Ética Cristiana, Vida Cristiana

Just Thinking | Enemigos de la cruz

Por Fernando E. Alvarado

Creo que es justo decir, que los falsos maestros son los primeros enemigos de la cruz y los mayores peligros contra el mensaje del evangelio y la iglesia. Lamentablemente no son los únicos. Nos engañaríamos si pensamos que la única forma de atentar contra el mensaje del evangelio es por medio de falsas enseñanzas. Hay otra manera en la que los verdaderos creyentes también podemos ser hallados culpables de poner tropiezo, generar ataques y causar daños contra la obra de Cristo. Es una forma muy sutil, pero muy común a la vez y tiene que ver con la falta de santidad.

EL MAL TESTIMONIO, OTRO ENEMIGO DE LA CRUZ

La falta de piedad en el pueblo cristiano, también va en perjuicio de la verdad bíblica. Nuestra conducta y nuestras malas actitudes pueden enlodar y opacar la belleza del evangelio. Por ejemplo, cuando el apóstol le escribió a Tito, le dijo que anime a los esclavos que se sujeten a sus jefes y que no los defrauden sino que muestren buena fe en todo, “para que adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador” (Tito 2:9-10). Esto quiere decir, que la manera de conducirse de estos siervos eran formas de adornar el mensaje que decían creer. Es decir, el testimonio piadoso de un creyente puede hacer a la enseñanza bíblica más atractiva, por que expresamos en términos visibles la belleza del evangelio. Por eso la indiferencia en el creyente, la tibieza, las actitudes soberbias, la falta de devoción y de compromiso, el odio, la poca compasión, el resentimiento, el orgullo, la ira, el egoísmo y la falta de perdón son cómo piedras que lanzamos a la obra de Cristo y así ensuciamos y dañamos su belleza.

El pecado y la poca piedad en los cristianos también atentan contra la integridad del evangelio. Es cierto, los falsos maestros han hecho grandes daños a la causa de Cristo con sus enseñanzas. Pero los verdaderos creyentes también podemos ser culpables de lo mismo. Los creyentes también debemos proteger la sana doctrina con nuestra conducta. Deberíamos ser expresiones andantes del glorioso evangelio de nuestro Salvador.

EVITANDO SER TROPIEZO A LOS DEMÁS

La lucha por ser dignos representantes del mensaje que predicamos ha sido siempre un elemento inseparable de nuestra fe, aún desde los inicios de la iglesia. Es por ello que el abuso de nuestra libertad cristiana es otro terrible enemigo de la cruz de Cristo. De ello dan fe las cartas de Pablo a los primeros cristianos.

Algunos cristianos del primer siglo —muchos de los cuales se habían convertido de religiones que hacían sacrificios a los ídolos— no podían sino ver que la carne que se vendía en los mercados estaba contaminada por la adoración a los ídolos. Para ellos, comer dicha carne se sentiría incómodamente cerca de participar en esta adoración. Y al ver a sus compañeros creyentes participar de ellas los podría o desviar de la fe o hacerlos sentir cómodos con la idea de mezclar costumbres paganas con el cristianismo (vea 1 Corintios 8:4-13).

En otras palabras, el hecho de comer de esta carne podría haberse convertido fácilmente en una piedra de tropiezo para los cristianos que eran nuevos en la fe. Aunque los cristianos tenían la libertad de comer esa carne, también tenían la responsabilidad de analizar cuál sería el impacto de eso en la fe de los que estaban a su alrededor. Puesto que no todos entendían dicho principio, y muchos creyentes abusaban de su libertad en Cristo, Pablo les exhortó:

“Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano” (1 Corintios 8:13).

Para Pablo, no solo nos convertimos en enemigos de la cruz cuando hacemos deliberadamente algo que sabemos que está mal, sino también cuando, en abuso de nuestra libertad cristiana, hacemos algo que, aunque no sea malo en sí mismo, daña la fe de otro o impide que los incrédulos adopten nuestra fe.

Para Pablo todo se reduce a esto: Como cristianos que están luchando por evitar ser piedras de tropiezo, lo mejor que podemos hacer es enfocarnos menos en lo que tenemos el derecho de hacer y más en el privilegio de lo que podemos hacer para fortalecer a nuestros hermanos y hermanas en la fe. Dos mil años atrás, eso tenía que ver con ser cuidadosos en el momento de comprar la carne. Actualmente, implica poner cuidado en cosas como:

  • Cómo nos describimos en las redes sociales. (Pregunta: ¿es posible que si posteo esto incite la envidia, los celos o el resentimiento en las personas que lo vean?)
  • Las actividades en las que participamos. (Pregunta: ¿lo que estoy haciendo en mi tiempo libre impactará negativamente en la forma en que otros me perciben a mí, a mi fe o aun a mi Dios?)
  • Cómo vestimos. (Pregunta: ¿son de buen gusto mis vestidos? ¿Lo que estoy usando puede hacer más difícil que los otros se mantengan puros en sus pensamientos acerca de mí?)
  • Lo que decimos y cómo lo decimos. (Pregunta: ¿hacen las palabras y el tono que utilizo para hablar, más fácil o más difícil para aquellos que me escuchan entender lo que estoy tratando de comunicar?)

Y aquí hay otra gran clave:

Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo” (Filipenses 2:3).

Ninguno de nosotros es perfecto. Todos somos santos en progreso. Pero si nuestra meta es evitar convertirnos en enemigos de la cruz y evitar ser una piedra de tropiezo para creyentes e incrédulos, el mejor lugar para empezar es fijando nuestra atención en el impacto que nuestras acciones tendrán en los que nos rodean.

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