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El Catecismo de Heidelberg, una perspectiva arminiana (I)

𝙋𝙤𝙧 𝙁𝙚𝙧𝙣𝙖𝙣𝙙𝙤 𝙀. 𝘼𝙡𝙫𝙖𝙧𝙖𝙙𝙤

¿Sabías que la Hermandad Remonstrante (en neerlandés: de Remonstrantse Broederschap) es un miembro de pleno derecho de la Alianza Reformada Mundial? Esto resulta sumamente curioso si consideramos que “La Hermandad Remonstrante” es el nombre dado a aquellos protestantes de los Países Bajos que, tras la muerte de Jacobo Arminio, mantuvieron las creencias asociadas a su nombre y que en 1610 presentaron a los Estados Generales (el parlamento) de Holanda y de Frisia una protesta (remonstrance en inglés) en cinco artículos formulando los puntos en que diferían con el calvinismo estricto. Dicho de otra manera, la Hermandad Remonstrante no sólo es abiertamente arminiana, siendo la expresión original de las ideas de Arminio, sino que además es considerada una iglesia reformada en todo el sentido de la Palabra por los mismísimos herederos de Calvino. La Alianza Reformada Mundial (de la cual es miembro la Hermandad Remonstrante) es una asociación religiosa que reúne a más de 200 denominaciones y congregaciones cristianas cuyas raíces se remontan al calvinismo de la Reforma Protestante del siglo XVI. Su sede central se encuentra en Ginebra (Suiza) y cuenta con más de 75 millones de cristianos en más de 100 países en todo el mundo. La ARM incluye en sus filas a creyentes pertenecientes a las iglesias Congregacional, Presbiteriana, Reformadas y Unidas, todas ellas calvinistas, excepto una: La Hermandad Remonstrante, una denominación cuya soteriología es arminiana clásica o reformada.

Pero las sorpresas no terminan ahí. ¿Sabías que Jacobo Arminio vivió y murió  considerándose a sí mismo un fiel reformado? Probablemente no, ya que Jacobo Arminio es más bien conocido por ser el fundador del arminianismo, la escuela de teología protestante reformada que muchos etiquetan como “anticalvinista.” Esto, sin embargo,  no es del todo cierto, ya que a pesar de su rechazo a ciertos aspectos específicos de la teología reformada, Arminio jamás se consideró enemigo de la Reforma. Por el contrario, Arminio se consideraba un fiel creyente reformado. Contrario a lo que muchos afirman, él jamás pretendió formar una iglesia independiente y separada de la Iglesia Reformada. Arminio más bien buscaba “reformar” dicha iglesia y corregir lo que él consideró excesos teológicos en el calvinismo de su época. De hecho, Arminio afirmó en varias ocasiones adherirse doctrinalmente a la Confesión Belga y al Catecismo de Heidelberg, dos de las Tres Formas de la Unidad de las Iglesias Reformadas. Pero, ¿De qué tratan dichos documentos?

Durante las siguientes semanas te invito a estudiar el Catecismo de Heidelberg, una de las Tres Formas de la Unidad de las Iglesias Reformadas a la cual Arminio afirmó adherirse. Analizaremos cada una de las 52 secciones a la luz de la Palabra y la cosmovisión arminiana. Al hacerlo podremos determinar porqué Arminio se adhería a tal Catecismo y qué aspectos del mismo buscaba revisar, corregir o reinterpretar.

