Biblia, Complementarianismo, Igualitarismo, Ministerio Femenino, Ministerio Pastoral, Mujeres

No había mujeres sacerdotisas en el Tabernáculo ni el Templo ¿Por qué deberíamos permitir mujeres en el ministerio hoy?

Por Fernando E. Alvarado

Cuando se discute el rol de la mujer en el ministerio, suele aparecer un argumento que, para muchos, cierra cualquier debate:

“No había sacerdotisas en el Tabernáculo ni en el Templo, por eso la mujer no puede ministrar, enseñar, presidir ni ser pastora”

Contundente e incuestionable ¿O no? Al menos a simple vista, ya que este razonamiento, que algunos esgrimen con la solemnidad de quien cree haber encontrado la prueba irrefutable de la Escritura, en realidad descansa sobre una analogía tan frágil que, al soplarla con un poco de contexto bíblico, se desmorona sin mayor esfuerzo. Confunde deliberadamente —o por descuido— dos sistemas que el Nuevo Testamento mismo declara incompatibles: el sacerdocio levítico del Antiguo Pacto, temporal, simbólico y ya caducado, y el ministerio de la iglesia del Nuevo Pacto, regido por el Espíritu Santo y el sacerdocio universal de todos los creyentes.

Permítanme ser claro desde el principio. El sacerdocio del Tabernáculo y del Templo no era un “ministerio abierto a quien Dios llamara”; era, por así decirlo, un club estrictamente hereditario reservado a los varones de la tribu de Leví y, más aún, de la línea de Aarón (Éxodo 28:1; Números 18:1-7). No dependía de dones espirituales, ni de santidad personal, ni de vocación: dependía de la sangre y de la ley mosaica. Su función era pedagógica, una sombra que apuntaba al sacrificio perfecto de Cristo (Hebreos 8:5; 9:9-10; 10:1). Cuando Jesús murió y resucitó, ese sistema entero fue declarado obsoleto. El autor de Hebreos no se anda con rodeos: “Al decir ‘nuevo pacto’, ha declarado viejo al primero; y lo que se ha hecho viejo y anticuado está a punto de desaparecer” (Hebreos 8:13). Usar el Tabernáculo como argumento contra las mujeres en el ministerio es tan lógico como exigir que hoy circuncidemos a los varones o que ofrezcamos corderos en el altar. Es legalismo de museo.

Y aquí viene el punto que suele dejarse convenientemente en el tintero, porque duele un poco a la coherencia del argumento. Bajo la misma lógica que se usa para excluir a las mujeres, la inmensa mayoría de los varones israelitas también quedaban fuera. Solo una mínima fracción de hombres —los descendientes directos de Aarón— podía servir. El resto de Israel, incluyendo miles de levitas que no eran aarónicos, estaba tan descalificado como cualquier mujer. ¿Y los varones gentiles? Ni siquiera entraban en la conversación: eran impuros por definición, excluidos por nacimiento. Llevando la lógica un paso más allá —y esto ya roza lo deliciosamente irónico— el propio Jesucristo estaba técnicamente fuera del sacerdocio levítico. Provenía de la tribu de Judá, no de Leví (Hebreos 7:13-14). Según las reglas del Templo, el Mesías no podía ofrecer sacrificios ni entrar al Lugar Santísimo.

Pero aquí está la genialidad del Nuevo Pacto: el escritor de Hebreos celebra precisamente esa “descalificación”. Jesús no entra por la puerta trasera del sacerdocio aarónico; recibe uno superior, eterno, según el orden de Melquisedec (Hebreos 7:11-17). Un sacerdocio que no depende de linaje humano, sino de la potencia de una vida indestructible. Y lo más revolucionario: ese sacerdocio no lo guarda para sí. Lo comparte. Lo reparte. Lo otorga a todos los creyentes —hombres y mujeres por igual— sin pedir partida de nacimiento ni certificado de tribu. Por eso Pedro declara sin titubeos que la iglesia entera es “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa” (1 Pedro 2:9), y Juan lo repite con entusiasmo: Cristo “nos hizo reino y sacerdotes para Dios su Padre” (Apocalipsis 1:6; 5:10).

