GRACIA DIVINA, Pentecostalismo, Reforma Protestante, Salvación

Sola Gratia, esencia de la fe pentecostal

Por Fernando E. Alvarado

INTRODUCCIÓN

La gracia es un tema constante en la Biblia, y culmina en el Nuevo Testamento con la venida de Jesús (Juan 1:17). La palabra traducida como “gracia” en el Nuevo Testamento proviene de la palabra griega charis, que significa “favor, bendición o bondad”. La gracia es que Dios nos escoge para bendecirnos en lugar de maldecirnos, a pesar de que nuestro pecado lo merece. Esta es su bondad a los indignos. [1]

La frase “Sola Gratia” es del latín y se podría traducir al español como “Solo por Gracia”. Bíblicamente, la gracia es el favor inmerecido de Dios. La gracia es la riqueza de Dios a expensas de Cristo. La gracia no implica solo una actitud benevolente sino una obra que transforma a un pecador en un santo. La gracia excluye todos los méritos humanos (Romanos 11:6) y es el único medio de nuestra salvación (Efesios 2:8-9). La Sola Gratia hace referencia a la realidad de que la salvación es solo por la Gracia de Dios.

La Sola Gratia fue en su origen reformador una respuesta al error de creer que el hombre podía obtener por sí mismo, ya sea a través de sus buenas obras, o por medio de los ritos de una religión, su propia redención. La sola gratia niega que el ser humano pueda lograr por sus esfuerzos personales el perdón de sus pecados. En cambio, la enseñanza bíblica de la gracia sostiene que el originador y realizador de la salvación del hombre es el Espíritu Santo, llamado también Espíritu de Gracia; él es quien convence al hombre de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8), el que provoca la fe y guía al arrepentimiento.

POR SU GRACIA, PARA SU GLORIA

La Escritura es clara en que ninguna persona busca a Dios por su propia iniciativa (Romanos 3: 10-11). En cambio, Dios debe alcanzar a la humanidad pecadora (Romanos 3:23). Cristo murió por nosotros cuando aún éramos impíos (Romanos 5: 8). Además, Jesús vino a buscar y salvar a los perdidos (Lucas 19:10). Persigue activamente a los pecadores, llamándonos a la fe en su nombre. Cuando una persona acepta a Cristo por gracia a través de la fe, Jesús es el que da la vida eterna (Juan 3:16) y nos hace una nueva creación (2 Corintios 5:17). Una vez que nos hemos convertido en creyentes en Cristo, el Espíritu de Dios proporciona el poder de vivir para Él y nos mantiene en el amor de Dios (Romanos 8: 37-39). En última instancia, Cristo también nos da la capacidad de perseverar hasta el fin, por lo que nuestra seguridad de la vida eterna descansa sólo en Él (1 Juan 5:13). En ningún momento nuestras buenas obras proveen salvación. Es por eso que Sola Gratia no solo fue una creencia importante durante la Reforma Protestante, sino que sigue siendo esencial para la fe cristiana y la vida actual.

IMPORTANCIA DE LA SOLA GRATIA

Sola Gratia es importante porque es una de las características distintivas o puntos clave que separan el Evangelio bíblico de los falsos evangelios que no pueden salvar. Sola Gratia es simplemente reconocer que la Biblia enseña que nuestra salvación es un don de gracia de parte de Dios. Como se dice en Efesios 2: 8-9:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

Es el reconocimiento de que la salvación de la ira de Dios se basa en la gracia y la misericordia de Dios y no en nada bueno en nosotros. Incluso nuestra aceptación del perdón y la redención es producto de la gracia divina. La voluntad humana, libre por la gracia preveniente (la operación del Espíritu Santo adentro de la persona), necesita cooperar simplemente aceptando la necesidad de salvación y permitiendo que Dios le otorgue la dádiva de la fe. Ella no será impuesta por Dios y el pecador no la puede merecer. Ella debe ser aceptada libremente, pero hasta la misma capacidad de desearla y de aceptarla es hecha posible por la gracia. Toda la iniciativa y la capacidad de salvación descansa en Dios, pues el ser humano es incapaz de contribuir para su propia salvación sin la gracia auxiliadora sobrenatural de Cristo (Gracia Preveniente o Preventiva).

