en la adoración y la alabanza a Dios. Sin embargo, el debate sobre la validez de usar diversos géneros musicales en la adoración cristiana sigue siendo un tema divisivo en muchos círculos. Como pentecostales, creemos que la música es un regalo divino y reconocemos que ésta ha acompañado a la humanidad desde sus primeros días.

En las Escrituras, encontramos pistas sobre su origen y propósito, revelando cómo Dios la diseñó como un medio para expresar adoración, comunión y belleza. Como pentecostales, creemos que la música no es simplemente una creación humana, sino una expresión profunda de la creatividad divina en nosotros. Tal concepto está plenamente grabado en nuestra teología de la adoración.

El libro de Génesis no menciona explícitamente la música en el relato de la creación, pero sí establece un principio fundamental: todo lo que Dios creó era bueno (Génesis 1:31). La capacidad humana para hacer música, como parte de la creación, refleja la imagen de Dios en nosotros, quien es el supremo Creador (Génesis 1:26). Este don creativo es una extensión de Su naturaleza, y la música es una forma de participar en Su obra creadora.

La primera referencia directa a la música aparece en Génesis 4:21, donde Jubal es descrito como «el padre de todos los que tocan arpa y flauta». Este pasaje nos da una idea de que la música surgió temprano en la historia humana, asociada con la habilidad de fabricar instrumentos y crear melodías. Jubal, descendiente de Caín, muestra que la música forma parte de la cultura humana, aunque no se limita a un contexto religioso. Esto subraya que la música es una capacidad dada por Dios, incluso en un mundo afectado por el pecado.[1]

Aunque Génesis menciona a Jubal, el uso de la música en adoración se desarrolla plenamente en otros pasajes bíblicos. Por ejemplo, Éxodo 15:1-21 relata el cántico de Moisés y María tras la liberación de Egipto. Este evento marca una de las primeras expresiones comunitarias de adoración musical registrada en la Biblia. Aquí, la música sirve para recordar las obras poderosas de Dios y para responder con gratitud.[2]

En los Salmos, encontramos una rica tradición musical que incluye alabanzas, lamentaciones y oraciones. David, conocido como el dulce cantor de Israel, empleó la música como un medio para expresar las profundidades de su relación con Dios (2 Samuel 23:1). Esta conexión entre música y espiritualidad demuestra que la música trasciende lo meramente cultural; es un puente hacia lo divino.[3]

La Biblia también muestra que la música tiene un lugar en la adoración celestial. En Apocalipsis 5:9-14, los redimidos y los ángeles cantan un cántico nuevo, alabando al Cordero por su obra redentora. Este pasaje nos recuerda que la música es eterna y forma parte de la adoración continua en la presencia de Dios.[4]

La música, según la Biblia, no es un invento humano sino un reflejo del carácter creativo de Dios en nosotros. Desde Jubal hasta los Salmos y las escenas celestiales, vemos que la música está profundamente entrelazada con la adoración y la comunión con Dios. Como pueblo pentecostal, abrazamos este don con gratitud, sabiendo que cada nota y melodía puede ser usada para glorificar al Creador. Buscamos que nuestra música sea siempre una expresión de adoración genuina en espíritu y verdad, apuntando a la gloria del único digno de alabanza.

Nosotros, como pentecostales, afirmamos que todos los géneros musicales pueden ser válidos si están dedicados a la exaltación del Señor y si cumplen con principios bíblicos y teológicos sólidos.

FUNDAMENTOS BÍBLICOS PARA LA DIVERSIDAD MUSICAL

En las Escrituras, encontramos una afirmación clara de que nuestro Dios, el Creador de toda la humanidad, no prescribe un único estilo musical para la adoración. En lugar de limitarnos a una expresión uniforme, la Palabra nos llama a una riqueza de formas y estilos que reflejan la diversidad de Su creación. El salmista proclama: “Alabadle con sonido de trompeta; alabadle con salterio y arpa. Alabadle con pandero y danza; alabadle con cuerdas y flautas. Alabadle con címbalos resonantes; alabadle con címbalos de júbilo” (Salmos 150:3-5). Esta exhortación no solo celebra la variedad instrumental, sino que también abre la puerta a diferentes expresiones culturales y artísticas de alabanza, presentándonos un enfoque inclusivo hacia el culto, reconociendo que cada instrumento puede ser santificado en la adoración a Dios.[5]

