Aborto, Feminismo, Vida Cristiana

¿Qué dice la Biblia acerca del aborto?

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La eliminación del feto o embrión es una práctica tan vieja como la propia humanidad. Cada cultura ha tenido que encararla con arreglo a sus convicciones morales y a los valores de su tiempo. Sin embargo, en nuestros días este antiguo dilema se ha agudizado y ya no se discute apenas acerca de si es lícito o no, en caso de prescripción médica para salvar la vida de la madre o con el fin de controlar la natalidad y liberarse de una descendencia no deseada. Hoy el aborto forma parte de la revolución sexual de Occidente, convirtiendo el claustro materno en el lugar más inseguro del mundo, pues en una sociedad liberal que aspira a ser avanzada se disfraza la realidad del aborto con una máscara de progresismo jurídico. La gran paradoja de esta sociedad abortista es que mientras se lucha contra la tortura y la pena de muerte, se amplían al mismo tiempo los supuestos para poder aplicarla a criaturas indefensas antes de su nacimiento. De ahí que para la iglesia cristiana evangélica resulta del todo imposible no asumir una postura en contra. El problema nos afecta a todos, simplemente porque somos seres humanos. La realidad de tal práctica no debe dejarnos indiferentes.

El aborto es y seguirá siendo un asunto grave. Se trata de algo indeseable que, aunque en ocasiones se presente con tonalidades liberadoras, en el fondo lleva casi siempre un equipaje amargo de angustia, opresión, injusticia y soledad. Los estudios sociológicos confirman que el número de abortos tiende a aumentar en aquellos países donde tal práctica está liberalizada. Cada vez más sociedades occidentales liberalizan la práctica del aborto. Entre los factores que han contribuido a este carácter abortista de Occidente se pueden mencionar:

(1.- El progreso de la medicina y de las técnicas quirúrgicas abortivas que ha disminuido o eliminado los riesgos de tales operaciones.

(2.- La creciente permisividad y aceptación social de la interrupción de los embarazos.

(3.- Los fallos en los métodos de control de la natalidad que inducen como último recurso a la práctica del aborto.

(4.- El excesivo crecimiento demográfico capaz de hacer que determinados gobiernos promuevan la práctica del aborto con el fin de controlar la población.

(5.- El miedo a los embarazos con defectos físicos o psíquicos, fácilmente detectables mediante diagnóstico prenatal.

(6.- La emancipación de la mujer y el aumento de las motivaciones personales.

(7.- La infravaloración del feto o embrión como ser no humano.

(8.- Las situaciones de injusticia social, pobreza, deficiencias en educación, cultura, carencia de vivienda adecuada, trabajo, etc.

DEFINICIÓN Y TIPOS DE ABORTO

Generalmente, el aborto se define como la interrupción del embarazo cuando el feto no es todavía viable, o sea, en una etapa de su desarrollo en la que no puede sobrevivir fuera del útero materno. Tal viabilidad fetal se alcanzaría a partir de los siete meses de gestación. Sin embargo, el término “viable” le quita importancia moral al acto abortivo. Hablar de feto viable o no viable puede resultar discriminatorio ya que no hace justicia a la realidad del embrión ni a su progresivo desarrollo. En este sentido se ha señalado también que expresiones como “interrupción del embarazo” serían equívocas en sí mismas e inducirían a quitarle gravedad o a pensar que el aborto es casi un acto humanitario. El aborto es la muerte del feto humano antes de nacer, provocada directa y deliberadamente en cualquiera de los momentos biológicos del proceso de gestación a partir del momento preciso de la concepción, ya sea vaciando expresamente la matriz, o impidiendo la nidación natural del óvulo femenino fecundado por el espermatozoide masculino. También se habla de aborto espontáneo o natural cuando no se origina por la acción humana sino debido a otras razones, como puede ser el mal estado del embrión. El número de embriones o fetos que se malogran de esta manera después de la anidación suele ser elevado y oscila entre el 10% y el 15%. El aborto espontáneo es una forma natural de contribuir a la selección de los individuos más sanos. El otro tipo de aborto, el provocado, es aquel que realiza el ser humano de forma consciente y con una clara intención de acabar con la vida del nonato. Desde el punto de vista jurídico se le considera legal cuando la ley lo permite y criminal si es que ésta lo prohíbe.

