Complementarianismo, Igualitarismo, Ministerio Femenino, Ministerio Pastoral, Mujeres

Cuando doce varones pesan más que todo el Evangelio

Por Fernando E. Alvarado

He aquí un argumento que, contra todo pronóstico, sigue circulando hoy en el ámbito evangélico, con la frescura de un pescado de tres semanas: «Jesús no escogió mujeres entre los doce apóstoles; por lo tanto, las mujeres no pueden ejercer el ministerio ordenado». Así, sin más. Como si la fe cristiana dependiera de un censo mal interpretado y como si el resto de los Evangelios fuera solo relleno para hacer bulto, este viejo y gastado argumento sigue usándose para rechazar el ministerio femenino.

Uno casi espera que quienes esgrimen este argumento añadan, para ser coherentes, que tampoco pueden ejercer el ministerio los no judíos, que los apóstoles (excepto Judas) eran todos galileos y que ya puestos en el ministerio, habría que exigirle a los candidatos saber pescar, porque varios de ellos eran pescadores. Pero no. La selección se detiene milagrosamente en el género, como si el dedo de Dios hubiera señalado únicamente esa variable y hubiera dejado las demás a la libre interpretación de la creatividad humana.

Lo curioso del asunto no es que exista tal argumento —después de todo, la imaginación para justificar exclusiones ha demostrado ser históricamente inagotable— sino que se presente como si fuera la pieza de cierre de un razonamiento teológico impecable. Como si alguien hubiera mirado la complejidad del mensaje evangélico, sus revolucionarias interacciones, sus desconcertantes prioridades, y hubiera concluido: «En resumen, lo importante aquí es que eran doce y con barba». El resto —las mujeres que seguían a Jesús desde Galilea, las que financiaban su ministerio, las que aprendían a sus pies, las primeras en llegar al sepulcro, las primeras en ver al Resucitado— todo eso sería, según esta lógica, mera anécdota folclórica, decorado de una obra donde los únicos actores con derecho a palabra son los que aparecen en la foto oficial de los doce.

Pero vayamos por partes, no sin antes advertir al lector que este análisis no pretende ser exhaustivo —la paciencia tiene un límite y el argumento, francamente, no merece más de lo que ya ha recibido— sino simplemente recordar lo que los Evangelios dicen realmente, por si alguien, distraído por el brillo de las propias convicciones, ha olvidado leerlos con atención. Porque cuando se examina con honestidad la vida pública de Jesús, uno descubre con asombro que su actitud hacia las mujeres no solo fue revolucionaria para su tiempo, sino que resulta incómodamente incómoda para quienes pretenden encerrar su voluntad en la estrecha urna de doce varones.

El simbolismo que se convirtió en excusa

Resulta innegable que Jesús escogió a doce varones para constituir el núcleo de sus apóstoles. Negarlo sería tan absurdo como negar que Pedro anduvo sobre las aguas… hasta que dejó de hacerlo. La cuestión no es qué hizo Jesús, sino qué significa lo que hizo y, sobre todo, qué no significa. Porque una cosa es constatar un hecho histórico y otra muy distinta es convertir ese hecho en un a priori teológico que pretenda clausurar cualquier otra consideración evangélica.

Los estudiosos de los Evangelios —esos que se toman la molestia de leerlos en su contexto— saben que el gesto de elegir doce apóstoles estaba cargado de un profundo simbolismo. Jesús no solo enseñaba con palabras, sino que actuaba de forma intencional para recapitular (repetir y llevar a su cumplimiento) toda la historia de Israel. Con sus gestos, milagros y decisiones, Él estaba “rehaciendo” simbólicamente el camino de Israel —desde el éxodo hasta la restauración prometida por los profetas— para anunciar que en Él comenzaba algo nuevo: el Reino de Dios y el nuevo Israel (la Iglesia como pueblo restaurado).

Los estudiosos lo llaman “tipología” o “recapitulación”: Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo Israel en persona, el que triunfa donde el antiguo Israel falló, y el que inaugura el nuevo éxodo de la esclavitud del pecado. La elección de los Doce apóstoles no es un detalle administrativo ni una declaración sobre “quién puede administrar sacramentos”; es un gesto profético central de esa restauración. Jesús estaba reconstruyendo simbólicamente a Israel con sus doce tribus. Déjame explicártelo paso a paso…

En primer lugar, el relato evangélico nos cuenta que Jesús sube a un monte (como Moisés), ora toda la noche y elige deliberadamente doce hombres (Mc 3,13-19; Mt 10,1-4; Lc 6,12-16). El número 12 no es casual: representa las doce tribus de Israel (nacidas de los doce hijos de Jacob, Gn 49; Ex 1,1-5; Ap 7,4-8).