𝗖𝗔𝗧𝗘𝗖𝗜𝗦𝗠𝗢 𝗗𝗘 𝗛𝗘𝗜𝗗𝗘𝗟𝗕𝗘𝗥𝗚 — 𝗣𝗥𝗜𝗠𝗘𝗥𝗔 𝗣𝗔𝗥𝗧𝗘 (𝗠𝗜𝗦𝗘𝗥𝗜𝗔)

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 1

¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Que no me pertenezco a mí mismo (1 Cor. 6:19-20), sino que pertenezco–en cuerpo y alma, en la vida y en la muerte (Rom. 14:7-9)—a mi fiel Salvador, Jesucristo (1 Cor. 3:23; Tito 2:14), quien pagó por completo todos mis pecados con su preciosa sangre (1 Pedro. 1:18-19; 1 Juan 1:7-9; 2:2) y me ha liberado de la tiranía del diablo (Juan 8:34-36; Heb. 2:14-15; 1 Juan 3:1-11). También cuida de mí de tal manera (Juan 6:39-40; 10:27-30; 2 Tes. 3:3; 1 Pedro. 1:5) que ni un solo cabello de mi cabeza puede caer sin la voluntad de mi Padre que está en el cielo (Mat. 10:29-31; Lc. 21:16-18); por cierto, es necesario que todas las cosas colaboren para mi salvación (Rom. 8:28). Porque pertenezco a Cristo, él mediante su Espíritu me asegura la vida eterna (Rom. 8:15-16), y me hace completamente dispuesto y listo para vivir para él de ahora en adelante.

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 2

¿Qué debes saber para vivir y morir en el gozo de esta consolación?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Tres cosas: primero, cuán grandes son mi pecado y mi miseria (Rom. 3:9-10; 1 Juan 1:10); segundo, de qué manera soy librado de todos mis pecados y miseria (Juan17:3; Hch. 4:12; 10:43); y tercero, cómo voy a agradecerle a Dios por tal liberación (Mat. 5:16; Rom. 6:13; Ef. 5:8-10; 2 Tim. 2:15; 1 Pedro. 2:9-10).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 3

¿Cómo llegas a conocer tu miseria?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

La ley de Dios me la da a conocer (Rom. 3:20; 7:7-25)

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 4

¿Qué nos exige la ley de Dios?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Cristo nos lo enseña de manera concisa en Mateo 22:37-40: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente (Dt. 6:5). Éste es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo es similar: Ama a tu prójimo como a ti mismo (Lv. 19:18). De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”.

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 5

¿Puedes vivir a la altura de todo esto de manera perfecta?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

No (Rom. 3:9-20, 23; 1 Juan 1:8, 10). Tengo una tendencia natural a odiar a Dios y a mi prójimo (Gen. 6:5; Jer. 17:9; Rom. 7:23-24; 8:7; Ef. 2:1-3; Tito 3:3).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 6

¿Creó Dios a la gente tan mala y perversa?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

No. Dios los creó buenos (Gen. 1:31) y a su propia imagen (Gen. 1:26-27), es decir, en verdadera justicia y santidad (Ef. 4:24), para que verdaderamente conocieran a su creador (Col. 3:10), lo amaran de todo corazón, y vivieran con él en felicidad eterna, para alabarle y glorificarle (Sal. 8).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 7

¿De dónde proviene entonces esta naturaleza humana corrompida?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Proviene de la caída y desobediencia de nuestros primeros padres, Adán y Eva, en el paraíso (Gen. 3). Esta caída ha envenenado de tal manera nuestra naturaleza (Rom. 5:12, 18-19) que todos somos concebidos y nacidos en una condición pecaminosa (Sal. 51:5).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 8

¿Pero estamos tan corrompidos que somos totalmente incapaces de hacer ningún bien e inclinados a todo mal?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Sí (Gen. 6:5; 8:21; Job 14:4; Isa. 53:6), a menos que seamos renacidos por el Espíritu de Dios (Juan 3:3-5).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 9

¿Pero no es Dios injusto cuando nos exige en su ley que hagamos lo que no podemos cumplir?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

No, Dios creó a los seres humanos con la habilidad de cumplir con la ley (Gen. 1:31; Ef. 4:24). Pero al ser provocados por el diablo (Gen. 3:13; Juan 8:44) y a causa de su desobediencia voluntaria (Gen. 3:6), se despojaron a sí mismos y a toda su descendencia de estos dones (Rom. 5:12, 18, 19).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 10

