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Adoración verdadera: libre, trinitaria y carismática

Por Fernando E. Alvarado

La adoración es la ocupación más alta de la Iglesia y cumple el propósito final por el cual el pueblo de Dios es redimido. Las Escrituras nos enseñan que la adoración genuina glorifica a Dios y da testimonio al mundo. El Señor declara: ‘Este pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará’ (Isaías 43.21). El Nuevo Testamento expresa un sentimiento similar: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios; para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2,9).

El escritor de Hebreos insiste en que debemos “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.” (Hebreos 13:15). En su visión del trono de Dios, Juan el Revelador ve la gran multitud de los que habían sido redimidos por la ‘sangre del Cordero’, y su actividad constante es estar delante del trono de Dios, y adorarle (λατρεύω) día y la noche en su templo, (Apocalipsis 7.14-15).

Para los pentecostales la adoración “es el lugar donde la gloria del Señor se revela con poder y donde las personas se transforman por el bien del reino de Dios”.[1] La adoración es relevante; y, por lo tanto, nuestra teología de la adoración es digna de consideración y formulación académica.

Para nadie es un secreto que el movimiento pentecostal ha transformado radicalmente el cristianismo en los últimos 100 años. Muy a menudo se ha argumentado que la “contribución más importante” del pentecostalismo a la tradición cristiana más amplia ha sido en la “esfera de la liturgia y la predicación”, es decir, en la práctica del culto.[2] Al explicar el fenomenal crecimiento del pentecostalismo, diversos eruditos coinciden en que «el motor del pentecostalismo es su adoración».[3] De hecho, nuestra forma de adorar afecta nuestra comprensión de la naturaleza y los atributos de Dios, la antropología, la soteriología, la pneumatología y la escatología.

Desde sus inicios, los pentecostales hemos descrito nuestro movimiento como una restauración que continúa la obra de la Reforma, el avivamiento wesleyano y el movimiento de sanidad divina. Lutero restauró la doctrina de la justificación por la fe; Wesley restauró la doctrina de la santificación; y el movimiento de sanidad restauró la doctrina de la sanidad en la expiación. Además, el avivamiento pentecostal restauró la doctrina del bautismo del Espíritu y los dones espirituales.[4]

Los eruditos pentecostales, por lo tanto, han gastado una energía considerable en articular nuestra teología del evangelio completo: que Jesús es el salvador, el sanador, el que bautiza con su Espíritu y el rey que pronto vendrá. Sin embargo, nuestros teólogos se han centrado en las doctrinas mismas mientras que, en su mayor parte, dan por sentado el contexto de la teología pentecostal, que es la adoración. Es en el contexto de la adoración que las personas son salvas, santificadas, bautizadas en el Espíritu, sanadas y llenas de la esperanza de la venida de Cristo.

Mantener nuestras doctrinas en papel no es suficiente: debemos ponerlas en práctica. El centro de la adoración pentecostal es la presencia y la actividad del Espíritu Santo, y “a menos que nos atrevamos a afirmar que el cristianismo se fosilizó en el primer siglo, debemos afirmar que el Espíritu todavía está hablando a las iglesias”.[5]

Así pues, la adoración llena del Espíritu está marcada y caracterizada por una vívida conciencia de la presencia de Dios y la actividad del Espíritu Santo dentro de las vidas de los santos y dentro del contexto de la experiencia de adoración.[6] El objetivo más importante de cualquier servicio de adoración pentecostal es un encuentro personal con el Espíritu de Dios.[7] Este encuentro a menudo incluirá la manifestación de dones espirituales, y los adoradores experimentarán ‘el Espíritu como poder transformador’.[8]

Con respecto a la adoración genuina, Jesús declara: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.” (Juan 4:23). Y

adorar “en Espíritu” se refiere al Espíritu Santo, no al espíritu humano. El Espíritu es el poder creador y vivificante de Dios, que, como el viento, “sopla por donde quiere” (Juan 3:8) y no puede ser confinado a ningún lugar. El verdadero culto corresponde al Dios que es adorado y por tanto se realiza en, y a través, del Espíritu divino. Es una adoración en la cual el Espíritu se mueve con libertad y es soberano.[9]

Así, el Espíritu es tanto el medio como el lugar de la adoración. La adoración debe ser en el Espíritu, porque “el Espíritu es el modo de comunicación de Dios” con la humanidad.[10] Además, adoración “en Espíritu” implica “adoración carismática”.[11]

