Legalismo, Vida Cristiana, Vida Espiritual

¿Es pecado usar joyas y maquillaje?

Por Fernando E. Alvarado

Sin lugar a duda has oído esas preguntas antes. A veces dichas preguntas proceden de no creyentes que desean conocer la enseñanza bíblica al respecto, pero otras veces proceden de creyentes que ya tienen años de pertenecer a una iglesia cristiana donde, al menos en teoría, tienen la Biblia como única regla de fe y conducta. Sin embargo, que una iglesia afirme estar apegada cien por ciento a la Biblia no significa que realmente lo esté. Es más, a veces pareciera que nosotros, los mismísimos creyentes, somos tan culpables como los fariseos de anteponer nuestros prejuicios, normas culturales y enseñanzas de hombres, a la Palabra de Dios. Las palabras de Jesús bien podrían aplicarse a muchos creyentes:

“Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres… y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición.” (Marcos 7:6-13)

Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres… Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres” (Mateo 23:4-5)

El apóstol Pablo habló también sobre la inutilidad de imponer reglas no bíblicas con el propósito de parecer más santos basados en las apariencias y la religiosidad externa:

Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: ¿No manejes, ni gustes, ni aun toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los apetitos de la carne.” (Colosenses 2:20-23)

El que una hermana deje de usar maquillaje, joyas y adornos puede parecer piadoso y hasta un acto de humildad, pero sigue siendo inútil para evidenciar un verdadero cambio de corazón y producir el nuevo nacimiento. En el asunto del maquillaje y las joyas, como en cualquier otro tema que genere polémica entre cristianos, la Biblia tiene la última palabra. Como todo estudiante de la Biblia bien lo sabe, la Biblia se explica a sí misma; por tanto, he de recurrir al libro Sagrado para encontrar la respuesta a las preguntas mencionadas arriba.

¿SE MENCIONAN LAS JOYAS EN LOS TIEMPOS BÍBLICOS?

La Biblia menciona el uso de joyería por parte de muchos de sus personajes. Si comenzamos en Génesis, se nos dice que el criado de Abraham le regaló a la futura esposa de Isaac (hijo de su amo) un pendiente de oro y dos brazaletes. El mismo sirviente le puso a ella un pendiente en su nariz. (Génesis 24:22; 24:47). Pero éste no es un caso aislado. Si continuamos estudiando el tema a través de la Biblia encontramos lo siguiente:

(1.- En el libro de Éxodo se nos relata que, por voluntad de Dios, cuando los hebreos salieron de tierra de Egipto, bajo el liderazgo de Moisés, éstos llevaron con ellos vestidos, y alhajas de plata y oro. El mismo Dios dio la indicación que se los pusieran sobre sus hijos e hijas y así despojarían al pueblo que por tantos años les había esclavizado (Éxodo 3:22). Esos mismos israelitas que salieron de Egipto, cuando caminaban por el desierto, sus esposas, hijos e hijas se pusieron zarcillos de oro en sus orejas. (Éxodo 32:2).

(2.- Salomón hablándole a su amada le alabó su belleza y al hacerlo deja saber que ella llevaba pendientes y collares (Cantares 1:10).

(3.- José, el hijo de Jacob que terminó viviendo en Egipto, nunca olvidó al Dios de sus padres. Por designio de Dios terminó siendo segundo después de Faraón. Nótese que José llevaba un anillo en su mano como señal de autoridad. (Génesis 41:42).
(4.- Saúl, el primer rey de Israel, adornaba su brazo con un brazalete (1 Samuel 1:10).

(5.- Daniel, que honró a Dios dentro de un pueblo pagano y llegó a ser incluso el tercer señor del reino durante el reinado de Belsasar, llevaba una cadena de oro en su cuello (Daniel 5:29).

(6.- Otro ejemplo es el de Ester, una joven candidata a ser reina del Imperio persa. Para prepararse, ella aceptó recibir un “tratamiento de belleza” que, al parecer, incluía el uso de “cosméticos” (Ester 2:7, 9, 12).