Desde la perspectiva jurídica, médica y ética se reconocen cuatro tipos de aborto provocado:

(A.- ABORTO TERAPÉUTICO: Se denomina así a la interrupción provocada del embarazo cuando la continuación del mismo pone en peligro la vida de la madre gestante. Antiguamente este aborto se recomendaba en aquellas mujeres embarazadas que padecían tuberculosis pulmonar o graves cardiopatías. Sin embargo, hoy, como consecuencia de los avances médicos, esta situación ha quedado prácticamente superada. Un ejemplo lo sigue constituyendo el embarazo ectópico, es decir cuando el embrión se desarrolla fuera de la cavidad uterina, en el abdomen, las trompas o el propio ovario. De todas formas, aunque actualmente sea poco frecuente porque ya no está en peligro la vida de la madre, su significado se ha ampliado también a la salud de la mujer gestante.

(B.- ABORTO EUGÉNICO O EUGENÉSICO: Es el que se plantea cuando existen evidencias reales de que el embrión o feto sufre malformaciones o anomalías congénitas. Esta causa de aborto quizás sea una de las más dramáticas ya que plantea, por lo general, serios conflictos de valores entre la inviolabilidad de la vida humana y la interrupción de una existencia disminuida.

(C.- ABORTO CRIMINOLÓGICO, HUMANITARIO O ÉTICO: Se habla de este tipo de aborto cuando el embarazo ha sido consecuencia de una acción violenta y delictiva como puede ser la violación o el incesto. Parece que en tales situaciones el riesgo de que se produzca la concepción es sólo del 1%. También en estos casos el dilema ético se establece entre eliminar a un embrión que, aunque sea inocente no se desea, puesto que no ha sido fruto del amor sino de la violencia o proseguir la gestación hasta el parto y quedárselo o darlo después en adopción.

(D.- ABORTO PSICOSOCIAL Es aquel que se practica cuando el embrión no se acepta por motivos psicológicos o de carácter social. Aquí las razones pueden ser muy variadas: problemas psíquicos de la mujer, economía precaria, vivienda pequeña e inadecuada, elevado número de hijos, mujeres solteras que no desean enfrentarse al rechazo social, relaciones extramatrimoniales que se quieren ocultar, etc. Este es sin duda el tipo de aborto que más se practica en todo el mundo ya que, de hecho, en algunas sociedades se aplica casi como un método anticonceptivo más. En ocasiones las causas aducidas para llevarlo a la práctica son tan poco relevantes, desde el punto de vista ético, que dejan entrever el progresivo menosprecio de la sociedad actual hacia la vida del embrión.

EL ABORTO EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Muchos piensan erróneamente que porque la palabra “aborto” no se menciona directamente en la Biblia (y particularmente en el Antiguo Testamento), el aborto no entra dentro de las previsiones ni del espíritu del quinto mandamiento (Éxodo 20:13). ¿Hay que deducir del silencio bíblico sobre el aborto que la Escritura aprueba su práctica? Nada más lejos de la realidad. Uno de los graves peligros al usar la Biblia para intentar encontrar respuestas a asuntos importantes es acercarnos a ella como si fuera una especie de diccionario, en el que solo hay que buscar el término deseado para que se nos dé una definición y se nos diga si es prohibido o permitido. Como el término “aborto” no aparece, la conclusión es clara: Se trata de un tema irrelevante, luego podemos perfectamente pensar y actuar sobre ello según nos parezca. El argumento parece contundente, pero ¿Es así en realidad?

