Por Fernando E. Alvarado.
“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.” (Mateo 5:5)
La palabra traducida como manso en Mateo 5:5 es πραΰς (praús), cuyo significado es apacible, pacífico, humilde, manso.[1] En las Escrituras Hebreas, la palabra manso se traduce del vocablo עָנָו (anáv) que significa de mente gentil, humilde, manso.[2] La primera vez que dicha palabra aparece en la Escritura es en Números 12:3 para describir a Moisés como alguien humilde, sencillo y abnegado, aún cuando María y Aarón, sus hermanos, lo atacaron sin misericordia y cuestionaron su autoridad: “¿Solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿No ha hablado también por nosotros?”. Tal lenguaje puso en evidencia el orgullo y la altanería de sus corazones, su propia búsqueda y deseo del honor. Como la antítesis de esto leemos: “Y aquel varón Moisés era muy manso”. Esto quiere decir que estaba motivado por un espíritu totalmente contrario al espíritu de su hermano y de su hermana.
Moisés, aquel varón descrito como “muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra” (Números 12:3) probó su mansedumbre al perdonar a sus hermanos y olvidar la ofensa, llegando incluso interceder por ellos suplicando el perdón del Dios y la remisión del castigo para sus ofensores (Números 12:13). Cristo mismo, quien fue manso y humilde de corazón (Mateo 11:29), nos dio el ejemplo: “Angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero… enmudeció, y no abrió su boca… [Cristo] derramó su alma hasta la muerte y con los transgresores fue contado. Llevando Él el pecado de muchos, e intercediendo por los transgresores” (Isaías 53:7, 12). Ser manso, pues, implica aprender a perdonar, a veces callar, olvidar e incluso interceder por aquellos que nos dañan u ofenden.

Pero hay algo más que implica ser manso y humilde. De acuerdo con Hebreos 11:24–26, Moisés le dio la espalda a los honores mundanales y a las riquezas terrenales, escogió a propósito la vida de un peregrino por encima de la de un príncipe de Egipto. Eligió el desierto sobre el palacio. Al igual que Moisés, aquél que es manso puede ordenar sus prioridades y estimar como poca cosa los bienes y placeres de este mundo, sabiendo adaptarse sin amargura ante las circunstancias de la vida por las cuales Dios le haga pasar: “Y ciertamente, aún estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo […] he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 3:8; 4:11-13). Para Moisés y para Pablo, ser manso implicó darle la espalda a los honores mundanales y a las riquezas terrenales ¡Todo por la causa de Cristo!
La humildad de Moisés se ve otra vez cuando Jehová se le apareció por primera vez en Madián y lo comisionó para que sacara a su pueblo de Egipto. “¿Quién soy yo,” dijo, “para que vaya [yo] a Faraón, y [yo] saque de Egipto a los hijos de Israel?” (Éxodo 3:11). ¡Qué sencillez comunican estas palabras! Sin duda Moisés no tenía un elevado concepto de sí mismo. Y es que aquel en quien el Espíritu de Dios ha obrado, al producir un sentimiento de insignificancia y de necesidad, descubre su pequeñez ante la grandeza de Dios. Entonces le será fácil actuar como Cristo. “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.” El creyente ejercitado en la mansedumbre y la humildad no tendrá “más alto concepto de sí mismo que el que debe tener, sino que [pensará] de sí con cordura…” (Romanos 12:3
Aquel que es manso es también aconsejable, dócil ante la corrección: “Aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo; y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde. Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde? Y Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen asuntos, vienen a mí; y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes. Entonces el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo, tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo. Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por donde deben andar, y lo que han de hacer. Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar. Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo.” (Éxodo 28:13.24)
¿Qué tan fáciles de aconsejar somos nosotros? ¿o creemos, más bien, que lo sabemos todo y que nadie está a nuestra altura para darnos un consejo o hacernos una sugerencia? Cuando Naamán se inclinó ante la humilde palabra del siervo de Dios fue curado de su lepra. De la misma manera, cuando el pecador reconoce su insignificancia, se le muestra el favor divino. Esa persona recibe la bendición divina: “Bienaventurados los mansos”. Pues está escrito, “Porque Jehová tiene contentamiento en su pueblo; hermoseará a los humildes con la salvación” (Salmos 149:4). ¡Dios se goza en los mansos y humildes! Y la mansedumbre trae consigo promesa de bendición.
Cuando afirmó: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”, nuestro Señor se estaba refiriendo a Salmos 37:11 y lo estaba aplicando. Dicha promesa tiene tanto un significado literal como espiritual: “Pero los mansos heredarán la tierra, y se recrearán con abundancia de paz”. Mientras que la aplicación principal de la tercera bienaventuranza es la humildad del alma que se inclina ante el camino de la salvación de Dios, no se debe limitar a eso. Los mansos son los que más disfrutan las cosas buenas de la vida presente. Liberados de un espíritu codicioso y aprehensivo, están contentos con las cosas que tienen. “Mejor es lo poco del justo, que las riquezas de muchos pecadores” (Salmos 37:16). El contentamiento de la mente es uno de los frutos de la mansedumbre del espíritu. Los orgullosos y descontentos no “heredarán la tierra”, aunque puedan poseer muchas hectáreas aquí. El cristiano humilde tiene mucho más contentamiento con una cabaña que el malvado con un palacio. “Mejor es lo poco con el temor de Jehová, que el gran tesoro donde hay turbación” (Proverbios 15:16).

De los mansos se afirma: “ellos recibirán el terreno por heredad”, y heredar la tierra es volverse herederos del mundo, herederos de Dios y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Es ser “[bendecidos] con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Efesios 1:3), gozar esa paz y descanso verdaderos que solo experimentaremos cuando el Reino de los cielos descienda a la tierra y lo llene todo. Los mansos quizá sufran un poco en este mundo pecaminoso pero, al fin de cuentas, van a heredar la “tierra nueva, [en la cual] mora la justicia” (2 Pedro 3:13). La pregunta es ¿somos nosotros mansos y humildes?
FUENTES CONSULTADAS:
[1] James Strong, Nueva concordancia Strong exhaustiva: Diccionario (Nashville, TN: Caribe, 2002), 70.
[2] James Strong, Nueva concordancia Strong exhaustiva: Diccionario (Nashville, TN: Caribe, 2002), 101.