Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Calvinismo, Teología

Confesión Arminiana | Capítulo IV

𝘗𝘰𝘳 𝘍𝘦𝘳𝘯𝘢𝘯𝘥𝘰 𝘌. 𝘈𝘭𝘷𝘢𝘳𝘢𝘥𝘰

Los primeros arminianos, conocidos históricamente como remonstrantes, redactaron una Confesión de Fe en 1621, en los breves años que siguieron a la conclusión del Sínodo de Dort. La Confesión Arminiana de 1621 fue pensada como una declaración de fe concisa y fácilmente comprensible y un correctivo a lo que vieron como las tergiversaciones publicadas en las Actas del Sínodo de Dort. A continuación, presentamos el cuarto capítulo de dicha Confesión de Fe.

CAPÍTULO IV — SOBRE EL CONOCIMIENTO DE LAS OBRAS DE DIOS

(1.- En segundo lugar, llegamos a considerar las obras de Dios mediante las cuales Él reveló Su propia gloria y nos comunica lo que es bueno para nosotros, y hasta cierto punto se muestra para ser conocido por nosotros. En consecuencia, estos son un cierto fundamento construido sobre el derecho y la autoridad de Dios por medio del cual Él puede, y usualmente lo hace, imponer justamente nuestra adoración, qué y cómo Él quiere; asimismo la justicia y la equidad, por las cuales estamos obligados a rendirle total y enteramente la adoración que Él mismo demanda de acuerdo con Su derecho.

(2.- Estas obras vienen bajo una doble consideración: (i) Como fueron conocidas y predestinadas por la deidad antes de las edades, o antes de que se establecieran las bases del mundo, que habitualmente se denominan “decretos”; (ii) en la medida en que se manifiestan en el tiempo, o en su modo y orden más sabiamente establecidos, ahora comisionados desde hace mucho tiempo por ese decreto divino (sea general o especial, sea absoluto o condicional). Los decretos mismos deben ser juzgados por esta ejecución y su método y manera. Pues los decretos son enteramente como su ejecución, y no podría la ejecución de los mismos no corresponder al decreto sin una marca de inconsistencia, mucho más de lo que esta debería luchar u oponerse al decreto.

(3.- Hay dos [obras] principales de esta ejecución, a saber, la obra de la creación, cuando el hombre aún no existía, y de la recreación o redención, cuando por el pecado el hombre fue sometido a muerte y condenación eterna, junto con todos sus descendientes. La providencia continua de Dios, o su preservación y control de todas las cosas, se adhiere a ambas obras y siempre es apropiada para la naturaleza y propiedades de las cosas creadas (a menos que suceda algo fuera de lo común, como milagros, etc.).

𝗕𝗜𝗕𝗟𝗜𝗢𝗚𝗥𝗔𝗙Í𝗔:
𝘛𝘩𝘦 𝘈𝘳𝘮𝘪𝘯𝘪𝘢𝘯 𝘊𝘰𝘯𝘧𝘦𝘴𝘴𝘪𝘰𝘯 𝘰𝘧 1621 (𝘌𝘶𝘨𝘦𝘯𝘦: 𝘗𝘪𝘤𝘬𝘸𝘪𝘤𝘬 𝘗𝘶𝘣𝘭𝘪𝘤𝘢𝘵𝘪𝘰𝘯𝘴, 2005).

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