Una palabra puede no aparecer en la Biblia y sin embargo el pensamiento y la enseñanza que la sustentan estar diseminados por doquier a lo largo y ancho de ese libro. La doctrina de la Trinidad es un ejemplo de ello. Y ese sería el caso también con el aborto. ¿Se atrevería alguien a afirmar que como la palabra ecología no aparece en la Biblia se deduce de ello que podemos hacer con nuestro planeta lo que nos venga en gana? Es evidente que no. Si aplicáramos esa regla llegaríamos a las aberraciones más ridículas, dado que las palabras ética y moral tampoco aparecen. Luego el argumento de que la ausencia de la palabra aborto deja la cuestión abierta no se sostiene. Claro que a veces ocurre lo contrario; un término aparece una y otra vez en repetidas ocasiones, pero como no nos gusta la carga que lleva implícita, lo reinterpretamos para que diga lo que nosotros queremos que diga. Después defendemos nuestra reinterpretación diciendo que hasta ahora el término no se había entendido bien, lo cual resulta muy sospechoso porque quiere decir que en dos mil años de historia cristiana nadie había sido capaz de entenderlo correctamente, hasta que hemos llegado nosotros. Este sería el caso con el asunto de la homosexualidad. Es decir, que unas veces porque la palabra no aparece (caso del aborto) y otras porque hay que entenderla como nosotros previamente decidimos (caso de la homosexualidad), la cuestión es hacerle decir a la Biblia lo que nosotros queremos que diga.

Esto ocurre con un pasaje del Antiguo Testamento que se refiere explícitamente a este tema. Se trata de Éxodo 21:22-23. Estos dos versículos han sido usados sobre todo por autores que pretenden ver en ellos una licencia bíblica para justificar el aborto, pero también por aquellos otros que defendemos todo lo contrario. Los primeros se fijan en la pequeña multa impuesta al hombre que durante una pelea causa un aborto accidental, para afirmar que Dios no considera al feto como vida humana y que, por tanto, abortar no es un crimen ni un pecado. Sin embargo, de manera correctamente interpretado, el pasaje de Éxodo 21 no otorga justificación bíblica de ninguna clase a quienes quieran liberalizar las leyes sobre el aborto. En la traducción Reina-Valera de 1960 se lee así:

“Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.”

Desgraciadamente la traducción de este texto es confusa, porque al introducir el término abortar y a continuación la expresión ‘pero sin haber muerte’ no se sabe muy bien a quién se refiere dicha expresión, si a la mujer embarazada o a la criatura que lleva. Es más, si por abortar entendemos la muerte de una criatura que aún no ha nacido, entonces la conclusión a la que llegamos es evidente: la expresión ‘pero sin haber muerte’ se refiere a la madre, pues no puede haber aborto de una criatura y al mismo tiempo decirse de ella ‘pero sin haber muerte’. Por lo tanto, la conclusión sería que el resultado de una pelea que acaba en daños para una mujer embarazada es punible según sea el daño que sufra ella; si muere a consecuencias de la misma entonces el agresor es culpable de asesinato y lo pagará con su vida, pero si no muere el castigo será proporcional al daño realizado, según establecía la ley del talión. De ahí que según esta manera de entender el pasaje la muerte de la criatura no tiene consecuencias penales, ya que tal muerte se podría considerar lo que en el lenguaje bélico moderno se denominan ‘daños colaterales’, es decir, desgracias inevitables aleatorias.

La deducción es evidente y los partidarios y justificadores del aborto se aferran a este pasaje, entendido de esta manera, para decir: “La Biblia, en el único pasaje que trata de un aborto hecho con violencia, no castiga la muerte de la criatura, lo cual quiere decir que no considera al no nacido persona y que el aborto en sí no es pecado”. Pero analicemos esto con más cuidado: Casiodoro de Reina no estuvo muy acertado al emplear la palabra ‘abortar’ en su traducción de ese pasaje y otras traducciones, como la Biblia de las Américas, persisten en el error. Porque la palabra hebrea para abortar es ‘shakal’, la cual aparece en Éxodo 23:26 u Oseas 9:14, pero no aparece en el pasaje de Éxodo 21:22, donde la palabra vertida como abortar no es ‘shakal’ sino ‘yatsa’, que significa salir. Es decir, si tuviéramos que traducir el pasaje de acuerdo a este criterio sería así:

“Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y la criatura saliere, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe…” (Éxodo 21:22; Traducción Libre)

Los judíos sefarditas que realizaron una traducción muy literal del Antiguo Testamento en 1553 (la famosa Biblia de Ferrara) tuvieron en cuenta en su traducción de ese pasaje el importante matiz de esa palabra que da un giro al entendimiento del mismo. Su traducción, hay que recordar que es castellano de los sefarditas del siglo XVI, dice así:

“Y quando barajaren varones y hirieren muger preñada y salieren sus criaturas y no fuere muerte, apenar sera apenado como pusiere sobre el marido de la muger y dara por juezes. Y si muerte fuere y daras alma por alma, ojo por ojo diente por diente.”