Al observar la adoración celestial en Apocalipsis, encontramos una visión gloriosa que nos desafía a abrazar la diversidad musical en la tierra. Apocalipsis 7:9-10 describe: “Después de esto miré, y había una gran multitud, que nadie podía contar, de toda nación, tribu, pueblo y lengua, que estaban delante del trono y en presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas y con palmas en las manos”. Este pasaje deja en claro que la adoración en el cielo refleja la rica diversidad cultural de los redimidos. Cada cultura trae consigo sus expresiones únicas, incluyendo su música. Esta escena no solo celebra la unidad en Cristo, sino también la belleza de la diversidad en la adoración celestial.[6]

En el Nuevo Testamento, Pablo también nos llama a una adoración inclusiva y diversa. En Colosenses 3:16, escribe: “Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza; instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón” (NVI). Aquí, Pablo menciona tres tipos de cantos, lo que implica una variedad estilística y funcional dentro de la adoración cristiana. Esta referencia muestra que la música en la iglesia primitiva no estaba limitada a una sola forma, sino que reflejaba la riqueza y profundidad del evangelio.[7]

La diversidad musical no solo es aceptada, sino celebrada por Dios, porque Él mismo es el autor de la creatividad. En Éxodo 15:20-21, vemos a Miriam liderando a las mujeres en una danza acompañada de panderos para alabar a Dios por Su liberación. Este evento marca un momento significativo en la historia de Israel, donde una expresión cultural particular es utilizada para exaltar a Dios. Del mismo modo, en 1 Samuel 16:23, el ministerio musical de David, quien tocaba el arpa, muestra cómo la música puede traer consuelo espiritual y conectar el corazón humano con la presencia de Dios. Estos ejemplos subrayan la función múltiple de la música en la Escritura: para adorar, celebrar, traer liberación y sanidad (1 Samuel 16:23) y hasta para motivar la manifestación de los dones carismáticos (2 Reyes 3:15).[8]

En nuestra tradición pentecostal, entendemos que el Espíritu Santo inspira y dirige nuestras expresiones de adoración. Hechos 2:4 describe el momento en que los primeros creyentes fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas “según el Espíritu les daba que hablasen”. Este acto sobrenatural de diversidad lingüística apunta a la inclusividad del evangelio y a la riqueza de las expresiones humanas cuando son guiadas por el Espíritu. Esto nos recuerda que la obra del Espíritu Santo siempre busca unir a las personas en la adoración, respetando y elevando sus culturas y formas de expresión.[9]

De este modo, la Biblia nos llama a abrazar una adoración que sea tan diversa como la creación misma. No se trata de imponer un estilo musical específico, sino de reconocer que Dios puede ser glorificado a través de una infinita variedad de expresiones musicales. Como iglesia, debemos valorar y fomentar la inclusión de diferentes estilos y géneros, reflejando así la unión y diversidad que caracterizan el reino de Dios.

PERSPECTIVA PATRÍSTICA SOBRE EL USO DE LA MÚSICA EN LA ADORACIÓN

La música siempre ha ocupado un lugar destacado en la historia de la Iglesia, desde sus comienzos hasta nuestros días. Los Padres de la Iglesia entendieron profundamente el poder transformador de la música cuando está bien dirigida. Agustín de Hipona, por ejemplo, declaró con pasión que “la música tiene el poder de elevar el alma hacia Dios”, siempre y cuando esta sea empleada con intención correcta y contenido edificante (Confesiones, Libro X, Capítulo 33). Este principio nos recuerda que no es el estilo musical lo que santifica la música, sino el corazón y la verdad teológica que ella transmite. Como Iglesia, deberíamos reflexionar sobre cómo nuestras propias tradiciones musicales cumplen con este ideal.