En la Biblia, y particularmente en el Antiguo Testamento, hay comparaciones que relacionan las joyas con algo bueno. Por ejemplo, la Biblia dice que alguien que da buenos consejos es como “zarcillo de oro y joyel de oro fino” (Proverbios 25:12). Al hablar del trato que le dio a la nación de Israel, Dios mismo se comparó con un esposo que le regala a su esposa brazaletes, un collar y aretes. Estos adornos hacían de la nación una esposa “muy, muy bella” (Ezequiel 16:11-13). La Biblia no tiene una opinión desfavorable sobre el uso de joyas, maquillaje o adornos. Por el contrario, en el contexto bíblico las joyas, maquillaje y adornos son empleados como símbolos de la bendición o el favor de Dios. La Biblia condena el orgullo, la vanidad, la arrogancia, la altivez y la soberbia, pecados que pueden estar presentes tanto en una mujer que se maquilla, usa joyas y se adorna; así como en aquellas que no usan ninguna de esas cosas. Pues la soberbia, el orgullo, la vanidad y la arrogancia son pecados del alma que poco o nada tienen que ver con la apariencia, pero sí mucho con la actitud del corazón.

¿DE DÓNDE NACE LA OPOSICIÓN DE ALGUNAS DENOMINACIONES AL USO DE JOYERÍA POR PARTE DE LOS CRISTIANOS?

La Biblia registra el uso de joyas. Unos lo usaban como adorno, otros como señal de poder. Ciertamente, nada en la Biblia indica una oposición por parte de Dios al uso de joyas. Entonces ¿De dónde sacan algunas iglesias tal prohibición? Diríamos que probablemente se debe a un mal entendimiento de la manera como un creyente llega a ser santo y también probablemente porque quizá los líderes de esas denominaciones han adoptado esta conducta como una norma personal para ellos y, erróneamente, están obligando a otros creyentes a amoldarse a esas convicciones, so pena de catalogarles como inmaduros o carnales. Para lograr su propósito, muchos líderes religiosos y muchos creyentes mal informados (y, dicho sea de paso, con poco conocimiento de la Biblia y su contexto histórico y cultural), a menudo citan pasajes de la Biblia, y los sacan de su contexto para defender su posición errónea. Analicemos algunos de esos pasajes.

(1) PASAJES SACADOS DE CONTEXTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
Generalmente se suelen citar los siguientes textos bíblicos: “…Asimismo dice Jehová: Por cuanto las hijas de Sión se ensoberbecen, y andan cuellierguidas y los ojos descompuestos; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies: Por tanto, pelará el Señor la mollera de las hijas de Sión, y Jehová descubrirá sus vergüenzas. Aquel día quitará el Señor el atavío de los calzados, y las redecillas, y las lunetas; los collares, y los joyeles, y los brazaletes; las escofietas, y los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos de olor, y los zarcillos; los anillos, y los joyeles de las narices; las ropas de remuda, los mantoncillos, los velos, y los alfileres; los espejos, los pañizuelos, las gasas, y los tocados…” (Isaías 3:16-23).

En ese texto se les dice a las hijas de Sion que el Señor les va a quitar el calzado, las redecillas, las lunetas y otros accesorios de belleza, incluyendo los collares, pendientes, brazaletes, cofias, los adornos con que se atavían las piernas, los partidores del cabello, los zarcillos, los anillos y las joyas que llevan en sus narices, entre otras cosas. Según el texto, ellas eran soberbias y vivían desvergonzadamente. Los versos del 17 al 25 suelen absorber a menuda toda la atención de aquellos que los citan, ignorando tanto lo que se escribió antes como lo que se escribió después de estos versos. Esto los lleva a pasar de largo ignorando el contexto. Muchos cristianos, igualmente, se conforman con la explicación, la enseñanza o la predicación y no toman tiempo para revisar en la misma Biblia lo que realmente enseña dicho pasaje, cuando en realidad debieron haberse hecho las siguientes preguntas: ¿A quién se dijo?, ¿Por qué se le dijo? y ¿Cuándo se le dijo?