Como curiosidad, la literalidad de esta traducción al original hebreo es tan grande que han traducido no ‘criatura’ en singular sino ‘criaturas’, en plural, porque así lo impone el texto hebreo, aunque la Septuaginta y el texto samaritano lo ponen en singular. Pero lo más importante de todo es que la palabra ‘yatsa’ que Casiodoro de Reina traducirá en 1569 como ‘abortar’, los judíos de Ferrara la tradujeron como ‘salir’, que es realmente su significado. Ya los traductores de la Septuaginta habían vertido muchos siglos antes la palabra del mismo modo. Ahora bien, eso cambia totalmente la perspectiva del texto, porque significa que la mujer embarazada, a causa de la pelea, ha recibido un golpe por el que da a luz prematuramente a la criatura, lo cual es un riesgo en el que está en juego no solo la vida de la madre, sino también la de la criatura misma. Si ‘hubiere muerte’ (ya sea de la madre, de la criatura o de ambos) como consecuencia, el agresor lo pagará con la suya propia, pero si los daños (para la madre, para la criatura o para ambos) no conllevan muerte, entonces el castigo será proporcional a dichos daños. La conclusión de todo esto es evidente: Éxodo 21:22-25 hace del no nacido un sujeto de garantías jurídicas protegido por la ley, lo mismo que un nacido.

Por lo tanto, a los que buscan en ese pasaje un arma para defender el aborto les sale el tiro por la culata, porque el significado es exactamente el opuesto al que ellos pretendían. Sería un gran error concluir de este pasaje que el Antiguo Testamento aprueba o legitima de alguna manera la interrupción provocada del embarazo. Y es que una de las grandes enseñanzas que hallamos en el Antiguo Testamento es la concerniente a la relación que existe entre bendición y procreación. La procreación humana (y animal) es producto de la bendición de Dios, y viceversa, una de las facetas en las que la bendición de Dios se expresa es en la procreación de sus criaturas. Es interesante que las dos primeras veces que la palabra bendición aparece en la Biblia están en el capítulo 1 de Génesis y en ambos casos relacionadas con la procreación. La expresión ´Y Dios los bendijo diciendo: Fructificad y multiplicaos´ (Génesis 1:22, 28) no deja lugar a dudas. Así pues, cuando todo está en su origen y ese todo es perfecto, Dios vincula bendición con procreación.

Pero tal vez se pueda aducir que así era necesario entonces, a causa de la necesidad de que el mundo se poblara. Sin embargo, lejos de menguar o desaparecer, la relación bendición-procreación se mantiene a través de todo el Antiguo Testamento. De hecho, ´el fruto de tu vientre´ es una de las bendiciones que Dios derrama sobre su pueblo (Deuteronomio 28:4), describiéndose la bienaventuranza familiar que son los hijos como ´herencia del Señor´(Salmo 127:3), lo cual implica que son riqueza que viene de parte de Dios. Estos pasajes, y muchos otros semejantes, ya no están situados en un mundo original e ideal, sino en un mundo caído, donde el pecado ha hecho su aparición y ha trastocado toda la armonía y belleza del Paraíso. Y sin embargo, a pesar del desastroso estado en el que las cosas han quedado, sigue en pie el principio que une bendición y procreación. Ese principio tiene su contraparte en el hecho de que la esterilidad se contempla en el Antiguo Testamento como una de las peores desgracias que le puedan suceder a un individuo. Es lógico; si la procreación es bendición, la deducción inevitable es que la falta de procreación es sinónimo de falta de bendición, hasta el punto de que en ocasiones se establece una equivalencia entre esterilidad y maldición (Deuteronomio 28:18).

