Apologética, Cristianismo, GRACIA DIVINA, Islam

Apologética | Jesús, Pablo, la gracia y el islam

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

El pasado 9 de febrero mi país, El Salvador, atrajo de forma negativa la atención mundial cuando el presidente Nayib Bukele (de origen palestino y musulmán practicante) irrumpió en el Parlamento con policías y militares dispuesto a presidir una sesión que él mismo había convocado tras supuestamente escuchar a Dios. La irrupción del presidente salvadoreño en el parlamento, acompañado de militares, constituyó a todas luces (y así fue catalogado por la comunidad internacional) un coupe d’etat fallido que rompió simultáneamente la institucionalidad y creó una brecha entre los poderes del Estado.[1]

Pero este no sería el único escándalo protagonizado por la élite musulmana que pretende gobernar El Salvador. En uno de sus recientes vídeos, Emerson Bukele, hermano del actual presidente salvadoreño y líder de la Comunidad Islámica Salvadoreña, ataca (como ya es costumbre) la fe cristiana. Haciendo alarde de un falso y superficial conocimiento bíblico, Bukele afirma que:

  1. La salvación no es gratuita, es por obras, y depende del mérito personal de cada uno.
  2. La doctrina de la gracia no fue una enseñanza de Jesús ni de los sus discípulos, sino un invento de Pablo.
  3. Pablo enseñó que los mandamientos no son importantes (antinomianismo) y que no es necesaria una vida piadosa, pues somos salvos por gracia a pesar de nuestras obras.
  4. Nuestras sociedades occidentales son injustas, depravadas y libertinas por causa de la creencia cristiana en la salvación por gracia, la cual les ha sido inculcada.

¿Son sus afirmaciones verdaderas? ¡Para nada! Son más bien producto de la ignorancia bíblica y conocimiento a medias propio de los miembros de la comunidad islámica. Dicha ignorancia y pobre conocimiento bíblico se ha transmitido a ellos por generaciones como si de un virus se tratase, directamente desde Mahoma, su aclamado “profeta.” Tanto Mahoma como Bukele se presentan a sí mismos como ”maestros de la ley, aunque no entienden lo que dicen ni las cosas acerca de las cuales hacen declaraciones categóricas.” (1 Timoteo 1:7, LBLA). Como cualquier estudiante meticuloso podrá constatar al leer el Corán y compararlo con la Biblia, dicho libro retoma las historias de muchos de los personajes y eventos que aparecen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, ¡Y confunde, tergiversa y se equivoca de forma vergonzosa al citar cada personaje y sus hechos! El musulmán devoto dirá que la Biblia es la que está mal, pero lo cierto es que el Corán es un libro mucho más reciente que la Biblia y que Mahoma era un ignorante de las Escrituras judías y cristianas, por lo que se equivocó monumentalmente cada vez que quiso citar alguna historia bíblica (esto será tema de un próximo artículo).

SÍ SEÑORES, ¡LA IGNORANCIA ES ATREVIDA!

Al pensar en el señor Emerson Bukele y sus argumentos anticristianos, vienen a mi mente ciertos versículos de la Biblia que lo representan a cabalidad:

“El que mucho habla, mucho yerra…” (Proverbios 10:19, NVI)

“El sabio piensa bien lo que hace; el tonto deja ver su estupidez.” (Proverbios 13:16, TLA)

Duras palabras, ¡Pero ciertas! También en 2 Pedro leemos:

“Ya nuestro querido compañero Pablo les ha escrito acerca de esto, y fue Dios mismo quien se lo explicó. En todas sus cartas Pablo les ha hablado de esto, aunque algo de lo que dice en ellas no es fácil de entender. Por eso no las entienden la gente ignorante ni los que no confían en Cristo, y luego las explican mal. Lo mismo hacen con toda la Biblia, y por eso Dios los castigará.” (2 Pedro 3:15-16, TLA)

¿Qué tal si analizamos detenidamente los argumentos citados por este señor a la luz de la Biblia?

¿ES LA SALVACIÓN CUESTIÓN DE OBRAS Y MÉRITO PERSONAL?

Bukele afirma que la salvación no es gratuita (por gracia), sino una cuestión de obras y mérito personal, algo que debemos ganar con nuestro esfuerzo y buenas acciones. Esto no debe extrañarnos, pues el islam es una religión inventada por hombres y, por lo tanto, solo depende del mérito humano para lograr las cosas. De acuerdo con el Islam, el acceso al paraíso solo será posible cuando Allah compare la buenas obras de un creyente con las malas obras en una balanza durante el día del juicio. El Corán declara:

“Y observa [¡Oh, Muhammad!] las oraciones prescritas durante el día [Salât Al Fayr, Salât Adh Dhuhr y Salât Al ‘Asr] y durante la noche [Salât Al magrib y Salât Al ‘Ishâ’], pues las buenas obras borran las malas. Ciertamente esto es una exhortación para quienes reflexionan.” (Sura 11:114).

La salvación en el islam es un proceso cuantitativo. Las buenas obras tienen que ser más que las malas obras o las obras buenas tienen que eliminar las obras malas. Nuevamente el Corán afirma:

“Ese día [el Día del Juicio] se pesarán las obras con total equidad. Aquellos cuyas buenas obras pesen más [en la balanza] serán quienes hayan triunfado verdaderamente. Pero quienes sus malas obras sean las que más pesen habrán perdido por haber negado Nuestros signos.” (Sura 7:8-9).

¿De dónde saca el Corán tales creencias? Ciertamente no de la revelación divina, pues ni el judaísmo ni la fe cristiana, ambas anteriores al islam, han creído tal cosa. Tales creencias en un juicio basado en obras parecen proceder de las viejas tradiciones paganas del Medio Oriente, las cuales Mahoma incorporó abundantemente en su nueva fe. De hecho, la enseñanza mahometana sobre el juicio venidero parece más bien un plagio de la creencia egipcia conocida como el “Juicio de Osiris”, o su equivalente al Juicio realizado por el dios Iama en la mitología hindú.

En la Duat (inframundo de la mitología egipcia), el espíritu del fallecido era guiado por el dios Anubis ante el tribunal de Osiris. Anubis extraía mágicamente el Ib (el corazón, que representa la conciencia y moralidad) y lo depositaba sobre uno de los dos platillos de una balanza. El Ib era contrapesado con la pluma de Maat (símbolo de la Verdad y la Justicia Universal), situada en el otro platillo. Mientras, un jurado compuesto por 42 dioses le formulaba preguntas acerca de su conducta pasada, y dependiendo de sus respuestas el corazón disminuía o aumentaba de peso. Tot, actuando como escriba, anotaba los resultados y los entregaba a Osiris.

Al final del juicio, Osiris dictaba sentencia: Si el Ib era menos pesado que la pluma de Maat, y la sentencia era positiva su Ka (la fuerza vital) y su Ba (la fuerza anímica) podían ir a encontrarse con la momia, conformar el Aj (el “ser benéfico”) y vivir eternamente en los campos de Aaru (el Paraíso en la mitología egipcia). Pero si el veredicto era negativo, y su Ib era más pesado que la pluma de Maat, entonces éste era arrojado a Ammyt, el devorador de los muertos (un ser con cabeza de cocodrilo, patas traseras de hipopótamo y melena, torso y patas delanteras de león), que acababa con él.[2] La conexión pagana entre esta creencia islámica y la mitología egipcia e hindú es innegable. Mahoma simplemente eliminó todo vestigio politeísta de la misma, pero copió los detalles principales de dicha mitología.

Una creencia similar fue incorporada también en el catolicismo durante la Edad Media. Según la creencia católica, durante el Juicio Final, el Arcángel Miguel pesaría en la balanza de la justicia las diferentes almas. En un platillo serían colocadas las virtudes y en otro los vicios, caracterizado como un niño. El diablo entonces entraría en escena, procurando que la balanza se incline hacia su favor.[3] Tal creencia, sin embargo, es antibíblica.

El hilo invisible que une al islam con todas las otras religiones de inspiración humana, es su creencia en la salvación por obras: La salvación es vista como un logro del hombre, no como una dádiva de Dios o logro divino.  Pero salvarse a uno mismo es imposible, ya que aún nuestras mejores obras son insuficientes para cumplir con el ideal divino: La perfección. Esta no es una idea neotestamentaria o paulina. Ha sido la enseñanza bíblica desde el principio. En el Antiguo Testamento aprendemos que:

DIOS EXIGE PERFECCIÓN MORAL EN AQUELLOS QUE DESEAN TENER COMUNIÓN CON ÉL:

“Cuando Abram tenía noventa y nueve años, el Señor se le apareció, y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí, y sé perfecto.” (Génesis 17:1, LBLA)

TODOS LOS SERES HUMANOS, DESDE LA CAÍDA, HEMOS HEREDADO DE ADÁN NUESTRA NATURALEZA PECAMINOSA E IMPERFECTA:

“Pero ellos, como Adán[a], han transgredido el pacto; allí me han traicionado.” (Oseas 6:7, LBLA)

“He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre.” (Salmos 51:5, LBLA)

“El Señor ha mirado desde los cielos sobre los hijos de los hombres para ver si hay alguno que entienda, alguno que busque a Dios. Todos se han desviado, a una se han corrompido; no hay quien haga el bien, no hay ni siquiera uno.” (Salmos 14:2-3, LBLA)

POR LO TANTO, LA PERFECCIÓN MORAL ES IMPOSIBLE PARA EL HOMBRE, AÚN PARA LOS MEJORES DE NOSOTROS:

“Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga el bien y nunca peque.” (Eclesiastés 7:20, LBLA)

SI DE NUESTRAS BUENAS OBRAS Y MÉRITO PERSONAL DEPENDIERA, EL SER HUMANO JAMÁS PODRÍA SER DECLARADO JUSTO ANTE DIOS. EL MÉRITO HUMANO, POR LO TANTO, QUEDA ANULADO:

“«¿Es el mortal justo delante de Dios? ¿Es el hombre puro delante de su Hacedor? Dios no confía ni aún en sus propios siervos; y a sus ángeles atribuye errores. ¡Cuánto más a los que habitan en casas de barro, cuyos cimientos están en el polvo, que son aplastados como la polilla!” (Job 4:17-19, LBLA)

DE HECHO, SEGÚN EL ESTÁNDAR DIVINO, NUESTRAS BUENAS OBRAS SON INSUFICIENTES. MAS AÚN, SON COMO INMUNDICIA:

“… He aquí, te enojaste porque pecamos; continuamos en los pecados por mucho tiempo,

¿y seremos salvos? Todos nosotros somos como el inmundo, y como trapo de inmundicia todas nuestras obras justas; todos nos marchitamos como una hoja, y nuestras iniquidades, como el viento, nos arrastran.  Y no hay quien invoque tu nombre, quien se despierte para asirse de ti; porque has escondido tu rostro de nosotros y nos has entregado al[b] poder de nuestras iniquidades.” (Isaías 64:5-7, LBLA)

ES IMPOSIBLE GANARNOS NUESTRO DERECHO DE ENTRADA AL PARAÍSO CON BASE EN NUESTRAS OBRAS. ESTO SE DEBE A QUE PARA LOGRARLO SE REQUIERE UNA OBEDIENCIA PERFECTA, DESDE EL NACIMIENTO HASTA LA MUERTE. UNA SOLA DESOBEDIENCIA Y ESTAMOS DESCALIFICADOS PARA SIEMPRE DE LA VIDA ETERNA CON DIOS, PUES EL IDEAL DIVINO ES INALCANZABLE PARA EL HOMBRE IMPERFECTO:

“Por tanto, guardaréis mis estatutos y mis leyes, por los cuales el hombre vivirá si los cumple; yo soy el Señor.” (Levítico 18:5, LBLA)

“Porque cualquiera que guarda toda la ley, pero tropieza en un punto, se ha hecho culpable de todos.” (Santiago 2:10, LBLA)

AHORA BIEN, LA TRANSGRESIÓN DE LA LEY EXIGE LA MUERTE DEL TRANSGRESOR, PUES SOLO ASÍ SE SATISFACE LA JUSTICIA DIVINA:

“El alma que pecare, esa morirá…” (Ezequiel 18:20, RVR1960)

ESTO SE DEBE A QUE, AL SER DIOS JUSTO, NO PUEDE PASAR POR ALTO NUESTROS PECADOS POR NINGUNA RAZÓN. ESTOS DEBEN SER JUZGADOS Y CASTIGADOS:

“Jehová… de ningún modo tendrá por inocente al culpable…” (Números 14:18, RVR1960)

Bajo este criterio, nadie podría pasar el juicio de las almas según es enseñado en el islam ni heredar el paraíso, ya que nadie es perfecto y eso es lo que Dios exige. Tan sólo piénsalo: ¿Te tomarías un vaso de jugo si en el fondo del vaso hubiera una cucaracha? ¡No lo creo! Al menos yo no lo haría ¿Por qué no? ¿Acaso no es solo una cucaracha? ¿Acaso no está el resto del vaso sin contaminar por el cadáver de la cucaracha? ¡No! La totalidad del jugo ha sido contaminada por esa sola inmundicia. Si nosotros, siendo simplemente humanos, no aceptaríamos algo así, ¿Por qué creemos que Dios, quien es infinitamente santo y muy superior a nosotros, aceptaría algo semejante?

Al pensar que podemos ganar nuestra salvación por obras estamos afrentando a Dios. Estamos menospreciando su santidad y rebajando el ideal divino. Para el profeta Isaías, un simple pecado al hablar, una palabra ociosa e impura, era suficiente para ser consumido en la presencia de Dios:

“Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:5, RVR1960).

¿Cómo esperan los musulmanes acercarse a Dios si han cometido tan siquiera un pecado? ¿Acaso Allah es tan poco santo o digno de la máxima reverencia para ellos? ¿Tan bajo concepto tienen los musulmanes de la santidad de su dios? Los musulmanes, al igual que Isaías, necesitan entender que para ser salvos y morar en la presencia de Dios no hay nada que podamos hacer por nosotros mismos. Es Dios quien efectúa en nosotros la obra de salvación. Y esto de pura gracia, no por obras para que ningún ser humano pueda jactarse ante Él:

“Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado.” (Isaías 6:6-7, RVR1960)

La Biblia es contundente en sus afirmaciones: Nadie puede salvarse a sí mismo y entrar a la presencia de Dios por mérito propio. Puesto que somos incapaces de guardar a la perfección la ley de Dios, solo una obra de gracia puede permitirnos acceder a su presencia. La salvación, por lo tanto, depende de Dios, no de nosotros. es cuestión de ejercer fe en Él, no en nuestras obras. De principio a fin, la Biblia enseña que la salvación es obra de Dios:

“Mas yo con voz de alabanza te ofreceré sacrificios; pagaré lo que prometí. La salvación es de Jehová.” (Jonás 2:9, RVR1960)

“La salvación es del Señor. ¡Sea sobre tu pueblo tu bendición!” (Salmos 3:8, LBLA)

“En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación.” (Salmo 62:1, RVR1960)

“En Dios está mi salvación y mi gloria; en Dios está mi roca fuerte, y mi refugio.” (Salmos 62:7, RVR1960)

“Jehová redime el alma de sus siervos, y no serán condenados cuantos en él confían.” (Salmos 34:22, RVR1960)

El que quiera acercarse a Dios y morar en el Paraíso deberá ser perfecto desde su nacimiento hasta su muerte o, de lo contrario, apelar a la gracia de Dios por misericordia, perdón y salvación. Puesto que lo primero es imposible, solo la gracia nos brinda esperanza.

El lector notará que he omitido, intencionalmente, citar hasta este punto las palabras de Pablo y casi todo el Nuevo Testamento. He hecho esto para evitar cualquier objeción por parte de los musulmanes a los escritos de Pablo; sin embargo, el lector habrá notado que la doctrina paulina no es otra que la enseñada por los profetas, sacerdotes y reyes como Moisés, David, Salomón, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Jonás, etc. Los tales son reconocidos por los mismos musulmanes como enviados de Allah. ¿Por qué pues no prestan oído a sus palabras? La gracia es una doctrina bíblica, no un invento de Pablo.
Analicemos esto a profundidad.

LA DOCTRINA DE LA SALVACIÓN POR GRACIA FUE ENSEÑADA POR TODOS APÓSTOLES, NO SÓLO POR PABLO

El Nuevo Testamento, por boca de Pablo, afirma:

“Dios nos salvó y nos llamó a una vida santa, no porque lo mereciéramos sino por su amor y porque así lo planeó. Antes que el mundo comenzara, su plan era mostrarnos su bondad a través de Cristo Jesús. Esto se hizo patente con la venida de nuestro Salvador Jesucristo, quien quebrantó el poder de la muerte y nos mostró la vida incorruptible por medio del evangelio.” (2 Timoteo 2:9-10, NBV).

En el Evangelio que Pablo predicó la salvación no se obtiene por mérito alguno u obra nuestra. Es producto de la gracia. Gracia que fue manifestada, predicada y enseñada por el mismo Señor Jesucristo y sus apóstoles. Sin embargo, este no era el “Evangelio de Pablo” como sugiere Bukele. La doctrina de la salvación por gracia solamente no es una enseñanza exclusiva o inventada por Pablo, sino la clara enseñanza que defendieron todos los apóstoles de Cristo:

“Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo.” (Juan 1:17, LBLA).

“Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.” (1 Pedro 5:10, RVR1960).

“Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” (Santiago 4:6, RVR1960)

La carta a los Hebreos, cuya autoría ciertamente no puede ser atribuida a Pablo, afirma también:

“Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” (Hebreos 4:16, RVR1960)

Solo un ignorante de la Palabra (y el señor Bukele muy probablemente caiga en esta categoría), podría afirmar que la doctrina de la salvación por gracia no es enseñada en las Escrituras más allá de Pablo.

LA DOCTRINA DE LA GRACIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

El Antiguo Testamento, revelación primigenia de Dios, más antiguo que Pablo y sus enseñanzas (y ciertamente mucho más antiguo que Mahoma y sus pseudo-revelaciones coránicas), enseña la doctrina de la gracia que, más adelante, sería predicada en su plenitud por los apóstoles y la Iglesia Primitiva. En el Antiguo Testamento la palabra “gracia” se traduce de la voz hebrea “Hen”. El sustantivo hen deriva del verbo hanan, que significa inclinarse. Y expresa la actitud de una persona, supuestamente mayor y más fuerte, que se inclina con bondad y cariño sobre otra. normalmente más pequeña y más débil, para protegerla y ayudarla. Implica un profundo sentimiento de benevolencia, de amor personal y gratuito, y un sincero deseo de prestar ayuda y protección eficaz. El vocablo hen expresa la actitud de la madre que, con indecible cariño, se inclina sobre su bebé para manifestarle su ternura y su solicitud maternal, haciéndole sentir su cercanía y presencia, para defenderle de cualquier peligro, ampararle del frío y alentarle con su propio aliento. El mismo verbo hanan expresa también la idea de mirar con amor: Fijar los ojos en alguien con gran cariño y, al mismo tiempo, con singular complacencia. Y, para traducir, por parte de la persona que descubre esa mirada amorosa y complacida, que se posa dulcemente sobre ella, esta maravillosa experiencia, hay una expresión bíblica original: “Hallar gracia delante de.” Así, por ejemplo, Noé halló gracia ante Jehová (Génesis 6:8); José halló gracia a los ojos de Potifar (Génesis 39:4), como también Rut delante de Booz (Rut 2:10); Ester ante el rey Asuero (Ester 5:8) y el humilde ante Dios (Proverbios 3:34). Abundan otros casos de “hallar gracia”, pero quizá ninguno nos prepara mejor para comprender la gracia divina enseñada más adelante en el Nuevo Testamento que el amable favor que Booz dispensó a Rut. De acuerdo con los Salmos, es Dios quien da gracia a sus escogidos: “Gracia y gloria dará Jehová.”  (Salmos 84:11).