  • Jesús mismo lo explica: “En la regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de su gloria, vosotros que me habéis seguido os sentaréis también sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” (Mt 19,28; Lc 22,30). Los Doce son los nuevos “jefes de tribus” que gobernarán el Israel restaurado.
  • Apocalipsis lo confirma: La Nueva Jerusalén tiene “doce puertas” con los nombres de las doce tribus y “doce cimientos” con los nombres de los doce apóstoles del Cordero (Ap 21,12-14). Los apóstoles son el fundamento del nuevo pueblo.
  • El contexto profético así lo señala: Los profetas habían anunciado la reunificación de las doce tribus dispersas (Ez 37,15-28; Is 49,6; Jer 31,1-10). Israel estaba en “exilio espiritual” (bajo Roma, pero sobre todo bajo el pecado). Jesús, al elegir doce judíos ordinarios (pescadores, un publicano, un zelote), dice proféticamente: “¡El nuevo Israel comienza aquí! Yo soy el Mesías que restaura las doce tribus”.

Este gesto es parte de una estrategia mayor: Jesús repitió con actos la historia completa de Israel para cumplirla y superarla. No era repetición mecánica, sino cumplimiento perfecto. La lista de los paralelismos que presentan a Jesús como el nuevo Moisés y el nuevo Israel es amplia:

  1. Infancia y huida a Egipto (nuevo Israel llamado “hijo”) Herodes mata a los niños (como el Faraón en Ex 1). José lleva a Jesús a Egipto y luego lo saca: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2,13-15, citando Os 11,1). Israel bajó a Egipto, salió en el Éxodo y fue llamado “hijo” de Dios (Ex 4,22). Jesús repite el Éxodo infantil y lo cumple: Él es el Hijo verdadero.
  2. Bautismo en el Jordán (nuevo Éxodo y paso del Mar Rojo) Jesús es bautizado en el Jordán (como Israel cruzó el Mar Rojo y luego el Jordán bajo Josué). Los cielos se abren, el Espíritu desciende como paloma y la voz del Padre dice: “Este es mi Hijo amado” (Mt 3,13-17). Paralelo a la nube, el mar y la voz en el Éxodo (Ex 14; 19). Pablo lo llama “bautismo en Moisés” (1 Cor 10,1-2). Jesús inaugura el nuevo Éxodo de la esclavitud del pecado.
  3. Tentación en el desierto durante 40 días (nuevo desierto de 40 años) Jesús ayuna 40 días, es tentado y responde citando Deuteronomio (Mt 4,1-11). Israel falló 40 años murmurando, idolatrando y dudando (Ex 16-17; Nm 14). Jesús triunfa donde Israel falló. Repite la prueba del desierto y la supera.
  4. Sermón del Monte (nuevo Sinaí y nueva Ley) Jesús sube al monte, se sienta y da las Bienaventuranzas y la nueva Torá: “Habéis oído… pero yo os digo” (Mt 5-7). Exactamente como Moisés en el Sinaí (Ex 19-20; Dt 5). Jesús no anula la Ley, sino que la lleva a su plenitud (Mt 5,17).
  5. Multiplicación de los panes (nuevo maná) Alimenta a 5.000 en el desierto con cinco panes (Jn 6; Mt 14). Israel recibió maná del cielo (Ex 16). Jesús declara: “Yo soy el pan de vida que bajó del cielo” (Jn 6,35-51). El maná era temporal; Jesús da el Pan Eterno (Eucaristía).
  6. Caminata sobre las aguas (nuevo control sobre el Mar Rojo) Jesús camina sobre el mar y dice “Yo soy” (Jn 6,16-21; Mt 14,22-33). Paralelo a Moisés partiendo el mar (Ex 14) y a Dios caminando sobre las aguas (Job 9,8; Sal 77,19). Jesús revela su identidad divina como el Dios del Éxodo.
  7. Transfiguración en el monte (nueva teofanía del Sinaí) En el monte con Moisés y Elías, su rostro brilla como el de Moisés (Mt 17,1-8; Ex 34,29-35). La voz del Padre repite la del bautismo. Jesús es la gloria de Dios hecha carne, mayor que Moisés.
  8. Entrada triunfal en Jerusalén y purificación del Templo (nuevo rey David y juicio profético) Entra como rey humilde (Mt 21,1-11, citando Zac 9,9). Limpia el Templo (Mt 21,12-13). Como David reconquistando Jerusalén y como los profetas anunciando juicio (Jer 7; Mal 3,1-3). Anuncia la destrucción del Templo viejo y la llegada del nuevo (su cuerpo, Jn 2,19-21).
  9. Última Cena (nuevo Éxodo y nueva Pascua) Celebra la Pascua, parte el pan y dice: “Esta es mi sangre de la nueva alianza” (Mt 26,26-28; Lc 22,20, citando Jer 31,31-34). Israel salió de Egipto con la sangre del cordero (Ex 12). Jesús es el Cordero definitivo que libera del pecado.
  10. Muerte y resurrección (nuevo Éxodo definitivo y nueva creación) Muere en la cruz el día de la Pascua (Jn 19,14-16). Resucita al tercer día. Es el Éxodo final: salida de la esclavitud del pecado y la muerte hacia la Tierra Prometida eterna (Heb 11-12; 1 Cor 5,7: “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado”).
  11. El envío de los 70 (los 70, ancianos de Israel) Envía también a 70/72 discípulos (Lc 10,1). Paralelo a los 70 ancianos de Israel (Nm 11,16-17) o a las 70 naciones (Gn 10). Todo el ministerio es un “nuevo Israel” en miniatura.