¿Qué tal si respondemos a dichas preguntas? En primer lugar, las palabras de este pasaje fueron dichas al reino de Judá (conocido como reino del sur, siendo Jerusalén su capital). En esa época, la nación judía llevaba un estilo de vida apóstata, sin ninguna lealtad o fidelidad hacia el Dios que les había sacado de Egipto. Dios los había tratado como a hijos y los había engrandecido (Isaías 1:2-23), pero ellos se habían olvidado de Dios. En vez de servirle y honrarle, ellos eran culpables de haber dejado a Jehová, no expresar gratitud a Dios y comportarse como si no pertenecieran Dios. Había falsedad religiosa; eran injustos para con el huérfano y a las viudas no se les daba amparo alguno. El soborno era practicado en el gobierno; el territorio se había llenado de ídolos. Dios estaba enojado con ellos y les hace resaltar sus faltas. Antes Jerusalén era una ciudad fiel, llena de justicia y equidad, pero ahora se comportaba como una “ramera”. Dios les llama gente pecadora, cargados de maldad; generación de gente mala y depravada. Ellos habían dejado a Jehová. (Isaías 1:2,4, 21).

Ellos, por voluntad propia se habían rebelado contra Jehová y es el mismo Jehová que por medio del profeta les deja saber lo que les sucederá: Les va a quitar toda la protección y el sustento. (Isaías 3:1-26). Dios está enojado tanto con los hombres como con las mujeres de Judá. El Dios Soberano ha determinado juicio contra ellos. En cuanto a las mujeres, recibirán su parte en este juicio, no porque usen joyas sino por la actitud y el comportamiento de ellas. Van por la vida mostrando soberbia e indiferencia (Isaías 3:16). Ellos estaban viviendo en una sociedad que se había contaminado de costumbres traídas de oriente, y de agoreros como los filisteos; hacían pacto con extranjeros que no honraban a Jehová. Habían cambiado a Jehová, que hizo el cielo, la tierra y a ellos mismos, por otros objetos de culto (ídolos, imágenes) hechos por manos humanas. (Isaías 2:6-8). Es claro que la ira de Dios no fue provocada porque las mujeres usaban joyas, sino que serían castigados por haber dejado a Dios. Por cierto que, hablando de joyas, llama la atención que Dios use las “joyas”, “lino fino” y “seda” para describir las bendiciones que había derramado sobre Jerusalén. Esto no tendría sentido si Dios las considerara algo malo o pecaminoso.

Otro pasaje empleado a menudo lo encontramos en Ezequiel 16: 1-6. En dicho pasaje Dios les hace saber a los israelitas el juicio que vendrá sobre la nación por causa de su idolatría. Dios, por medio de Ezequiel, les hace recordar su origen y lo que él, Jehová, había hecho por ellos. Dios habla de Jerusalén y, usando una metáfora, se caracteriza a la nación como si fuera una mujer. En ese mensaje para Jerusalén Dios le dice que la ha amado, cuidado y adornado. ¿Con qué la adornó? No fue con flores sino con joyas, lo cual carece de sentido si tales objetos fueran malos en sí mismos.