La gracia es un concepto siempre presente en el trato de Dios con su pueblo. En el Antiguo Testamento la palabra “Hen” nos recuerda que dicha gracia implica un cariño fuerte y tierno que incluye la idea de la misericordia y favor. Moisés, quien es reconocido incluso en el islam como un auténtico enviado de Allah, enseñó que la gracia es un favor inmerecido que se extiende no a causa de la obediencia o el mérito humano, o porque sus criaturas sean especiales. La gracia se concede a causa de que Dios, el otorgador de la gracia, es especial. Por lo tanto, es un don gratuito:

“No pienses en tu corazón cuando Jehová tu Dios los haya echado de delante de ti, diciendo: Por mi justicia me ha traído Jehová a poseer esta tierra; pues por la impiedad de estas naciones Jehová las arroja de delante de ti. No por tu justicia, ni por la rectitud de tu corazón entras a poseer la tierra de ellos, sino por la impiedad de estas naciones Jehová tu Dios las arroja de delante de ti, y para confirmar la palabra que Jehová juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob. Por tanto, sabe que no es por tu justicia que Jehová tu Dios te da esta buena tierra para tomarla; porque pueblo duro de cerviz eres tú.” (Deuteronomio 9:4-6, RVR1960)

De acuerdo con Moisés la gracia es iniciada por Dios y está motivada por Su amor hacia el hombre y Su deseo de favorecerlo. La gracia de Dios es un actor omnipresente en la trama de todo el Antiguo Testamento, actuando detrás de escena como parte inseparable de la naturaleza de Dios. De esto dan fe las palabras de los profetas de antaño:

“Si alguien quiere hacer alarde de algo, que lo haga de que aprendió a conocerme, y de que entiende que yo soy el SEÑOR que actúa con fiel amor, justicia y rectitud, pues es lo que a mí me gusta. Lo dice el SEÑOR.” (Jeremías 9:24, PDT).

“El SEÑOR se le apareció desde la distancia y le dijo: «Con amor eterno te he amado y por eso te sigo mostrando mi fiel amor.” (Jeremías 31:3, PDT)

Quizá el señor Bukele se niegue a reconocerlo, o quizá simplemente no ha leído la Biblia en su totalidad o no la entiende, pero lo cierto es que los profetas del Antiguo Testamento pronosticaron la gracia venidera. En palabras de Pedro, apóstol de Jesucristo:

“Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación (1 Pedro 1:10, RVR1960)

Pero no solo en los profetas encontramos la doctrina de la gracia. La Torá, los primeros 5 libros de la Biblia (de los cuales el mismísimo Corán afirma que son Escritura revelada por Dios) enseña desde sus inicios el concepto de gracia. En el Edén, por su desobediencia, el hombre rompió su relación esencial con Dios, ya que había sido creado a su imagen y semejanza para adorarle y servirle. En las profundas palabras de Génesis 3:8-24, vemos que el hombre caído se esconde de la presencia de Dios, pero que éste le busca, y, aún mientras analiza y juzga el pecado, Dios mismo muestra gracia a Adán y le viste de las pieles de una víctima sacrificada, y promete, a través del Pacto Adámico, la victoria final sobre el enemigo por medio de la Simiente de la mujer, nuestro Señor Jesucristo. ¡La gracia, el favor inmerecido de Dios hacia el hombre, ese regalo divino que no depende de las obras o mérito humano, es manifestada inmediatamente después de la Caída!

La gracia entra en escena una vez más en el pacto de Dios con Noé. El Pacto Noético es un pacto con promesa de gracia y de vida, en el cual Dios promete preservar la vida de las criaturas que pueblan la faz de la tierra. En Génesis 6:18-19 Dios mismo, por iniciativa propia y de pura gracia (es decir, sin mérito alguno por parte del hombre) se compromete a sí mismo diciendo:

“Mas estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer, y las mujeres de tus hijos contigo. Y de todo lo que vive, de toda carne, dos de cada especie meterás en el arca, para que tengan vida contigo; macho y hembra serán.”

Dicho pacto fue ratificado en Génesis 9:1-17, siempre a iniciativa de Dios y sin necesidad de obras por parte del hombre. Era un pacto de gracia. Mas no sería el último. Los capítulos 12 al 22 de Génesis relatan el llamamiento de Abraham, encerrando la promesa de Génesis 12:1-3, la historia condensada de la redención de la raza. Más tarde, según vemos en el capítulo 15, Dios, de su propia iniciativa, sin más condiciones que la necesaria actitud de sumisión y fe de parte de Abraham, confirma la promesa con un pacto unilateral. Fue la promulgación del Pacto Abrahámico el que inspiró muchos aspectos de la doctrina de Pablo en relación con la gracia. Al escribir a los gálatas, Pablo insistió en que este pacto, sellado cuatro siglos antes de la Ley, y recogido y confirmado en Cristo, era de validez perpetua (Gálatas 3:15-18). Dicho pacto fue una manifestación de gracia, y cuando los israelitas se veían bajo los juicios de Dios por haber quebrantado el pacto condicional y legal del Sinaí, recurrían al pacto de gracia que Dios otorgó a Abraham, el padre de su raza (Éxodo 32:13; Deuteronomio 9:27; 2 Reyes 13:23).

Pero incluso el mismísimo Pacto Sinaítico, a través del cual recibió el pueblo la Ley, está establecido en el contexto de la redención y es, por lo tanto, un pacto de gracia, liberador de la esclavitud, constituyéndose además en la reiteración de lo que enfatizó el pacto abrahámico. La Ley de los Diez Mandamientos, no puede ser entendida si no se lee como un preámbulo a la esclavitud que por generaciones el pueblo hebreo había experimentado en Egipto. Incluso los sacrificios del Antiguo Pacto señalaban de forma inequívoca la gracia inmerecida otorgada por Dios como única esperanza para el hombre. El simbolismo de los sacrificios de sangre señalaba de un modo provisional que el pecador podía acercarse a Dios, viendo la sangre de la víctima correr en su favor, “y le hará el sacerdote expiación de su pecado que habrá cometido, y le será perdonado” (Levítico 3:35). Desde luego, la base era la obra de la Cruz que después había de consumarse:

“Porque la ley de Moisés era solamente una sombra de los bienes que habían de venir, y no su presencia verdadera. Por eso la ley nunca puede hacer perfectos a quienes cada año se acercan a Dios para ofrecerle los mismos sacrificios. Pues si la ley realmente pudiera purificarlos del pecado, ya no se sentirían culpables, y dejarían de ofrecer sacrificios. Pero estos sacrificios sirven más bien para hacerles recordar sus pecados cada año. Porque la sangre de los toros y de los chivos no puede quitar los pecados. Por eso Cristo, al entrar en el mundo, dijo a Dios: «No quieres sacrificio ni ofrendas, sino que me has dado un cuerpo. No te agradan los holocaustos ni las ofrendas para quitar el pecado. Entonces dije: “Aquí estoy, tal como está escrito de mí en el libro, para hacer tu voluntad, oh Dios.”» En primer lugar, dice que Dios no quiere ni le agradan sacrificios ni ofrendas de animales, ni holocaustos para quitar el pecado, a pesar de que son cosas que la ley manda ofrecer. Y después añade: «Aquí vengo para hacer tu voluntad.» Es decir, que quita aquellos sacrificios antiguos y pone en su lugar uno nuevo. Dios nos ha consagrado porque Jesucristo hizo la voluntad de Dios al ofrecer su propio cuerpo en sacrificio una sola vez y para siempre. Todo sacerdote judío oficia cada día y sigue ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, aunque éstos nunca pueden quitar los pecados. Pero Jesucristo ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre, y luego se sentó a la derecha de Dios. Allí está esperando hasta que Dios haga de sus enemigos el estrado de sus pies, porque por medio de una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los que han sido consagrados a Dios. Y el Espíritu Santo nos lo confirma, al decir: «La alianza que haré con ellos después de aquellos días, será ésta, dice el Señor: Pondré mis leyes en su corazón y las escribiré en su mente. 17 Y no me acordaré más de sus pecados y maldades.» Así pues, cuando los pecados han sido perdonados, ya no hay necesidad de más ofrendas por el pecado. Hermanos, ahora podemos entrar con toda libertad en el santuario gracias a la sangre de Jesús, siguiendo el nuevo camino de vida que él nos abrió a través del velo, es decir, a través de su propio cuerpo. Tenemos un gran sacerdote al frente de la casa de Dios.” (Hebreos 10:1-21, DHH).