Jesús no estaba improvisando. Cada acto era un gesto profético que decía a los judíos de su tiempo: “Yo soy el Mesías que cumple toda la historia de Israel. El exilio termina aquí. El Reino llega. El nuevo Israel (con sus doce tribus restauradas) comienza conmigo y con estos Doce”. La elección de los Doce es la pieza clave de ese rompecabezas: no es sobre jerarquía sacramental en primer lugar, sino sobre restauración escatológica. Los Doce son los patriarcas del nuevo pueblo de Dios (la Iglesia).

Todo culmina en la Cruz y Resurrección: el verdadero “nuevo éxodo”. Por eso los Evangelios insisten tanto en estos paralelismos: para que veamos que Jesús no vino a abolir la historia de Israel, sino a recapitularla, redimirla y llevarla a su plenitud en Él (Ef 1,10).

Al leer los Evangelios con este lente, todo cobra sentido mucho más profundo y claro. ¡Es la Biblia explicándose a sí misma! Y lo que la Biblia nos dice es que la elección de los Doce debe entenderse primariamente como un símbolo de la restauración de Israel, no como una declaración ontológica sobre quién puede y quién no puede administrar un sacramento.

A la luz de lo anterior, la inconsistencia lógica del argumento excluyente resulta tan evidente que duele tener que señalarla: si la masculinidad de los Doce constituye un criterio divino inmutable para el liderazgo eclesial, entonces la etnia judía de los Doce debería serlo igualmente. Pero, curiosamente, nadie sostiene hoy que el ministerio deba limitarse a varones judíos. Nadie exige a los candidatos al ministerio demostrar su ascendencia levítica (o cuando menos judía) ni presentar un certificado de circuncisión. La razón es sencilla: cuando conviene, el argumento se olvida de sus propias premisas. Lo que guio la elección de Jesús fue el cumplimiento de una tipología histórica, no la prescripción eterna de un requisito biológico.

El círculo de discípulas, las grandes olvidadas del argumento

Lo que resulta verdaderamente pasmoso del argumento excluyente es su capacidad para ignorar olímpicamente todo lo que los Evangelios cuentan sobre las mujeres que seguían a Jesús. El Evangelio de Lucas, en un pasaje que los defensores de la exclusión femenina parecen haber arrancado de sus Biblias, lo cuenta sin ambages: «Jesús comenzó a recorrer las ciudades y aldeas… Con él iban los doce discípulos, y también algunas mujeres… María, llamada Magdalena, Juana, mujer de Chuza, mayordomo de Herodes, Susana y muchas otras» (Lucas 8:1-3).