Para un mejor entendimiento repasemos lo que dice Dios (Ezequiel 16: 1-14). Ellos sabían muy bien que lo que ellos habían llegado a ser como nación se debía al favor de Dios para con ellos. Los sacó de Egipto; los cuidó en el desierto, allí no carecieron de agua, comida, vestido ni calzado. Los hizo entrar a la tierra prometida y allí se convirtieron en una nación grande y poderosa. Pero ellos, a pesar de que experimentaron todo eso, endurecieron sus corazones y se volvieron aún más desobedientes. Se volvieron tan idólatras que llegaron hasta sacrificar bebés a uno de sus ídolos. Ellos, al principio, tenían con Dios (en el sentido espiritual) una relación como la de una esposa con su marido; pero al cambiar a Dios por obras hechas por manos humanas, Dios llama a Jerusalén adúltera y, por tanto, la va a juzgar según las leyes de las adúlteras, entregándola en manos de sus enemigos: Ellos vendrían a destruir los lugares altos y derribarían los altares construidos para los ídolos; la despojarían de sus ropas dejándola desnuda y descubierta. Además, les quitarían sus alhajas (Ezequiel 16: 15-41), símbolo de la bendición de Dios. Literalmente, el reino del sur y su capital, Jerusalén, fueron entregados a Nabucodonosor, rey de los babilonios. Ellos se llevaron todo tesoro que había no solo en la ciudad, sino que en el mismísimo templo también. Por tanto, dejó de ser una ciudad esplendorosa; ya no tenía el respaldo de Dios: había perdido toda provisión.

Después de toda la explicación anterior, nos podemos dar la libertad de preguntar: ¿Qué tiene que ver Isaías 3:16-23 y Ezequiel 16:39 con la prohibición a las mujeres que usen joyas, adornos y maquillaje? ¡Absolutamente nada! Algunos creen que el hecho de que la malvada reina Jezabel se pintara los ojos con pintura negra (antimonio) prueba que maquillarse está mal (2 Reyes 9:30). Esto no es cierto. La verdad es que Jezabel, quien practicó brujería y cometió asesinatos, fue juzgada por sus acciones y no por su apariencia (2 Reyes 9:7, 22, 36, 37).

(2) PASAJES SACADOS FUERA DE CONTEXTO EN EL NUEVO TESTAMENTO
Otro pasaje empleado por quienes prohíben el uso de maquillaje y joyas es 1 Timoteo 2:9-10 el cual nos dice: “Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos, sino con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad.” Aunque a simple vista podría parecer que Pablo prohíbe el uso de joyas (el maquillaje ni siquiera se menciona), una lectura cuidadosa del texto nos muestra que Pablo no prohibía que las mujeres usaran joyería, maquillaje, o el cabello trenzado; más bien él dice que las mujeres no deben permitir que su apariencia externa se vuelva más importante que su belleza interior. Creer que a Dios le molesta que sus hijos e hijas usen joyería o vistan bien es absurdo e implica una valorización desmedida por la apariencia, lo cual contradice 1 Samuel 16:7, el cual declara: “porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.”

1 Pedro 3:3-4 nos recuerda este aspecto espiritual: “…vuestro atavío no sea el externo de peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios…” No hay nada de malo en usar joyería, maquillaje o peinados elaborados, en tanto que sea hecho de una manera modesta. Una mujer no debe enfocarse tanto en su aspecto externo, que llegue a descuidar su vida espiritual interior. Obviamente, la Biblia no se centra en la apariencia física, pero sí destaca la importancia de tener un carácter “quieto y apacible” (1 Pedro 3:3-4). Al leer el contexto, nos damos cuenta de que el mensaje que la Biblia quiere transmitir aquí es que la belleza interior es más importante que la apariencia exterior o los adornos (1 Pedro 3:3-6). Este punto también se enfatiza en otros versículos bíblicos (1 Samuel 16:7; Proverbios 11:22; 31:30; 1 Timoteo 2:9, 10). La Biblia no prohíbe el uso de cosméticos, joyas o adornos; simplemente enseña que la verdadera belleza de una mujer piadosa no reside en su apariencia externa, el maquillaje o las joyas que ésta pueda usar, sino en su interior.

¿Y ENTONCES QUÉ HACEMOS?

¿De dónde nacen tantos mandamientos antibíblicos? ¿Por qué dentro de las iglesias evangélicas surge la necesidad de buscar una santidad basada en la apariencia externa? Hasta cierto punto, pareciera que dentro de cada cristiano vive un fariseo deseando manifestarse. Y es que dentro de cada hijo de Dios, por muy “liberal” que pueda considerarse, existe una tendencia a querer mostrar a otros su santidad por medio de determinado tipo de conducta externa.