¿Permite Dios que tal desobediencia y rebelión quede sin castigo?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Ciertamente que no. Dios está terriblemente airado contra el pecado con que nacemos y los pecados que cometemos personalmente. Como juez justo, Dios castigará ambos pecados tanto ahora como en la eternidad (Ex. 34:7; Sal. 5:4-6; Nah. 1:2; Rom. 1:18; Ef. 5:6; Heb. 9:27), habiendo declarado: “Maldito sea todo aquel que no practica fielmente todo lo que está escrito en el libro de la ley” (Gal. 3:10; Dt. 27:26).

𝗣𝗥𝗘𝗚𝗨𝗡𝗧𝗔 11

¿Pero no es Dios también misericordioso?

𝗥𝗘𝗦𝗣𝗨𝗘𝗦𝗧𝗔

Dios es ciertamente misericordioso (Ex. 34:6-7; Sal. 103:8-9), pero también es justo (Ex. 34:7; Dt. 7:9-11; Sal. 5:4-6; Heb. 10:30-31). La justicia de Dios demanda que el pecado que se ha cometido en contra de su suprema majestad sea castigado con la pena máxima, el castigo eterno de cuerpo y alma (Mt. 25:35-46).

UNA PERSPECTIVA ARMINIANA

El arminianismo clásico o reformado concuerda en su totalidad con las afirmaciones hechas en las preguntas y respuestas 1-7, 10 y 11 del Catecismo de Heidelberg. Sin embargo, es necesario clarificar lo expresado en las preguntas y respuestas 8-9 del mismo.

La pregunta 8 del Catecismo de Heidelberg nos invita a cuestionarnos: “¿Estamos tan corrompidos que somos totalmente incapaces de hacer ningún bien e inclinados a todo mal?” Y luego responde: “Sí (Gen. 6:5; 8:21; Job 14:4; Isa. 53:6), a menos que seamos renacidos por el Espíritu de Dios (Juan 3:3-5)”. Es importante aclarar que los arminianos concordamos plenamente con dicha afirmación. Entonces, ¿por qué necesitamos aclarar aún más este punto? Porque a menudo se nos acusa de negar la doctrina de la depravación total del hombre. A diferencia del pensamiento común entre los calvinistas, Arminio y los primeros remonstrantes no negaron la Depravación Total. Arminio escribió:

“En este estado [tras la Caída] el libre albedrío del hombre hacia el verdadero bien no solo está herido, tullido, enfermo, deformado y debilitado, sino también encarcelado, destruido y perdido. Y, hasta que llega la asistencia de la Gracia, sus poderes no sólo están debilitados e inútiles, sino que no existen excepto cuando los estimula la Gracia Divina: Puesto que Cristo ha dicho: ‘Separados de mí, nada podéis hacer’… Cristo no dice, ‘separados de mí no podéis hacer más que unas pocas cosas’, ni tampoco, ‘separados de mí no podéis hacer ninguna cosa difícil’, o ‘separados de mí vais a tener muchas dificultades para hacer las cosas’. Lo que dice es ‘separados de mí nada podéis hacer’…” (Jacobo Arminio, Disputation 11, On The Free Will of Man and its Powers, en The Works of James Arminius, 2:192).

Los arminianos clásicos creemos que la caída produjo en los seres humanos un estado de depravación. Pablo habló de aquellos “teniendo cauterizada la conciencia” (1 Timoteo 4:2) y aquellos cuyas mentes se obscurecen espiritualmente como resultado de rechazar la verdad (Romanos 1:21). En este estado, el hombre es totalmente incapaz de hacer o elegir lo que es aceptable a Dios, aparte de la gracia divina. “La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo” (Romanos 8:7, NVI). El tercero de Los 5 Artículos de la Remonstrancia de 1610 afirma:

“El hombre no posee fe salvadora por sí mismo, ni a partir del poder de su libre albedrío, visto que, en su estado de apostasía y de pecado, no puede, de sí y por sí mismo, pensar, querer o hacer, algo de bueno (que sea verdaderamente bueno tal como es, primeramente, la fe salvadora); pero, es necesario que Dios, en Cristo, por su Espíritu Santo, lo regenere y lo renueve en el intelecto, en las emociones o en la voluntad, y en todos sus poderes, con el fin de que él pueda correctamente entender, meditar, querer y proseguir en lo que es verdaderamente bueno, como está escrito en Juan 15.5, porque separados de mí nada podéis hacer (RVR1960).” (Olson, Roger (1999) Don’t Hate Me Because I’m Arminian; Christianity Today.)

Sin la regeneración sobrenatural por el Espíritu Santo, todos los hombres permanecerían en su estado caído. Pero en Su gracia, misericordia y bondad, Dios envió a Su Hijo a morir en la Cruz y tomar el castigo por nuestro pecado, reconciliándonos con Dios, haciendo posible la vida eterna con Él. Lo que se perdió en la caída se reclama en la Cruz.

La pregunta 9 requiere también una explicación detallada. En ella se nos invita a reflexionar en lo siguiente: “¿Es Dios injusto cuando nos exige en su ley que hagamos lo que no podemos cumplir? El Catecismo, nuevamente, se responde a sí mismo: “No, Dios creó a los seres humanos con la habilidad de cumplir con la ley (Gen. 1:31; Ef. 4:24). Pero al ser provocados por el diablo (Gen. 3:13; Juan 8:44) y a causa de su desobediencia voluntaria (Gen. 3:6), se despojaron a sí mismos y a toda su descendencia de estos dones (Rom. 5:12, 18, 19).

De forma general podemos decir que, si Dios le exige al hombre guardar una ley que sabe que no tiene la capacidad de guardar, dicha exigencia no sería más que un chiste cruel. Una broma de mal gusto y un intento malicioso de condenar al hombre por no hacer algo que Dios sabe que no puede hacer. Como si le exigiéramos a un pez que, para agradarnos, este debe aprender a volar por los aires y a respirar fuera del agua ¡Sería simplemente absurdo! Es por eso que la verdadera pregunta es: ¿Realmente el hombre no puede cumplir por sí mismo la ley de Dios? La respuesta corta es no. No puede (y en esto concordamos con el Catecismo de Heidelberg). Pero el asunto es más complejo que eso. Dios ciertamente nos pide hacer lo imposible, no obstante Él, en su omnipotencia, promete darnos lo que sea necesario para hacer lo que es imposible para nosotros: guardar su ley.

¿Significa esto que la depravación humana es parcial? No, no lo es. Los arminianos creemos que la depravación es total y extensiva, es decir, se extiende a todas las dimensiones de nuestro ser. Ella afecta la plenitud del ser del hombre. La Biblia, Arminio y los arminianos en general, reconocemos que la mente de un hombre carnal y natural es obscura y sombría, que sus afectos son corruptos y excesivos, que su voluntad es obstinada y desobediente, y que el hombre sin Cristo está muerto en delitos y pecados. De ello encontramos amplias referencias bíblicas: Nuestro cuerpo (Romanos 6:6,12 Romanos 7:24), la razón humana (Romanos 1:21; 2 Corintios 3:14-15), las emociones humanas (Gálatas 5:24, 2 Timoteo 3:2-4), y la voluntad misma del hombre (Romanos 6:17) han sido afectadas por el pecado.

