Por Fernando E. Alvarado.
El uso de simbología judía, especialmente de banderas del Estado de Israel, en iglesias cristianas sigue siendo un fenómeno en aumento. La bandera del estado judío ha sido incorporada como parte inseparable de la decoración en los servicios religiosos de muchas iglesias, adornando los púlpitos y acompañando otros eventos como conciertos, desfiles, etc. Esto es particularmente visible en países como Estados Unidos (sede de movimientos como CUFI – Christians United for Israel), donde hay un fuerte movimiento cristiano que apoya políticamente a Israel y ve en la nación judía un cumplimiento de las profecías bíblicas.
Latinoamérica tampoco es ajena a este fenómeno, gracias al colonialismo teológico estadounidense (con su popular versión de dispensacionalismo sionista impuesto en LATAM), los evangélicos se declaran abiertamente pro-Israel ya que creen que Israel tiene un papel crucial en la escatología cristiana y, por lo tanto, muestran su apoyo a través de la exhibición de la bandera israelí en sus iglesias y reuniones
Si bien esta tendencia proisraelí en el movimiento evangélico refleja un deseo de profundizar en las raíces bíblicas y una solidaridad con el pueblo judío, es importante mantener un equilibrio y claridad teológica para no caer en el sincretismo ni entorpecer la misión global de la iglesia.

AMULETOS EN LA IGLESIA
El uso de símbolos de buena suerte es un fenómeno cultural universal que refleja la búsqueda humana de controlar el azar y atraer la prosperidad (Anderson, 2011). El maneki-neko, o gato de la suerte, por ejemplo, es un amuleto popular en la cultura japonesa y china. Se cree que su pata levantada invita a la buena fortuna y la prosperidad. Este símbolo se puede encontrar en tiendas, restaurantes y hogares, donde se le atribuye el poder de atraer clientes y riqueza (Ohashi, 2012).
Otra figura prominente es el Buda sonriente, conocido también como Hotei en la cultura china. Esta estatua se asocia con la felicidad, la abundancia y la plenitud espiritual. Se cree que frotar su barriga trae buena suerte, una práctica común en muchas culturas asiáticas (Eberhard, 2003).
En culturas occidentales, uno de los amuletos más conocidos es el trébol de cuatro hojas. Encontrar uno es considerado un signo de buena suerte debido a su rareza. Cada hoja del trébol, según la creencia popular, representa esperanza, fe, amor y suerte (Freeman, 2010).
En tanto que el anhelo de riqueza, salud, protección y buena suerte persistan como deseos del alma humana, el uso de amuletos de buena suerte, objetos mágicos para alejar el mal de ojo y otros símbolos esotéricos, seguirán siendo populares en nuestra sociedad moderna. Dichas prácticas o creencias supersticiosas se manifiestan incluso en contextos religiosos que históricamente han rechazado la superstición.
Los evangélicos no escapan de dicha tendencia. En los últimos años, algunos grupos cristianos han comenzado a utilizar símbolos judíos de maneras que recuerdan a los usos supersticiosos de amuletos en otras culturas. Por ejemplo, la bandera de Israel se ha convertido en un símbolo prominente en muchos servicios evangélicos y reuniones cristianas. Esta tendencia refleja una adaptación cultural y una reinterpretación de símbolos, donde la intención original se transforma para cumplir nuevas funciones dentro de un marco religioso diferente.
Aunque difícilmente será admitido por aquellos que ejercen tales prácticas, el uso de la simbología judía por algunos cristianos a menudo toma una forma que puede ser interpretada como supersticiosa. Este fenómeno se puede observar en eventos donde la bandera de Israel es ondeada no solo como una muestra de apoyo político, sino también con la esperanza de atraer bendiciones y protección divina. Y es que, por muy extraño que parezca, para muchos evangélicos el uso de banderas y otros símbolos judíos en los servicios de adoración cristianos gira alrededor de la siguiente idea supersticiosa: “Si bendigo a Israel, Dios me bendecirá a mí (lo cual implica prosperidad material, salud, protección, etc.)”. Esta práctica puede ser vista como una forma moderna de sincretismo, donde elementos de una fe son adoptados y transformados dentro de otro contexto religioso, a menudo con significados y usos alterados (Anderson, 2011).