Si el argumento del Tabernáculo fuera consistente, entonces ningún creyente —varón o mujer— podría ministrar hoy, porque en el Templo solo unos pocos levitas lo hacían. Pero el Nuevo Testamento se ríe de esa estrechez. El velo se rasgó. El Espíritu fue derramado sobre toda carne (Joel 2:28-29; Hechos 2:17-18). Ya no hay varón ni mujer, judío ni griego, esclavo ni libre en cuanto a posición delante de Dios (Gálatas 3:28). El argumento que pretende “ser fiel a la Biblia” termina siendo curiosamente infiel al Nuevo Pacto que la Biblia misma celebra.

Dios, por cierto, nunca esperó al Nuevo Testamento para demostrar que Su llamado trasciende el género. Ya en el Antiguo Pacto —el más restrictivo— levantó a Débora como jueza, profetisa y comandante militar de Israel (Jueces 4–5), a Hulda como profetisa cuya palabra fue obedecida por el rey y el sumo sacerdote (2 Reyes 22:14-20), y a Ana profetizando públicamente en el Templo (Lucas 2:36-38). Si el Espíritu Santo usó mujeres entonces, ¿de verdad alguien cree que en la era de la gracia, de la libertad y de los dones derramados sin medida (1 Corintios 12:4-11), de repente decidió ponerles un candado?

Los ejemplos neotestamentarios son simplemente demoledores para quien quiera verlos sin lentes selectivas. Priscila, junto a su esposo, corrige y forma doctrinalmente a Apolos, uno de los predicadores más elocuentes de su tiempo (Hechos 18:24-26); Pablo la nombra primero, señal inequívoca de su liderazgo. Febe es llamada “diácono” de la iglesia de Cencrea y “protectora de muchos”, incluido el apóstol (Romanos 16:1-2). Junia es “sobresaliente entre los apóstoles” (Romanos 16:7). Las cuatro hijas de Felipe profetizaban públicamente (Hechos 21:9). Y Pablo mismo regula el cómo oran y profetizan las mujeres en la congregación (1 Corintios 11:5), pero nunca prohíbe el hecho. Regular no es prohibir; es precisamente lo que hace con cualquier don.

Los textos que suelen citarse como “pruebas” (1 Timoteo 2:11-12 y 1 Corintios 14:34-35) tienen contexto local muy concreto: falsos maestros y caos en Éfeso y Corinto. Son correctivos situacionales, no decretos universales que anulen el resto del testimonio apostólico. Pretender lo contrario es leer la Biblia como si fuera un código penal y no una carta de libertad.

El argumento del Tabernáculo y la ausencia de mujeres sirviendo en él (y más adelante en el templo) parte de una premisa histórica correcta, pero salta a una conclusión teológica ridícula. Confunde la sombra con la sustancia, lo provisional con lo eterno. El Nuevo Pacto no conserva el viejo modelo sacerdotal: lo supera gloriosamente. Y en esa superación, el Espíritu Santo reparte dones de enseñanza, gobierno, pastoreo y liderazgo sin pedirle a nadie su carnet de identidad tribal ni su género.

Quien todavía insista en usar el Tabernáculo para silenciar a las hijas de Dios, tendrá que explicar por qué el mismo Dios que descalificó a Jesús del sacerdocio levítico decidió, en cambio, compartir con Él —y con todas nosotros, seamos hombre so mujeres— un sacerdocio mucho mejor. La ironía es demasiado hermosa para ignorarla.

Bibliografía

  • Keener, Craig S. Paul, Women & Wives: Marriage and Women’s Ministry in the Letters of Paul. Peabody, MA: Hendrickson Publishers, 1992.
  • Payne, Philip B. Man and Woman, One in Christ: An Exegetical and Theological Study of Paul’s Letters. Grand Rapids: Zondervan, 2009.
  • Pierce, Ronald W., Rebecca Merrill Groothuis y Gordon D. Fee (eds.). Discovering Biblical Equality: Complementarity Without Hierarchy. 2.ª ed. Downers Grove, IL: IVP Academic, 2005.
  • Witherington, Ben III. Women in the Earliest Churches. Society for New Testament Studies Monograph Series 59. Cambridge: Cambridge University Press, 1988.

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