¡Todo en el Antiguo Testamento, incluso la Ley, nos lleva a la gracia como única esperanza de salvación! El Pacto Davídico contenido en 2 Samuel 7; 1 Crónicas 17:11-14 y 2 Crónicas 6:16 reafirma la gracia de Dios, y no el mérito propio, como factor clave de la salvación del hombre. Este es un pacto incondicional entre Dios y David, a través del cual Dios promete a David y a Israel que el mesías (Jesucristo) saldría del linaje de David y de la tribu de Judá, y establecería un reino que permanecería para siempre. El pacto davídico es un pacto de gracia. Es incondicional y no depende de mérito humano alguno porque Dios no impone ninguna condición de obediencia para su cumplimiento. La garantía de las promesas hechas, se basa únicamente en la fidelidad de Dios y no depende en absoluto de David o de la obediencia de Israel. ¿Acaso no es esto lo que la gracia significa? ¿Cómo dice entonces este confundido musulmán que la doctrina de la gracia fue inventada por Pablo?

¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! La doctrina de la gracia puede verse con claridad en la historia de Israel. En ningún caso pudo Dios obrar a favor de su pueblo como recompensa por haber cumplido ellos la Ley de una forma perfecta, ¡En ninguno! Así, por ejemplo:

(1.- El éxodo de Egipto, punto clave en la historia hebrea, fue una obra de pura gracia, comenzada y llevada gloriosamente a cabo por la iniciativa y la potencia de Jehová, con miras a su pacto con Abraham, y para la bendición de un pueblo desleal, desobediente y contradictorio (Ex 3:6-20; 14:30-15:21).

(2.- Aún bajo el viejo pacto, las Escrituras indican que la gracia y la fe (y no la obediencia perfecta o los rituales mosaicos) eran la clave en la salvación del pueblo elegido. La prominencia que se da al régimen disciplinario de la Ley en el Antiguo Testamento tiende a velar la gran verdad que el justo vivía por la fe, y que la fe dependía de la gracia de Dios. Debemos recordar que la expresión “mas el justo por su fe vivirá” no fue originalmente dicha por Pablo, sino por Habacuc, un profeta hebreo (Habacuc 2:4). Así pues, bajo el viejo pacto, los humildes y fieles en Israel disponían sus corazones a la obediencia de cuanto Dios había mandado (tal como lo hacen hoy en día los verdaderos cristianos), pero sabían perfectamente (tal como nosotros lo sabemos hoy día) que no les era posible cumplir la Ley en su sentido esencial, y, confesando su pecado, buscaban el perdón en la gracia de Dios. David (también reconocido como profeta en el islam) proclamó abiertamente esta gloriosa verdad:

Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad” (Salmos 32:1-2).

Señor Bukele, le pregunto: ¿Acaso no es del Antiguo Testamento de donde Pablo extrae su doctrina? ¿Por qué entonces acusarle de traicionar la fe y falsificar el Evangelio? Pablo, fielmente apegado a las enseñanzas de David, un profeta reconocido por el judaísmo, el cristianismo y el islam, afirma: “Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonada, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.” (Romanos 4:6-8, RVR1960). ¿Por qué entonces miente usted, señor Bukele, al afirmar que fue Pablo quien inventó la doctrina de la gracia? Aunque la gracia no resplandecía en la plenitud de su gloria antes del advenimiento de Cristo a causa de las exigencias del régimen preparatorio, siempre fue, es y será la base de toda bendición del hombre.

JESUS, Y NO PABLO, ES EL VERDADERO MAESTRO DE LA GRACIA

Los musulmanes podrán idear mil argumentos contra la gracia, pero nada cambia la gloriosa realidad de que dicha doctrina fue enseñada por Jesucristo mismo. Él es la fuente, fundamento y origen mismo de toda gracia. Muchas parábolas de Jesucristo enseñan la doctrina de la gracia. Por ejemplo:

La parábola de los obreros de la viña (Mateo 20:1-16)

En esta parábola podemos ver la gracia de Dios extendida igualmente a todos los trabajadores sin la consideración de la cantidad de las horas que trabajaron para el Señor. En otras palabras, las obras del hombre no le ganan la vida eterna, sino que es la gracia de Dios la que extiende la vida eterna a cualquier persona. La parábola de los obreros de la viña, sin embargo, nos enseña acerca de dos asombrosas cualidades de la gracia de Dios: su abundante generosidad y su soberanía al dispensarla. Consideremos primero la abundante generosidad de su gracia. El hacendado contrató trabajadores para su viñedo por primera vez a las 6 a.m., y luego cada cierto tiempo durante el día. Finalmente contrató a algunos a las 5 p.m. para trabajar solo una hora. Este hombre, que obviamente representa a Dios, fue tanto justo como generoso.

Con el primer grupo de trabajadores fue justo, ya que aceptó pagarles un denario, el salario ordinario por un día de trabajo. Luego fue progresivamente más generoso con cada grupo de trabajadores contratados a lo largo de todo el día. El hacendado podría haberles pagado de acuerdo a cuánto trabajaron, pero eligió pagarles de acuerdo a sus necesidades, no según las horas trabajadas. Pagó según la gracia, no según la deuda. La parábola se enfoca particularmente en aquellos obreros que fueron contratados en la undécima hora. Ellos fueron tratados con gran generosidad, recibiendo cada uno doce veces más de lo que ganaban por hora. ¿Por qué el hacendado contrató a estos obreros para la última hora del día? ¿Sería porque se necesitaba un empuje adicional para completar el trabajo? Lo más probable es que, dado que Jesús no estaba dando una lección sobre agricultura judía, sino sobre el reino de los cielos, esos trabajadores de la undécima hora fueron contratados porque necesitaban recibir el salario de un día. En esos tiempos, los trabajadores vivían con lo justo día tras día. Es por eso que la Ley exigía que los propietarios de tierras pagaran a los hombres contratados al final de cada día (Deuteronomio 3:14-15). Esa es la manera en que Dios nos trata.

Una y otra vez, la Biblia describe a Dios como lleno de gracia y generosidad, y no nos bendice de acuerdo a lo que “merecemos”, sino de acuerdo con nuestras necesidades y, con frecuencia, incluso más allá de nuestras necesidades. En esta parábola Jesús deja en claro que no podemos “ganarnos” nada de Dios separados de su gracia. Como dijo Jesús en otro pasaje, cuando hayamos hecho todo lo que se nos ha ordenado hacer, deberíamos decir: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho” (Lucas 17:10). Dios no está comprometido por nuestra causa, ni merecemos sus bendiciones. Más bien, todas las bendiciones nos llegan “en Cristo”, es decir, por su gracia. Depende de Dios, no de nosotros y nuestros supuestos méritos, pues no es por obras para que nadie se gloríe. Quizá a los musulmanes les parezca extraño que Dios otorgue salvación a hombres sin mérito, pero eso es exactamente lo que enseña Jesús. No importa aquí lo que piense el señor Bukele o cualquier otro hombre. Jesús enseñó la gracia como una prerrogativa divina. El dueño del viñedo lo expresó de esta manera: “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo que es mío?”.

La parábola de la gran cena (Lucas 14:16-24)

La parábola de la gran cena nos ilustra como la gracia de Dios está extendida a las personas inaceptables. Sin mérito alguno. Cualquier persona puede aprovechar de la gracia de Dios. El escenario en que Jesús relató la parábola de la gran cena fue una comida sabatina de la que disfrutaba en la casa de un destacado fariseo. Durante la misma, Jesús dio algunas pautas sobre las invitaciones a los banquetes, recalcando que no se deben limitar los convidados exclusivamente a quienes puedan devolver el favor invitando luego al anfitrión a una comida. Al oír esto, uno de los que estaban a la mesa respondió: “¡Bienaventurado el que coma pan en el reino de Dios!”. El convidado a aquella cena que proclamó tal cosa lo hizo bajo el supuesto de que los fariseos estarían presentes en el banquete. Jesús, no obstante, tenía una concepción distinta acerca de quién se sentaría a la mesa mesiánica. En lugar de responder como se habría esperado con algún comentario sobre guardar la ley mosaica o declarando que quienes cumpliesen la ley se sentarían en el banquete con el Mesías, Jesús les refirió una parábola (Lucas 14:16–24).

Tal como Jesús lo deja entrever en su relato, en esos días, cuando alguien ofrecía un banquete, se hacía una invitación inicial informando a los invitados de la fecha del evento. Al momento de ese primer anuncio los invitados expresaban si acudirían o no, y en caso de que accedieran a asistir, contraían un compromiso. Ese compromiso era importante. La cena descrita en la parábola de Jesús es de grandes proporciones, y el anfitrión convidó a muchos. Sabe cuántos han aceptado la invitación y se han preparado como corresponde (mérito propio). En el momento señalado, el siervo va y les informa que es hora de asistir. Hasta ese momento todo parece discurrir con normalidad; pero de pronto los oyentes se ven sacudidos por la pasmosa afirmación de que los convidados a la fiesta se niegan a cumplir con la invitación: todos a una comenzaron a excusarse. Todos los que escuchaban el relato entendieron que la negativa a asistir había sido un insulto deliberado hacia el anfitrión, el cual había sido humillado públicamente a los ojos de su pueblo. Las excusas ofrecidas por no honrar su compromiso fueron flojas e inaceptables.

