Arminianismo Clásico, Arminianismo Reformado, Arminianismo Wesleyano, Calvinismo

Diferencias entre el Arminianismo Clásico y el Calvinismo | El Particularismo Calvinista

¿Cómo puede alguien ser hallado en Cristo? ¿Qué es lo que efectúa esta imputación? ¿Lo hace acaso un entendimiento particularista del decreto inalterable de Dios, fundamentado únicamente en su beneplácito? Si esto es así, entonces los calvinistas tienen razón al afirmar sus ideas de una elección incondicional, una Gracia irresistible, y una necesaria perseverancia de los santos. Este punto de vista, sin embargo, presupone un particularismo en el establecimiento del ordo salutis (el orden de la Salvación). Louis Berkhof declara que el Pacto de la Gracia es «un pacto particular y no universal», que Dios quiso que la Redención fuera solamente para algunos individuos en particular. Berkhof censura tanto la noción de una salvación universal que sostienen los universalistas clásicos como la idea de «los pelagianos, arminianos, y luteranos» en el sentido de que la oferta del pacto se dirige a todos.[1]

En otras palabras, en la eternidad pretérita y por razones que solo Él conoce, Dios ha puesto su amor en algunos individuos en particular. Esto se ve con frecuencia en términos de un pacto eterno que presuntamente suscribieron entre sí las tres personas de la Trinidad. David N. Steele y Curtis C. Thomas explican que en este pacto, el Padre elige para sí a un número determinado de individuos. El Hijo hace todo lo necesario para salvar a aquellos que el Padre le ha dado. El Espíritu aplica entonces la salvación a los escogidos.[2]

Según se entiende, ciertos pasajes de la Escritura (por ej., Juan 5:30, 43; 6:38–40; 17:4–12) suponen este «pacto de la redención», por el cual un cierto número de escogidos le son entregados por Dios a su Hijo. Robert E. Picirilli está en lo cierto cuando dice que: 

«En caso de que se pueda hablar de un pacto entre el Padre y el Hijo, habría que hacerlo con grandes reservas. El hecho es que no existe ninguna indicación directa de la existencia de tal pacto, y más importante aún es que sus términos no han sido revelados (en especial, la cuestión de si las promesas eran o no condicionales). En general, los primeros en insistir en que las cosas secretas pertenecen a Dios y en que sus consejos eternos no se nos revelan directamente son los calvinistas. Si tal pacto de la redención se produjo de verdad (y de entrada no me opongo a la idea) la única forma de «leer» sus términos de la salvación es considerando lo que dice el Nuevo Testamento del modo en que ésta se lleva a cabo y se aplica. Si el Nuevo Testamento deja claro que la Salvación es condicional, no nos atrevemos entonces a «leer» los términos no revelados de un hipotético pacto de la redención de tal manera que se destruya esta condicionalidad.»[3] 

En estas palabras, Picirilli ha captado verdaderamente la esencia de la cuestión. Para afirmar la concepción calvinista de la Salvación, hay que asumir a priori el particularismo y una idea incondicional de la Salvación. Una vez asumidos estos presupuestos, está claro que se pueden interpretar muchos textos bíblicos a partir de ellos.

No obstante, la pregunta que deberíamos plantearnos es: ¿Requieren realmente los textos bíblicos relativos a la Salvación el particularismo y la elección incondicional? Creo que no. De hecho, creo que lo que observamos es exactamente lo contrario: La Expiación de Cristo fue para «todos», sin duda para el mundo entero, y la Salvación de Dios tiene una condición: la fe en Cristo. Esta es la concepción arminiana reformada del modo en que alguien puede estar en Cristo: sencillamente por la fe, y esto es algo abierto para todo ser humano. Dadas las limitaciones de espacio de esta exposición, solo citaremos los textos bíblicos más representativos en lugar de presentar un listado más exhaustivo. Con respecto a las doctrinas de una Expiación general y un llamamiento universal, en lugar de una Expiación limitada y un llamamiento particular, hay que considerar los siguientes pasajes:  

“Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo” (2 Corintios 5:19). 
“Porque la Gracia de Dios se ha manifestado, trayendo Salvación a todos los hombres” (Tito 2:11). 
«Y yo, si soy levantado de la Tierra, atraeré a todos a mí mismo» (Juan 12:32). 
«Existía la luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre» (Juan 1:9). 
«Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero» (1 Juan 2:2). 
«El Señor no tarda en cumplir su promesa, según algunos entienden la tardanza, sino que es paciente para con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9).  Asimismo, al considerar lo que enseña la Biblia respecto a que la Salvación está condicionada por la fe, hemos de notar los pasajes siguientes:  
«… para que todo aquel que cree, tenga en Él vida eterna» (Juan 3:15). 
«El que cree en Él no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios» (Juan 3:18). 
«El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). 
«Ellos respondieron: Cree en el Señor Jesús, y serás salvo, tú y toda tu casa» (Hechos 16:31).  

Por supuesto, los calvinistas replicarían, sin duda, que si decimos que el llamamiento de Dios es para todos y que su Gracia alcanza también a todos, entonces no podemos creer en la depravación total. Sin embargo, esto no es así, y el calvinista estaría una vez más condicionado por sus presupuestos particularistas. Los arminianos reformados están de acuerdo con los calvinistas en que existe un problema. La humanidad caída está «muerta en sus delitos y pecados». Los seres humanos por sí mismos son incapaces de llevar a cabo el más mínimo bien espiritual. No negamos que esto plantea un problema. Nuestro desacuerdo está en el modo en que Dios ha decidido resolver este dilema humano. Los calvinistas sostienen que la única forma en que Dios puede ser soberano y generoso es si de manera incondicional escoge a algunos para salvación y a continuación los salva obrando con Gracia irresistible.

Con todo respeto, los arminianos reformados disentimos, junto con otros arminianos, de esta concepción de la Soberanía de Dios. Una vez más, creemos que cuando se trata de considerar los consejos eternos de Dios, la prudencia se hace especialmente necesaria. Generalmente los calvinistas han advertido que, cuando analizamos los decretos de Dios respecto al ordo salutis, hay que tener en cuenta que estamos hablando de un orden lógico, no cronológico. Si esto es realmente así, ¿qué consecuencias se derivarían de ello? La implicación evidente es que estamos considerando una cuestión lógica con respecto al modo en que Dios decide llevar a cabo la Salvación de la Humanidad. Cuando los calvinistas observan al hombre caído, le ven «muerto en pecados» e «incapaz de hacer ningún bien espiritual». Por ello, el calvinismo enseña que Dios obra en las personas en el marco de una relación de causa y efecto con una «Gracia irresistible», mediante la cual se efectúa su salvación.

Sin embargo, si se trata de una cuestión lógica, Dios podría entonces haber decidido remediar la situación de la Humanidad por un procedimiento distinto del particularista que se basa en causas y efectos y que propone el calvinismo. En otras palabras, cuando Dios vio a la raza humana en un estado tan precario y necesitado —«muerta en pecados» e «incapaz de hacer el más mínimo bien espiritual»— lógicamente, nada le hubiera impedido decidir soberanamente alcanzar a todas las personas mediante una Gracia capacitadora (con frecuencia se la ha llamado Gracia preveniente). De hecho, el apóstol Pablo dijo: «Porque la Gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres» (Tito 2:11).

No hay nada ilógico cuando se dice que Dios puede ofrecerle a la humanidad caída su Gracia capacitadora al mismo tiempo que inicia su salvación, es decir, atrayendo a todos hacia sí mismo. De hecho, Jesús afirmó: «Y yo, si soy levantado de la Tierra, atraeré a todos a mí mismo» (Juan 12:32). Por supuesto, los calvinistas dirían a esto: «si todos son capacitados y atraídos, la conclusión ha de ser entonces necesariamente el universalismo: todos serían salvos». A lo cual yo diría: «Sí, si la Gracia de Dios fuera irresistible». Una vez más, sin embargo, Dios puede decidir que su salvación no se desarrolle a partir de las líneas de una relación determinista de causa y efecto. En lugar de ello, Dios puede permitir que el pecador tenga la posibilidad de resistir su oferta de Gracia (una Gracia que ha sido capacitado para aceptar).