El texto es claro: las mujeres iban con Jesús y con los doce. Formaban parte del grupo. Y no iban, como algún malpensado podría imaginar, para hacer la comida. Lucas se encarga de precisar que «contribuían al sostenimiento de ellos con sus propios recursos». Es decir, eran mecenas, financiadoras, sostenedoras del ministerio. Juana no era cualquier mujer: era la esposa del mayordomo de Herodes, alguien con recursos y posición social. No habría abandonado su estatus para andar por los caminos de Galilea haciendo de criada; iba porque creía, porque seguía, porque era discípula.

Pero hay más, y aquí el argumento excluyente empieza a tambalearse seriamente. En una cultura donde los rabinos enseñaban que «nadie converse con una mujer en público» y que enseñar la Ley a una hija era casi una pérdida de tiempo, Jesús hace algo que debió dejar a más de uno con la boca abierta: permite que María, la hermana de Marta, se siente a sus pies como una discípula más, en la posición tradicional del aprendiz respecto al maestro. Cuando Marta, atrapada en los roles domésticos de su tiempo, reclama que su hermana la ayude, Jesús responde con una declaración que sigue resonando aún hoy en día: «María ha escogido la buena parte, y no le será quitada» (Lucas 10:42). Dicho de otra manera: el lugar de la mujer no está exclusivamente en la cocina; también está a los pies del Maestro, aprendiendo, escuchando, siendo discípula.

La conversación con la mujer samaritana (Juan 4) es un ejemplo de suma importancia en esta discusión. Un judío, un maestro, un varón, hablando a solas con una mujer samaritana y, encima, cosniderada pecadora. Violaba todas las normas: las étnicas, las religiosas, las de género. Sus discípulos, al regresar y verlo, se quedaron tan asombrados que ni siquiera se atrevieron a preguntar (Juan 4:27). El texto es delicado: «se maravillaron de que hablaba con una mujer». Maravillarse, en el lenguaje bíblico, es una reacción que suele reservarse para los milagros. Aquí, el milagro es que un maestro judío hable con una mujer en público. Pero Jesús no solo habla: dialoga, discute, revela su identidad mesiánica, la confronta con su vida, la convierte en apóstol de los samaritanos. El resultado: «muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer» (Juan 4:39). Una mujer, predicando, llevando gente a la fe. Y no pasó nada. Bueno, sí: pasó que creyeron.

Estas mujeres no fueron figuras secundarias, sino testigos oculares cuyos nombres y testimonios llegaron a los Evangelios precisamente por su autoridad. Si el argumento de los doce varones tuviera el peso que se le atribuye, habría que explicar por qué los evangelistas —todos varones, por cierto— dedicaron tanto espacio a contar las historias de estas mujeres. ¿O es que acaso no sabían lo que hacían?

Pues Jesús sí lo sabía, y sus acciones nos muestran a un Dios que no puede ser domesticado por las tradiciones y prácticas culturales humanas. Aunque muchos insisten en presentar a Jesús como un hombre de su tiempo, cuidadoso de no traspasar las fronteras culturales. Esta imagen, tan reconfortante para quienes desean una religión doméstica y ordenada, se desmorona apenas se asoma uno a los Evangelios sin lentes teológicos impuestos. En su trato y consideraciones hacia las mujeres, Jesús no solo traspasó fronteras culturales; las pisoteó con la alegría de quien sabe que el Reino de Dios no se deja atrapar por costumbres humanas.

La resurrección, el momento en que Dios puso punto final a la discusión

Pero si hay un momento en que la argumentación excluyente queda reducida a escombros, ese es el de la resurrección. Porque aquí no hay interpretaciones posibles: los Evangelios son unánimes. Las mujeres fueron las primeras en llegar al sepulcro. Las mujeres fueron las primeras en ver al ángel. Las mujeres fueron las primeras en ver al Resucitado. Y lo que es más importante: las mujeres fueron las primeras comisionadas para anunciar la resurrección.

La ironía es más que evidente. En el mundo judío del siglo I, el testimonio de una mujer no tenía validez legal. Un tribunal no podía condenar a nadie basándose en el testimonio de una mujer. Eran consideradas legalmente incapaces, como los esclavos o los menores. Pues bien: Dios, en su infinita sabiduría, decide que las primeras testigos del hecho más importante de la historia de la salvación sean precisamente mujeres. Es como si Dios, con un guiño que los siglos no han sabido captar, estuviera diciendo: «Vais a aprender quién decide realmente quién puede dar testimonio de mí».