Cuando el dueño de casa advierte que la intención de los convidados es avergonzarlo y humillarlo, se enoja con toda razón. En esas circunstancias puede responder con insultos verbales o inclusive amenazar con tomar alguna medida punitiva para sancionar a los que lo han deshonrado en público. No obstante, pese a la rabia que siente, responde con gracia en lugar de venganza. Si bien los invitados inicialmente eran compañeros de la misma categoría del anfitrión, de quienes se hubiera esperado que correspondieran convidando a este a una cena parecida en el futuro, el anfitrión resuelve invitar a los que jamás podrían corresponderle: los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos. Al articular así la parábola, Jesús alude a los marginados dentro del pueblo de Israel, la gente común que gustosamente recibía Su mensaje. Esa gente sencilla recibe de pronto invitación al banquete a pesar de no ser digna de sentarse a la mesa con tan noble huésped y de no tener posibilidad alguna de retribuírselo con un banquete similar. El amo de la casa rompe con el código social. No se limita a invitar a gente de poder, fortuna y privilegio; acoge más bien a cualquiera que acceda a venir a su mesa.

Acatando las órdenes de su amo, el siervo sale por las calles y caminos de la ciudad en busca de personas consideradas de menor rango social y marginadas. No solo las invita al banquete, sino que las trae consigo. Habiendo hecho eso, le dice al anfitrión que la sala de banquetes aún no está llena en su totalidad y que todavía quedan puestos. Este le da entonces instrucciones para que trascienda los linderos de la ciudad y busque gente que no forme parte de la población, y los haga acudir a la fiesta. La idea de hacerlos venir no significa que los fuerce a asistir. Por los usos y costumbres de la época, esa gente de afuera estaba obligada a no aceptar una invitación inesperada, particularmente si era de condición social más baja que el anfitrión. No eran parientes ni vecinos siquiera del convidador, sino extraños que de ninguna manera podían corresponderle la invitación. De ahí que según las normas de la sociedad debían declinar. Consciente de eso, el siervo debía tomar del brazo a cada uno y con suavidad llevarlos hasta la casa a fin de demostrar que la invitación era de verdad. 

¿Qué mensaje transmitió Jesús a los que se encontraban presentes con Él ese día? La pregunta planteada en la parábola es: ¿Quién estará presente en el banquete? La respuesta de Jesús los tomó por sorpresa. La creencia judía convencional era que sólo los judíos, fieles observantes de la ley, estarían presentes. Pero con sus palabras Jesús manifestaba en cambio que quienes presuponían que estarían presentes en el banquete del Reino Mesiánico bien podrían no estarlo, pues no se trataba de mérito racial o de otra índole, sino de la generosidad o gracia de aquel que extendía la invitación.

Jesús, el maestro de la gracia, destruye con sus palabras toda jactancia humana. A través de esta parábola Jesús afirma que el mensaje del reino es la gracia. No hay nada que pueda hacer una persona para merecerse la invitación a la cena. Simplemente somos invitados y no hay otro requisito que aceptar. Es por gracia que somos salvos.

La parábola del hijo pródigo (lucas 15:20-24)

La parábola del hijo pródigo es una de las parábolas más conocidas de Jesús. Aparece una sola vez en los Evangelios, en Lucas 15:11-32. En ese capítulo Jesús explicó tres parábolas: la de la oveja perdida, la de la moneda perdida y la del hijo pródigo. En esta parábola el arrepentimiento es enfatizado como una condición para recibir la gracia de Dios. La gracia es iniciada por Dios no como producto del mérito o las obras humanas, sino únicamente bajo la condición del arrepentimiento. En los dos primeros versículos vemos la situación en la que se encontraba Jesús:

“Muchos recaudadores de impuestos y pecadores se acercaban a Jesús para oírlo, de modo que los fariseos y los maestros de la ley se pusieron a murmurar: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos».” (Lucas 15:1-2).

Al parecer en la mente de los fariseos (al igual que en la del señor Bukele) una salvación que se ofrecía a criaturas indignas y sin mérito alguno era inaceptable. Jesús, obviamente, pensaba diferente. En esta parábola Jesús nos revela de modo singular el rostro amoroso y misericordioso del Padre. Como en pocas páginas de la Sagrada Escritura, este pasaje del Evangelio de Lucas, junto con las otras dos parábolas que completan el capítulo 15, nos comunican de forma muy sencilla y cercana un mensaje fundamental:  Dios es Padre y nos ama tanto que nos busca y nos perdona cualquier cosa siempre y cuando estemos dispuestos a volver a Él. Su amor y su misericordia no conocen límites. Su gracia se extiende a nosotros y es lo único que necesitamos. Las obras, el mérito propio y una vida perfecta, no son requisitos para venir a Dios y recibir su salvación. Es solo por gracia. El único límite se lo podemos poner nosotros, si es que nos negamos a recibirlo.

A estas alturas es incuestionable que Jesús creyó y enseñó la doctrina de la gracia. Pero más allá de sus enseñanzas, la vida misma de Jesús fue, en su extensión total, un sermón de gracia. Uno de los episodios bíblicos que mejor ilustra la enseñanza de Jesús sobre la gracia es aquel en el cual le llevaron a una mujer adúltera para ver si la castigaría conforme a la ley, apedreándola hasta que muriera (Juan 8:1-11). Cuando esto sucedió, Cristo guardó silencio y escribió algo en el suelo con su dedo. Luego, cuando los acusadores lo presionaron exigiéndole un juicio, les dijo, “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (v. 7). Ante esta respuesta, nadie se movió; en cambio, cada uno de ellos desapareció entre la multitud. Y cuando los acusadores se habían ido sin condenar a la mujer, Jesús, el único verdaderamente libre de pecado, tampoco la condenó, sino que le dijo “vete, y no peques más” (Juan 8:11). ¿Acaso no es esto gracia?

La mujer adúltera era indudablemente culpable, sin embargo, Jesús perdonó su vida por gracia, el amor benevolente de Dios. En otras palabras, la gracia de Dios permitió que la mujer no recibiera el castigo que merecía por su comportamiento. La gracia es perdón otorgado a aquel que no la merece, a aquel que carece de mérito alguno. Cristo, con este solo ejemplo, encarnó la doctrina de la gracia de una forma que, ni aún Pablo, el apóstol de la gracia, pudo jamás hacerlo en sus epístolas. Pero este no es el único caso. Jesús encarnó la gracia de mil y una formas. Él fue criticado a menudo porque comía con pecadores:

“Y sucedió que, estando Jesús sentado a la mesa en casa de Leví, muchos recaudadores de impuestos y pecadores estaban comiendo con Jesús y sus discípulos; porque había muchos de ellos que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que Él comía con pecadores y recaudadores de impuestos, decían a sus discípulos: ¿Por qué Él come y bebe con recaudadores de impuestos y pecadores? Al oír esto, Jesús les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los que están enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores.” (Marcos 2:15-17, LBLA)

¿Entendemos esto? ¡Jesús no buscaba personas con mérito para otorgarles la salvación! ¡El buscaba a pecadores sin mérito para concederles gracia y perdón! Me llama la atención como el señor Bukele cita a Jesús como afirmando que la salvación es por obras basado en Juan 5:29, pero omite felizmente citar que Jesús mismo enseñó que la salvación es por gracia, por fe en su nombre, en el mismo evangelio de Juan:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que CREE EN ÉL, no se pierda, mas tenga vida eterna.” (Juan 3:16, LBLA).

EL QUE CREE EN EL HIJO TIENE VIDA ETERNA; pero el que rechaza al Hijo no sabrá lo que es esa vida, sino que permanecerá bajo el castigo de Dios.” (Juan 3:36, NVI)

El relato del paralitico que fue llevado a Jesús por sus amigos ilustra aún más la creencia de Jesús sobre la gracia:

“Unos días después, cuando Jesús entró de nuevo en Capernaúm, corrió la voz de que estaba en casa. Se aglomeraron tantos que ya no quedaba sitio ni siquiera frente a la puerta mientras él les predicaba la palabra. Entonces llegaron cuatro hombres que le llevaban un paralítico. Como no podían acercarlo a Jesús por causa de la multitud, quitaron parte del techo encima de donde estaba Jesús y, luego de hacer una abertura, bajaron la camilla en la que estaba acostado el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: —Hijo, tus pecados quedan perdonados. Estaban sentados allí algunos maestros de la ley, que pensaban: «¿Por qué habla este así? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?» En ese mismo instante supo Jesús en su espíritu que esto era lo que estaban pensando. —¿Por qué razonan así? —les dijo—. ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: “Tus pecados son perdonados”, o decirle: “Levántate, toma tu camilla y anda”? Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —se dirigió entonces al paralítico—: A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa. Él se levantó, tomó su camilla en seguida y salió caminando a la vista de todos. Ellos se quedaron asombrados y comenzaron a alabar a Dios. —Jamás habíamos visto cosa igual —decían.” (Marcos 2:1-12, NVI)

Nos preguntamos, ¿Qué mérito poseía el paralítico? ¿Acaso no dijo Jesús que el paralítico era pecador? ¿Por qué entonces lo perdonó sin necesidad de buenas obras, sacrificios de animales u obra humana alguna? La respuesta es simple: ¡Gracia! ¡Sublime gracia! A diferencia de Pablo, Jesús no necesitó elaborar grandes discursos, tratados teológicos o epístolas explicando la gracia ¿Por qué? ¡Porque Él era la gracia encarnada! Su vida y ejemplo fueron su mejor tratado teológico. Negar que Jesús enseñó la gracia es pura necedad.