Pero ¿por qué habría Dios de hacer tal cosa? Arminio declara: 

«… junto con su acción omnipotente e interna, Dios puede y quiere utilizar el argumento siguiente: “Dios no justifica a nadie sino a los que creen: cree para que puedas ser justificado”. Con respecto, pues, a este argumento, la fe surgirá de la persuasión…. En su acto omnipotente Dios utiliza este argumento; y por medio de este argumento, cuando se entiende correctamente, produce [opera] fe. Si fuera de otro modo, toda esta operación se llevaría a cabo sobre una piedra o un cuerpo inerte, y no sobre el intelecto de un ser humano.»[4] 

F. Leroy Forlines ha hecho una excelente tarea desarrollando la idea de que Dios ha decidido soberanamente interactuar con los hombres de acuerdo con un modelo de «influencia y respuesta» más que por medio de uno de «causa y efecto».[5] Esto no solo es cierto cuando se trata de cuestiones secundarias sino también en la Salvación. Dios respeta la naturaleza personal de su creación humana. No actúa con las personas igual que lo haría con una «piedra» o un «cuerpo inerte». Quiero reiterar que nada de lo que aquí se propone disminuye ni un ápice la Soberanía o la Gracia de Dios. Es cierto que este esquema no es particularista ni la Gracia propuesta, irresistible. No obstante, cuando nos damos cuenta de que el orden de los decretos es lógico en lugar de crono- lógico, todo lo anterior supone una explicación perfectamente lógica acerca del modo en que un Dios soberano puede decidir llevar a cabo su Salvación de Gracia para con una Humanidad hundida en el pecado.

𝗙𝗨𝗘𝗡𝗧𝗘 | 𝐽. 𝑀𝑎𝑡𝑡𝒉𝑒𝑤 𝑃𝑖𝑛𝑠𝑜𝑛, 𝐿𝑎 𝑠𝑒𝑔𝑢𝑟𝑖𝑑𝑎𝑑 𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑠𝑎𝑙𝑣𝑎𝑐𝑖𝑜́𝑛: 𝐶𝑢𝑎𝑡𝑟𝑜 𝑝𝑢𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑑𝑒 𝑣𝑖𝑠𝑡𝑎, 𝑈𝑛 𝑝𝑢𝑛𝑡𝑜 𝑑𝑒 𝑣𝑖𝑠𝑡𝑎 𝐴𝑟𝑚𝑖𝑛𝑖𝑎𝑛𝑜 𝑅𝑒𝑓𝑜𝑟𝑚𝑎𝑑𝑜, 𝑝𝑜𝑟 𝑆𝑡𝑒𝑝𝒉𝑒𝑛 𝑀. 𝐴𝑠𝒉𝑏𝑦, 𝐶𝐿𝐼𝐸, 𝑝𝑝. 220-226.

𝗖𝗜𝗧𝗔𝗦 𝗕𝗜𝗕𝗟𝗜𝗢𝗚𝗥𝗔́𝗙𝗜𝗖𝗔𝗦


[1] Louis Berkhof, Teología Sistemática, T.E.L.L., Grand Rapids, 1983, p. 496.

[2] David N. Steele and Curtis C. Thomas, The Five Points of Calvinism Defined, Defended, Documented (Philadelphia: Presbyterian & Reformed, 1963), 31.

[3] Robert E. Picirilli, Grace, Faith, Free Will: Contrasting Views of Salvation (Nashville: Randall House, forthcoming), cap. 11 de un manuscrito no publicado. El capítulo se titula «Calvinism’s Argument for Necessary Perseverance»

[4] Works of Arminius, 1:746–47.

[5] F. Leroy Forlines, The Quest for Truth: Answering Life’s Inescapable Questions (Nashville: Randall House, 2001), 313–21.

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