Para un observador externo y objetivo, la incorporación de estos símbolos por parte de los evangélicos puede ser entendida como un intento de materializar la fe a través de objetos tangibles, similar a cómo se usan los amuletos en otras culturas para invocar la suerte o la protección. Esta apropiación puede ser interpretada como una forma de «magia simpática», donde se cree que el uso de un símbolo sagrado puede atraer las cualidades que representa (Frazer, 1995).
Otro símbolo adoptado es la Estrella de David (presente en la misma bandera israelí) que, como lo expliqué en un artículo anterior, es un símbolo de origen pagano y esotérico antes que judío, pero que algunos cristianos han comenzado a usar (¿inconscientemente?) como si de un talismán para la protección y la bendición se tratase. Este uso refleja una creencia de que la proximidad a los símbolos judíos puede traer favor divino, una idea que se asemeja a la función de los amuletos en otras culturas. Pero, ¿De dónde sacan los evangélicos dicha creencia?

BENDITO ERES SI BENDICES A ISRAEL
El eslogan «si bendices a Israel, serás bendito; si lo maldices, serás maldito» ha sido interpretada por muchos grupos evangélicos como una razón para apoyar fervientemente al Estado de Israel y adoptar simbología judía. Esta interpretación se basa en el pacto de Dios con Abraham en el Antiguo Testamento. Sin embargo, un examen más profundo de la Escritura revela que esta promesa se refiere a Cristo, la simiente de Abraham, y a la Iglesia, que es su cuerpo y el verdadero Israel de Dios.
La promesa original dada a Abraham se encuentra en Génesis 12:3: «Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3, RVR1960). Resulta evidente que esta promesa establece una bendición y maldición divina basada en la relación de las naciones con Abraham y su descendencia, pero eso está muy lejos de invitarnos a idolatrar a los judíos y su cultura. Tristemente, muchos grupos evangélicos interpretan esta promesa como un mandato perpetuo para apoyar al moderno Estado de Israel.
El apóstol Pablo, en su carta a los Gálatas, clarifica que la promesa hecha a Abraham se cumple en Cristo, quien es la simiente mencionada en la promesa. «Ahora bien, las promesas fueron hechas a Abraham y a su descendencia. No dice: ‘Y a las descendencias’, como refiriéndose a muchos, sino a uno: ‘Y a tu descendencia’, la cual es Cristo» (Gálatas 3:16, RVR1960). Para Pablo, la verdadera bendición de Abraham no se encuentra en una descendencia étnica, sino en Cristo mismo, quien es la verdadera simiente de Abraham. El pacto abrahámico no es judeocéntrico ni etnocentrista, es más bien cristocéntrico. Por extensión, la promesa se extiende también a la iglesia, el cuerpo de Cristo.
Pablo también enseña que los creyentes en Cristo, tanto judíos como gentiles, forman el verdadero Israel de Dios. En Gálatas 6:15-16, Pablo escribe: «Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación. Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios» (Gálatas 6:15-16, RVR1960). Aquí, el «Israel de Dios» se refiere a aquellos que son una nueva creación en Cristo, es decir, la Iglesia.
Malinterpretar estas verdades ha conducido a slgunos grupos evangélicos a apoyar a Israel al extremo de idolatrar la cultura y los símbolos judíos, adoptándolos de manera que puede considerarse supersticiosa. Esta práctica puede ser vista como una distorsión del verdadero mensaje bíblico, ya que la Escritura advierte contra la idolatría y el uso supersticioso de símbolos religiosos (Colosenses 2:16-17). En lugar de enfocarse en símbolos físicos, la fe cristiana debe centrarse en Cristo y en la transformación espiritual que Él ofrece.
La promesa de bendición y maldición dada a Abraham encuentra su cumplimiento en Cristo y en la Iglesia, el verdadero Israel de Dios: El que bendiga al Hijo, crea en Él y le obedezca, bendito será. El que maldiga al Hijo, se niegue a creer (y en esta categoría entra la mayoría del Israel étnico actual) y le desobedezca, estará bajo maldición y posará sobre Él el juicio y la ira de Dios. La iglesia, al ser el Israel de Dios, su actual pueblo escogido y nación santa, es bendita y para bendecir. El que la bendiga será bendito, quienes la maldigan, dañen o persigan incurrirán en maldición sobre sí, pues somos nosotros en Cristo los beneficiarios del Pacto Abrahámico. No necesitamos símbolos judíos para atraer la protección o el favor divino, o para que nos bendiga y nos haga prosperar ¡Ya somos benditos!