La Reforma Protestante transformó la idea tradicional de la gracia de Dios como una fuerza moral impartida en el bautismo (gratia infusa), en un concepto personal, del amor con que Dios nos acepta sin ningún mérito de parte nuestra, y le dio un lugar central en su teología. [2]

LA SOLA GRATIA EN EL PENTECOSTALISMO

A causa de sus raíces protestantes, la doctrina de la salvación por la gracia solamente es la esencia misma del Pentecostalismo. La Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios afirma claramente que:

“La única esperanza de redención para el hombre es a través de la sangre derramada de Jesucristo, el Hijo de Dios… La salvación se recibe a través del arrepentimiento para con Dios y la fe en el Señor Jesucristo. El hombre se convierte en hijo y heredero de Dios según la esperanza de vida eterna por el lavamiento de la regeneración, la renovación del Espíritu Santo y la justificación por la gracia a través de la fe” [3]

Para los pentecostales la gracia es la acción de Dios por medio de su Hijo Jesucristo. Gracia es siempre algo que no se merece. Algo a lo que no se tiene derecho. Creemos que la gracia se recibe sin ningún mérito personal, extra nos. La Gracia es, por lo tanto, un favor inmerecido. Así que, gracia es una decisión soberana de Dios que nos es impartida únicamente, exclusivamente, en virtud del mérito del sacrificio realizado por Jesús en la cruz. Lo único que puede hacer el hombre ante la gracia, es recibirla y agradecerla.

NO CREEMOS EN LA GRACIA BARATA

Sin embargo, esa misma gracia es exigente de frutos de justicia (Efesios 2:8-10). La gracia predicada por los reformadores y enseñada en la Biblia no es la gracia barata que se predica hoy en muchas iglesias. En palabras del apóstol Pablo:

“¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?… Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia. ¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera.” (Romanos 6:1-15).

De modo que, de la aceptación de esta gracia divina, surge una vida de santidad que no es otra cosa que respuesta agradecida, y que no puede ser evaluada como obra que origina mérito. En la doctrina pentecostal la gracia no se opone al esfuerzo humano, sino al mérito humano. Los que descansan en la gracia también se esfuerzan en la gracia, porque la gracia no anula nuestra responsabilidad en el proceso de santificación. “Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor”, dice Pablo en Filipenses 2:12. Hay algo que nosotros debemos hacer si queremos crecer en santidad; pero siempre amparados en la gracia de Dios, no en nuestras fuerzas:

“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:13)

CONCLUSIÓN

Existe un gran abismo entre la idea de que Dios nos acepta debido a nuestros esfuerzos y la idea de que Dios nos acepta por lo que Jesús ha hecho (Efesios 2:8-9, Romanos 5:1). La religión opera sobre la base del principio de «Obedezco; luego soy aceptado por Dios». En total contraste, el principio del evangelio es «Dios me acepta por lo que Cristo hizo, y por eso yo ahora le obedezco».

Las Escrituras dicen que la gracia, la gracia inmerecida del Señor, es necesaria “ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él” (Romanos 3:20). La única manera de recibir la gracia salvadora de Dios es a través de la fe en Cristo: “Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios…la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él” (Romanos 3:21-22). Así pues, la gracia salvadora resulta en nuestra santificación, el proceso por el cual Dios nos conforma a la imagen de Cristo. En el momento de la salvación por gracia a través de la fe, Dios nos hace nuevas criaturas (2 Corintios 5:17). Y Él promete nunca abandonar a Sus hijos: “estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). No tenemos nada en nosotros que nos lleve a buscar a Dios (Romanos 3:10-11); no tenemos “gracia salvadora” por nuestra propia cuenta. La salvación es la obra de Dios. Él da la gracia que necesitamos. Nuestra “gracia salvadora” es Cristo mismo. Su obra en la cruz es lo que nos salva, no nuestro propio mérito.

REFERENCIAS:

[1] Rodolfo Macias Fattoruso, Maestros de la Gracia, Editorial Académica Española (2016)

[2] Luis F. Ladaria, Introducción a la antropología teológica, Ediciones Verbo Divino, Pamplona (1998).

[3] Declaración de Verdades Fundamentales de las Asambleas de Dios, Artículo 5.

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