Ahora bien, llegados a este punto surge inevitablemente la pregunta: ¿Cuál es, por la lógica del razonamiento, la conclusión a la que llegamos si aplicamos los binomios procreación-bendición y esterilidad-maldición del Antiguo Testamento y ponemos bajo su luz la cuestión del aborto? La respuesta es inequívoca. Si la ausencia de procreación por causas naturales es contemplada como uno de los peores estigmas que un individuo ha de sobrellevar ¿Qué será matar a lo que es bendición? Si en la cosmovisión del Antiguo Testamento la procreación es manifestación del agrado de Dios ¿En qué categoría moral habrá de situarse la deliberada aniquilación de lo que ha sido procreado? Por tanto, cae por su propio peso que el Antiguo Testamento da por sentado lo que el aborto es, al establecer lo que la procreación es. Su énfasis está en la vida y en la bendición y al hacerlo de esa manera, está dejando implícitamente claro lo que su opuesto es. ¿Quién dijo que la Biblia no tiene nada que decir sobre el aborto? ¡Cuidado! No sea que al decirlo se estén torciendo las Escrituras, como hicieron algunos a los que el apóstol Pedro llamó ´indoctos e inconstantes´ (2 Pedro 3:16).

Por tanto, si alguna cosa resulta evidente a lo largo de toda la Escritura, y particularmente en el Antiguo Testamento, es que la vida se considera siempre como el bien supremo, mientras que la muerte es el peor de los males. Los niños son contemplados como una bendición y nunca como un inconveniente, se conciben como un don del cielo y jamás se ven como una maldición. Dios es el Padre eterno que conoce a cada criatura y puede entablar con ella una relación íntima incluso antes de que comience a existir en el vientre materno (Job 31:15; Salmos 127:2-3; 128:1-3; 139:13; Isaías 44:2,24; 46:3; 49:1,5; 66:9; Jeremías 1:5; etc.). El pueblo de Israel consideraba la vida como algo extraordinariamente valioso, por eso también veía la esterilidad como una vergüenza, una afrenta y hasta un castigo divino. Es difícil creer que en un pueblo así, con tales convicciones morales, la práctica del aborto encontrara algún tipo de cobijo. De ahí que el silencio del Antiguo Testamento acerca del aborto provocado sugiera fundamentalmente que este asunto no constituía ningún problema para el pueblo elegido. No era necesario legislar o dictar normas sobre una práctica inexistente. Ni el aborto ni el infanticidio se contemplan en la ley mosaica debido al enorme respecto que los hebreos sintieron siempre hacia la paternidad y la descendencia. En la mentalidad judía veterotestamentaria, el aborto era simplemente inconcebible. El silencio mismo del Antiguo Testamento en relación con el aborto indica que éste no se practicaba en el mundo judío.

Filón de Alejandría, judío contemporáneo de Jesucristo, se declara abiertamente contrario a la práctica del infanticidio y del aborto provocado. Josefo, que vivió después de Filón, escribió:

“La ley ordena educar a todos los niños, y prohíbe que la mujer se provoque un aborto; una mujer culpable de este delito es una infanticida porque destruye un alma y disminuye la raza.”[1]

Durante la época de Filón y Josefo el aborto había empezado a ser practicado por parte de algunos judíos, debido sobre todo a la asimilación de costumbres procedentes del mundo griego. De ahí que estos autores reaccionen contra los nuevos comportamientos, revalorizando la vida del feto y considerándola como algo inviolable. ¿Cambió esto en el Nuevo Testamento? ¡De ninguna manera! Los cristianos primitivos procedentes del judaísmo no tuvieron ningún problema para asumir que la interrupción voluntaria del embarazo era una forma de asesinato contraria a la voluntad de Dios, ya que esto era un pensamiento habitual en la tradición hebrea.