Permíteme ilustrar con un ejemplo lo que estoy diciendo. Conozco creyentes que afirman: Yo soy santo porque no veo televisión, o no voy al cine, o no hago esto o lo otro. Detrás de esta afirmación está el concepto de que, para ser santos, es necesario hacer o dejar de hacer ciertas cosas de carácter externo. Pero la Biblia refuta este concepto. La Biblia dice que los creyentes somos santos por haber recibido a Cristo como nuestro Salvador; por cuanto su muerte y resurrección fue lo que logró hacernos santos.

Colosenses 1:21-22 dice: “Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él.”

En este pasaje bíblico queda claro que nuestra santidad no es el resultado de lo que hagamos o dejemos de hacer, sino de lo que Cristo ya hizo por nosotros en la cruz del Calvario. No es correcto entonces pensar que, porque yo hago tal o cual cosa, o porque yo no hago esto o aquello, soy santo. ¿Significará esto entonces que yo puedo vivir como un pagano porque mi santidad no depende de lo que yo haga sea bueno o sea malo? Rotundamente no. Veamos lo que dice 1 Pedro 1:15-16.

“Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.”

Los que somos santos por la obra de Cristo en la cruz, debemos vivir vidas santas. La vida en santidad es el resultado del carácter santo que nos dio Dios a los que verdaderamente estamos en Cristo. Porque soy santo, debo vivir en santidad, no al revés. No soy santo porque hago o dejo de hacer ciertas cosas. Mi santidad es por lo que Cristo hizo por mí en la cruz del Calvario. Con este antecedente entonces, no podemos decir que una hermana es santa porque no usa cadenas, o aretes o maquillaje.

De la misma manera, tampoco podemos decir que una hermana no es santa porque usa cadenas, anillos o maquillaje. Es posible que por sus propias convicciones cierto creyente haya llegado a la conclusión que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje, pero este creyente no debe obligar a otros que también hagan lo mismo so pena de que si no lo hacen, sean tildados de carnales o inmaduros.

En la época en que el apóstol Pablo escribió la carta a los Romanos, el problema no era tanto el usar o no cadenas, aretes, o maquillaje. El problema era comer o no cierto tipo de carne. Veamos la conclusión a la que llegó el apóstol en Romanos 14:2-4 donde dice:

“Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios le ha recibido. ¿Tú quien eres, que juzgas al criado ajeno? para su propio señor está en pie, o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme.”

Aplicando este pasaje bíblico al asunto nuestro en particular diríamos que, si una hermana ha decidido que puede usar cadenas, aretes o maquillaje, no debe despreciar al creyente que ha decidido que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje. Igualmente, si una hermana ha decidido que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje, no juzgue al creyente que usa cadenas, aretes o maquillaje. El apóstol Pablo nos deja una advertencia sobre este asunto en Romanos 14:13 donde dice:

“Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sin más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano.”

Volviendo al tema de ¿Por qué algunas denominaciones prohíben el uso de cadenas, aretes, maquillaje, por parte de las mujeres creyentes? Diríamos que probablemente se debe a un mal entendimiento de la manera como un creyente llega a ser santo y también probablemente porque quizá los líderes de esas denominaciones han adoptado esta conducta como una norma personal para ellos y, erróneamente, están obligando a otros creyentes a amoldarse a esas convicciones, so pena de catalogarles como inmaduros o carnales. Pero eso no es lo que enseña la Biblia y ella, y no los hombres y sus preferencias y legalismos particulares, es la única norma que debe regir nuestra conducta.

A aquellos que buscan justificarse y parecer santos ante Dios por la obediencia a ritos externos, normas humanas y mandamientos religiosos, les recordamos las palabras de Pablo:

“De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído.” (Gálatas 5:4)

Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.” (Gálatas 2:14)

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