¿Y qué hay con el malhechor crucificado junto a Jesús mencionado en Lucas 23:39-43? ¿Poseía mérito alguno para salvarse? ¡No, no lo poseía! ¿Acaso no fue salvo por gracia al ejercer la fe en Cristo? Sí, y Bukele lo sabe, Por eso trata de negar de forma especial este episodio de la crucifixión, reinventando la historia y tergiversando su dignificado. Analicemos dicho pasaje en detalle.

LOS MALHECHORES CRUCIFICADOS JUNTO A JESÚS, ¿QUIÉNES ERAN? ¿FUE UNO DE ELLOS SALVO POR GRACIA?

Bukele afirma que el malhechor a quien Jesús le prometió que ese mismo día estaría con Él en el paraíso era uno de sus discípulos. Para Bukele, el malhechor crucificado no era un delincuente real, sino un fiel seguidor del Maestro y, por lo tanto, alguien con méritos para entrar al cielo a causa de sus obras, obediencia y, en este caso particular, martirio por la fe. De esta forma pretende negar que el malhechor fuese salvado por gracia, sino mas bien por mérito y dignidad propia. Esta conclusión, sin embargo, carece de validez. Con respecto a la crucifixión de nuestro Señor, los Evangelios nos dicen:

“También llevaban con él a otros dos, ambos criminales, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado la Calavera, lo crucificaron allí, junto con los criminales, uno a su derecha y otro a su izquierda… Uno de los criminales allí colgados empezó a insultarlo: —¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros! Pero el otro criminal lo reprendió: —¿Ni siquiera temor de Dios tienes, aunque sufres la misma condena? En nuestro caso, el castigo es justo, pues sufrimos lo que merecen nuestros delitos; este, en cambio, no ha hecho nada malo. Luego dijo: —Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. —Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso —le contestó Jesús.” (Lucas 23:32.43, NVI)

“Así también lo insultaban los bandidos que estaban crucificados con él.” (Mateo 27:44, NVI)

“Con él crucificaron a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda” (Marcos 15: 27, NVI)

“Fueron entonces los soldados y le quebraron las piernas al primer hombre que había sido crucificado con Jesús, y luego al otro.” (Juan 19:32, NVI)

Los cuatro Evangelios afirman que Jesús fue crucificado junto a otros dos hombres. Pero no dicen quiénes eran. Marcos y Mateo dicen que eran “bandidos” (en griego: lestés). Lucas los llama “malhechores” (kakúrgos). Y Juan solo habla de “otros dos”, sin más explicaciones. Es la tradición católica, y no la Biblia, la que siempre los ha considerado “ladrones”. Pero no parece ser eso lo que se deduce de los Evangelios. La crucifixión era un castigo que los romanos aplicaban únicamente a los rebeldes políticos, a los revolucionarios sociales, y a los subversivos.  Según los Evangelios, Jesús fue condenado a muerte por subversivo político (Marcos 15:2), rebelde (Lucas 23:2) y agitador social (Lucas 23:5). Eso no significa que lo fuera, pero sí que las autoridades romanas lo consideraron como tal. El hecho de que sobre su cabeza pusieran un cartel con el motivo de su condena: “El Rey de los judíos” (Marcos 15:26), confirma que la causa de su sentencia fue política y no religiosa.

Esta primera conclusión nos revela algo sobre la identidad de los malhechores crucificados junto al Señor, y pone en evidencia que los hombres que fueron crucificados junto a Jesús no eran sus discípulos como sugiere maliciosamente el señor Bukele. Eran más bien asesinos, agitadores sociales y sediciosos, de lo contrario no hubieran recibido tal sentencia, pues la crucifixión no se aplicaba a simples ladrones ni a predicadores de religiones impopulares para el imperio. Flavio Josefo, en su obra Guerras de los Judíos, cuenta que a mediados del siglo I la palabra lestés (que las Biblias traducen por “bandido”) había adquirido un nuevo significado. Dice Josefo: “Una nueva especie de bandidos surgió en Jerusalén: los sicarios”.[4] O sea que, al escribirse los Evangelios, el término lestés no se refería a cualquier bandido sino a los judíos sublevados contra Roma. Por lo tanto, los “bandidos” crucificados con Jesús no eran ladrones sino agitadores sociales.

Marcos y Mateo relatan que, junto con los que se burlaban de Jesús, los dos malhechores junto a Él crucificados también lo injuriaban (Mateo 15:32; Mateo 27:44). Es poco probable que dos auténticos discípulos del Maestro hicieran tal cosa. Además, uno de ellos admite sin rodeos:

“—¿Ni siquiera temor de Dios tienes, aunque sufres la misma condena? En nuestro caso, el castigo es justo, pues sufrimos lo que merecen nuestros delitos; este, en cambio, no ha hecho nada malo.” (Lucas 23:40-41, NVI).

El malhechor se sabía a sí mismo culpable de ser un “lestés” (asesino, agitador social y sedicioso), y lo admite sin tratar de ocultar la realidad. Esto no tiene sentido si, como dice Bukele, los dos malhechores crucificados una a la derecha y otro a la izquierda de Jesús eran discípulos, pues las enseñanzas de su Maestro eran claras en relación con el uso de la violencia:

“Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.” (Mateo 5:9, NVI)

“Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra. Si alguien te pone pleito para quitarte la camisa, déjale también la capa. Si alguien te obliga a llevarle la carga un kilómetro, llévasela dos.” (Mateo 5:38-41, NVI)

“Si alguien te pega en una mejilla, vuélvele también la otra. Si alguien te quita la camisa, no le impidas que se lleve también la capa.” (Lucas 6:29, NVI)

Incluso Pedro fue reprendido por Jesús al pretender usar la violencia como medio para proteger a su Señor:

“Guarda tu espada —le dijo Jesús—, porque los que a hierro matan, a hierro mueren.” (Mateo 26:52, NVI)

Jesús nunca apoyó la violencia y tampoco mandó a sus discípulos que lo hicieran. Al parecer Bukele confunde a Jesús con Mahoma quien, bajo el criterio romano, bien pudiera haber sido calificado como un “lestés” y cabecilla de malhechores. Al menos 40 aleyas (versículos) del Corán son explícitos en el llamamiento a la violencia armada en nombre de Allah. Además, la reputación de Mahoma y su historia de asesinatos, pillaje, saqueo, latrocinio, violación y rapiña bien podrían merecerle al fundador del islam el título de “lestés”, mas no a Jesús y sus discípulos.

El argumento de Bukele es débil. Supone que es poco probable que varias personas condenadas el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar, por la misma causa, por el mismo gobernador y con la misma pena, no estén relacionadas. Supone también que, por haber sido crucificado en medio de los dos malhechores, Jesús era reconocido públicamente como el líder de ambos. Los Evangelios, sin embargo, no los vinculan para nada. Tampoco lo hace ninguna otra fuente extrabíblica, cristiana o pagana. Todo se basa en pura especulación sin fundamento real. ¿Por qué entonces Jesús fue crucificado en medio de ellos? ¿Por qué estaban siendo ejecutados el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar y por el mismo gobernador si no estaban relacionados? Las palabras del malhechor arrepentido parecen darnos la respuesta:

““—¿Ni siquiera temor de Dios tienes, aunque sufres la misma condena?” (Lucas 23:40, NVI)

De acuerdo con el Evangelio de Lucas, los dos malhechores sufrían “la misma condena” que Jesús, es decir, habían sido condenados por idéntico motivo. La palabra “condena” (en griego kríma) no alude solo al castigo, sino al proceso judicial en sí, es decir, ellos habían sido acusados, procesados y condenados por el mismo delito que Jesús el cual, de acuerdo con los fariseos y demás líderes judíos que le entregaron, era la sedición o rebelión contra Roma (Lucas 23_1-2). Jesús era inocente, los malhechores no, pero ambos sufrieron el mismo castigo en las mismas circunstancias porque Jesús ocupó el lugar que alguien más cuya muerte ya estaba planificada para tal evento. ¿De quién hablamos? ¡Pues de Barrabás!

El Evangelio de Juan dice que «Barrabás era un bandido» (Juan 18:40, NVI). El evangelio según Marcos 15:7 dice que “Barrabás estaba encarcelado con los rebeldes condenados por haber cometido homicidio en una insurrección” (Marcos 15:7, NVI). El evangelio según Lucas 23:19,25 declara que “a Barrabás lo habían metido en la cárcel por una insurrección en la ciudad, y por homicidio.”. Estaríamos hablando por tanto de un luchador judío contra Roma, y no uno cualquiera, sino, como señala Mateo 27:16 alguien “famoso”. Se deduce de esto que Barrabás era el líder de una facción sediciosa. Muy probablemente compañero y líder de los dos malhechores crucificados junto a Jesús. Al pedir el pueblo la liberación de Barrabás y condenar a Jesús, éste ocuparía el lugar destinado a Barrabás, el caudillo, cumpliendo así la profecía:

“Y se cumplió la Escritura que dice: Y fue contado con los malhechores.” (Marcos 15:28, RVR1995, véase también Isaías 53:12)

Además, puesto que Jesús fue acusado por los fariseos de proclamarse rey en oposición a César y fue reconocido por Pilato como rey de los judíos, era lógico que fuese colocado al centro, en el lugar que correspondía al mayor de los sediciosos contra Roma:

“Era el día de la preparación para la Pascua, cerca del mediodía. —Aquí tienen a su rey —dijo Pilato a los judíos. —¡Fuera! ¡Fuera! ¡Crucifícalo! —vociferaron. —¿Acaso voy a crucificar a su rey? —replicó Pilato. —No tenemos más rey que el emperador romano —contestaron los jefes de los sacerdotes. Entonces Pilato se lo entregó para que lo crucificaran, y los soldados se lo llevaron. Jesús salió cargando su propia cruz hacia el lugar de la Calavera (que en arameo se llama Gólgota). Allí lo crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado y Jesús en medio. Pilato mandó que se pusiera sobre la cruz un letrero en el que estuviera escrito: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos». Muchos de los judíos lo leyeron, porque el sitio en que crucificaron a Jesús estaba cerca de la ciudad. El letrero estaba escrito en arameo, latín y griego. —No escribas “Rey de los judíos” —protestaron ante Pilato los jefes de los sacerdotes judíos—. Era él quien decía ser rey de los judíos. —Lo que he escrito, escrito queda —les contestó Pilato.” (Juan 19:14-22, NVI)

Otra suposición sobre la cual Bukele afirma que los malhechores eran discípulos de Jesús se basa en que el primero de ellos le recrimina a Jesús: “¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!” (Lucas 23:39, NVI). Surge entonces la pregunta: ¿Cómo un simple ladrón, que no conoce a Jesús, va a creer que es el Mesías? ¿Y por qué va a esperar que lo salve a él y a su compañero de fechorías? Para Bukele esto solo tiene sentido si ese hombre conocía a Jesús, si había participado de su proyecto mesiánico, y está siendo ajusticiado por haberlo seguido como Mesías. Las palabras del otro crucificado son también usadas para defender tal razonamiento. Lucas nos cuenta que el malhechor le ruega a Jesús: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” (Lucas 23:42, NVI). El malhechor se dirige a Jesús con confianza, llamándolo por su nombre y plenamente convencido de que Jesús es rey, y que tiene poder para hacerlo entrar en su Reino. Eso significa que había aceptado sus enseñanzas y creía en el mesiazgo de Jesús. Esto, sin embargo, no significa que hubiera sido uno de los discípulos de Jesús antes de su crucifixión, pues la fama de Jesús era notoria en toda Judea y Galilea, incluso más allá.

Hacía apenas unos días, Jesús había sido aclamado en su entrada triunfal en Jerusalén:

“Había mucha gente que tendía sus mantos sobre el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las esparcían en el camino. Tanto la gente que iba delante de él como la que iba detrás gritaba: —¡Hosanna[b] al Hijo de David! —¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! —¡Hosanna en las alturas! Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió.” (Mateo 21:8-10, NVI)

La gente lo llamaba “Hijo de David”, lo cual era un reconocimiento de su mesiazgo. Que Jesús era famoso y reconocido por muchos como el Mesías es claro por las palabras de los discípulos en el camino a Emaús:

“y uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: —¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente? —¿Qué es lo que ha pasado? —les preguntó. —Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron; pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel…” (Lucas 24:18-21, NVI)

 A ellos les parecía increíble que alguien no hubiese oído la fama de Jesús, pues su persona y enseñanzas eran conocidas por todas. Incluso los fariseos expresaron su temor al respecto:

“Por eso los fariseos comentaban entre sí: «Como pueden ver, así no vamos a lograr nada. ¡Miren cómo lo sigue todo el mundo!»” (Juan 12:19, NVI)

¿Por qué nos extraña entonces que el malhechor supiera de Jesús? ¿Acaso no se rodeó Jesús de los marginados? ¿Acaso no fueron los pobres, los despreciados, los pecadores y los delincuentes a quienes Jesús buscó conquistar con su mensaje? El vino para llamar a los pecadores al arrepentimiento (Lucas 5:32), a buscar lo que se había perdido (Lucas 19:10). ¿Por qué le extraña entonces a Bukele que el malhechor conociera las enseñanzas de Jesús y reconociera su mesiazgo? De hecho, eso es lo que deberíamos esperar, pues el mensaje de Jesús se enfocó en ese tipo de gente (Lucas 7:22, Marcos 2:15-17).

La afirmación de que los dos malhechores crucificados junto a Jesús en el Gólgota eran dos de sus discípulos arrestados juntamente con él carece de pruebas y fundamento real. Son meras suposiciones, especulación y teorías sin fundamento histórico o evidencia alguna. Sin embargo, aún si Bukele tuviera razón, y los malhechores hubiesen sido en realidad discípulos, o exdiscípulos de Jesús, su propia admisión de culpa los descalifica (Lucas 23:40-41), ya que al reconocerse culpables de crímenes y uso de violencia (motivo por el cual estaban siendo crucificados) habrían traicionado las enseñanzas de Jesús y se hubiesen convertido en apóstatas, lo cual anularía cualquier mérito del pasado pues:

“Si el justo se aparta de la justicia y hace lo malo y practica los mismos actos repugnantes del malvado, ¿merece vivir? No, sino que morirá por causa de su infidelidad y de sus pecados, y no se recordará ninguna de sus obras justas.” (Ezequiel 18:24, NVI)

Por eso, la respuesta de Jesús ante un apóstata que se arrepiente y pide ser salvo por la fe reflejaría, con más fuerza aún, la doctrina cristiana de la gracia, la cual Jesús mismo enseñó y encarnó hasta el último segundo de su ministerio terrenal. El malhechor fue salvo en un instante, sin mérito alguno, buenas obras o los rituales de alguna religión. Fue salvo por gracia. Sus argumentos, señor Bukele, son simplemente absurdos, pobres y deficientes.

¿ENSEÑÓ PABLO QUE LOS MANDAMIENTOS NO SON IMPORTANTES (ANTINOMIANISMO) Y QUE NO ES NECESARIO QUE LOS CRISTIANOS VIVAN UNA VIDA PIADOSA?

La pobre mentalidad musulmana del señor Bukele, tan acostumbrada a rituales huecos, un falso sentido de mérito propio y una abundante jactancia humana, le impide captar la belleza de la doctrina de la gracia. En su lugar, ve errores donde no los hay. Pablo jamás enseñó que los cristianos estamos desobligados de vivir una vida piadosa. El jamás creyó o enseñó que los cristianos podamos vivir en libertinaje. El problema aquí no es Pablo ni sus enseñanzas. El problema es que Bukele, y los musulmanes en general, no comprenden las enseñanzas de Pablo o están prejuiciados hacia él. El problema aquí es la ignorancia.

En Romanos 6 Pablo deja en claro su postura, demostrando que equipar su doctrina de la gracia con una licencia para pecar, es totalmente erróneo. Luego de hablar sobre la justificación por la fe, Pablo pregunta: “¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? (v. 1). Él sabe que el escándalo del evangelio puede sonar a libertinaje y permisividad en la mente de algunas personas. Por eso Pablo responde: “¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?” (v. 2). En el resto del capítulo, Pablo argumenta que el creyente está unido por la fe a Cristo y ahora su vida es diferente. Más adelante, el apóstol enfatiza estas palabras diciendo: “Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley, sino bajo la gracia. Entonces, ¿qué? ¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley, sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera!” (vv.14-15). Aunque el pecado todavía está presente en nosotros, hemos sido liberados de su poder esclavizante y buscamos vivir en santidad. “Pero ahora que han sido liberados del pecado y se han puesto al servicio de Dios, cosechan la santidad que conduce a la vida eterna.” (v. 22).

En efecto, Pablo es claro al mostrarnos que guardar la Palabra de Dios y obedecer sus mandamientos es una obligación para el creyente, y que debemos distinguirnos por eso. Por ejemplo, en 1 Corintios 6:9-11 leemos:

“¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.”.

Pablo creía que una vida de santidad es obligatoria para el creyente. Él jamás enseñó la gracia como licencia para pecar. De hecho, si los musulmanes quieren ser honestos, deben reconocer que el código moral y las exigencias de conducta enseñadas por Pablo son muy superiores a las del mismísimo islam:

“Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría. Por estas cosas viene el castigo de Dios.  Ustedes las practicaron en otro tiempo, cuando vivían en ellas. Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno. Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios, y se han puesto el de la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su creador.” (Colosenses 3:5-10, NVI)

“Así que les digo: Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. Porque esta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí, de modo que ustedes no pueden hacer lo que quieren. Pero, si los guía el Espíritu, no están bajo la ley. Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje; idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora, como antes lo hice, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gálatas 5:16-21, NVI)

“Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados. Saben bien que, según el justo decreto de Dios, quienes practican tales cosas merecen la muerte; sin embargo, no solo siguen practicándolas, sino que incluso aprueban a quienes las practican.” (Romanos 1:29-32, NVI)

Ante la evidencia presentada a partir de las mismas cartas de Pablo, es más que obvio que acusarlo de promover una gracia barata que no exige obediencia a Dios es totalmente absurdo y deshonesto. ¡El código moral y ético de Pablo es muy superior y más exigente que el mismísimo islam! Según el rígido código moral y las exigencias de santidad planteadas por Pablo, ¡Los mismos musulmanes están condenados y no cumplen dicho estándar! ¡Ni el islam es tan estricto ni demanda tanto! ¿Por qué entonces lo acusan de promover el libertinaje? La respuesta es sencilla: Ignorancia. Ellos desconocen lo que Pablo realmente enseñó o se niegan a reconocerlo.

¿SON LAS SOCIEDADES OCCIDENTALES MÁS INJUSTAS, DEPRAVADAS Y LIBERTINAS QUE LAS MUSULMANAS POR CAUSA DE LA CREENCIA CRISTIANA EN LA SALVACIÓN POR GRACIA, LA CUAL LES HA SIDO INCULCADA?