EL ABORTO EN EL NUEVO TESTAMENTO

La doctrina cristiana del Nuevo Testamento continúa la misma línea del Antiguo acerca de la importancia y santidad de la vida. Jesús afirma repetidamente que el motivo de su venida es que los seres humanos “tengan vida y… que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). El mensaje neotestamentario es algo más evolucionado, en el sentido de que no centra la esperanza del creyente sólo en una vida terrenal longeva y con muchos hijos, sino que aspira por el contrario al perdón de los pecados y la reconciliación con Dios. El hecho de no tener hijos deja poco a poco de ser una maldición. Incluso el propio Señor Jesús parece reconocer a aquellos que se abstienen de lo sexual “por causa del reino de los cielos” (Mateo 19:12) y el apóstol Pablo admite que casarse es bueno, pero también lo es quedarse soltero como hizo él mismo (1 Corintios 7:7-9). No obstante, a pesar de esta ligera transformación en cuanto a la concepción de la sexualidad, la vida familiar y los hijos, sería una equivocación suponer que la enseñanza del Nuevo Testamento es contraria a la visión que tenían los israelitas sobre la vida embrionaria y el aborto.

Ante un mundo pagano que aceptaba y practicaba habitualmente la interrupción del embarazo y el infanticidio, los primeros cristianos se declaran abiertamente partidarios de la vida y asumen una actitud de respeto hacia los seres no nacidos y los bebés. Según el derecho romano el padre tenía absoluta autoridad sobre sus hijos. No sólo podía, si así lo deseaba, destruir al embrión en el vientre de la madre sino también matar al niño recién nacido si éste no era de su agrado. De igual manera, para los griegos todos los individuos estaban subordinados al bienestar de la sociedad, por lo que se aceptaba legalmente el aborto y el infanticidio como métodos para regular la población. Ni el derecho romano ni la filosofía griega reconocían que cada individuo es una persona poseedora de dignidad inalienable. Es verdad que algunos paganos solían poner reparos a ciertas formas de aborto provocado, cuando se realizaba por motivos triviales o por pura vanidad femenina. En este apartado habría que incluir el rechazo al aborto que aparece en el juramento hipocrático. Sin embargo, tal control de la natalidad era muy frecuente ya que, por lo general, a los niños no deseados se les consideraba como accidentes de la naturaleza que no respondían a la voluntad de los dioses.

El Nuevo Testamento, por el contrario, vuelve a prohibir clara y enfáticamente la acción de matar. Los homicidios que contaminan el alma humana, igual que los malos pensamientos y todo lo que ofende a Dios, sale del corazón de los hombres (Mateo 15:19). Jesús recuerda de nuevo los mandamientos de la ley de Dios, empezando por el de no matar (Mateo 19:18-19). El evangelista Mateo se refiere el horrible infanticidio cometido por Herodes y lo plantea como un ejemplo negativo, al relacionarlo con la profecía de Jeremías:

“Voz que fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron…” (Mateo 2:18; Jeremías 31:15).

La predicación de Jesús insistirá en que el reino de Dios pertenece a los niños, que para entrar en él hay que hacerse como uno de ellos, que los misterios ocultos a los hombres sabios son revelados a los niños y que, de la boca de los bebés, de los niños que maman, salen las mejores alabanzas, aquellas que agradan a Dios. Los primeros seguidores de Cristo se dan cuenta de que la presencia del Espíritu de Dios no está limitada por la capacidad humana o por la madurez de la persona. El mismo Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo (Mateo 1:18); el embrión de Juan el Bautista saltó en el vientre de su madre, Elisabet, mientras ésta fue llena del Espíritu Santo (Lucas 1:41). El dedo de Dios actuó frecuentemente sobre el feto humano señalando el camino que éste debería seguir. Los discípulos del Maestro se acostumbraron a oír de sus labios “que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40); que incluso hasta los cabellos y los pajarillos están contados por el Padre celestial (Mateo 10:30). Si tan meticulosa es la providencia divina ¡Cómo no se va a preocupar también por el embrión humano que germina en las entrañas maternas! ¡Cómo es posible que el aborto no constituya una clara ofensa para el Creador de la vida!