Ambrosio de Milán también enfatizó la importancia de la música en la adoración cristiana. A él se le atribuye la introducción de los himnos antifonales, los cuales no solo promovían la participación activa de los fieles, sino que también enseñaban doctrinas clave a través de melodías sencillas y profundas. En su obra De Officiis Ministrorum, Ambrosio afirmó que “la música en la Iglesia no solo debe ser un medio de deleite, sino un camino para contemplar lo eterno” (De Officiis Ministrorum, Libro II, Capítulo 23).

En el mismo sentido, Basilio de Cesarea declaró que los salmos, cuando son cantados, “suavizan el corazón endurecido y preparan al alma para recibir las verdades divinas” (Homilía sobre el Salmo 1). Esta perspectiva resalta la dimensión pedagógica y espiritual de la música en la adoración cristiana.

Durante la Reforma Protestante, los reformadores retomaron este legado patrístico y lo adaptaron a sus contextos. Martín Lutero, por ejemplo, compuso himnos como “Castillo fuerte es nuestro Dios”, utilizando melodías populares de su época. Lutero creía que la música, al estar impregnada de la Palabra de Dios, era una poderosa herramienta para la evangelización y el discipulado.[10] Esta adaptación de formas culturales contemporáneas al servicio del Evangelio nos desafía hoy a no despreciar los estilos actuales, sino a discernir cómo pueden ser instrumentos de glorificación a Dios.

En este debate moderno sobre qué estilos musicales son apropiados en la adoración, muchos olvidan que los himnos tradicionales que ahora consideramos sagrados fueron, en su tiempo, radicales y hasta escandalosos. Como pentecostales, abrazamos la diversidad musical porque creemos que el Espíritu Santo obra en cada generación, inspirando formas nuevas y relevantes de expresión. Tal como Pablo dijo en 1 Corintios 10:31: “Ya sea que coman o beban, o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” . Esto incluye la música.

Nosotros no defendemos estilos, defendemos un corazón que adore en verdad y en Espíritu (Juan 4:24). Cuando el contenido doctrinal y la intención están alineados con la Escritura, cualquier estilo puede ser un puente hacia lo divino. Así como los Padres de la Iglesia adoptaron herramientas culturales de su tiempo, nosotros también somos llamados a usar los recursos contemporáneos para proclamar el Evangelio de manera efectiva. ¡La adoración es un acto dinámico y vivo que debe reflejar la gloria del Dios eterno en cada generación!

ADORACIÓN QUE REFLEJA LA DIVERSIDAD DEL CUEPO DE CRISTO

Limitar la adoración cristiana a ciertos géneros musicales es un error teológico y cultural que distorsiona la universalidad del evangelio. La fe cristiana no está confinada a una cultura o época; por el contrario, el evangelio trasciende fronteras, llamando a todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas a alabar a Dios (Apocalipsis 7:9). Si el mensaje de Cristo es para todos, entonces nuestras expresiones de adoración también deben reflejar esta inclusividad.

Desde los primeros siglos del cristianismo, los Padres de la Iglesia enfatizaron la necesidad de contextualizar el evangelio en las culturas donde era predicado. Por ejemplo, Clemente de Alejandría escribió: “El Logos adapta su melodía divina a los oídos de los hombres” (Àloymenta, Stromata 1.5), sugiriendo que Dios se comunica en formas comprensibles para cada cultura. Esto nos desafía a considerar cómo los diferentes estilos musicales pueden ser herramientas poderosas para proclamar la verdad de Cristo.

Jesús mismo nos recordó que “el Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y en verdad” (Juan 4:23). Este principio esencial coloca el foco en la actitud del corazón y la fidelidad al mensaje, no en las preferencias estilísticas. El género musical, ya sea tradicional, contemporáneo, regional o global, debe ser juzgado por su capacidad para comunicar la verdad bíblica y fomentar una respuesta genuina de adoración.[11]

Aquellos que insisten en restringir la adoración a ciertos estilos caen en el error de un exclusivismo cultural que es contrarío al evangelio. Tal postura implica que solo ciertas culturas o tradiciones musicales son aceptables ante Dios, lo cual contradice el mensaje de inclusividad del evangelio.[12] En cambio, debemos recordar que todos los pueblos tienen algo único que ofrecer al Señor. Como dijo Agustín de Hipona: “Donde hay amor, allí está el canto de alabanza” (¡Enarrationes in Psalmos, Ps. 148), indicando que la adoración nace del corazón antes que de los instrumentos.