El ataque más frecuente sobre la doctrina de la salvación solo por gracia, es que ésta alienta el pecado. Esto es totalmente falso, pues la verdadera conversión, producto de la gracia recibida, produce un mayor deseo de obedecer, y no lo contrario. El deseo de Dios – y nuestro deseo cuando somos regenerados por Su Espíritu – es que nos esforcemos por no pecar. En gratitud por Su gracia y perdón, deseamos agradarle. Dios nos ha dado Su infinitamente grandioso regalo de la salvación a través de Jesucristo (Juan 3:16; Romanos 5:8). Nuestra respuesta es consagrar nuestras vidas a Él mediante el amor, la adoración y gratitud por lo que Él ha hecho por nosotros (Romanos 12:1-2).

Esto es lo que los musulmanes no entienden. Y no lo entienden porque jamás han experimentado la gracia salvadora de Dios y sus efectos en el hombre. Ellos solo pueden ver la gracia como una licencia para pecar, pero eso no es cierto. No podemos vivir deliberadamente en pecado si en verdad hemos creído el evangelio porque hemos nacido de nuevo. El libertinaje y el desenfreno en pecado no son permitidos. Es cierto que el Evangelio enseña que la justificación es solo por la fe, sin las obras de la ley (Romanos 3:28), y es precisamente por esto que queremos vivir en obediencia y adoración a Él por la salvación tan grande que nos ha dado (Ro. 12:1-2). De hecho, ya no podemos vivir deliberadamente en pecado si en verdad hemos creído el evangelio porque hemos nacido de nuevo (1 Juan 3:9), tenemos el Espíritu Santo que nos conduce a la obediencia (Ro. 8:1-11), y así estamos en Cristo (1 Juan 2:5-6). Las sociedades occidentales no son libertinas por causa de la doctrina cristiana, sino por el abandono de la misma producto del secularismo y la apostasía.

Ciertamente las sociedades islámicas no son mejores que las occidentales. Simplemente practican pecados diferentes (o los mismos, pero de forma asolapada o encubierta). Esto hace que el argumento usado por Bukele se revierte a sí mismo contra ellos y las sociedades islámicas. Por ejemplo, según Amnistía Internacional (AI), Human Rights Watch (HRW ) y organizaciones de derechos humanos en el mundo árabe, las naciones que aplican la ley islámica se encuentran entre las mayores violadoras de derechos humanos en el mundo ¿Acaso el islam no enseña la misericordia? En las sociedades islámicas se priva a las mujeres de sus derechos fundamentales y se vulneran el derecho a la vida, el derecho a la integridad personal, la prohibición de la tortura, tratos inhumanos o degradantes, la prohibición de esclavitud, el derecho a la no discriminación, el derecho a la intimidad, a casarse y a fundar una familia, el derecho a un recurso efectivo, y muchos más. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año 14 millones de niñas menores de 18 años son víctimas de matrimonios forzosos en el mundo islámico. La cifra estimada de los homicidios de honor es también altísima.[5] ¿Quién tiene la culpa de esto? ¿La doctrina de la gracia?

Pero eso no es todo. El racismo es parte inherente de las sociedades islámicas, sobre todo hacia las personas de piel negra. Es un secreto a voces que, en Arabia Saudita, cuna del islam, los árabes saudíes siguen vendiendo esclavos negros castrados. Y es que la esclavitud saudí estaba entrelazada con el Islam, recibiendo la sanción del Corán y de los Hadiths. De acuerdo con Human Rights Watch, las peregrinaciones a la Meca y Medina suelen ser utilizadas para atraer a los musulmanes africanos a la esclavitud. Muchos de los musulmanes africanos que peregrinan a La Meca son defraudados y obligados a vender a sus hijos como esclavos para poder pagar el viaje de regreso a casa. Los comerciantes de esclavos atraen a los musulmanes africanos de Sudán, Malí y Burkina Faso prometiéndoles llevarlos a los lugares sagrados del Islam y enseñarles a leer el Corán en árabe.

Ciertamente, Arabia Saudita, la cuna del islam, es un país en el cual al 10 por ciento de la población se le niega la igualdad de derechos debido a su raza, donde a los hombres negros no se les permite ocupar muchos cargos en el gobierno, donde las mujeres negras son juzgadas por brujería y donde la custodia de los hijos se concede a los padres con la línea de sangre más “racialmente superior”.[6] ¿Es esta la superioridad del islam que tanto presumen sus adeptos?

¿Y qué podemos decir del aspecto sexual? ¿Son las rígidas sociedades islámicas mejores que las occidentales? No realmente. La diferencia está en que las sociedades islámicas legalizan (y hasta santifican religiosamente) lo inmoral. Por ejemplo, los chiíes tienen el zawaj mut ‘a (matrimonio de placer), que es temporal y en el que la mujer no tiene otro derecho que a aquello que ha sido pactado por anticipado. Esta no es otra cosa que una prostitución legal y socialmente aceptada. Entre los sunníes destaca el zawaj ‘urfi (matrimonio consuetudinario), que se caracteriza por no registrarse con las autoridades; de hecho, a menudo se mantiene secreto (lo cual equivale a una unión de hecho en nuestro medio). El fenómeno no es insignificante, aunque las cifras que se barajan oscilan considerablemente (para Egipto, entre decenas de miles y cientos de miles cada año). Y ya no se limita a divorciadas con pocas expectativas, sino que se ha extendido, por ejemplo, entre estudiantes y jóvenes cuyas familias rechazan su elección de marido. Otra forma de matrimonio sunní es el zawaj misyaf (matrimonio itinerante),, que dura un período limitado, una o dos semanas, durante las cuales la «esposa» hace lo propio de tal, incluido mantener relaciones sexuales. Las jóvenes que lo practican son víctimas de abusos, pero a menudo se convierten en la principal fuente de ingresos de sus familias y encadenan «matrimonios estivales» durante años. En otras palabras, las sociedades islámicas simplemente han ideado formas respetables de pecar y desamparar a sus mujeres.[7] ¡Gran avance señor Bukele!

El hecho de que el sexo fuera del matrimonio sea mal visto e incluso esté penado en el mundo islámico no significa, por supuesto, que no exista. Más de un tercio de los chicos dicen practicarlo, aunque menos de una de cada cinco chicas lo admite. Por otro lado, el acoso sexual es habitual en los países árabes. ¡Y qué decir de la homosexualidad! Durante la última década han aparecido organizaciones para apoyar al colectivo homosexual en distintos países: Marruecos, Argelia, Egipto, Palestina, etc.[8]

Al parecer, las sociedades regidas por el islam no son tan perfectas como presumen ser. Cuando menos en esto, aunque represivas, las sociedades islámicas no difieren mucho de las sociedades occidentales que tanto critican más que en una sola cosa: Las sociedades islámicas son expertas en ocultar la realidad de su pecado. La preocupación excesiva por dar una apariencia de piedad y una falsa sensación de superioridad religiosa es lo único que los mahometanos poseen en mayor cantidad que los pueblos occidentales (que por cierto no son cristianos, como suelen catalogarlos los musulmanes, sino más bien naciones secularizadas).

CONCLUSIÓN

Las acusaciones de Bukele hacia Pablo, Jesús y el cristianismo en general, han probado no solo ser falsas, sino maliciosas e ignorantes: La doctrina de la gracia fue enseñada de Jesús y sus discípulos, no fue ni remotamente un invento de Pablo. La gracia, por otro lado, no constituye una licencia para pecar, sino todo lo contrario; Pablo jamás enseñó que los mandamientos no fuesen importantes (antinomianismo), antes bien enseñó la necesidad de una vida piadosa como reflejo y evidencia de nuestra salvación. Y no, nuestras sociedades occidentales no son injustas, depravadas y libertinas por causa de la creencia cristiana en la salvación por gracia como afirman los musulmanes, sino todo lo contrario.

La libertad, el avance de la ciencia y todo lo bueno y civilizante que la sociedad occidental posee, lo debe a la fe cristiana sobre la cual se fundamentó en sus orígenes.  Es el abandono de la fe en Cristo y el secularismo rampante lo que está destruyendo a Occidente. El islam, por su parte, a pesar de valerse del poder político para dominar las conciencias de sus fieles en los países donde es mayoría, solo ha probado ser un fracaso, generando miseria espiritual, hipocresía religiosa, opresión de la mujer y discriminación de ciertos grupos étnicos. El islam trata de venderse como la religión de la paz, pero eso es pura hipocresía.

El señor Bukele debería, para evitar quedar en ridículo, enfocarse en hablar del Corán a quienes ciegamente le siguen, en vez de hablar y pretender enseñar de una Biblia que ni conoce ni entiende.

REFERENCIAS:


[1] Véase: https://www.efe.com/efe/america/politica/bukele-irrumpe-con-militares-en-el-congreso-salvadoreno-y-abre-crisis-interna/20000035-4169841, Consultado el 5 de marzo de 2020.

[2] Ritual del Pesado del Corazón por parte de Anubis, Sortilegio 125 del Papiro de Ani Libro de los Muertos.

[3] Lajo Pérez, Rosina (1990). Léxico de arte. Madrid – España: Akal. p. 163.

[4] Flavio Josefo, Guerras de los Judíos, 2,254.

[5] Marta Szygendowska, Los crímenes de honor en las sociedades islámicas (2014). Tesis doctoral disponible también en : http://hdl.handle.net/10550/36593

[6] Véase: http://otrasvoceseneducacion.org/archivos/305878, artículo consultado el 5 de marzo de 2020.

[7] Véase: https://www.revistadelibros.com/resenas/realidad-y-ocultacion-sexual-en-el-mundo-arabe. Artículo consultado el 5 de marzo de 2020.

[8] Ibid.

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