Las mujeres corren a anunciar a los apóstoles. Y los apóstoles, según Lucas, «les parecieron disparates lo que ellas decían, y no les creyeron» (Lucas 24:11). Los doce varones, los elegidos, los depositarios del futuro ministerio, no creen a las mujeres. Hace falta que Pedro corra al sepulcro para comprobarlo por sí mismo. La escena es tan elocuente que duele: las mujeres creyendo y anunciando; los varones dudando y necesitando pruebas.

La tradición ortodoxa oriental llama a las mujeres portadoras de mirra «apóstoles de los apóstoles». El título no es un cumplido poético; es una declaración teológica. Las mujeres fueron, literalmente, las apóstoles de los apóstoles, las que llevaron la buena noticia a quienes después la llevarían al mundo. Si el apostolado consiste en ser testigo de la resurrección y anunciarla, las mujeres fueron las primeras apóstoles. Y si los doce varones son el argumento para excluir a las mujeres, habría que preguntarse por qué Jesús no empezó por aparecerse a ellos, evitando así el tener que utilizar testigos legalmente inválidos en su cultura.

Hay algo que debería hacer reflexionar a los defensores de la exclusión: si la comunidad primitiva hubiera inventado los relatos de la resurrección, jamás habría puesto a mujeres como primeras testigos. Habrían inventado testigos varones, creíbles, legalmente válidos. El hecho de que los Evangelios, a pesar del contexto cultural adverso, insistan en que fueron mujeres las primeras testigos es una de las pruebas más sólidas de la historicidad del relato. Y también, aunque parezca secundario, de la intención de Dios de romper los esquemas humanos de credibilidad y autoridad.

Una nueva realidad bajo un Nuevo Pacto

Afortunadamente, después de la resurrección y Pentecostés, y ya bajo el nuevo pacto (Jer 31:31-34; Heb 8:8-12), el Espíritu Santo inaugura una nueva realidad donde “no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer; porque todos sois uno en Cristo Jesús” (Gál 3:28). Esto no anula las diferencias obvias entre los géneros, pero sí elimina barreras de exclusión en el ministerio. Las mujeres comienzan a ejercer roles de liderazgo, enseñanza, profecía y apostolado de manera documentada en el Nuevo Testamento.

Pablo enseñó un ministerio quíntuple: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros.” (Efesios 4:11). Y esto nos obliga a preguntarnos: ¿Ejercieron las mujeres los 5 ministerios? La biblia responde afirmativamente.

Desde el inicio del ministerio público de Jesús, varias mujeres demostraron ser evangelistas efectivas —anunciadoras activas del Reino de Dios y del mensaje de Jesús— mucho antes de la cruz y la resurrección. Ellas no solo siguieron a Jesús, sino que proclamaron su identidad como Mesías y llevaron a otros a creer en Él, mostrando un rol evangelizador intencional y poderoso.

La mujer samaritana (Juan 4:7-42), tras su encuentro transformador con Jesús en el pozo (donde Él revela ser el Mesías), deja todo y corre al pueblo gritando: “¡Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho! ¿No será este el Cristo?”. Su testimonio directo provoca que muchos samaritanos crean en Jesús (Jn 4:39-42). Es considerada por muchos como la primera evangelista del Nuevo Testamento: su palabra lleva a una “cosecha” masiva en Samaria, antes incluso de que los discípulos varones lo hicieran.

María Magdalena, Juana, Susana y muchas otras (Lucas 8:1-3 formaban parte activa del grupo evangelizador junto a los Doce. Su presencia constante y apoyo financiero sostuvieron el ministerio; ellas fueron testigos oculares del mensaje desde Galilea hasta Jerusalén, preparando el terreno para su rol posterior como primeras anunciadoras de la resurrección. ¡Y qué decir de Ana la profetisa! (Lucas 2:36-38) Cuando Jesús era niño, Ana ya actuaba como evangelista: al reconocer al Mesías en el templo, “daba gracias a Dios y hablaba de Él a todos los que esperaban la redención en Jerusalén”. Es una de las primeras en proclamar públicamente la llegada del Salvador.

Las mujeres probaron ser evangelistas activas y exitosas durante el ministerio terrenal de Jesús. No esperaron la resurrección para anunciar: su fe, testimonio y acción llevaron a conversiones reales y expandieron el mensaje del Reino desde temprano. ¡Jesús las usó poderosamente como precursoras del anuncio pleno del Evangelio! Pero ¿Qué hay con los otros ministerios?