Es importante también reconocer que en la historia del cristianismo, los momentos de avivamiento y renovación espiritual han sido acompañados por innovaciones en la música. El movimiento pentecostal, por ejemplo, abrazó estilos musicales que reflejaban la diversidad cultural de sus participantes, desde los himnos tradicionales hasta la música gospel y los coros espontáneos. Este dinamismo musical no solo unificó a los creyentes, sino que también atrajo a los de afuera al experimentar la vibrante presencia de Dios.[13]

Nosotros, como iglesia, debemos abrazar una adoración que sea tan rica y diversa como el Cuerpo de Cristo. La música no es un fin en sí misma, sino un medio para expresar nuestro amor y devoción a Dios. Limitarla es limitar la obra del Espíritu Santo, quien inspira a los creyentes de todas las culturas a alabar al Señor con sus propios sonidos y voces. De hecho, el Salmo 150 nos invita a usar todo instrumento para alabar a Dios, desde el cuerno hasta los platillos resonantes (Salmo 150:3-5).

Como pentecostales, debemos desafiar cualquier tendencia que limite la adoración a géneros específicos y abrazar la rica variedad de expresiones musicales que glorifican a Dios. Como Tertuliano escribió: “No importa cómo alabemos, siempre que alabemos” (À Apologética, Cap. 39). Debemos procurar que nuestra adoración sea una expresión fiel de la verdad bíblica y un testimonio vibrante de la inclusividad del evangelio.

IDENTIDAD CULTURAL EN LA ADORACIÓN

Los ritmos utilizados en las iglesias protestantes históricas suelen proceder de un trasfondo cultural europeo, particularmente de tradiciones musicales reformadas. Estos ritmos se caracterizan por la sobriedad y la estructura formal, típicas de los himnos escritos durante la Reforma y el período post-reforma en Europa. Por ejemplo, los corales luteranos de Alemania, los salmos metrificados de Escocia y los himnos metodistas de Inglaterra reflejan un estilo que enfatiza la reverencia y el orden según los estándares culturales de su tiempo y lugar.

Sin embargo, imponer estos ritmos a comunidades cristianas no europeas constituye una forma de colonización religiosa y litúrgica. Al exigir que la adoración se ajuste a estas formas musicales, se despoja a los creyentes de su propia herencia cultural y se perpetúa una visión eurocéntrica del cristianismo. Esta práctica, en su esencia, niega la diversidad cultural que caracteriza a la Iglesia global, contradiciendo la riqueza de expresiones culturales y musicales con las que diferentes pueblos pueden alabar a Dios.

Curiosamente, muchos grupos protestantes históricos, particularmente los reformados, han criticado el uso de la música y la danza hebreas en la adoración cristiana, argumentando que representan una imposición cultural ajena. Su razonamiento se basa en la idea de que los cristianos no están llamados a adoptar prácticas judías, dado que no son judíos (en lo cual estamos de acuerdo). Sin embargo, esta lógica revela una contradicción: los mismos grupos que rechazan las expresiones culturales judías a menudo imponen las expresiones culturales europeas como normativas en la adoración, olvidando que estas también son ajenas a muchas comunidades cristianas en África, Asia y América Latina.

El cristianismo no tiene una cultura única; es un mensaje que trasciende contextos, adoptando y redimiendo las expresiones culturales de cada pueblo. Por lo tanto, los cristianos no tienen por qué adherirse exclusivamente a ritmos europeos o norteamericanos en la adoración. Cada comunidad debe expresar su alabanza a Dios de manera auténtica, utilizando los ritmos y géneros propios de su cultura.

Por lo tanto, imponer ritmos europeos o despreciar otros estilos de adoración no solo es un error cultural, sino también teológico. Es una invitación a reconocer que cada cultura tiene algo único que ofrecer a Dios en la adoración y que celebrar esta diversidad es una expresión del Reino de Dios.