En la teología arminiana el hombre está caído, desamparado espiritualmente y en estado de esclavitud de la voluntad. No hay ninguna habilidad humana natural dando al hombre condiciones para iniciar su salvación. A causa de la Caída, los hombres nacen, espiritual y moralmente, en estado de total depravación, y por lo tanto son incapaces de realizar cualquier bien delante de Dios sin el amparo de su gracia preveniente. Tal incapacidad es física, intelectual y volitiva. Todo aspecto de la naturaleza y la personalidad humana se ven afectados. No hay ningún bien espiritual que el ser humano pueda hacer aparte de la gracia divina. Solamente por la gracia los efectos del pecado original pueden ser superados y el ser humano, finalmente, podrá cumplir los mandamientos espirituales de Dios. La depravación total es extensiva, alcanzando, incluso, el libre albedrío. Por causa de la Caída la voluntad humana se tornó esclava del pecado. ¿Qué significa esto? Qué la voluntad del hombre se tornó perversa, su intelecto se oscureció, y sus afectos quedaron alienados; cada área de su vida quedó sujeta a servidumbre. Por tal razón, todo Arminiano Reformado (o Arminiano Clásico) defiende la doctrina de la depravación total. No somos culpables de negar dicha verdad como nos acusa el calvinismo. Los arminianos creemos que los humanos somos totalmente incapaces de hacer cualquier bien espiritual aparte de la gracia divina.

Nuevamente nos preguntamos: ¿Por qué entonces Dios nos manda obedecer la ley si sabe que no podemos? La respuesta es obvia: Porque Él mismo ha dispuesto el medio para que podamos hacerlo a pesar de nuestra inhabilidad natural. ¿Cómo lo hace? A través de su gracia preveniente, la cual libera nuestro albedrío cautivo por el pecado. La Biblia nos enseña que el Espíritu Santo ha venido para convencer “al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y al juicio” (Juan 16:8, NVI). A pesar de que los incrédulos tienen “oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.” (Efesios 4:18, NVI), el Señor abre los corazones de las personas para que puedan responder positivamente al evangelio. El mensaje (Hechos 16:14) y la gracia impartida a través de él por el Espíritu Santo, llevan a los que tienen corazones duros e impenitentes hacia el arrepentimiento (Romanos 2:4-5). En su soberanía, Dios incluso “hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios. Esto lo hizo Dios para que todos lo busquen y, aunque sea a tientas, lo encuentren” (Hechos 17:27; NVI).

En otras palabras, Dios llama a todas las personas en todas partes a arrepentirse y creer en el evangelio. El crea las condiciones necesarias y prepara el terreno y las circunstancias específicas para que, los que hayan de ser salvos, puedan tener un encuentro personal con Él y, a través de la obra salvífica del Espíritu Santo, se rindan voluntariamente al toque de la gracia de Dios. Todo esto es lo que se conoce en el lenguaje teológico tradicional como la gracia preveniente de Dios. El término “preveniente” simplemente significa “precedente”. Por lo tanto, “gracia preveniente” se refiere a la gracia de Dios que precede a la salvación, incluida la parte de la salvación conocida como regeneración, que es el comienzo de la vida espiritual eterna otorgada a todos los que confían en Cristo (Juan 1:12-13).

En la teología arminiana es Dios quien libera sobrenaturalmente la voluntad de los pecadores por su gracia, a fin de que estos puedan creer en Cristo y guardar sus mandamientos. Esto es un asunto de la propia voluntad y soberanía de Dios. Dios es omnipotente y soberano, tiene el poder y la autoridad para hacer lo que quiera y es libre en sus acciones y voluntad (Génesis 18:14; Éxodo 3:14; Job 41:11; Salmos 50: 10-12; Isaías 40: 13-14; Jeremías 32:17, 27; Mateo 19:26; Lucas 1:37; Hechos 17: 24-25; Romanos 11: 34-36; Efesios 3:20; 2 Corintios 6:18; Apocalipsis 1:8; 4:11). Así pues, la gracia preveniente habilita al pecador liberando su albedrío cautivo, a fin de que pueda responder al Evangelio y elija cumplir con la ley de Dios. De esta manera Dios permanece soberano mientras que, al mismo tiempo, permite que el hombre sea un agente libre, haciéndole responsable de sus decisiones para vida o muerte.

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