Romanos 16:7 (el saludo más elocuente de Pablo) nos habla del apostolado femenino: “Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, los cuales son de estimación entre los apóstoles [ἐπίσημοι ἐν τοῖς ἀποστόλοις], y que también estuvieron en Cristo antes que yo.”

El consenso académico actual (desde finales del siglo XX hasta hoy) es que Junia era mujer. El nombre griego Ἰουνίαν (acusativo) es femenino; “Junias” (masculino hipotético) no aparece en inscripciones ni literatura del siglo I, mientras que “Junia” era común en Roma (más de 250 evidencias epigráficas). Los Padres de la Iglesia tempranos (Crisóstomo, Orígenes, Jerónimo) la tomaron como mujer. Solo en épocas medievales tardías surgió la idea de masculino por posible sesgo. Estudios como los de Eldon Epp (Junia: The First Woman Apostle, 2005) y revisiones recientes lo confirman: Junia era mujer.

La frase “ἐπίσημοι ἐν τοῖς ἀποστόλοις” se traduce mayoritariamente como “destacados / prominentes entre los apóstoles” (no solo “conocidos por los apóstoles”). Si bien los Doce gozaban de un estatus único, Pablo usa “apóstol” en sentido amplio (no solo los Doce o él mismo) para referirse a misioneros enviados con autoridad (como es el caso de Bernabé en Hechos 14:14 y posiblemente también de Silas). Andrónico y Junia eran “apóstoles” en ese sentido: Ellos eran un matrimonio misionero judío-cristiano, convertidos tempranos, prisioneros por el Evangelio, y reconocidos como apóstoles por la iglesia primitiva. Esto muestra que, post-Resurrección, el título de “apóstol” (enviado con autoridad) se extendió a mujeres.

Pero las mujeres sirvieron no solo como apóstoles, sino también como maestras. Hechos 18:24-26 nos dice lo siguiente: “Un judío llamado Apolos… hablaba y enseñaba con exactitud las cosas acerca de Jesús… Pero cuando Priscila y Aquila le oyeron, le tomaron aparte y le expusieron con más precisión el camino de Dios.”

Priscila (nombre que aparece primero en 4 de 6 menciones del matrimonio, lo que sugiere prominencia) y Aquila enseñan a Apolos, un hombre elocuente, erudito en Escrituras y predicador poderoso (v. 24-28). Lo “corrigen” en doctrina (bautismo de Juan vs. bautismo cristiano). Esto es enseñanza autoritativa sobre un hombre en contexto privado, pero con impacto público (Apolos luego predica con poder en Corinto). Esto no es casual: Priscila pastorea con Aquila iglesias domésticas (Rom 16:3-5; 1 Cor 16:19). Pablo la saluda como “colaboradora” (συνεργός), término que usa para líderes masculinos.

El ministerio profético tampoco estuvo vetada para las mujeres. Hechos 21:8-9 nos relata que: “Al día siguiente… entramos en casa de Felipe el evangelista… Este tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban.” Ellas son llamadas profetisas (προφητεύουσαι). La profecía es un don del Espíritu para edificar la iglesia (1 Cor 14:3-4), y puede incluir enseñanza y exhortación pública. No se especifica su ministerio detallado, pero Lucas las menciona intencionalmente como profetisas activas en la iglesia primitiva (paralelo a Joel 2:28-29 / Hechos 2:17-18: “vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán”).

Y para completar el ejercicio del ministerio quíntuple por parte de las mujeres, la biblia nos cuenta de muchas mujeres que dirigieron iglesias domésticas como pastoras. En el siglo I, las iglesias eran mayoritariamente domésticas (ekklesia en casa). El/la anfitrión/a ejercía liderazgo natural: hospitalidad, enseñanza, supervisión pastoral (nótese lo dicho en 1 Tim 3:4-5; Tit 1:11, donde el obispo debe gobernar bien su casa). Varias mujeres lo hicieron:

  • Lidia (Hechos 16:14-15, 40): Comerciante rica, primera convertida en Europa. Bautiza a su casa y ofrece su hogar como base de la iglesia en Filipos (“salimos de la casa de Lydia”). Como patrona y anfitriona, lideró y pastoreó esa comunidad inicial.
  • Ninfas (Colosenses 4:15): “Saludad… a Ninfas y a la iglesia que está en su casa.” Claramente era una mujer. Dirige la iglesia que se reúne en su hogar ejerciendo un rol pastoral de supervisión y cuidado.
  • Priscila (ya mencionada): Con Aquila, pastorea iglesias en Corinto, Éfeso y Roma (Rom 16:5: “la iglesia que está en su casa”). Pablo los llama “mis colaboradores en Cristo Jesús” (Rom 16:3).
  • Otras: María (madre de Juan Marcos, Hechos 12:12: iglesia en su casa en Jerusalén); posiblemente Apia (Filemón 2, co-líder con Filemón y Arquipo).