Aunque es importante respetar y reconocer la historia y la importancia de Israel en el plan de Dios, la fe cristiana debe evitar caer en la idolatría de símbolos culturales. En lugar de ello, los cristianos están llamados a enfocar su fe en Cristo y en vivir como una nueva creación en Él. Hay, sin embargo, otro aspecto en el cual el uso de simbología judía es nociva y entorpece el cumplimiento de la misión salvífica de la iglesia.

ENTORPECIENDO LA MISIÓN GLOBAL
El uso prominente de símbolos judíos, como la bandera de Israel, la Estrella de David y otros símbolos étnico-culturales en contextos cristianos puede ser visto como una muestra de parcialidad. La Biblia advierte contra la acepción de personas, enseñando que Dios no muestra favoritismo (Hechos 10:34-35). Al enfatizar excesivamente la simbología judía, las iglesias pueden dar la impresión de que ciertas culturas o identidades tienen un estatus preferente dentro del cristianismo. Esto contradice el principio de igualdad espiritual entre todos los creyentes, independientemente de su origen étnico (Gálatas 3:28, RVR1960).
Pero la iglesia tiene un mandato global, no etnocentrista. El etnocentrismo se manifiesta cuando un grupo considera su cultura y símbolos como superiores o más legítimos que los de otros. Al adoptar símbolos judíos y presentarlos como fundamentales para la fe cristiana, algunas iglesias pueden estar sugiriendo que la cultura judía es intrínsecamente más cercana a Dios. Esta percepción puede ser problemática y excluyente para los creyentes de otras culturas, quienes podrían sentir que su herencia cultural es menos valorada o incluso rechazada dentro de su comunidad religiosa (Sanders, 1999).
A la larga, este énfasis en símbolos judíos puede convertirse en un estorbo o tropiezo para creyentes de otras etnias. Pablo advierte en Romanos 14:13 contra poner tropiezos en el camino de otros creyentes. La imposición de símbolos culturales específicos puede alienar a miembros de la iglesia que no se identifican con esos símbolos, creando barreras innecesarias para la inclusión y la participación plena en la vida comunitaria de la iglesia (Romanos 14:13).
A lo anterior hemos de añadir una preocupación teológica importante: El énfasis excesivo en la simbología judía puede reducir la percepción de Yahvé a la de un simple dios tribal. Dios se revela en la Biblia como el Creador y Soberano de todas las naciones, no limitado a un solo grupo étnico o cultural (Salmo 24:1). Al centrarse desproporcionadamente en los símbolos judíos, se corre el riesgo de presentar a Dios como exclusivo de una cultura particular, en lugar de universal y accesible para todos (Oswalt, 2009).
Para muestra un botón: En muchas sociedades árabes y musulmanas, el conflicto israelí-palestino ha dejado cicatrices profundas y ha moldeado actitudes negativas hacia Israel y, por extensión, hacia cualquier muestra de apoyo a Israel. La exhibición de símbolos como la bandera de Israel en iglesias cristianas puede ser interpretada como una alineación política que refuerza estereotipos negativos y desconfianza (Said, 1997).
La apropiación cristiana de símbolos judíos como la menorá, la kipá, el talit, la estrella David o, peor aún, la mismísima bandera del Estado Judío, se vuelve en tales casos un obstáculo significativo para la predicación del Evangelio en estos entornos. No debemos perder de vista que el Evangelio debe ser presentado de una manera que sea culturalmente relevante y sensible para ser efectivo. Al asociar el cristianismo con el apoyo incondicional a Israel, se corre el riesgo de alienar a los potenciales convertidos musulmanes, quienes pueden ver esta postura como una traición a sus identidades culturales y políticas. Eventualmente, esto los llevaría a rechazar el Evangelio (Kraft, 2001).
