Por Fernando E. Alvarado.
Algunos cristianos (quizá más de la cuenta) confunden la denuncia profética con la política partidaria debido a la naturaleza integral de los valores del Reino de Dios, que abarcan todos los aspectos de la vida, incluyendo lo político y social.
Como cristianos (y particularmente como pastores y líderes eclesiásticos) estamos conscientes que la denuncia profética implica señalar injusticias y defender los principios bíblicos, pero cuando esto se mezcla con la política partidaria, puede llevar a una enemistad constante hacia el gobierno. Una enemistad a la cual no hemos sido llamados pero que, tristemente, hemos presenciado en demasiado en las actitudes de muchos pastores y líderes (basta con leer las editoriales de ciertos pastores en ciertos periódicos del país).

¿Con qué intenciones hacen tal cosa muchos líderes religiosos? Quizá con buenas intenciones, quizá con intenciones ocultas de carácter partidario. O quizá simplemente sea una confusión sobre el papel de los creyentes en relación con el poder político. Esta confusión surge cuando los cristianos interpretan su misión de denunciar injusticias como un mandato para oponerse activamente a las autoridades políticas, olvidando que la Biblia también enseña a respetar y orar por los gobernantes.
La clave está en mantener un equilibrio, denunciando las injusticias sin caer en la polarización política. A veces pareciera que muchos pastores y denominaciones aborrecen a sus gobernantes, haciendo del Estado (y sus representantes) el enemigo a vencer. ¿Es dicho comportamiento bíblico y correcto? No, no lo es. Al menos no desde la perspectiva cristiana. Tertuliano, Padre de la Iglesia, escritor y apologista cristiano, considerado el máximo representante de la literatura cristiana anterior a San Agustín, nos dice acerca de esto:
“El cristiano no es enemigo de nadie, y mucho menos del Emperador, de quien se sabe que ha sido designado por Dios, y por lo tanto no puede sino amarlo y honrarlo; y el cristiano ha de desear su bienestar junto con el imperio que reina». (𝑻𝒆𝒓𝒕𝒖𝒍𝒊𝒂𝒏𝒐, 𝑫𝒊𝒔𝒄𝒖𝒓𝒔𝒐 𝒂 𝑺𝒄𝒂́𝒑𝒖𝒍𝒂)

El consejo de la Palabra es claro:
«Toda persona debe someterse a las autoridades de gobierno, pues toda autoridad proviene de Dios, y los que ocupan puestos de autoridad están allí colocados por Dios. Por lo tanto, cualquiera que se rebele contra la autoridad se rebela contra lo que Dios ha instituido, y será castigado.» (Romanos 13:1-2, NTV)
«Exhorto, pues, ante todo que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.» (1 Timoteo 2:1-2, LBLA)
«Recuérdales a los creyentes que se sometan al gobierno y a sus funcionarios. Tienen que ser obedientes, siempre dispuestos a hacer lo que es bueno.» (Tito 3:1, NTV)
«Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey.» (1 Pedro 2:17, RVR1960)
En síntesis, los cristianos no deben vivir en constante riña y enemistad con las autoridades. Nuestra misión implica más bien un llamado a la paz y al respeto, incluso cuando se denuncian injusticias o se defienden principios bíblicos. Los cristianos debemos encontrar un equilibrio: honrar a las autoridades sin idolatrarlas (el pecado de unos) y vivir en paz sin comprometer sus principios (el error de otros).

En Mateo 22:21, Jesús dice: “Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”, subrayando la distinción entre la obediencia civil y la adoración divina. Si el «César» merece elogio ¿Por qué no dárselo? ¿Por qué siempre buscar lo malo en todo? Si el «César» falla, se lo haremos saber sin duda, ya que vivimos en una democracia y gozamos de libertad de expresión, pero ¿por qué caer en el juego partidista de siempre ver lo malo en todo lo que hace aquel cuya ideología política es diferente a la nuestra?
¿Tomaremos como excusa que nuestro presidente no profesa nuestra fe evangélica? ¡Cómo si los anteriores lo hubiesen sido! Ciro el Grande, rey de Persia, es un ejemplo notable de cómo Dios puede usar a personas fuera del pueblo de Dios para cumplir Sus propósitos. Aunque Ciro no era judío y practicaba el zoroastrismo, Dios lo llamó “mi pastor” y “mi ungido” en Isaías 44:28 y 45:11. Ciro permitió que los judíos regresaran a Jerusalén y reconstruyeran el templo, cumpliendo así una profecía bíblica.
Este ejemplo debería ser suficiente para subrayar que la religión no debe ser un pretexto para rechazar a un gobernante. La Biblia enseña que Dios puede usar a cualquier líder para llevar a cabo Su voluntad. Romanos 13:1-2 nos recuerda que todas las autoridades son establecidas por Dios, y debemos respetarlas y orar por ellas. ¿O es que los emperadores romanos de la época de Pablo eran cristianos y buenos gobernantes? No lo eran. Y sin embargo, a los cristianos se les llamó a honrar a tales gobernantes y reconocer que Dios puede obrar a través de cualquier líder, independientemente de su fe personal.
Reconozcamos qué Dios «controla el curso de los sucesos del mundo; él quita reyes y pone otros reyes. Él da sabiduría a los sabios y conocimiento a los estudiosos.» (Daniel 2:21, NTV).