Esta fue sin duda la mentalidad y la convicción de los primeros creyentes. Sus mismos escritos así lo confirman. Por ejemplo, en la Didaché del siglo II, uno de los documentos más antiguos que se conocen de la literatura cristiana primitiva, aparte de los libros del Nuevo Testamento, se recogen las siguientes normas morales:

“No matarás, no adulterarás, no corromperás a los jóvenes, no fornicarás, no robarás ni practicarás la magia ni la hechicería, no matarás al hijo en el seno de su madre, ni quitarás la vida al recién nacido, no codiciarás.”[2]

Finalmente. también Tertuliano, un abogado convertido al cristianismo en el siglo II d. C., en su defensa de los cristianos frente a la falsa acusación de que practicaban sacrificios humanos, se refiere a las costumbres abortivas señalando que para ellos constituían homicidio:

“Para nosotros, ya que el homicidio está prohibido, no nos es siquiera lícito acabar con el feto dentro del útero. Impedir que nazca es una aceleración del homicidio, y no hay diferencia entre acabar una vida de alguien que ya ha nacido o de alguien que va a nacer. Porque también este último es un hombre.”[3]

Son numerosos los autores, como Clemente de Alejandría, Juan Crisóstomo, Jerónimo y Agustín, entre otros, que consideran la interrupción de la gestación como un grave pecado y así lo manifiestan en algunos de sus escritos. De manera que la postura del cristianismo primitivo y de la inmediata tradición posterior fue siempre contraria a la práctica del aborto.

EL MOVIMIENTO FEMINISTA Y SUS FALACES RAZONAMIENTOS PRO-ABORTISTAS

A nuestra concepción evangélica sobre la santidad de la vida, la cual se fundamenta en la Biblia, se opone no sólo el bloque liberal dentro de algunas denominaciones “cristianas” con sus interpretaciones erradas; sino también el moderno movimiento feminista y una sociedad cada vez más secularizada y deshumanizante. Esto no nos extraña, ya que la Biblia, la Palabra siempre vigente, nos lo había advertido:

“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos… sin afecto natural, implacables… aborrecedores de lo bueno… amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita. Porque de éstos son los que se meten en las casas y llevan cautivas a las mujercillas cargadas de pecados, arrastradas por diversas concupiscencias. Estas siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Y de la manera que Janes y Jambres resistieron a Moisés, así también éstos resisten a la verdad; hombres corruptos de entendimiento, réprobos en cuanto a la fe. Mas no irán más adelante; porque su insensatez será manifiesta a todos, como también lo fue la de aquéllos… mas los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, engañando y siendo engañados.” (2 Timoteo 3:1-13)

Este mundo no ha tomado en cuenta a Dios, por lo cual Dios los ha entregado a una mente reprobada, al punto que han perdido todo discernimiento entre lo bueno y lo malo:

“Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen; estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad… homicidios… y malignidades… aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males… sin afecto natural, implacables, sin misericordia; quienes habiendo entendido el juicio de Dios, que los que practican tales cosas son dignos de muerte, no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican…” (Romanos 1:28-32).

Es más, aún “…Sus mujeres cambiaron la función natural por la que es contra la naturaleza…” (Romanos 1:26). Hemos llegado al desafortunado momento en la historia en el cual, la vieja pregunta: “¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre?” (Isaías 49:15) puede responderse con un sí. Y es que el feminismo ha convertido en dogma intocable su proposición de que la mujer tiene derechos absolutos sobre su cuerpo y por tanto posee toda la facultad de decisión para hacer lo que le plazca con el no nacido. Según ellas, nadie puede inmiscuirse ni mucho menos legislar sobre esa cuestión, ya que la voluntad de la mujer es el único factor a tener en cuenta. Este es el dogma inamovible de la creencia feminista. Cualquier argumento en contra que se presente, por muy razonable que sea, es rechazado sin contemplaciones ni explicaciones, salvo la alusión al ilimitado derecho de la mujer sobre su cuerpo. En este punto, el feminismo se vuelve incoherente, insostenible e irracional.