Estas mujeres no solo hospedaban: como jefas de hogar (viudas, solteras o con maridos), dirigían las reuniones, cuidaban a los creyentes, apoyaban misioneros y ejercían autoridad pastoral en su “casa-iglesia”. Esto encaja con el nuevo pacto: el Espíritu distribuye dones sin distinción de género (1 Cor 12:4-11). Y así, el nuevo pacto libera a las mujeres para ministerios plenos: apóstoles (Junia), maestras autoritativas (Priscila sobre Apolos), profetisas (hijas de Felipe), evangelistas y pastoras (Lidia, Ninfas, Priscila y otras como líderes de iglesias domésticas). Esto muestra la diversidad del ministerio neotestamentario, revelándonos que la iglesia primitiva reflejó Gálatas 3:28 en la práctica.

Doce hombres y un malentendido de siglos

Al final, lo que resulta más cansino del argumento de los doce varones no es su falta de base bíblica —que la tiene, pero malinterpretada— sino su perseverancia en ignorar todo lo demás. Porque para sostener que Jesús quiso excluir a las mujeres del ministerio hay que leer los Evangelios con un antifaz: hay que saltarse Lucas 8, donde las mujeres siguen a Jesús y financian su obra; hay que saltarse Lucas 10, donde María aprende a los pies del Maestro; hay que saltarse Juan 4, donde la samaritana evangeliza a su pueblo; hay que saltarse los cuatro evangelios, donde las mujeres son las primeras testigos de la resurrección. En resumen: hay que saltarse casi todo el Evangelio para quedarse con una lista de doce nombres.

Jesús no fue un revolucionario social en el sentido moderno del término, pero su actitud hacia las mujeres fue tan radicalmente contracultural que todavía hoy, veinte siglos después, seguimos sin digerirla. No necesitó hacer una declaración de principios sobre la ordenación femenina; le bastó con tratar a las mujeres como personas, como discípulas, como interlocutoras válidas, como testigos autorizados. El resto lo hemos inventado nosotros, para tranquilidad de nuestras estructuras.

La semilla del ministerio femenino no es una concesión moderna a las presiones feministas, ni un invento de la teología progresista. Está plantada en el corazón mismo del Evangelio, en esas páginas que algunos leen con tanto cuidado para encontrar doce nombres y tan poco interés para descubrir todo lo demás. Y mientras el argumento de los doce varones siga circulando, habrá que seguir recordando que los Evangelios no se agotan en una lista, que Jesús hizo mucho más que elegir doce apóstoles, y que la resurrección, afortunadamente, fue anunciada primero por quienes, según los criterios humanos, no tenían derecho a hacerlo. Cosas del Reino.

Bibliografía

Bauckham, Richard. Gospel Women: Studies of the Named Women in the Gospels. Grand Rapids: Eerdmans, 2002.

Bauckham, Richard. Jesus and the Eyewitnesses: The Gospels as Eyewitness Testimony. Grand Rapids: Eerdmans, 2006.

Keener, Craig S. Paul, Women and Wives: Marriage and Women’s Ministry in the Letters of Paul. Peabody: Hendrickson Publishers, 1992.

Keener, Craig S. «Women’s Education and Public Speech in Antiquity.» Journal of the Evangelical Theological Society 50, no. 4 (December 2007): 747-759.

Schüssler Fiorenza, Elisabeth. In Memory of Her: A Feminist Theological Reconstruction of Christian Origins. New York: Crossroad, 1983.

Witherington III, Ben. Women in the Earliest Churches. Society for New Testament Studies Monograph Series 59. Cambridge: Cambridge University Press, 1988.

Wright, N. T. The Resurrection of the Son of God. Christian Origins and the Question of God, Volume 3. Minneapolis: Fortress Press, 2003.

Deja un comentario