Aunque a menudo los cristianos, y los evangélicos en particular, tienden a mostrar señales de islamofobia (lo cual de por sí es una grave falta de carácter cristiano), no podemos ignorar que el mandato bíblico de predicar el Evangelio a todas las naciones incluye a los musulmanes. Jesús enseñó la importancia de amar y alcanzar a todas las personas, sin distinción (Mateo 28:19-20). Si la iglesia da la impresión de favorecer a un grupo étnico sobre otro, se contradice el mensaje de inclusividad y amor universal del Evangelio. Pablo escribe en 1 Corintios 9:22, «Me he hecho todo a todos, para que de todos modos salve a algunos» (RVR1960), subrayando la necesidad de adaptarse culturalmente para no poner barreras innecesarias al Evangelio.
Para ser efectivos en la misión evangelizadora entre los musulmanes, las iglesias cristianas deben adoptar una postura de sensibilidad cultural y respeto. Esto implica evitar la exhibición de símbolos que puedan ser percibidos como ofensivos o alienantes. En su lugar, las iglesias deben enfocarse en los elementos universales del Evangelio que trascienden las divisiones culturales y políticas (Johnston, 2010). El uso de símbolos más neutrales y el énfasis en la humanidad común y la espiritualidad compartida pueden facilitar una mayor receptividad al mensaje cristiano.

EL EVANGELIO NO ES JUDÍO, ES UNIVERSAL
Como cristianos, miembros de una comunidad multiétnica y pluricultural, la cual está formada por “gente de todas las naciones, familias, razas y lenguas” (Apocalipsis 7:9, PDT), debemos recordar que nuestra identidad cristiana se basa en la fe en Jesucristo y en su obra redentora, unificándonos en su amor y gracia más allá de las prácticas culturales y religiosas específicas, así provengan de la mismísima nación judía.
“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero. Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios, diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.” (Apocalipsis 7:9-12).
Este pasaje es más que un texto de relleno en el complejo libro de Apocalipsis. Dicho pasaje nos presenta una visión poderosa que invita a abandonar la percepción de Yahvé como un dios exclusivamente tribal o nacionalista, y en cambio, nos muestra su carácter como Dios de todas las etnias y pueblos. En él se nos describe una escena celestial donde una multitud inmensa de personas, representando todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas, está reunida delante del trono de Dios y del Cordero. La imagen de esta multitud diversa y numerosa muestra claramente que la salvación y la presencia de Dios no se limitan a un grupo étnico o nacional específico, sino que abarcan a personas de todas las culturas y orígenes.
Apocalipsis nos invita a entender a Yahvé como el Dios universal que trasciende las fronteras étnicas y culturales, mostrando su amor y su redención para toda la humanidad. Esta visión tiene implicaciones profundas para el entendimiento cristiano de la inclusión y la universalidad del mensaje divino, promoviendo una fe que celebra la diversidad étnica y cultural de la iglesia y su unidad en Cristo. Cristo vino a redimir un pueblo de todos los pueblos, y ser soberano de un reino que reemplazará a todos los reinos, no a convertirnos a todos en judíos (Lewis, 1990). ¿Por qué deberíamos nosotros buscar lo opuesto?

FUENTES:
- Anderson, M., Religious Syncretism: A Cognitive Explanation. Journal of Cognitive and Social Psychology, 2011.
- Eberhard, W., A Dictionary of Chinese Symbols: Hidden Symbols in Chinese Life and Thought. Routledge, 2003.
- Frazer, J. G., The Golden Bough: A Study in Magic and Religion. Dover Publications, 1995.
- Freeman, M. The Book of Luck: A Guide to Success, Fortune, Palmistry and Astrology. Barnes & Noble, 2010.
- Johnston, G., The Insider Movement: How Insider Movements Serve Muslim Contexts. Mission Frontiers, 2010.
- Kraft, C. H., Culture, Communication, and Christianity: Insights from Anthropology for Theological Educators. William Carey Library, 2011.
- Ohashi, M., The Charm of the Maneki-neko: Feline Symbols of Good Fortune in Japan and Beyond. Japan Society, 2012.
- Oswalt, J. N., The Bible among the Myths: Unique Revelation or Just Ancient Literature? Zondervan, 2009.
- Said, E. W., Covering Islam: How the Media and the Experts Determine How We See the Rest of the World. Vintage Books, 1997.
- Sanders, E. P., Paul and Palestinian Judaism: A Comparison of Patterns of Religion. Fortress Press, 1999.