Arminianismo Clásico, Calvinismo

Charles H. Spurgeon, el “calviniano”

Por Fernando E. Alvarado

El fanatismo religioso y la veneración enfermiza por tal o cual sistema teológico se puede vencer cuando dejas que Dios te moldee y rompa tus esquemas mentales y dogmas teológicos. Charles H. Spurgeon es un fiel testigo de ello. En 1858, a sus tiernos 24 años, y siendo un “calvinista de jaula” y un predicador inexperto, Spurgeon dijo:

“¡Yo en nada le sirvo al dios de los Arminianos! ¡Yo no tengo nada que ver con él y no me postro ante el Baal que han construido! ¡Él no es mi dios y nunca lo será! Yo no le temo ni tiemblo ante su presencia. Un dios mutable puede ser el dios del Arminiano, pero él no es dios para mi” (Spurgeon, Covenant Blessings, No. 2681, 2005)

Acerca de esta etapa de la vida de Spurgeon, Rafael Stringel, teólogo y escritor Arminiano, señala:

“¿No es la actitud insolente de Spurgeon similar o igual a la actitud altanera e insolente de muchos calvinistas en las redes sociales? Si, así es. En las redes sociales, como Facebook, podemos ver a calvinistas diciendo este tipo de insultos (hereje, réprobo, y muchos otros) a hermanos cristianos que no comulgan con sus creencias calvinistas.” (Rafael Stringel, “Spurgeon, el Peregrino: El Peregrinaje Teológico de Charles Spurgeon”)

La actitud despectiva de Spurgeon hacia los arminianos resulta por demás desagradable, sobre todo si se tiene en cuenta que conoció al Señor en una iglesia metodista y, obviamente, arminiana cuando aún era muy joven. Si leemos cualquiera de sus sermones durante la década de 1850, hallaremos a un Spurgeon sumamente hostil hacia los arminianos, especialmente en lo que a la doctrina de la “Perseverancia de los Santos” se refiere, pero para 1860, aparentemente, alguien le había regalado una traducción de las Obras de Arminio (de las cuales incluso llegó a citar en sus sermones y escritos), y como resultado, en lugar de atacar a los Arminianos, encontramos a Spurgeon defendiendo a los Arminianos de las frecuentes acusaciones calvinistas contra ellos:

“Pero escucho que alguien pregunta: ‘¿Acaso no creen los arminianos que hay una fuerza natural en el hombre por la cual él puede hacer algo?’ No, hermanos míos, el verdadero arminiano no puede creer tal cosa. Arminio habla muy correctamente acerca de este punto. Cito sus propias palabras, de conformidad a la traducción que poseo: “es imposible que el libre albedrío, sin la gracia, comience o perfeccione cualquier bien verdadero o espiritual. Yo afirmo que la gracia de Cristo, en lo tocante a la regeneración, es simple y absolutamente necesaria para la iluminación de la mente, para el ordenamiento de los afectos, y para la inclinación de la voluntad hacia lo que es bueno. Eso es lo que opera en la mente, en los afectos y en la voluntad; lo que infunde buenos pensamientos en la mente, lo que inspira buenos deseos en los afectos, y conduce a la voluntad a ejecutar esos buenos pensamientos y esos buenos deseos. Va por delante, acompaña, y sigue. Provoca, ayuda y obra en nosotros el querer, y obra con nosotros para que no queramos en vano. Previene tentaciones, está junto a nosotros y nos ayuda en las tentaciones; es una ayuda en conceder gozar de la victoria. Levanta de nuevo a los que son vencidos y caen, los restablece, y los dota de nueva fuerza, y los vuelve más cautos. Comienza, promueve, perfecciona y consuma la salvación. Yo confieso que la mente del hombre natural y carnal está entenebrecida, que sus afectos son depravados, que su voluntad es refractaria, y que el hombre está muerto en el pecado… Richard Watson, quien entre los arminianos modernos es considerado como un teólogo clásico, especialmente en la denominación wesleyana, es igualmente claro sobre este punto. Él admite plenamente que “el pecado de Adán introdujo en su naturaleza tal impotencia radical y tal depravación, que es imposible que sus descendientes hagan algún esfuerzo voluntario (por sí mismos) tendiente a la piedad y la virtud”; y luego cita con gran aprobación una expresión de Calvino, en la que Calvino dice: “el hombre está tan completamente hundido, como anegado por una inundación, que ninguna parte suya es libre de pecado, y por tanto, todo lo que procede de él, es considerado pecado.” (Spurgeon, La Autosuficiencia Eliminada No.345, págs. 5-6).

A sus 47 años de edad, la mentalidad de Spurgeon había cambiado drásticamente, al punto que sus oponentes del lado calvinista le llamaban “Arminiano Calvinista” o “Calvinista Arminiano”, lo cual a él le tenía sin cuidado. Incluso llegó a referirse a los arminianos como: “Mis hermanos Arminianos”, algo inconcebibleen sus primeros años de ministerio. Spurgeon dijo:

“Yo he sido llamado un ‘Arminiano Calvinizado’ o un ‘Calvinista Arminianizado’, y estoy bastante a gusto con esto siempre y cuando me quede cerca de la Biblia. Yo deseo predicar lo que encuentre en este Libro [la Biblia] no importando si lo encuentro en el libro de alguien o no” (Spurgeon C. H., Heart Disease Curable, No. 1604, 1881).

¡Increíble! Aunque Spurgeon ciertamente no renuncio al calvinismo, si renunció al fanatismo que lo llevaba a despreciar a otros. Él dejó que el amor de Dios, expresado en su amor por sus hermanos arminianos, venciera y suavizara sus posturas. Hoy en día, cuando el peregrinaje teológico de Spurgeon es ampliamente conocido por los estudiosos, lejos de considerarse algo censurable, constituye un ejemplo de humildad para nosotros, ya que no se aferró a los dogmas de su sistema soteriológico. Antes bien, supo ver las inconsistencias del mismo y llegó a concluir que ningún sistema teológico es perfecto. Esto le llevó a mostrar tolerancia y a amar a quienes diferían de él en ciertos aspectos doctrinales. Cualquier cristiano, sea arminiano o calvinista, puede hallar en Spurgeon un ejemplo a seguir.

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