TODO EXISTE POR ÉL Y PARA ÉL ¡INCLUSO LA MÚSICA Y SU DIVERSIDAD DE GÉNEROS!

Algunos argumentan que ciertos géneros musicales, como el rock o el rap, son inapropiados por su asociación con contextos seculares. Sin embargo, esta perspectiva no toma en cuenta la capacidad redentora del evangelio para transformar lo secular en sagrado. Pablo afirma: “Todas las cosas son puras para los puros” (Tito 1:15). Si el contenido de la música glorifica a Dios y edifica al cuerpo de Cristo, el estilo se convierte en un vehículo y no en un impedimento.

Otros objetan que los géneros musicales rítmicos pueden distraer en lugar de edificar. Si bien es cierto que cualquier forma musical puede ser mal utilizada, la clave está en el equilibrio y la intención. Los géneros rítmicos, como el gospel o el reggae, han sido utilizados poderosamente para inspirar fe y esperanza en comunidades cristianas alrededor del mundo.[14]

Como pentecostales, creemos que el Espíritu Santo inspira creatividad y diversidad en la adoración. Al aceptar y utilizar diferentes géneros musicales, reflejamos la riqueza del cuerpo de Cristo y la amplitud de su reino. La clave no está en el estilo musical, sino en si el género elegido lleva a los adoradores a una experiencia auténtica de encuentro con Dios. Que todo lo que respire alabe al Señor, ya sea con himnos tradicionales o con beats contemporáneos.

BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS

  • Agustín de Hipona. (1995). Confesiones (Vol. X). Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.
  • Agustín de Hipona. Enarrationes in Psalmos. En Obras completas. Biblioteca de Autores Cristianos.
  • Ambrosio de Milán. (2001). De Officiis Ministrorum. Nueva York: Fathers of the Church.
  • Arrington, F. L. (1998). The Acts of the Apostles: An Introduction and Commentary. Zondervan.
  • Basilio de Cesarea. (2003). Homilía sobre el Salmo 1. Londres: Oxford Early Christian Texts.
  • Biblia. (2015). Nueva Versión Internacional (NVI).
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  • González, J. L. (2015). Historia del cristianismo. Editorial Unilit.
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  • Santa Biblia. (1960). Reina-Valera 1960 (RVR1960).
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  • Wright, N. T. (2004). Paul for Everyone: The Prison Letters. Westminster John Knox Press, p. 112.

[1] Hamilton, V. P. (1990). The Book of Genesis: Chapters 1-17. Eerdmans, p. 234.

[2] Ryken, L. (2005). Exodus: Saved for God’s Glory. Crossway, p. 154.

[3] Brueggemann, W. (1984). The Message of the Psalms: A Theological Commentary. Augsburg Publishing House, p. 58.

[4] Mounce, R. H. (1997). The Book of Revelation. Eerdmans, p. 121.

[5] Kidner, D. (2008). Psalms 73-150: A Commentary. InterVarsity Press, p. 194.

[6] Mounce, 1998, p. 158.

[7] Wright, N. T. (2004). Paul for Everyone: The Prison Letters. Westminster John Knox Press, p. 112.

[8] Walton, J. H. (2009). Old Testament Theology for Christians: From Ancient Context to Enduring Belief. Zondervan, p. 247.

[9] Arrington, F. L. (1998). The Acts of the Apostles: An Introduction and Commentary. Zondervan, p. 324.

[10] Routley, E. (1982). The Music of Christian Hymns. Londres: Collins, p. 45.

[11] Westermeyer, P. (2016). The Heart of the Matter: Church Music as Praise, Prayer, Proclamation, Story, and Gift. Fortress Press, p. 53.

[12] González, J. L. (2015). Historia del cristianismo. Editorial Unilit, p. 132.

[13] Hollenweger, W. (1997). Pentecostalism: Origins and Development Worldwide. Hendrickson Publishers, p. 212.

[14] Hustad, D. (1993). Jubilate II: Church Music in Worship and Renewal. Hope Publishing Company, p. 213.

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