Cristología, Navidad, Tradiciones, Trinidad

¡Dios ha nacido!

Por Fernando E. Alvarado

¿Tiene sentido decir que la Navidad marca el nacimiento de Dios? Esa pregunta evoca los debates teológicos primarios de los siglos IV y V sobre la naturaleza humana y divina de Cristo. Decir que Dios ha nacido resulta chocante porque parece ininteligible: ¿Cómo puede Dios, el Creador no creado de todas las cosas, tener un nacimiento? ¿Cómo puede nacer un ser que es auto-existente y eterno, el Creador del tiempo y del espacio? Eso no parece tener ningún sentido. Y aun así, en Navidad eso es, en cierta manera, precisamente lo que los cristianos celebran. La doctrina cristiana de la encarnación afirma que Jesucristo es Dios hecho carne y, de ese modo, Jesús era verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Él nació de la virgen María; es decir, Jesús tenía una concepción sobrenatural, pero un nacimiento perfectamente natural. Como Jesús era Dios en la carne, su madre María es, pues, llamada en los primeros credos cristianos Theotokos, «la que da a luz a Dios», o la «engendradora o portadora de Dios». Esto no se debe a que Dios de alguna manera vino a la existencia como resultado de la concepción de María o que María, de alguna manera, procreó a Dios. Más bien, a María se le puede llamar portadora de Dios porque la persona que ella llevaba en su vientre y que dio a luz era divina. Por lo tanto, el nacimiento de Jesús en este sentido fue el nacimiento de Dios.

Algunos cristianos, al ser presionados con esta pregunta, se ven tentados a evitar el problema simplemente negando que Jesús fuera realmente divino o negando que él fue realmente humano. La Biblia, sin embargo, no deja esa opción abierta para nosotros. El Nuevo Testamento afirma tanto la deidad como la humanidad de Jesucristo y, por lo tanto, nos impone el problema. Los evangelios de Mateo y Lucas se abren con la historia de la concepción sobrenatural de Jesús y con el nacimiento virginal de Jesús. El evangelio de Juan toma una perspectiva más cósmica, en la que Juan describe la encarnación de la preexistente Palabra o Verbo de Dios. El escribe: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.» (Juan 1:1-3)

Sobre esta gloriosa verdad, y en oposición a los grupos heréticos que niegan ya sea la humanidad o la divinidad de Cristo, el Concilio de Calcedonia afirmó: «Ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderamente hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante en todo a nosotros, menos en el pecado [Hebreos 4, 15]; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino conservando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo.»

CU060921-006HR

Tenemos que afirmar con el Concilio de Calcedonia que Cristo es una persona que tiene dos naturalezas. No se debe pensar de la encarnación como Dios convirtiéndose en una persona humana. La encarnación es totalmente diferente a las historias de la mitología antigua de los dioses convirtiéndose en hombres o animales por un tiempo y luego convirtiéndose en dioses otra vez. Cristo no fue primero Dios, luego un ser humano y más tarde Dios otra vez. Más bien, él era Dios y hombre simultáneamente. Por lo tanto, la encarnación no era una cuestión de sustracción (o resta)—de Dios renunciando a ciertos atributos para poder convertirse en hombre. Más bien, la encarnación es una cuestión de adición (o suma) de Dios añadiéndole a la naturaleza divina que Él ya tenía otra naturaleza distinta adicional, una naturaleza humana. De modo que en la encarnación, Dios el Hijo llegó a tener dos naturalezas: una divina, la cual él siempre había tenido desde la eternidad, y una naturaleza humana, la cual comenzó en el momento de su concepción en el vientre de María. Por lo tanto, Jesús poseía todas las propiedades de la divinidad y todas las propiedades de la humanidad.

Este glorioso conocimiento debe llevarnos a adorar a Dios por Su acto de despojarse o vaciarse de sí mismo al asumir condición humana con todas las dolencias, luchas y limitaciones que ella conlleva para nuestra salvación. El apóstol Pablo escribió: “Porque conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, sin embargo por amor a vosotros se hizo pobre, para que vosotros por medio de su pobreza llegarais a ser ricos” (2 Corintios 8:9). Eso es lo que celebramos en la Navidad. En las palabras del gran himnógrafo Charles Wesley:

En la carne a Dios mirad;
Es velada Deidad,
Con nosotros mora Él,
¡Qué es Jesús Emanuel!
¡Ángeles, anunciadle!
“Gloria al nacido Rey”.

(Traducido del himno en inglés “Hark, the Herald Angels Sing”)

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