La verdadera adoración, sin embargo, no es solo “en Espíritu” sino “en Espíritu y Verdad”. John Christopher Thomas señala que en el Evangelio de Juan, Jesús es la Verdad.[12] Él es “lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:15, 17). Jesús dice la verdad y da testimonio de la verdad (Juan 8:40, 45, 46; 18:37). De hecho, Jesucristo es la Verdad. Él es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Juan 14:6). La adoración corresponde también a la verdad y en el Evangelio de Juan la verdad es ante todo la revelación de Dios en Jesús (Juan 14:6; 17:17). Puesto que Jesús es el dador del Espíritu y la encarnación de la verdad, la adoración en Espíritu y en verdad es también adoración centrada y mediada por Jesús.[13] Por lo tanto, los que adoran en verdad están adorando al Padre en el Espíritu y en verdad (Jesús). Así, la declaración de Jesús insinúa el hecho de que la verdadera adoración involucra a toda la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.[14]

La verdadera adoración “es la adoración que está dinámicamente animada por el Espíritu Santo de Dios”.[15] Sin el Espíritu Santo, la verdadera adoración es imposible de lograr. La verdadera adoración es iniciada por el Espíritu Santo, guiada por el Espíritu Santo, e inspirada por el Espíritu Santo. En efecto, el Espíritu Santo nos permite tener comunión con Dios. Pablo reconoce la importancia del Espíritu en la adoración; y escribe: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.” (Filipenses 3:3). Sin el Espíritu Santo, no tenemos la capacidad de adorar a Dios aceptable o libremente. La carne humana es débil e incapaz de adoración. Solo ‘en el Espíritu’ podemos verdaderamente adorar a Dios.

Nosotros sabemos que Jesús es la Verdad, pero el Espíritu también es la Verdad. El Espíritu y la Verdad están íntimamente conectados. Jesús enseñó a sus discípulos que el Espíritu Santo es el “Espíritu de la Verdad”. Jesús dice: “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros […] Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí.” (Juan 14:16-17; 15:26). Además, como Espíritu de la Verdad, el Espíritu nos guiará a la Verdad y nos enseñará todas las cosas:

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.” (Juan 16:13).

“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.” (Juan 14:26).

En resumen, “la verdadera adoración para Juan es adoración en términos de Jesús, inspirada por el Espíritu de Jesús y según la verdad revelada en Jesús”.[16]  ¡Sin la presencia activa, real y carismática del Espíritu no hay verdadera adoración!

REFERENCIAS:


[1] Mark J. Cartledge, Encountering the Spirit: The Charismatic Tradition (Traditions  of Christian Spirituality Series; Maryknoll, NY: Orbis Books, 2006), p. 51. 

[2] Walter J. Hollenweger, The Pentecostals: The Charismatic Movement in the Churches  (Minneapolis, MN: Augsburg Pub. House, 1st U.S. edn, 1972), p. 466.

[3] Donald E. Miller and Tetsunao Yamamori, Global Pentecostalism: The New Face  of Christian Social Engagement (Berkeley, CA: University of California Press, 2007),  p. 23.

[4] French L. Arrington, ‘Spiritual Gifts as Normative for Public Worship’, in R.  Keith Whitt and French L. Arrington (eds.), Issues in Contemporary Pentecostalism  (Cleveland, TN: Pathway Press, 2012), pp. 211-22.

[5] William MacDonald, ‘Temple Theology’, PNEUMA 1.1 (Spring 1979), p.  48.

[6] Johnathan E. Alvarado, ‘Worship in the Spirit: Pentecostal Perspectives on  Liturgical Theology and Praxis’, JPT 21.1 (2012), p. 143. 

[7] 9 R. Jerome Boone, ‘Community and Worship: Key Components of Pentecostal Christian Formation’, Journal of Pentecostal Theology 8 (1996), pp. 137.

[8] Boone, ‘Community and Worship’, p. 138.

[9] Andrew T. Lincoln, The Gospel according to Saint John (Black’s New Testament  Commentary; London: Continuum, 2005), pp. 177-78 (emphasis original). 

[10] James D. G. Dunn, Jesus and the Spirit: A Study of the Religious and Charismatic Experience of Jesus and the First Christians as Reflected in the New Testament (Wm. B. Eerdmans Publishing Co., 1997), p. 353.

[11] Dunn, Jesus and the Spirit, p. 353.

[12] John Christopher Thomas, ‘The Spirit in the Fourth Gospel: Narrative Explorations, en Terry L. Cross and Emerson B. Powery (eds.), The Spirit and the  Mind: Essays in Informed Pentecostalism (Lanham, MD: University Press of America,  2000), pp. 87-104

[13] Lincoln, The Gospel according to Saint John, pp. 178. 

[14] Ambrosio, On the Holy Spirit, 3.11.82, 85 (NPNF 2.10),

[15] Gary M. Burge, Interpreting the Gospel of John: A Practical Guide (Baker Academic, 2013), p. 147.

[16] Dunn, Jesus and the Spirit, p. 354

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