No obstante, muy a pesar del feminismo, o para desgracia de tal ideología, uno de los axiomas (verdad innegable) de la democracia es el que está expresado en la siguiente frase: ‘Mi libertad termina donde comienza la libertad del otro o mis derechos terminan donde comienzan los derechos del otro’. Este principio enseña que no hay ningún derecho tan absoluto que pueda estar exento de limitaciones. El peso del argumento es evidente, porque en el caso de negarlo estaremos abriendo la puerta al absolutismo que fácilmente puede desembocar en el despotismo y la tiranía. Si alguien está exonerado de someterse a este principio, automáticamente se crea un privilegio que quiebra la norma de igualdad, otro de los principios de toda democracia. Y si alguien es intocable ¿Por qué no puede serlo también alguien más? Con lo cual se entra en una situación problemática en la que cada uno puede apelar a su propio criterio para considerarse por encima del derecho de otro.

Ahora bien, si en el cuerpo de la mujer embarazada existe otro, eso quiere decir que ese otro tiene derechos que no pueden ser pisoteados, porque de hacerlo se estaría pisoteando la democracia misma, la cual establece que: ‘Mi libertad termina donde comienza la libertad del otro o mis derechos terminan donde comienzan los derechos del otro’. Si tenemos en cuenta que dentro de los derechos hay una escala de importancia, porque no es lo mismo el derecho a la vida que el derecho a la libertad, ya que el segundo se cae si no está en pie el primero, llegaremos a la conclusión de que en el útero fecundado se confirma o se destruye la esencia de la democracia, aparte de lo que las ideas religiosas puedan enseñar. Y si en el útero fecundado está el origen de todo, también está allí la raíz de la legitimidad o ilegitimidad de la propia democracia.

Si el feminismo quiere ser democrático ha de someterse al equilibrado axioma de la democracia. Si se lo salta deja de serlo para establecer su propio dogma arbitrario. Si la democracia ha de ser plenamente democracia ha de comenzar allí donde todo comienza y no dejarse avasallar ni intimidar por el dogma feminista. Si la democracia rectamente entendida es una cuestión de educación y formación, entonces el feminismo dogmático necesita ser educado y formado, si no quiere ser aquello que detesta en otros.

CONCLUSIÓN

Jesucristo, además de salvar la infranqueable barrera moral entre Dios y el ser humano, contribuyó decisivamente a revalorizar la vida. Por tal razón, los cristianos condenamos el aborto de forma categórica. Los primeros cristianos supieron ser coherentes con su fe y su defensa de la vida, oponiéndose abiertamente a la cultura de muerte que imperaba, así como a la guerra, el homicidio, la tortura, el suicidio y la eutanasia. En la actualidad, todo esto debiera hacer reflexionar al pueblo de Dios, para que su defensa de la vida no se limite a una cómoda condena del aborto hecha desde la distancia y la falta de compromiso.

Estar contra la muerte de criaturas inocentes es también abrir vías de ayuda a las mujeres que experimentan su embarazo como una experiencia de injusticia y soledad. Es necesario articular sistemas reales y actitudes personales para hacer que el aborto resulte innecesario. ¿Cómo se mira en las congregaciones evangélicas a las adolescentes solteras que se quedan embarazadas? ¿Y a las madres solteras? ¿Qué consejos se les da? ¿Cómo reaccionan los padres y los abuelos creyentes? ¿Qué razones aporta la propia familia? Aquí es donde se ve si se está a favor de la vida. En muchos casos la decisión de abortar la provocan los mismos parientes por motivos absolutamente egoístas.

Estar contra el aborto no es sólo fomentar un cambio de mentalidad frente a la madre soltera, sino también promover una mejor educación sexual de los niños; multiplicar los centros de ayuda psicológica, espiritual, jurídica y económica para las mujeres que atraviesan por esta dificultad; facilitar la adopción de bebés a tantas parejas que los desean y que tanto se les dificulta; subvencionar a las familias integradas por niños minusválidos, etc. Lo importante no es condenar teóricamente la interrupción voluntaria del embarazo, sino entender y difundir el Evangelio de Cristo para que la triste realidad del aborto deje de tener cabida en nuestro mundo.

REFERENCIAS:


[1] Josefo, Contra Apión, II, 202

[2] Padres apostólicos, BAC, Madrid, 1965, 79

[3] Tertuliano, Apología IX:8

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